lunes, 9 de junio de 2014

Leccion 160

Leccion 160, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 160 – 9 de Junio

Yo estoy en mi hogar. El miedo es el que es un extraño aquí.

1. El miedo es un extraño en los caminos del amor. 2Identifícate con el miedo, y te vuelves un extraño ante tus propios ojos. 3Y de este modo, no te conocerás a ti mismo. 4Lo que tu Ser es sigue siendo algo ajeno para la parte de ti que cree que es real, aunque diferente de ti: 5¿Quién podría estar en su sano juicio en tales circunstancias? 6¿Quién sino un loco podría creer que él es lo que no es, y juzgar en contra de sí mismo?
2. Hay un extraño entre nosotros que procede de una idea tan ajena la verdad que habla un idioma distinto, percibe un mundo que la verdad desconoce y entiende aquello que la ver­dad juzga como carente de sentido. 2Pero aún más extraño es el hecho de que no reconoce a aquel a quien visita, y sin embargo, sostiene que el hogar de éste es suyo, mientras que el que está en su hogar es el que es el extraño. 3No obstante, qué fácil sería decir: "Este es mi hogar. 4Aquí es donde me corresponde estar y no me iré porque un loco me diga que tengo que hacerlo".
3. ¿Qué razón hay para no decir esto? 2¿Cuál podría ser la razón sino que has invitado a ese extraño a ocupar tu lugar, y has per­mitido convertirte en un extraño ante tus propios ojos? 3Nadie se dejaría desahuciar tan innecesariamente a no ser que pensase que hay otro hogar que está más de acuerdo con sus gustos.
4. ¿Quién es el extraño? 2¿A quién no le corresponde estar en el hogar que Dios proveyó para Su Hijo, a ti o al miedo? 3¿Es acaso el miedo obra Suya, creado a Su semejanza? 4¿Es acaso el miedo lo que el amor completa y mediante lo cual se completa a sí mismo? 5No hay hogar que pueda darle cobijo al amor y al miedo, 6pues no pueden coexistir. 7Si tú eres real, el miedo no puede sino ser una ilusión. 8Mas si el miedo es real, entonces eres tú el que no existe.
5. ¡Qué fácilmente se puede resolver este dilema! 2Todo aquel que teme no ha hecho sino negar su verdadera identidad y decir: "Yo soy el extraño aquí. 3De modo que le cedo mi hogar a uno que es más como yo que yo mismo, y le doy todo cuanto pensé que era mío". 4Ahora se ha exilado por fuerza, sin saber quién es, inseguro de todo, menos de esto: que él no es él mismo, y que se le ha negado su hogar.
6. ¿En pos de qué va a ir ahora? 2¿Qué podría encontrar? 3Alguien que se ha convertido en un extraño ante sus propios ojos no puede encontrar un hogar no importa dónde lo busque, pues él mismo ha imposibilitado su regreso. 4Está perdido a menos que un milagro venga y le muestre que ya no es un extraño. 5El mila­gro vendrá. 6Pues su Ser sigue morando en su hogar. 7Y su Ser no ha invitado a ningún extraño ni se ha confundido a Sí Mismo con ningún pensamiento ajeno a Él. 8E invocará a lo que es Suyo a Sí Mismo en reconocimiento de lo que es Suyo.
7. ¿Quién es el extraño?. 2¿No es acaso aquel a quien tu Ser no invoca? 3Ahora eres incapaz de reconocer ese extraño que mero­dea entre vosotros, pues le has cedido tu legítimo lugar. 4No obs­tante, tu Ser está tan seguro de lo que es Suyo como Dios lo está de Su Hijo. 5Dios no está confundido con respecto a la creación. 6Está seguro de lo que es Suyo. 7Ningún extraño se puede interpo­ner entre Su conocimiento y la realidad de Su Hijo. 8Él no sabe de extraños. 9Él está seguro de Su Hijo.
8. La certeza de Dios es suficiente. 2A aquel a quien Él reconoce como Su Hijo le corresponde estar allí donde Él estableció a Su Hijo para siempre. 3Él ha contestado tu pregunta: "¿Quién es el extraño?" 4Oye Su Voz asegurarte, con serenidad y certeza, que tú no eres un extraño  para tu Padre ni tu Creador se ha vuelto un extraño para ti. 5Aquel a quien Dios se ha unido es eternamente uno, pues está en su hogar en Él, y no es un extraño para Sí Mismo.
9. Hoy damos gracias de que Cristo haya venido a buscar en el mundo lo que es Suyo. 2Su visión no ve extraños, sino que con­templa a los Suyos y se une ellos jubilosamente. 3Ellos lo ven como un extraño, pues no se reconocen a sí mismos.4No obstante, a medida que le den la bienvenida, lo recordarán. 5Y Él los condu­cirá dulcemente de regreso a su hogar, donde les corresponde estar.
10. Cristo no se olvida de nadie. 2No deja de darte ni uno solo de tus hermanos para que los recuerdes a todos, de manera que tu hogar pueda ser pleno y perfecto, tal como fue instituido. 3Él no se ha olvidado de ti. 4Mas tú no lo podrás recordar a Él hasta que contemples todo tal como Él lo hace. 5El que niega a su hermano lo está negando a Él, y, por lo tanto, se está negando a aceptar el don de la visión mediante el cual puede reconocer a su Ser claramente, recordar su hogar y alcanzar la salvación.

Comentario
En esta lección el miedo es lo mismo que el “ego”. La imagen que aquí se da es que hemos invitado a nuestro hogar al miedo, personificado como un extraño, y el extraño se ha puesto al mando y ha declarado que él es nosotros. Ha absorbido nuestra identidad casi por completo. Y la parte demente de todo ello es que vamos con el extraño. Hemos aceptado que el extraño es realmente nosotros, y le hemos dejado nuestro hogar a él por completo. Nos ha despojado de todo.

¿Quién es el extraño? ¿Tú o el ego? Es tan fácil, cuando pensamientos de miedo invaden nuestra mente, creer que el miedo es nosotros. Que la ira es nosotros. Que la soledad es nosotros. Que la incapacidad es nosotros. Nos hemos acostumbrado a identificarnos con nuestros pensamientos y sentimientos de miedo, pensamos que ellos son nosotros. La fuerza de esta lección es que todas estas manifestaciones de miedo son un intruso, no una auténtica parte de nosotros en absoluto. Tú no eres el ego, el ego no es tú.

Stephen Levine, en varios de sus libros, habla acerca de relacionarnos con nuestro miedo en lugar de relacionarnos desde nuestro miedo. La diferencia que hace es entre identificarnos con el miedo (relacionarnos desde él) o diferenciar nuestro ser de él (relacionarnos con él). Cuando me relaciono desde el miedo, me tiene atrapado. Me dirige el miedo, el miedo es yo. Sin embargo, cuando me relaciono con mi miedo, puedo mirarlo con misericordia y sin confusión. Puedo reaccionar al miedo con compasión, y sanar en lugar de dejarme invadir por el pánico. Es la diferencia entre decir: “Tengo miedo” y decir: “Tengo pensamientos de miedo” o “Estoy sintiendo miedo”. Mis pensamientos no son yo. Yo soy el pensador que está pensando los pensamientos, pero yo no soy los pensamientos.

Cuando podemos separarnos del miedo que sentimos, ya nos hemos identificado con nuestro verdadero Ser. Nuestro Ser está seguro de Sí Mismo, y actúa para sanar nuestra mente, para llamarnos al hogar. Cuando damos la bienvenida en nuestra mente a este Ser, recordamos Quién somos.

Sin embargo, esta nueva visión de nosotros mismos incluye necesariamente a todos. Es como si Dios nos estuviera ofreciendo unas gafas y dijera: “Si te las pones, verás tu verdadero Ser”. Pero  nos rebelamos, cuando descubrimos que al ponérnoslas no sólo nos vemos a nosotros en una nueva luz sino a todos. Queremos vernos a nosotros inocentes, pero no estamos dispuestos a ver a todos de ese modo. Si nos negamos a ver inocentes a todos a nuestro alrededor, nos quitaremos las gafas, rechazaremos la visión de Cristo, y no podremos reconocernos a nosotros mismos (10:5). “Mas tú no lo podrás recordar a Él (Dios) hasta que contemples todo tal como Él lo hace” (10:4).

Cuando pensamientos de miedo entren hoy en mi mente, que yo reconozca que ellos son los extraños, los intrusos, y que yo soy el que estoy en mi hogar, no el miedo. El miedo no pertenece aquí. No necesito aceptarlo en mi mente. Pero que no luche contra el miedo, que contemple a mis pensamientos de miedo con compasión y con comprensión, reconociéndolos como un simple error, y no como un pecado. No hay que sentirse culpable por sentir miedo, no hay necesidad de ello. Puedo abandonar estos pensamientos, puedo ir a mi Ser, y ver esos pensamientos como las ilusiones que son. Puedo contemplarme con amor. Y desde este mismo lugar de consciencia compasiva, veo a todos mis hermanos en la misma luz: atrapados por el miedo, confundiendo al miedo consigo mismos, y que necesitan no juicio ni ataque sino perdón, amabilidad y compasión.  

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