jueves, 19 de junio de 2014

Leccion 170



LECCIÓN 170 – 19 de Junio

En Dios no hay crueldad ni en mí tampoco.

1. Nadie ataca sin la intención de herir. 2En esto no hay excepcio­nes. 3Cuando piensas que atacas en defensa propia estás afir­mando que ser cruel te protege, que la crueldad te mantiene a salvo. 4Estás afirmando que herir a otro te brinda libertad. 5Y estás afirmando también que atacar cambia el estado en que te encuen­tras por otro mejor, más seguro, donde estás más a salvo de los asaltos del peligro y del temor.
2. ¡Qué descabellada es la idea de que atacando es la manera de defenderse del miedo! 2Pues he aquí donde se engendra el miedo y se le nutre de sangre para que crezca, se expanda y sea cada vez más rabioso. 3Ésta es la manera de proteger el miedo, no de esca­parse de él. 4Hoy aprendemos una lección que te evitará más demoras y sufrimientos de los que te puedes imaginar. 5es ésta:

6Tú fabricas aquello de lo que te defiendes. aY al defenderte contra ello haces que sea real e ineludible. 7Depón tus armas, y sólo entonces percibirás su falsedad.

3. Parece ser un enemigo externo a quien atacas. 2Sin embargo, al defenderte forjas un enemigo interno; un pensamiento extraño que está en guerra contigo, que te priva de paz y divide tu mente en dos bandos que parecen ser totalmente irreconciliables. 3Pues ahora el amor tiene un "enemigo", un opuesto; y el miedo, el extraño, necesita que lo defiendas contra la amenaza de lo que realmente eres.
4. Si examinases detenidamente los medios por los que tu ilusoria defensa propia procede a lo largo de su curso imaginario, te per­catarías de las premisas sobre las que se basa la idea. 2En primer lugar, es obvio que las ideas tienen que abandonar su fuente, pues eres tú quien lanza el ataque y quien tuvo que haberlo concebido primero. 3No obstante, lanzas el ataque contra algo externo a ti y en tu mente te separas de aquel a quien atacas, completamente convencido de que la división a la que has dado lugar es real.
5. En segundo lugar, los atributos del amor se le confieren a su "enemigo". Pues el miedo se convierte en tu refugio y en el pro­tector de tu paz, y recurres a él en busca de solaz y de escape de cualquier duda con respecto a tu fortaleza, así como con la espe­ranza de poder descansar en una quietud sin sueños. 3Y al así despojar al amor de lo que le pertenece a él y sólo a él, se le dota con los atributos del miedo. 4Pues el amor te pediría que depusie­ses todas tus defensas por ser éstas meras necedades. 5Y cierta­mente tus armas se desmoronarían y quedarían reducidas a polvo, 6pues eso es lo que son.
6. Al tener al amor como enemigo, la crueldad se convierte nece­sariamente en un dios. 2los dioses exigen que sus seguidores obedezcan sus mandatos sin rechistar. 3A aquellos que cuestionan la sensatez o cuando menos la cordura de tales exigencias, se les castiga severa e implacablemente. 4Pues son sus enemigos los que son irrazonables y dementes, mientras que ellos son siempre justos y misericordiosos.
7. Hoy examinaremos friamente a este dios cruel. 2nos daremos cuenta de que aunque sus labios están manchados de sangre y de que de su boca parecen salir llamas, está hecho de piedra. 3No puede hacer nada. 4No tenemos que desafiar su poder, 5pues no tiene ninguno. 6Y quienes ven en él su seguridad, no tienen ni guardián ni fortaleza a los que invocar en caso de peligro, ni ningún poderoso guerrero que salga en su defensa.
8. Este momento puede ser terrible. 2Pero también puede ser el momento en que te emancipas de tu abyecta esclavitud. 3Pues al estar frente a este ídolo y verlo exactamente como es, llevas a cabo una elección. 4¿Vas a restituirle al amor lo que has procu­rado arrebatarle para ponerlo a los pies de ese inanimado bloque de piedra? 5¿O vas a inventar otro ídolo para que lo reemplace? 6Pues el dios de la crueldad adopta muchas formas. 7Siempre es posible encontrar otra.
9. Mas no creas que el miedo es la manera de escapar del miedo. 2Recordemos lo que se ha subrayado en el texto con respecto a los obstáculos que la paz tiene que superar. 3De éstos, el último, el más difícil de creer que en realidad no es nada, si bien aparenta ser un bloque sólido, impenetrable, temible e insuperable, es el miedo a Dios Mismo. 4He aquí la premisa básica que entrona como un dios al pensamiento del miedo. 5Pues el miedo es vene­rado por aquellos que le rinden culto, y el amor parece ahora estar revestido de crueldad.
10. ¿De dónde ha surgido la creencia tan irracional de que hay dioses de venganza? 2El amor no ha confundido sus atributos con los del miedo. 3Mas los que le rinden culto al miedo perciben su propia confusión en el "enemigo" del miedo, y la crueldad de éste como parte del amor. 4¿Y qué podría ser ahora más temible que el Corazón del Amor Mismo? 5Sus labios parecen estar man­chados de sangre y de su boca parece brotar fuego. 6Pero sobre todo, Él es terrible e increíblemente cruel, y siega las vidas de todos aquellos que lo consideran su Dios.
11. No hay duda acerca de la elección que hoy has de llevar a cabo. 2Pues hoy posarás tu mirada por última vez sobre ese bloque de piedra que tú mismo esculpiste, y dejarás de llamarle dios. 3Has llegado hasta este punto antes, pero has elegido que ese dios cruel permanezca contigo en otra forma. 4por eso el temor a Dios volvió a apoderarse de ti. 5Pero esta vez lo dejarás allí. 6Y al volver regresarás a un mundo nuevo, aliviado de ese peso; un mundo que no se ve a través de sus ojos ciegos, sino a través de la visión que te ha sido restituida gracias a tu elección.
12. Ahora tus ojos le pertenecen a Cristo y es Él quien mira a tra­vés de ellos. 2Ahora tu voz le pertenece a Dios y se hace eco de la Suya. 3Ahora tu corazón permanecerá en paz para siempre. 4Lo has elegido a Él en lugar de los ídolos, y los atributos con los que tu Creador te bendijo te son por fin restituidos. 5La Llamada a Dios ha sido oída y contestada. 6Ahora el miedo ha dado paso al amor, al Dios Mismo reemplazar la crueldad.
13. Padre, somos como Tú. 2En nosotros no hay crueldad, puesto que en Ti no la hay. 3Tu paz es nuestra. 4Y bendecimos al mundo con lo que hemos recibido exclusivamente de Ti. 5Elegimos una vez más, y elegi­mos asimismo por todos nuestros hermanos, sabiendo que son uno con nosotros. 6Les brindamos Tu salvación tal como la hemos recibido ahora. 7Y damos gracias por ellos que nos completan. 8En ellos vemos Tu gloria y en ellos hallamos nuestra paz. 9Somos santos porque Tu santidad nos ha liberado. 10Y Te damos gracias por ello. 11Amén.

Comentario

El pensamiento básico que contiene la lección de hoy es que nuestros intentos por defendernos a nosotros mismos son lo que hace que el ataque externo nos parezca real.

Tenemos miedo porque, en algún lugar muy dentro de nuestro corazón,  creemos que hemos atacado y que merecemos castigo por nuestro ataque. Sentimos dentro de nosotros la creencia de que “herir a otro (nos) brinda libertad” (1:4). Esta creencia está detrás de cada ataque que consideramos en defensa de nosotros mismos. No importa cuánto intentemos justificar nuestros ataques, algo dentro de nosotros sabe que nuestro intento es herir a la otra persona porque creemos que hiriéndole nos liberará en algún modo de algo. Resumiendo, creemos que somos crueles por naturaleza.

Proyectamos nuestra creencia en el ataque sobre algo externo, vemos los ataques como si vinieran de fuera de nuestra propia mente. En realidad no hay nada fuera de nuestra mente, somos nosotros los que nos atacamos a nosotros mismos con nuestra culpa, pero creemos ver el ataque como externo a nosotros, justificando más ataques por nuestra parte. De este modo, el miedo y la defensa se convierten en los medios de protegernos a nosotros mismos. Y “al amor… se le dota con los atributos del miedo” (5:3): es decir, el amor se convierte en algo temible porque nos aconseja que abandonemos todas nuestras defensas. El amor se convierte en algo peligroso.

Desde este punto de vista, el miedo y la crueldad se convierten en “un dios”, un ídolo, algo que hay que proteger a toda costa. Abandonar el miedo se convierte en el máximo peligro. Por encima de todas las cosas tenemos miedo de no tener miedo; nos aferramos al miedo, creyendo que nos protege.

Llevada al extremo, esta “adoración” del miedo y de la crueldad terminamos proyectándola sobre Dios Mismo, Le vemos como un Dios vengativo, que expulsa fuego, que nos amenaza con el infierno, listo para engañarnos con Sus palabras de amor, que se ríe con alegría salvaje mientras nos hundimos en la derrota. De hecho, enterrado lo mejor que podemos, está nuestro miedo a Dios, disfrazado de muchas formas cuando sale de nuestro inconsciente, pero siempre presente, ésa es la idea básica “que entrona como un dios al pensamiento del miedo” (9:4).

“Este momento puede ser terrible. Pero también puede ser el momento en que te emancipas de tu abyecta esclavitud” (8:1-2). A la larga, todas nuestras defensas son defensas contra Dios. Enterrada muy hondo en nuestra mente está nuestra seguridad de que el universo va a por nosotros. Si miramos con honestidad, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida reforzando nuestras defensas contra “cosas” que parecen amenazarnos.

El Curso nos dice que la única manera de descubrir que la amenaza no es real es abandonar las defensas (2:6-7). Dios no está enfadado. El universo no va a por nosotros. Si nos parece que Dios está separado de nosotros, sólo las barreras que hemos levantado hacen que así nos lo parezca. Sólo somos víctimas de nuestras propias defensas.

No tenemos nada que temer. No somos crueles, no podemos serlo, pues Dios Quien nos creó no tiene crueldad en Él. No hay ningún castigo acechando sobre nuestras cabezas. Somos el inocente Hijo de Dios, el Hijo que Dios ama. Sin ese miedo primario, no hay nada que proyectar sobre otros; cuando dejamos de proyectar nuestro miedo, no se percibe ningún ataque fuera; cuando no se percibe ningún ataque fuera, no hay necesidad de defensas.

Si examinamos con honestidad a nuestro “dios” de miedo y defensa, tenemos que ver que está hecho de piedra. No tiene vida, no puede salvarnos. El miedo provoca miedo, el ataque provoca ataque. Las guerras del mundo lo demuestran constantemente. Herir a otros nunca nos pone a salvo, únicamente aumenta el ciclo de miedo y ataque.

Darnos cuenta de que el método en el que confiamos para garantizar nuestra seguridad no sirve de nada, que nuestro guerrero ganador es un traidor, puede ser un momento aterrador. Los almacenes de misiles en los que hemos puesto toda nuestra confianza ¡apuntan directamente a nuestro propio corazón! “Este momento puede ser terrible. Pero también puede ser el momento en que te emancipas de tu abyecta esclavitud” (8:1-2). Pensar en abandonar las defensas por completo puede paralizarnos de miedo por un momento. Pero puede ser el momento en el que somos libres para reconocer que lo que tememos no existe, y se le permite la entrada al “enemigo” que nos hemos esforzado en mantener fuera, trayéndonos Su paz con Él. 


1 comentario:

  1. Excelente labor la de ustedes. Me ha ayudado mucho a hacer mis ejercicios, muchas gracias

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