martes, 12 de agosto de 2014

Leccion 224


LECCIÓN 224 – 12 de Agosto

Dios es mi Padre y Él ama a Su Hijo.

1. Mi verdadera Identidad es tan invulnerable, tan sublime e ino­cente, tan gloriosa y espléndida y tan absolutamente benéfica y libre de culpa, que el Cielo la contempla para que ella lo ilumine. 2Ella ilumina también al mundo. 3Mi verdadera Identidad es el regalo que mi Padre me hizo y el que yo a mi vez le hago al mundo. 4No hay otro regalo, salvo éste, que se puede dar o reci­bir. 5Mi verdadera identidad y sólo Ella es la realidad. 6Es el final de las ilusiones. 7Es la verdad.
2. Mi nombre, ¡Oh Padre!, todavía te es conocido. 2Yo lo he olvidado, y no sé adónde me dirijo, quién soy, ni qué es lo que debo hacer. 3Recuér­damelo ahoraPadre, pues estoy cansado del mundo que veo. 4Revélame lo que Tú deseas que vea en su lugar.

Comentario

Estas lecciones nos están ayudando a recordar quiénes somos: el Hijo de Dios. Lo que somos es una Identidad que está mucho más allá de lo que nos podemos imaginar, “tan sublime… que el Cielo la contempla para que ella lo ilumine” (1:1). En la Lección 221 permanecíamos en silencio esperando a Dios “para oírle hablar de lo que nosotros somos” (L.221.2:6). En la 222, aprendimos que lo que somos existe en Dios. En la 223, reconocíamos que no estamos separados, sino que existimos en perfecta unión con Dios. Y ahora, recordamos nuestra verdadera Identidad: Su Hijo. Nuestra identidad “es el final de las ilusiones. Es la verdad” (1:6-7).

La verdad de lo que somos es el final de todas las ilusiones. O, dicho de otra manera, un error acerca de lo que somos es la causa de todas las ilusiones. Lo hemos olvidado, pero en estos momentos de quietud con Dios, Le pedimos que nos lo recuerde, que nos revele esa Identidad. Nuestra Identidad es “sublime e ino­cente, tan gloriosa y espléndida y tan absolutamente benéfica y libre de culpa…” (1:1). Al leer estas palabras, date cuenta de que nuestra mente consciente lo pone en duda de inmediato, al instante retrocedemos ante el atrevimiento de decir tal cosa. Esto nos demuestra cuánto nos hemos engañado a nosotros mismos, lo bien que nos hemos aprendido nuestras propias mentiras. Sin embargo algo dentro de nosotros, al oír estas palabras, empieza a cantar. Algo dentro de nosotros reconoce la melodía del Cielo y empieza a tararearla al mismo tiempo. Escucha esa melodía. Ponte en contacto con ella. Es tu Ser que responde a la llamada de Dios. Dilo: “Dios es mi Padre y Él ama a Su Hijo”.

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