sábado, 1 de noviembre de 2014

Leccion 305

NOVIEMBRE
LECCIÓN 305

Hay una paz que Cristo nos concede.

1. El que sólo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable. 2Las com­paraciones cesan ante esa paz. 3Y el mundo entero parte en silencio a medida que esta paz lo envuelve y lo transporta dulce­mente hasta la verdad, para ya nunca volver a ser la morada del temor. 4Pues el amor ha llegado, y ha sanado al mundo al conce­derle la paz de Cristo.
2. Padre, la paz de Cristo se nos concede porque Tu Voluntad es que nos salvemos. 2Ayúdanos hoy a aceptar únicamente Tu regalo y a no juz­garlo. 3Pues se nos ha concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos.

Comentario

Hoy siento una cierta resistencia a la lección. La juzgo, no es “bastante inspiradora”, o no me dice nada nuevo. Habla de una paz maravillosa, “una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable” (1:1). Esta mañana no la estoy sintiendo. No estoy tenso de ansiedad ni nada por el estilo, pero sólo tengo una paz limitada, no parece imperturbable, pienso que podría ser alterada. Por ejemplo, sé que la soledad está ahí, atacando mi paz. Parece que no se necesitaría mucho para alterarme, y mi paz desaparecería. Pienso que esto es algo que la mayoría de nosotros siente a veces cuando lee el Curso.

Recuerdo una mañana cuando estaba haciendo la lección, quizá esta misma lección, y todo lo que fue preciso para “destruir” mi aparente paz, fue que en la misma habitación en la que yo estaba alguien entrase ¡dos veces!

La lección dice que la paz de Dios es un regalo, “concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos” (2:3). Nos ofrece una oración: “Ayúdanos hoy a… no juz­garla” (2:2). ¿Cómo juzgamos la paz de Dios?

Juzgo que la paz no es adecuada debido a mis circunstancias. La paz de Dios está aquí, ahora, y parte de mi mente lo cree, pero me niego a aceptarla y sentirla porque mi mente la considera no adecuada debido a alguna circunstancia externa: “No puedo estar en paz hasta que esto cambie, hasta que aquello cambie, hasta que eso suceda”. Es una afirmación de la creencia de que existe una voluntad distinta a la de Dios, algo que tiene poder para quitarme la paz. Dios da paz; algo distinto y aparentemente más poderoso la quita. No hay otra voluntad, no hay nada más poderoso que Dios, pero mi rechazo de la paz está afirmando la creencia de que lo hay.

Ves lo que crees que está ahí, y crees que está ahí porque quieres que lo esté. (T.25.III.1:3)

El Curso enseña que no tengo paz porque no quiero paz. ¡El primer obstáculo a la paz es mi deseo de deshacerme de ella! (T.19.IV (A)). Ésa es la única razón. Puesto que no hay nada que pueda quitar la paz de Dios, mi insistencia en que existe tal cosa es un engaño elegido como excusa para mi rechazo del regalo de Dios. Puedo gritar: “¡No es culpa mía! Esta persona, o circunstancia, me la ha quitado. Yo quiero Tu paz, pero ellos me la han quitado”. Estoy proyectando mi rechazo a la paz sobre alguna otra cosa.

Hay otro modo en que juzgo la paz de Dios, la juzgo como débil y fácil de ser atacada y alterada.

¿Por qué quiero deshacerme de la paz? ¿Por qué quiero rechazar el regalo de Dios? En T.19.IV. (A).2, el Texto hace las mismas preguntas:

¿Por qué querrías dejar a la paz sin hogar? ¿Qué es lo que crees que tendría que desalojar para poder morar contigo? ¿Cuál parece ser el costo que tanto te resistes a pagar?

Jesús dice que hay algo que pienso que perderé si acepto la paz. ¿Qué es?

Es la capacidad de justificar el ataque contra mis hermanos, lo razonable de encontrar culpa en ellos (T.19.IV(B).1:1-2:3). Quiero poder echar la culpa a alguien o algo. Si aceptara la paz, tendría que renunciar para siempre a la idea de que puedo culpar a alguien por mi infelicidad. Tendría que renunciar a todo ataque, y detrás de eso está el hecho de que para renunciar al ataque, necesito renunciar a la culpa, necesito renunciar a sentirme separado y solo, necesito renunciar a la separación. Necesito renunciar a la creencia de que estoy incompleto y me falta algo, que es la base de mi creencia en mi identidad separada.

La paz de Dios se nos ha “concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos” (2:3). Me juzgo a mí mismo como pecador, indigno e incompleto. Ese juicio está detrás de mi necesidad de aferrarme al ataque como mecanismo de defensa, mi necesidad de tener a alguien o algo a quien culpar por la insuficiencia que veo en mí mismo.

Si acepto la paz de Dios como paz incondicional, me parece estar renunciando a la esperanza de tener cosas y otras personas del modo que yo las quiero. Parece como si estuviera diciendo: “Está bien si no me amas y me dejas solo. Está bien si me quitas el dinero. Está bien si me ignoras o me maltratas. Nada de eso altera mi paz”. Incondicional significa que no importa cuáles sean las condiciones. ¡Y yo no quiero eso! ¡Quiero las condiciones tal como las quiero!

¡Paz incondicional! La idea misma le da pánico al ego. Todo el mundo busca la paz, por supuesto que sí. Pero queremos alcanzar la paz arreglando las condiciones según nuestra propia idea de lo que traerá la paz. Jesús nos ofrece paz sin que importen las condiciones. Él nos dice: “Olvida las condiciones. Yo puedo darte paz en cualquier circunstancia”. No queremos la paz incondicional, queremos la paz a nuestra manera. Preguntamos: “¿Paz? ¿Y qué hay de las condiciones?” No queremos oír que no importan.

La verdad es que nuestro mundo refleja nuestra mente. Vemos un mundo en conflicto porque nuestra mente no está en paz. Pensamos que el mundo es la causa, y que nuestra paz o la falta de ella es el efecto. Jesús dice que nuestra mente es la causa, y el mundo el efecto. Él nos lo plantea a nivel de la causa, no del efecto. Él no va a cambiar las condiciones para darnos paz, Él va a darnos paz y eso cambiará las condiciones. La paz de Dios debe venir primero. Tenemos que llegar al punto de decir de todo corazón: “La paz de Dios es todo lo que yo quiero”. Tenemos que abandonar todas las otras metas, metas relacionadas con las condiciones. Acepta la paz, y el mundo proyectado desde nuestra mente cambiará, pero ésa no es la meta. Ésa no es la sanación que buscamos, es sólo el efecto de la sanación de nuestra mente.

Padre, ayúdame hoy a aceptar el regalo de tu paz y a no juzgarlo. Que vea, detrás de mi rechazo a la paz, mi juicio sobre mí mismo como indigno de ella, y mi deseo de atacar algo fuera de mí y echarle la culpa. En la eterna cordura del Espíritu Santo en mi mente, yo quiero la paz. Ayúdame a identificarme con esa parte de mi mente. Que vea la locura de aferrarme a los resentimientos en contra de alguien o de algo. Háblame de mi estado de plenitud y de que nada me falta. Que entienda que lo que veo que contradice la paz, no es real y no importa. Es sólo mi propio juicio (que no es real). Sana mi mente, Padre mío. “Que mi mente esté en paz y que todos mis pensamientos se aquieten” (L.221). Yo estoy en mi hogar, soy amado, estoy a salvo.

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