martes, 3 de junio de 2014

Leccion 154

Leccion 154, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 154 – 3 de Junio

Me cuento entre los ministros de Dios.

1. No seamos hoy ni arrogantes ni falsamente humildes. 2Ya hemos superado tales necedades. 3No podemos juzgarnos a no­sotros mismos, ni hace falta que lo hagamos. 4Eso no es sino apla­zar la decisión y posponer entregarnos de lleno al ejercicio de nuestra función. 5Nuestro papel no es juzgar nuestra valía, ni tampoco podríamos saber cuál es el mejor papel para nosotros o qué es lo que podemos hacer dentro de un plan más amplio que no podemos captar en su totalidad. 6Nuestro papel se nos asigna en el Cielo, no en el infierno. 7Y lo que pensamos que es debili­dad puede ser fortaleza, y lo que creemos que es nuestra forta­leza a menudo es arrogancia.
2. Sea cual sea el papel que se te haya asignado, fue seleccionado por la Voz que habla por Dios, Cuya función es asimismo hablar por ti. 2El Espíritu Santo escoge y acepta tu papel por ti, toda vez que ve tus puntos fuertes exactamente como son, y es igualmente consciente de dónde se puede hacer mejor uso de ellos, con qué propósito, a quién pueden ayudar y cuándo. 3Él no actúa sin tu consentimiento. 4Pero no se deja engañar con respecto a lo que eres, y escucha solamente Su Voz en ti.
3. Mediante esta capacidad Suya de oír una sola Voz, la Cual es la Suya Propia, es como tú por fin cobras conciencia de que en ti solo hay una Voz. 2Y esa sola Voz te asigna tu función, te la comu­nica, y te proporciona las fuerzas necesarias para poder entender lo que es, para poder llevar a cabo lo que requiere, así como para poder triunfar en todo lo que hagas que tenga que ver con ella. 3Dios se une a Su Hijo en esto, y Su Hijo se convierte de este modo en el mensajero de la unidad junto con Él.
4. Esta unión de Padre e Hijo, a través de la Voz que habla por Dios, es lo que hace que la salvación sea algo aparte del mundo. 2Ésta es la Voz que habla de leyes que el mundo no obedece, y la que promete salvarnos de todo pecado y abolir la culpabilidad de la mente que Dios creó libre de pecado. 3Ahora esta mente vuelve a cobrar conciencia de Aquel que la creó y de su eterna unión consigo misma. 4Y así, su Ser es la única realidad en la que su voluntad y la de Dios están unidas.
5. El mensajero no escribe el mensaje que transmite. 2Tampoco cuestiona el derecho del que lo escribe, ni pregunta por qué razón ha escogido aquellos que han de recibir el mensaje del que él es portador. 3Sólo necesita aceptarlo, llevárselo a quienes va destinado y cumplir con su cometido de entregarlo. 4Si trata de determinar cuáles deben ser los mensajes, cuál es su propósito o adónde se deben llevar, no estará desempeñando debidamente su papel de portador de la Palabra.
6. Hay una diferencia fundamental en el papel que desempeñan los mensajeros del Cielo que los distingue de los mensajeros del mundo. 2Los mensajes que transmiten van dirigidos en primer lugar a ellos mismos. 3Y es únicamente en la medida en que los pueden aceptar para sí que se vuelven capaces de llevarlos aún más lejos, y de transmitirlos allí donde se dispuso que fueran recibidos. 4Al igual que los mensajeros del mundo, ellos no escri­bieron los mensajes de los que son portadores, pero se convier­ten, en rigor, en los primeros que los reciben, a fin de prepararse para dar.
7. Un mensajero terrenal cumple su misión transmitiendo todos los mensajes de que es portador. 2Los mensajeros de Dios desem­peñan su papel aceptando Sus mensajes como si fuesen para ellos mismos, y demuestran que han entendido los mensajes al trans­mitírselos a otros. 3No eligen ningún papel que no les haya sido asignado por Su autoridad. 4Y de esta forma, se benefician con cada mensaje que transmiten.
8. ¿Queréis recibir los mensajes de Dios? 2Pues así es como os convertís en Sus mensajeros. 3Sois nombrados ahora. 4Sin embargo, os demoráis en transmitir los mensajes que habéis reci­bido. 5Y de esta forma, no os dais cuenta de que son para vosotros, y así, no los reconocéis. 6Nadie puede recibir, y comprender qué ha recibido, hasta que no dé. 7Pues sólo al dar puede aceptar que ha recibido.
9. Vosotros que sois ahora los mensajeros de Dios, recibid Sus mensajes. 2Pues eso es parte de la función que se os asignó. 3Dios no ha dejado de ofreceros lo que necesitáis, ni ello ha dejado de aceptarse. 4No obstante, hay otra parte de la tarea que se os ha señalado que todavía tiene que llevarse a cabo. 5Aquel que reci­bió los mensajes de Dios por vosotros quisiera que vosotros tam­bién los recibierais. 6Pues de esta manera os identificáis con Él y reivindicáis lo que es vuestro.
10. Esta unión es lo que nos proponemos reconocer hoy. 2No trata­remos de mantener nuestras mentes separadas de Aquel que habla por nosotros, pues es nuestra propia voz la que oímos cuando le prestamos atención a Él. 3Únicamente Él puede hablar­nos a nosotros y hablar por nosotros, uniendo en una sola Voz el recibir y el dar de la Palabra de Dios; el dar y el recibir de Su Voluntad.
11. Nuestra práctica de hoy consiste en darle a Él lo que es Su Voluntad tener, de manera que podamos reconocer los dones que nos hace. 2Él necesita nuestra voz para poder hablar a través de nosotros. 3Necesita nuestras manos para que acepten Sus mensa­jes y se los lleven a quienes Él nos indique. 4Necesita nuestros pies para que éstos nos conduzcan allí donde Su Voluntad dis­pone que vayamos, de forma que aquellos que esperan acongoja­dos puedan por fin liberarse. 5Y necesita que nuestra voluntad se una a la Suya, para que podamos ser los verdaderos receptores de los dones que Él otorga.
12. Aprendamos sólo esta lección el día de hoy: que no reconoce­remos lo que hemos recibido hasta que no lo demos. 2Has oído esto cientos de veces y de cien maneras diferentes, y, sin embargo, todavía no lo crees. 3Mas ten por seguro esto: hasta que no lo creas, recibirás miles y miles de milagros, pero no sabrás que Dios Mismo no se ha quedado con ningún regalo que tú ya no poseas, ni le ha negado a Su Hijo la más mínima bendición. 4¿Qué significado puede tener esto para ti a no ser que te hayas identificado con el Hijo y con lo que es suyo?
13. Nuestra lección de hoy reza así:

2Me cuento entre los ministros de Dios, y me siento agradecido de disponer de los medios a través de los cua­les puedo llegar a reconocer que soy libre.

14. El mundo retrocederá a medida que iluminemos nuestras men­tes y reconozcamos la veracidad de estas santas palabras. 2Pues constituyen el mensaje que hoy nos envía nuestro Creador. 3Ahora demostraremos cómo han cambiado lo que pensábamos de noso­tros mismos y de lo que nuestra función era. 4Pues al demostrar que no aceptamos ninguna voluntad que no sea la que comparti­mos, los numerosos dones que nuestro Creador nos otorga apare­cerán de inmediato ante nuestra vista y llegarán a nuestras manos, y así reconoceremos lo que hemos recibido.

Comentario

Tal como la veo, esta lección me dice dos cosas importantes:
  • Mi función en la tierra es ser un ministro (o mensajero) de Dios, y la forma concreta que esa función tiene ya está determinada, no por mí, sino por el Espíritu Santo.
  • Como mensajero, mi función es recibir los mensajes de Dios para mí mismo, y luego darlos como me dirija el Espíritu Santo. Al dar los mensajes, reconoceré y entenderé los mensajes que he recibido.

El Espíritu Santo me conoce hasta lo más profundo. Él conoce mis puntos fuertes y débiles; Él conoce el “plan más amplio” (1:5) que yo no conozco; Él sabe cómo utilizar mejor mis puntos fuertes, “dónde se puede hacer mejor uso de ellos, con qué propósito, a quién pueden ayudar y cuándo” (2:2). Por lo tanto, es poco sensato intentar valorarme a mí mismo o dirigir cómo debo cumplir mi función en este mundo, y es mucho más acertado ponerme en Sus manos. Por esto, “no elijo ningún papel que no me haya sido asignado por Su autoridad” (7:3). Él elige mi función por mí, me dice cuál es, me da fuerza para llevarla a cabo y para tener éxito en todo lo que esté relacionado con ella (3:2).

Una parte importante del programa de entrenamiento del Libro de Ejercicios es aprender a escuchar Su Voz y aceptar Su autoridad. Aprender a escuchar Su Voz no es algo que viene sin esfuerzo. Ciertamente, se precisa esfuerzo y un gran deseo de aprender (T.5.II.3:9-10). Al principio puedo sentir que no sé como escuchar Su Voz, pero por eso es precisamente por lo que necesito esta práctica. Cuando empiezo, no sé cómo distinguir la Voz del Espíritu Santo de la voz de mi propio ego; necesito entrenamiento para distinguirlas, y se aprende equivocándose. Pero si sigo las instrucciones de este libro, aprenderé.

El segundo punto es realmente animarme a aceptar la función que Dios me ha dado, que es ser Su mensajero:

Él necesita nuestra voz para poder hablar a través de nosotros. Necesita nuestras manos para que acepten Sus mensa­jes y se los lleven a quienes Él nos indique. Necesita nuestros pies para que éstos nos conduzcan allí donde Su Voluntad dis­pone que vayamos, de forma que aquellos que esperan acongoja­dos puedan por fin liberarse. Y necesita que nuestra voluntad se una a la Suya, para que podamos ser los verdaderos receptores de los dones que Él otorga.   (11:2-5)

Está claro que Él me dirige concretamente, eligiendo dónde voy físicamente, a quién hablo, y lo que digo. Sin embargo, lo importante es que yo acepte esta función general de “mensajero” para mi vida; si la acepto, los detalles vendrán.

Hay un proceso de tres pasos claramente definidos en esta lección: 1) recibir, 2) dar, y 3) reconocer.

  • Primero, yo recibo el mensaje para mí mismo, lo acepto, y lo aplico a mi propia vida. Acepto la Expiación para mí mismo, viendo que la apariencia de culpa dentro de mí es una ilusión, y reconociendo la inocencia que oculta.  Acepto con Dios mi aceptación. Abandono mis ideas falsas y de culpa acerca de mí mismo.

  • Segundo, doy el mensaje a todos los que el Espíritu Santo me envía. Esto puede ser con palabras, con acciones, o simplemente con la actitud de compasión y aceptación que muestro a aquellos con los que me encuentro. Doy el mensaje que he recibido. Les muestro la misericordia que Dios me ha demostrado. Veo en ellos lo que he empezado a ver en mí mismo.

  • Tercero, como resultado de dar, reconozco la realidad de lo que he recibido. “Nadie puede recibir, y comprender qué ha recibido, hasta que no dé” (8:6). Dar el mensaje lo fortalece y le da validez en mi propia mente. “No reconoce­remos lo que hemos recibido hasta que no lo demos” (12:1).

El segundo paso es una parte fundamental de todo el proceso. Sin dar el mensaje, el proceso no puede completarse; mi propio reconocimiento de la salvación no puede completarse. No es suficiente recibir los mensajes de Dios. “No obstante, hay otra parte de la tarea que se os ha señalado que todavía tiene que llevarse a cabo” (9:4). Los mensajes deben darse, compartirse, para ser recibidos completamente. Debo aceptar mi función como mensajero de Dios  si quiero entender lo que he recibido.

Date cuenta de que las instrucciones para la práctica están adaptadas de la Lección 153, donde se nos dijo: “Hoy practicamos siguiendo un formato que vamos a utilizar por algún tiempo” (L.153.15:1). Estas instrucciones seguirán hasta que se den nuevas en la Lección 171 (Quinto Repaso), y se aplicarán a las Lecciones 181-200 también.

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