viernes, 31 de octubre de 2014

Leccion 304

LECCIÓN 304 – 31 de Octubre

Que mi mundo no nuble la visión de Cristo.

1. Sólo puedo nublar mi santa vista si permito que mi mundo se entrometa en ella. 2no puedo contemplar los santos panoramas que Cristo contempla a menos que utilice Su visión. 3La percep­ción es un espejo, no un hecho. 4lo que contemplo es mi propio estado de ánimo reflejado afuera. 5Quiero bendecir el mundo con­templándolo a través de los ojos de Cristo. 6veré las señales inequívocas de que todos mis pecados me han sido perdonados.
2. Tú me conduces de las tinieblas a la luz y del pecado a la santidad. 2Déjame perdonar y así recibir la salvación del mundo. 3Ése es Tu regalo, Padre mío, que se me concede para que yo se lo ofrezca a Tu santo Hijo, de manera que él pueda hallar Tu recuerdo, y el de Tu Hijo tal como Tú lo creaste.


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Pensamientos añadidos a la Lección 304

Esto es un “añadido” a la Lección 304, algunos pensamientos que escribí hace cinco años al leer la lección. Surgen de la lección misma para comentar partes relacionadas del Texto. Como todos mis comentarios, algunas partes son simplemente mi propia opinión, reflexiones sobre el Curso en lugar de una interpretación de él, si no estás de acuerdo con todo lo que digo, ¡ignora lo que no te guste!



Que mi mundo no nuble la visión de Cristo

La percep­ción es un espejo, no un hecho” (1:3). Nunca vemos la Verdad, siempre percibimos símbolos de la verdad, y nuestra mente es la que da significado a esos símbolos. Las señales llegan a nuestro cerebro y se aplica un filtro mental basado en el miedo o en el amor, y lo que hay en mi mente es lo que percibo. Por esa razón “lo que contemplo es mi propio estado de ánimo reflejado afuera” (1:4).

La función de un maestro de Dios es ir por ahí recordando a todos, en todas las maneras posibles, quiénes son realmente. Les recuerda a Dios, y a su Ser tal como Dios lo creó. Cuando su hermano se engaña y actúa desde una ilusión de sí mismo, no ataca la ilusión ni busca cambiar su comportamiento, en lugar de eso, actúa de cualquier modo que pueda para negar la negación en su hermano de su Ser, y para recordarle quién es realmente.

Ver el Mundo Real no es difícil. Ya tenemos la visión de Cristo. El problema es que la tapamos poniendo sobre ella las interpretaciones de nuestro propio ego. Ponemos encima de la percepción nuestro filtro de miedo e impedimos la visión de Cristo, reemplazándola con nuestra visión del mundo. Para ver el Mundo Real, lo que tenemos que hacer es quitarle nuestro apoyo a las percepciones del ego. Tenemos que dejar de pensar que la percepción es un hecho, y darnos cuenta de que sólo es la proyección de nuestros propios pensamientos. El mundo no es realmente tal como pensamos que es.

Por eso se nos dice en el Texto:

Siéntate sosegadamente, y según contemplas el mundo que ves, repite para tus adentros: "El mundo real no es así. En él no hay edificios ni calles por donde todo el mundo camina solo y sepa­rado. En él no hay tiendas donde la gente compra una infinidad de cosas innecesarias. No está iluminado por luces artificiales, ni la noche desciende sobre él. No tiene días radiantes que luego se nublan. En el mundo real nadie sufre pérdidas de ninguna clase. En él todo resplandece, y resplandece eternamente.

Tienes que negar el mundo que ves, pues verlo te impide tener otro tipo de visión. No puedes ver ambos mundos, pues cada uno de ellos representa una manera de ver diferente, y depende de lo que tienes en gran estima. La negación de uno de ellos hace posi­ble la visión del otro. (T.13.VII.1:1-2:3)

Esto es más que sólo un modo diferente de ver el mundo. Es mirar más allá del mundo físico. ¡Es literalmente negar completamente que el mundo físico existe! Sin edificios. Sin calles. Sin tiendas. Sin días. Sin noches. ¡Ésta es una negación trascendental!

El Curso dice que el mundo físico es como un extenso holograma que hemos puesto encima de lo que ya está ahí. Vemos el mundo físico porque hemos negado el Mundo Real. Por lo tanto, para ver el Mundo Real, tienes que negar el mundo físico. “La negación de uno de ellos hace posi­ble la visión del otro”.

Una mujer de nuestro grupo de estudio de New Jersey dijo que tenía problemas con la idea de no ver el mundo físico: “Hay cosas maravillosas en él que yo valoro: la caída de las hojas de los árboles, las montañas, la música de Bach. No quiero perder esas cosas”.

Ciertamente, yo diría que también eso tienes que abandonar y negar su realidad. Lo que hay que entender es que no son las hojas coloreadas lo que valoras, ni la música. El valor real es lo que sientes cuando lo ves u oyes, el sentido de unidad, la paz, la dicha, el agradecimiento por la belleza. Ese valor no está en las cosas, sino en ti. Hemos aprendido a asociar nuestras experiencias de amor y dicha con ciertas cosas y ciertas personas. La asociación está dentro de nuestra propia mente. ¡En el Mundo Real, todo se asocia con esa experiencia! “En él todo resplandece, y resplandece eternamente” (T.13.VII.1:7).

Realmente no queremos más hojas, ni más buena música, ni más viajes a las montañas. Queremos a Dios, queremos la experiencia de Él que hemos asociado con esas cosas. Queremos el sentimiento de plenitud, de bienestar, de que nada nos falta, que hemos aprendido a asociar falsamente con ciertas cosas de nuestra vida. Eso es lo que siempre queremos, y lo único que de verdad queremos.

Para entender eso completamente, es necesario negar la realidad incluso de las cosas buenas de la vida. Como dice una frase de una lección anterior: “esto no forma parte de lo que quiero” (L.130.11:5). Las hojas caídas no forman parte de lo que quiero. Esta relación romántica especial no forma parte de lo que quiero. Esto trata de romper las asociaciones mentales que hemos hecho, deshaciendo la relación entre la experiencia de Dios y la situación física en la que hemos tenido la experiencia. Lo físico no nos dio esa experiencia, sucedió por completo dentro de nuestra mente.

No estoy diciendo que mientras estamos en el mundo deberíamos negarnos esos placeres físicos. Lo que estoy diciendo es que ¡las experiencias de Dios que hemos tenido no se limitan a esas cosas! Todas las personas y todas las cosas nos ofrecen esa misma experiencia.

Al decir que ciertas cosas tienen el poder de darnos esa experiencia, y otras no, estoy formando una relación especial con esas cosas, con esas personas.

Incluso cuando nos ponemos cómodos para escuchar una buena sinfonía, podemos recordarnos a nosotros mismos que lo que estamos haciendo es una forma de pensamiento mágico. La sinfonía no tiene poder para darnos la experiencia, no tiene más poder que cualquier otra cosa. Son nuestros pensamientos los que nos dan la experiencia mientras escuchamos. Lo que sentimos no está limitado a la música, es algo que está en nuestro ser.Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente” (L.130). Nosotros somos la fuente de la belleza, no la cosa física que hemos elegido como la entrada a esa experiencia de belleza. La belleza que pienso que veo en el mundo es realmente algo en mi Ser, mi propio estado de ánimo reflejado afuera” (L.304.1:4).

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