jueves, 21 de agosto de 2014

Leccion 233


LECCIÓN 233 – 21 de Agosto

Hoy le doy mi vida a Dios para que Él la guíe.

1. Padre, hoy te entrego todos mis pensamientos. 2No quiero quedarme con ninguno de ellos. 3En su lugar, dame los Tuyos. 4Te entrego asi­mismo todos mis actos, de manera que pueda hacer Tu Voluntad en lugar de ir en pos de metas inalcanzables y perder el tiempo en vanas imaginaciones. 5Hoy vengo a Ti. 6Me haré a un lado y simplemente Te seguiré. 7Sé Tú el Guía hoy, y yo el seguidor que no duda de la sabiduría de lo Infinito, ni del Amor cuya ternura no puedo comprender, pero que es, sin embargo, elperfecto regalo que Tú me haces.
2. Hoy nos dirige un solo Guía. 2mientras caminamos juntos le entregamos este día sin reserva alguna. 3Éste es Su día. 4por eso es un día de incontables dones y de infinitas mercedes para noso­tros.

Comentario

Una cosa que me parece muy interesante acerca del Curso es que no es quisquilloso en su teología. Hay lugares en el Curso que dejan muy claro que Dios ni siquiera oye las palabras de nuestras oraciones y que, conociendo únicamente la Verdad, Él no conoce nuestros errores. Entonces, “lógicamente” las oraciones “deberían” ser dirigidas al Espíritu Santo o a Jesús, de los que se habla como intermediarios entre la verdad y las ilusiones, o un puente entre nosotros y Dios. Sin embargo, aquí en la Segunda Parte del Libro de Ejercicios tenemos 140 lecciones, cada una de las cuales contiene una oración dirigida al “Padre”.

En la lección de hoy, Le pedimos al Padre que nos guíe. Pero en otro sitio, se define ser Guía como la función del Espíritu Santo. Así que tengo la sensación de que Jesús (el autor) no está preocupado por la estricta exactitud teológica. Pienso que él es un buen ejemplo a seguir para nosotros. ¿Nos pediría que orásemos al Padre si fuera una práctica espiritual sin importancia?

Si no sacáramos nada más del Curso que la práctica de darle nuestra vida a Dios para que Él nos dirija, estaríamos rápidamente de vuelta en el Hogar. Podemos pedirle que reemplace nuestros pensamientos con los Suyos, y que durante el día dirija todo lo que pensamos, todo lo que hacemos y decimos. Literalmente pensar o actuar por nuestra propia cuenta es una pérdida de tiempo. Su sabiduría es infinita, Su Amor y Su ternura están más allá de lo que podemos comprender. ¿Podemos pedir un Guía más fiable?

El primer paso para seguir la dirección de Dios es hacernos a un lado, soltar las riendas de nuestra vida y ponerlas voluntariamente bajo Su control. Su dirección llegará. A veces, tal vez en muy pocas ocasiones, oiremos una Voz interior. Por experiencia personal, esto es muy raro. Otras veces, sucederán cosas a nuestro alrededor que nos mostrarán muy claramente el camino. O una seguridad interior surgirá sin razón aparente. Quizá como “por casualidad” nos daremos cuenta de algo que dice alguien, o una canción en la radio, o una frase de un libro. Si estamos escuchando para oírle, Le oiremos.

Otra solución es entregarle nuestro día a Él “sin reserva alguna” (2:2), es decir, sin quedarnos nada para solucionar por nuestra cuenta. A veces estamos tan obsesionados con lo que pensamos que queremos o necesitamos, que no estamos dispuestos a oír nada en contra de ello. Y si no estamos dispuestos a oír, no oiremos. Somos como un carrito de la compra roto, que siempre tira para la izquierda o para la derecha, no respondemos bien a la dirección. Tenemos que estar dispuestos a renunciar a todas nuestras preferencias, a toda nuestra inversión en un resultado determinado de antemano, y volvernos completamente dóciles, completamente abiertos a cualquier dirección que Él quiera darnos. Como dice un viejo cántico cristiano:

Hágase Tu Voluntad, Señor,
Hágase Tu Voluntad.
Tú eres el alfarero,
Yo soy la arcilla.
Moldéame y hazme,
Según Tu Voluntad,
Mientras espero,
Cediendo y en silencio.

Eso es lo que significa hacernos a un lado. Así es como le damos nuestra vida a Dios para que Él la guíe. Él nos guía. Nosotros Le seguimos, sin dudar. 

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