viernes, 27 de junio de 2014

Leccion 178

Comentario

Párrafo 10  de la Introducción al Quinto Repaso:

La práctica del Libro de Ejercicios está pensada no sólo para producir un nuevo sistema de pensamiento sino también una experiencia: “una experiencia que es nueva para ti, aunque tan antigua como el tiempo e incluso aún más antigua” (10:1). ¿Cómo puede ser una experiencia más antigua que el tiempo? ¿Cómo sino siendo parte de la eternidad? “El instante santo se extiende hasta la eternidad y hasta la Mente de Dios” (T.15.V.11:5). “El instante santo es una miniatura de la eternidad” (T.17.IV.11:4). Estos momentos que pasamos en quietud con Dios son oportunidades de salirnos del tiempo y entrar en la eternidad, lo que aquí experimentamos es más antiguo que el tiempo, increíblemente antiguo y, sin embargo, presente ahora mismo, siempre presente.

Estamos sintiendo nuestro Ser. “Santificado sea tu nombre e inmaculada tu gloria para siempre” (10:2-3). Esta palabras nos suenan (si tu formación es cristiana, en todo caso)  como si hablaran de Dios. Sin embargo, hablan de ti y de mí. ¿Cómo es sentir esa experiencia? ¿Cómo es conocerte a ti mismo como uno a los que estas palabras pueden aplicarse, uno a quien se le han confiado los dones de Dios? No creo que las palabras puedan expresarlo, aunque muchos lo han intentado. Lo que se necesita es una experiencia; luego, las palabras sobran.

Existe una clase de experiencia tan diferente de todo lo que el ego pudiera ofrecerte que nunca más querrás volver a encubrirla u ocultarla” (T.4.III.5:1). Eso es lo que buscamos en estos momentos de quietud. No desesperadamente ni ansiosamente, no con preocupación o miedo de que no nos venga, sino con paz, en silencio, con confianza. No podemos obligarla a que suceda, únicamente podemos “dejar” que suceda. No buscamos añadirnos nada a nosotros mismos, simplemente buscamos dejar de negar el Pensamiento de Dios, que es la pura verdad acerca de lo que somos.

En este momento podemos sentir que nuestra “plenitud ahora es total, tal como Dios lo dispuso” (10:4). Una vez que has conocido tu propio estado de que nada te falta, ¿por qué ibas a querer de nuevo taparlo o esconderlo? Únicamente la mentira de que eres algo que no quieres conocer podría haberte convencido para que lo escondieras. Fuera del instante santo, nuestro Ser está rodeado por un anillo de miedo, tenemos miedo de acercarnos al Ser porque nos hemos engañado al creer que lo que encontraremos es aterrador.

El tiempo que parece ser necesario para encontrar el instante santo no se debe a que sea misterioso y difícil de alcanzar, el tiempo es sólo la medida de nuestro miedo a nuestro Ser. Es necesario este tiempo para acallar dulcemente nuestros miedos, hasta que estemos listos para encontrar el Ser que está más allá del tiempo, más antiguo que el tiempo, completo y que nada le falta tal como Dios Lo creó. Este Ser es el Pensamiento de Dios. No somos conscientes de nuestro Ser porque hemos negado este Pensamiento. Nuestra experiencia de nuestro Ser es sólo el final de nuestra negación. El Ser no cambia, no viene y se va. Simplemente es.


En este Ser completamos Su extensión con la nuestra (10:5). La extensión creadora de Dios se completa cuando nosotros, a nuestra vez, nos extendemos. El Amor que nos creó ahora fluye a través de nosotros para darles alegría a otros. Estamos practicando lo que siempre hemos conocido, lo conocíamos antes de que la verdad original pareciera desaparecer dentro de la ilusión, y la conoceremos de nuevo. En el instante santo la conocemos ya, ahora mismo. Y lo que conocemos es esto: Se nos han confiado los regalos de Dios. Nuestro darlos completa Su dar. “Y le recordamos al mundo que está libre de toda ilusión cada vez que decimos: Dios es sólo Amor y, por ende, eso es lo que soy yo.” (10:7-8).

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