viernes, 13 de junio de 2014

Leccion 164

Leccion 164, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 164 – 13 de Junio

Ahora somos uno con Aquel que es nuestra Fuente.

1. ¿En qué otro momento sino ahora mismo puede reconocerse la verdad? El presente es el único tiempo que hay. Y así, hoy en este mismo instante, ahora mismo, podemos contemplar lo que se encuentra ahí eternamente, no ante nuestra vista sino ante los ojos de Cristo. Él mira más allá del tiempo y ve la eternidad representada allí. Él oye los sonidos que engendra el insensato y ajetreado mundo, aunque muy levemente. Pues más allá de ellos Él oye el himno del Cielo y la Voz que habla por Dios con más claridad, con más sentido y más de cerca.
2. El mundo desaparece fácilmente ante Su vista. Sus sonidos se vuelven más tenues. Una melodía procedente de mucho más allá del mundo se vuelve cada vez más clara: una Llamada ancestral a la que Cristo da una respuesta ancestral. Tú reconocerás tanto una como otra, pues no son sino tu propia respuesta a la Llamada que te hace tu Padre. Cristo responde por ti, haciéndose eco de tu Ser, usando tu voz para dar Su jubiloso consentimiento y aceptando tu liberación por ti.
3. ¡Cuán santas son tus prácticas hoy, al darte Cristo Su visión, al oír por ti y al contestar en tu nombre la Llamada que Él oye! ¡Cuán serenos son los momentos que pasas con Él, más allá del mundo! ¡Cuán fácilmente te olvidas de todos tus aparentes pecados y dejas de recordar todos tus pesares! En este día se dejan de lado las aflicciones, pues a ti, que hoy aceptas los dones que él te da, te resultan claros los sonidos y las vistas procedentes de aquello que está más cerca de ti que el mundo.
4. Hay un silencio que el mundo no puede perturbar. Hay una paz ancestral que llevas en tu corazón y que no has perdido. Hay en ti una sensación de santidad que el pensamiento de pecado jamás ha mancillado. Hoy recordarás todo esto. La fe con la que practiques hoy te aportará recompensas tan grandes y tan radicalmente diferentes de todas las cosas que antes perseguías, que sabrás que ahí está tu tesoro y tu descanso.
5. Éste es el día en que todas las vanas imaginaciones se descorren como si de una cortina se tratase, para revelar lo que se encuentra tras ellas. Ahora se hace visible lo que realmente está ahí, mientras que todas las sombras que parecían ocultarlo simplemente se sumergen en la nada. 3Ahora se recupera el equili­brio, y la balanza del juicio se deja en manos de Aquel que juzga correctamente. 4Y mediante Su juicio, se desplegará ante tus ojos un mundo de perfecta inocencia. 5Ahora lo contemplarás con los ojos de Cristo. 6Ahora su transformación te resultará evidente.
6. Hermano, éste es un día sagrado para el mundo. 2La visión que se te ha concedido, la cual procede de mucho más allá de todas las cosas del mundo, las contempla ahora bajo una nueva. luz. 3Y lo que ves se convierte en la curación y salvación del mundo. 4Tanto lo valioso como lo insignificante se percibe y se reconoce tal como es. 5Y lo que es digno de tu amor recibe tu amor, y no queda nada que puedas temer.
7. Hoy no juzgaremos. 2No recibiremos sino aquello que nos llega procedente de un juicio que se emitió desde más allá del mundo. 3Nuestras prácticas de hoy se convierten en un regalo de gratitud por nuestra liberación de la ceguera y de la aflicción. 4Todo cuanto veamos no hará sino aumentar nuestra dicha, pues su santidad refleja la muestra. 5Nos alzamos perdonados ante los ojos de Cristo, tal como el mundo se alza perdonado ante los nuestros. 6Bendecimos al mundo al contemplarlo en la luz en la que nuestro Salvador nos contempla a nosotros, y le ofrecemos la libertad que se nos ha dado a través de Su visión redentora, no a través de la nuestra.
8. Descorre la cortina durante tus prácticas  renunciando simple­mente a todo lo que crees desear. 2Guarda tus frívolos tesoros, y deja un espacio limpio y despejado en tu mente donde Cristo pueda venir a ofrecerte el tesoro de la salvación. 3Él necesita tu santísima mente para salvar al mundo. 4¿Acaso no es este propósito digno de ser tu objetivo? 5¿No es la visión de Cristo algo digno de procurarse en lugar de todos los objetivos mundanos que no producen ninguna satisfacción?
9. No dejes que este día transcurra sin que los regalos que tiene reservados para ti reciban tu aprobación y aceptación. 2Si los reconoces, podemos cambiar el mundo 3Tal vez no puedas ver el valor que tu aceptación de ellos le ofrece al mundo.4Pero sin duda quieres esto: poder cambiar todo sufrimiento por dicha hoy mismo. 5Practica con fervor y ése será tu regalo. 6¿Iba Dios a engañarte? 7¿Podría dejar Él de cumplir Su promesa? 8¿Le negarías lo poco que te pide cuando Sus Manos le ofrecen a Su Hijo la salvación en su totalidad?

Comentario

A cualquiera que ha hecho las lecciones del Libro de Ejercicios hasta este punto, está claro que las últimas lecciones están alcanzando un nuevo nivel. Se le da una importancia constante a lo que el Curso llama el instante santo, aunque muchas de las lecciones no usan estas palabras. Pero cuando una lección, como ésta,  habla de “en este mismo instante, ahora mismo” como el momento en el que  “contemplar lo que se encuentra ahí eternamente” (1:3), o del tiempo que dedicamos a pasar en quietud “con Él, más allá del mundo” (3:2), está claramente indicando los momentos en que entramos en el instante santo, un momento de eternidad dentro del tiempo.

La práctica que se nos pide (desde la Lección 153), día tras día, es reservar momentos de no menos de cinco minutos, y hasta media hora o más, por la mañana y por la noche, a trabajar nuestra visión y escucha espirituales. Se nos pide escuchar “el himno del Cielo” (1:6) que está sonando continuamente más allá de los sonidos de este mundo. Esta “melodía procedente de mucho más allá del mundo” (2:3) es la canción del amor, la llamada de nuestros corazones a Él, y la Suya a nosotros.

Estos momentos son periodos en los que nos olvidamos de todos nuestros aparentes pecados y dejamos de recordar todos nuestros pesares (3:3), y recordamos los regalos que Él nos da (3:4). Practicamos dejar a un lado las vistas y los sonidos del mundo que son testigos constantes para nosotros del mensaje de miedo del ego, y escuchamos la canción del Cielo. Nos aquietamos, acallamos nuestra mente, e intentamos ponernos en contacto con “un silencio que el mundo no puede perturbar” (4:1), la “paz ancestral que llevas en tu corazón y que no has perdido (4:2), y la “sensación de santidad que el pensamiento de pecado jamás ha mancillado” (4:3). Todo esto, como dice el primer párrafo: “se encuentra ahí eternamente, no ante nuestra vista sino ante los ojos de Cristo” (1:3). No lo estamos creando, no estamos haciendo que suceda, sino que estamos apartando todo lo que hay en nuestra mente que lo oculta de nuestra vista. “Ahora se hace visible lo que realmente está ahí, mientras que todas las sombras que parecían ocultarlo simplemente se sumergen en la nada” (5:2).

Esta práctica pone a nuestra mente en un estado en el que sentimos puro gozo. Gozo es la palabra  que me viene a la mente para describir “lo que se siente” en el instante santo. Hay una sensación de satisfacción, una seguridad de que todo está bien, a pesar de toda la evidencia en contra. Hay una relajación pacífica dentro de la mente de Dios. De modo natural nuestra mente se extiende hacia fuera con amor a todo el mundo, desde este santo lugar, bendiciendo en lugar de juzgar.

Puede ser difícil para nosotros desde este momento entender completamente cómo esta práctica de quietud, algo que sucede completamente dentro de nuestra propia mente, puede “curar y salvar al mundo” (6:3). La lección afirma sin posibilidad de dudas que, por medio de esta práctica  “podemos cambiar el mundo” (9:2). ¿Cómo puede ser así? Eso es así porque todas las mentes están unidas, y aunque podemos entender la idea, nuestra sensación de su realidad es muy débil. Eso es normal, el efecto sobre el mundo tiene lugar, nos demos cuenta de ello o no. Por el momento, podemos centrarnos en el beneficio personal: “Pero sin duda quieres esto: poder cambiar todo sufrimiento por dicha hoy mismo” (9:4).


Si te pareces a mí, la realidad e importancia de esta práctica aumenta lentamente. Hay muchos días que “dejamos pasar” sin tomarnos el tiempo de hacer el trabajo sobre nuestra mente que el Libro de Ejercicios pide. Los detalles de la vida, la presión de los negocios, las crisis diarias piden nuestra atención a gritos, alejándonos del trabajo interno, que es lo que pretenden. Se necesita una firme decisión de poner lo primero este “momento de quietud” con Dios, por encima de todas las demás cosas. Pero cuando lo hacemos, sucede algo sorprendente. Como dice la Lección 286: “Padre, ¡qué día tan sereno el de hoy! ¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio!” (L.286.1:1-2). Recuerdo, hace mucho, que leí lo que Martin Luther escribió una vez: “Tengo tantas cosas que hacer, que tengo que pasar tres horas en oración para prepararme a mí mismo para ello”. Había un hombre que entendía, dentro de su propia situación, que preparar su mente con Dios era lo más importante, y cuanta mayor presión por parte del mundo, más necesitaba ese momento de quietud en la Presencia de Dios.

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