martes, 9 de septiembre de 2014

Leccion 252


LECCIÓN 252 – 9 de Septiembre

El Hijo de Dios es mi Identidad.

1. La santidad de mi Ser transciende todos los pensamientos de santidad que pueda concebir ahora. 2Su refulgente y perfecta pureza es mucho más brillante que cualquier luz que jamás haya contemplado. 3Su amor es ilimitado, y su intensidad es tal que abarca dentro de sí todas las cosas en la calma de una queda certeza. 4Su fortaleza no procede de los ardientes impulsos que hacen girar al mundo, sino del Amor ilimitado de Dios Mismo. 5¡Cuán alejado de este mundo debe estar mi Ser! aY, sin embargo, ¡cuán cerca de mí y de Dios!
2. Padre, Tú conoces mi verdadera Identidad. 2Revélamela ahora a mí que soy Tu Hijo, para que pueda despertar a la verdad en Ti, y saber que se me ha restituido el Cielo.

Comentario

No sabemos Quién somos.

“Mi Ser” es mucho más grande y elevado de lo que puedo imaginarme. El primer párrafo ensalza la santidad, la pureza, el amor y la fortaleza de mi Ser. Me recuerda a algo que oí en un seminario de “EST” un fin de semana hace muchos años. Hablaba de volverme consciente del ser que muestro al mundo, mi “máscara” (el Curso lo llama “la cara de la inocencia”, T.31.V.2:6), luego hablaba de descubrir el ser que temo ser (el ego) y, finalmente, de descubrir quien yo soy realmente, “que es magnífico” (el Hijo de Dios). Piensa en ello, alma mía, óyelo con aceptación: “Yo soy magnífico”.

Hoy me doy cuenta de que, no importa lo elevados que puedan ser mis pensamientos, únicamente he tocado la superficie de Lo Que yo soy. “La santidad de mi Ser transciende todos los pensamientos de santidad que pueda concebir ahora” (1:1). Voy a sentarme y soñar pensamientos de santidad, voy a hacer un esfuerzo mental hasta el límite para entender lo que es mi santidad, la realidad de mi santidad “transciende todos los pensamientos de santidad que pueda concebir ahora”. El Curso dice que si pudiéramos darnos cuenta de lo santos que son nuestros hermanos “apenas podrías contener el impulso de arrodillarte a sus pies” (L.161.9:3). Sin embargo, cogeremos su mano, porque todos somos iguales. “Todos ellos son iguales: bellos e igualmente santos” (T.13.VIII.6:1).

Darme cuenta de que soy el santo Hijo de Dios supone la comprensión al mismo tiempo de que tú eres lo mismo. ¡Eres tan hermoso, amigo, de una santidad tan maravillosa! Eres la expresión de Dios, el reflejo de Su Ser, la gloria de Su creación. ¿Qué otra cosa puedo hacer sino amarte?

Mi Ser, y el tuyo, tiene una “refulgente y perfecta pureza” que “es mucho más brillante que cualquier luz que jamás haya contemplado” (1:2). ¿Has visto eso alguna vez en otro? ¿Lo has visto en ti mismo? ¡Ah, eso es lo que todos andamos buscando! Es lo que pedimos: “Revélamela ahora a mí que soy Tu Hijo” (2:2). Imagínate ver y conocer una pureza tan perfecta en tu Ser. Imagínalo, y pide que te sea revelado, pues eso es lo que eres.

¡Y el amor de este Ser! Es “ilimitado, y su intensidad es tal que abarca dentro de sí todas las cosas en la calma de una queda certeza” (1:3). ¡Oh, saber que este amor es mi Ser! ¡Oh, saber que esto es lo que yo soy, para toda la eternidad! ¿Me atrevo a creer esto acerca de mí? Mi amor abarcando a todo el mundo, flotando como una burbuja en el océano de mi amor. Mi amor, sin límites de ninguna clase. Mi amor, el auténtico Amor de Dios Mismo. Voy a descansar en él, voy a pensar en ello, voy a mostrarlo ahora, enviándole mi amor a todo el mundo, a todos los seres que lo necesitan. ¡Qué intenso es! ¡Qué perfecto, qué incondicional, qué irresistible!

La fortaleza de mi Ser “no procede de los ardientes impulsos que hacen girar al mundo, sino del Amor ilimitado de Dios Mismo” (1:4). Lo que soy es este Amor, el auténtico Amor de Dios. No es algo “abrasador”, violento; es un Amor silencioso, tranquilo, seguro. Él conoce la realidad de lo que contempla. Tiene perfecta fe en cada Hijo de Dios, debido a lo que cada uno es. Eleva, anima, cree en todo lo que contempla. Su misericordia es inmensa, y Su comprensión infinita. Abraza suavemente, consuela dulcemente, Su poder procede de la tranquila seguridad de que el Amor Mismo no se puede evitar.

¡Cuán alejado de este mundo debe estar mi Ser! Y, sin embargo, ¡cuán cerca de mí y de Dios! (1:5)

Padre, Tú sabes que esto es Quien yo soy, pues Tú me creaste para que lo fuera. Deseo conocer esta realidad de mi Ser. Me siento mucho menos que esto, a veces tan poco amoroso. Revélame mi Ser. Muéstrame que esto es Quien yo soy. Ayúdame a conocer mi Ser como puro Amor. Conocer mi Ser, como el Amor que es el Cielo. Conocer mi Ser, como el Amor que es paz.

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