martes, 5 de agosto de 2014

Leccion 218

Leccion 218, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 218 – 6 de Agsoto

No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

1. (198) Sólo mi propia condenación me hace daño.

Mi condenación nubla mi visión, y a través de mis ojos ciegos no puedo ver la visión de mi gloria. Mas hoy puedo contemplar esta gloria y regocijarme

No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

Comentario

La condena no hiere al cuerpo. Esto me recuerda la vieja canción de la infancia: “Los palos y las piedras pueden romper mis huesos, pero las palabras no pueden herirme”. No soy un cuerpo, lo que yo soy no puede ser herido por “palos y piedras”. Sólo mi propia condenación, mi aceptación de esas “palabras” puede herirme.

¿No te has insultado a ti mismo? Yo sé que lo he hecho: “¡Idiota!” “¡Eres tan tonto, Watson!” Estas palabras burlándome de mí mismo e insultándome, después de todos estos años, todavía surgen en mi cabeza y salen de mi propia boca. Sólo son síntomas superficiales de una condena mucho más profunda de mí mismo, y de una falta de confianza en mí mismo que es la causa de todos mis problemas. Marianne Williamson tiene toda la razón cuando dice “mi ego es mi odio a mí mismo”.

Y cuando me doy cuenta de que todas las formas de condena dirigidas hacia fuera -ira, prejuicio, resentimiento, desagrado habitual, incluso el simple malestar con alguien- todas y cada una de ellas son proyecciones de mi propio ataque a mí mismo, entonces empiezo a darme cuenta de lo profunda y extensa que es mi condena a mí mismo. Esta condena me hace daño. Arrojo mis dardos de ataque al mundo, y cada una me vuelve para apuñalarme por la espalda. “No puede ser sino a mí mismo a quien crucifico” (L.216).

Mientras mantenga esta guerra contra mí mismo, mis ojos estarán ciegos a mi propia gloria. No puedo ver el Cristo en mí mismo debido al polvo de la tormenta de condena a mí mismo, ya se dirija hacia adentro o afuera a las ilusiones de mí mismo que creo que están fuera de mí. Lo que me ciega es la constante corriente de juicios.

Hoy, puedo ver mi propia gloria sólo con elegirlo. Todo lo que necesito es aceptar la Expiación para mí mismo. Desenchufarme del Canal de los Juicios. Conectarme al Canal del Perdón. Que me aquiete ahora y sienta el Amor dentro: el Amor de Dios por mí, Su Hijo; mi Amor por Él; el Amor de mi propio Ser por mí, y el mío por mi Ser. Y a menudo, hoy, que me pare a recordarme a mí mismo que lo único que puede hacerme daño es mi propia condenación. Soy libre de abandonarla, con la ayuda del Espíritu Santo, de mi Ser interno, y de todos los ángeles del Cielo.

Cada vez que sienta una ráfaga de juicio dentro, dondequiera que se dirija, que lleve el caso a un Tribunal Supremo, y que oiga al Espíritu Santo declarar sin lugar el caso contra mí (T.5.VI,4,10).

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