viernes, 22 de agosto de 2014

Leccion 233


LECCIÓN 234 – 22 de Agosto

Padre, hoy vuelvo a ser Tu Hijo.

1. Hoy vislumbraremos el momento en que los sueños de pecado y de culpa hayan desaparecido y hayamos alcanzado la santa paz de la que nunca nos habíamos apartado. 2Sólo un instante ha transcurrido entre la eternidad y lo intemporal. 3fue tan fugaz, que no hubo interrupción alguna en la continuidad o en los pen­samientos que están eternamente unidos cual uno solo. 4Jamás ocurrió nada que perturbase la paz de Dios el Padre ni la del Hijo. 5Hoy aceptamos la veracidad de este hecho.
2. Te agradecemos, Padre, que no podamos perder el recuerdo de Ti ni el de Tu Amor. 2Reconocemos nuestra seguridad y Te damos las gracias por todos los dones que nos has concedido, por toda la amorosa ayuda que nos has prestado, por Tu inagotable paciencia y por habernos dado Tu Palabra de que hemos sido salvados.

Comentario

Esta lección trata de disfrutar del Cielo por anticipado.

Hoy vislumbraremos el momento en que los sueños de pecado y de culpa hayan desaparecido y hayamos alcanzado la santa paz de la que nunca nos habíamos apartado. (1:1)

Eso es lo que hacemos cada día cuando nos acercamos a Dios en esos momentos de quietud y silencio. Nos estamos ofreciendo a nosotros mismos un anticipo del Cielo. Ahora mismo, en este mismo instante, imagínate que todos tus sueños de pecado y de culpa han desaparecido. Imagínate que todo el miedo ha desaparecido, ¡todo el miedo! Imagínate que cada pensamiento de conflicto ha desaparecido. Imagínate que no hay nada y que no puede haber nada que altere tu perfecto reposo.

Lo que estás imaginando es real, el verdadero estado de cómo son las cosas.

Jamás ocurrió nada que perturbase la paz de Dios el Padre ni la del Hijo. (1:4)

Los sueños de pecado y de culpa, el sueño de miedo, el sueño de conflicto, el sueño de cualquier alteración, es sólo eso: un sueño. Nada más que un sueño. Abandónalo. Déjalo ir, sin ningún significado ni sentido. Sólo una burbuja en la corriente.

Sólo un instante ha transcurrido entre la eternidad y lo intemporal. Y fue tan fugaz, que no hubo interrupción alguna en la continuidad o en los pen­samientos que están eternamente unidos cual uno solo. Jamás ocurrió nada que perturbase la paz de Dios el Padre ni la del Hijo. Hoy aceptamos la veracidad de este hecho.   (1:2-5)

En estos momentos de recuerdo, estos instantes santos que dedicamos cada día, estamos anticipando  el momento en que nuestras pesadillas ya han desaparecido. No, todavía no estoy allí, tampoco tú, no en nuestra experiencia, aunque sí en la realidad; tal como afirma la lección: nunca nos apartamos (1:1). Nunca hubo una “interrupción en la continuidad”, y ni siquiera se perdió una nota en la melodía del Cielo. Sin embargo, la mayor parte del tiempo todavía estamos viviendo en el sueño. Pero podemos sentir momentos de anticipación, experiencias directas de la verdad. Eso es lo que buscamos ahora mismo. Un momento de anticipación. Una sensación en el centro de nuestro ser, algo que identificamos con la palabra “paz”, algo que las palabras no pueden expresar.

Éstos son momentos de práctica en los que voluntariamente nos elevamos por encima de nuestra experiencia mundana normal. Elegimos “aceptar como totalmente verdadero” el hecho de que la paz de Dios, el Padre y el Hijo, nunca se ha visto alterada. Sólo por un momento, ahora mismo, nos permitimos creerlo. No nos preocupa si dentro de quince minutos no lo creemos. No nos preocupa qué le sucederá a nuestra vida si lo creemos. No tenemos en cuenta toda la evidencia en contra que nos han traído nuestros sentidos en el pasado. Sencillamente dejamos que todo eso desaparezca, y sentimos profundamente el ambiente del Cielo. Esto es mi Hogar. Esto es lo que verdaderamente quiero. Esto es la verdad. Esto es todo lo que quiero.

Si surgen en nuestra mente pensamientos de pecado, o de culpa, o de miedo, simplemente los despedimos. “Esto no es lo que quiero sentir ahora. Ahora quiero la paz de Dios. Ahora mismo tengo la paz de Dios”.

Jesús, nuestro Hermano Mayor, se une a nosotros y nos dirige en la oración, orando con nosotros:

Te agradecemos, Padre, que no podamos perder el recuerdo de Ti ni el de Tu Amor. Reconocemos nuestra seguridad y Te damos las gracias por todos los dones que nos has concedido, por toda la amorosa ayuda que nos has prestado, por Tu inagotable paciencia y por habernos dado Tu Palabra de que hemos sido salvados.   (2:1-2)

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