viernes, 19 de septiembre de 2014

Leccion 262


LECCIÓN 262 – 19 de Septiembre

No dejes que hoy perciba diferencias.

1. Padre, tienes un solo Hijo. 2es a él a quien hoy deseo contemplar. 3Él es Tu única creación. 4¿ Por qué habría de percibir miles de formas en lo que sigue siendo uno solo? 5¿Por qué habría de darle miles de nombres, cuando con uno solo basta? 6Pues Tu Hijo tiene que llevar Tu Nombre, ya que Tú lo creaste. 7No permitas que lo vea como algo ajeno a su Padre o a mí. 8Pues él es parte de mí, así como yo de él, y ambos somos parte de Ti que eres nuestra Fuente. 9Estamos eternamente uni­dos en Tu Amor y somos eternamente el santo Hijo de Dios.
2. Nosotros que somos uno, queremos reconocer en este día la verdad acerca de nosotros mismos. 2Queremos regresar a nuestro hogar y descansar en la unidad. 3Pues allí reside la paz, la cual no se puede buscar ni hallar en ninguna otra parte.

Comentario

Para ir en la dirección de no percibir diferencias, tengo que empezar a abandonar la identificación con el cuerpo, tanto en identificarme a mí mismo con un cuerpo, como en identificar a mis hermanos con cuerpos. La lectura para la semana dice que “el cuerpo es una cerca” (L.pII.5.1:1). Muestra diferencias, grita muy claro: “Yo soy diferente”. ¿Por qué cada cuerpo tiene diferentes huellas dactilares, diferentes impresiones en la retina, diferentes tipos de ADN? ¿Cómo es posible que en todos los billones de cuerpos, no haya huellas dactilares iguales? Nuestro cuerpo dice: “Yo soy diferente. Soy único. Soy completamente diferente a ti”.

El Amor canta dulcemente: “Somos lo mismo. Somos uno. Compartimos una vida, y la compartimos con Dios”. Es al único Hijo a quien hoy deseamos contemplar (1:1). Las “miles de formas” son diferentes, la vida que compartimos es una. No necesitamos despreciar al cuerpo para hacer esto. El cuerpo puede convertirse en un medio para sanar la separación en nuestras mentes. Usamos el cuerpo para manifestar nuestra unidad. Tocamos, abrazamos, nos cuidamos unos a otros, nos ayudamos mutuamente. Usamos la ilusión para deshacer la ilusión.

En cada cuerpo que se presenta ante nosotros, vemos al único Hijo. No permitas que lo vea como algo ajeno a su Padre o a mí” (1:7). Cada uno de los que hoy veo forma parte de mí, y yo de él, y los dos somos parte de Dios nuestra Fuente (1:8). Ver esto es lo que significa no ver diferencias. Por supuesto, seguiré viendo hombres y mujeres, altos y bajos, gordos y delgados, pobres y ricos, negros y blancos y marrones y amarillos y rojos. Pero elijo mirar más allá de estas diferencias hoy, y ver la igualdad, el Hijo único en el que todos somos iguales, no diferentes.


Separación significa diferencias, y las diferencias producen juicio y ataque. La visión de nuestra igualdad y de nuestra unidad trae paz, allí reside la paz, la cual no se puede buscar ni hallar en ninguna otra parte” (2:3). Elegimos no dejar que nuestra vista se detenga en las diferencias, sino ir más allá de ellas, a la unidad. Miramos y decimos: “Éste es mi hermano a quien amo, parte de mí, amado por Dios y parte de Dios junto conmigo. Juntos somos el santo Hijo de Dios”.

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