lunes, 2 de junio de 2014

Leccion 153

Leccion 153
LECCIÓN 153 – 2 de Junio

En mi indefensión radica mi seguridad.

1. Tú que te sientes amenazado por este mundo cambiante, por sus cambios de fortuna y amargas ironías, por sus fugaces relacio­nes y por todos los "regalos" que únicamente te presta para más tarde arrebatártelos, presta mucha atención a lo que aquí decimos. 2El mundo no ofrece ninguna seguridad. 3Está arraigado en el ata­que. aY todos los "regalos" que aparentemente ofrecen seguridad no son más que engaños. 4El mundo no hace sino atacar una y otra vez. 5Es imposible gozar de paz mental allí donde el peligro ace­cha de ese modo.
2. El mundo no puede sino ponerte a la defensiva. 2Pues la ame­naza produce ira, y la ira hace que el ataque parezca razonable, que ha sido honestamente provocado y que está justificado por haber sido en defensa propia. 3Una actitud defensiva, no obs­tante, supone una doble amenaza. 4Pues da testimonio de la debi­lidad, y establece un sistema de defensas que simplemente no es viable. 5Ahora los débiles se debilitan aún más, pues hay traición afuera y una traición todavía mayor adentro.6La mente se halla ahora confusa, y no sabe adónde dirigirse para poder escapar de sus propias imaginaciones.
3. Es como si estuviera encerrada dentro de un círculo, dentro del cual otro círculo la atenaza, y dentro de ése, otro más, hasta que finalmente pierde toda esperanza de poder escapar. 2Los ciclos de ataque y defensa, y de defensa y ataque, convierten las horas y los días en los círculos que atenazan a la mente como gruesos anillos de acero reforzado, los cuales retornan, mas sólo para iniciar todo el proceso de nuevo. 3No parece haber respiro ni final para este aprisionamiento que atenaza cada vez más a la mente.
4. El precio de las defensas es el más alto de los que exige el ego. 2La locura que reina en ellas es tan aguda que la esperanza de recobrar la cordura parece ser sólo un sueño fútil y encontrarse más allá de lo que es posible. 3La sensación de amenaza que el mundo fomenta es mucho más profunda, y sobrepasa en tal manera cualquier intensidad o frenesí que jamás te hayas podido imaginar, que no tienes idea de toda la devastación que ello ha ocasionado.
5. Tú eres su esclavo. 2No sabes lo que haces del miedo que le tienes. 3Tú que sientes su mano de hierro atenazándote el cora­zón, no entiendes lo mucho que has tenido que sacrificar. 4No te das cuenta de cómo has saboteado la santa paz de Dios con tu actitud defensiva. 5Pues ves al Hijo de Dios como víctima del ataque de las fantasías y de los sueños e ilusiones que él mismo forjó, indefenso ante su presencia y necesitado de defensas en forma de más fantasías y más sueños en los que las ilusiones de que está a salvo lo consuelen.
6. La indefensión es fortaleza. 2Da testimonio de que has recono­cido al Cristo en ti. 3Tal vez recuerdes que el texto afirma que siempre eliges entre la fortaleza de Cristo y tu propia debilidad, la cual se ve como algo aparte de Él. 4La indefensión jamás puede ser atacada porque reconoce una fuerza tan inmensa, que ante ella el ataque es absurdo, o un juego tonto que un niño cansado jugaría cuando tiene tanto sueño que ya ni se acuerda de lo que quiere.
7. Cualquier actitud defensiva implica debilidad. 2Proclama que has negado al Cristo y que ahora temes la ira de Su Padre. 3¿Qué puede salvarte ahora del delirio de un dios iracundo, cuya ate­rrante imagen crees ver tras todos los males del mundo?4¿Qué otra cosa sino las ilusiones podrían defenderte ahora, cuando son las ilusiones contra lo que estás luchando?
8. Hoy no vamos a jugar tales juegos infantiles. 2Pues nuestro verdadero propósito es salvar al mundo, y no estamos dispuestos a intercambiar el gozo infinito que nos brinda llevar a cabo nues­tra función por insensateces. 3No vamos a dejar que la felicidad se nos escape debido a que un fragmento de un sueño absurdo haya cruzado nuestras mentes y hayamos confundido las figuras que en él aparecen con el Hijo de Dios y al fugaz instante que dicho sueño duró con la eternidad.
9. Hoy miraremos más allá de los sueños, y reconoceremos que no necesitamos defensas porque fuimos creados inexpugnables, sin ningún pensamiento, deseo o sueño en el que el ataque pudiera tener sentido alguno. 2Ahora nos es imposible temer, pues hemos dejado atrás todos los pensamientos temerosos. 3Y en la indefensión nos erguimos protegidos, con la tranquila certeza de que ahora estamos a salvo, seguros de la salvación; seguros de que llevaremos a cabo el propósito que hemos elegido, a medida que nuestro ministerio vaya impartiendo su santa bendición por todo el mundo.
10. Permanece muy quedo por un instante y piensa en silencio cuán santo es tu propósito, cuán seguro descansas y cuán invul­nerable eres en su luz. 2Los ministros de Dios han elegido dejar que la verdad more con ellos. 3¿Quién es más santo que ellos? 4¿Quién podría estar más seguro de que su felicidad está plena­mente garantizada? 5¿Y quién podría estar más fuertemente pro­tegido? 6¿Qué defensa podrían necesitar los que se cuentan entre los elegidos de Dios, al haber sido ésa Su elección, así como la de ellos?
11. La función de los ministros de Dios es ayudar a sus hermanos a elegir lo mismo que ellos eligieron. 2Dios los ha elegido a todos, pero muy pocos se han dado cuenta de que Su Voluntad es la de ellos. 3mientras no enseñes lo que has aprendido, la salvación seguirá esperando y las tinieblas mantendrán al mundo inexora­blemente aprisionado. 4Y no reconocerás que la luz ha venido a ti y que ya te has escapado. 5Pues no verás la luz hasta que se la ofrezcas a todos tus hermanos.6Y al ellos tomarla de tus manos, reconocerás que es tu luz.
12. Podría decirse que la salvación es un juego que juegan niños felices. 2Fue diseñada por Uno que ama a Sus Hijos y que desea sustituir sus temibles juguetes por juegos felices que les enseñan que el juego del miedo ya se acabó. 3El juego que Dios les ofrece les enseña lo que es la felicidad porque en él nadie pierde. 4Todo aquel que participa no puede sino ganar, y con su victoria queda asegurada la victoria de todos los demás. 5Los niños abandonan gustosamente el juego del miedo cuando reconocen los benefi­cios que brinda la salvación.
13. Tú que has jugado a haber perdido toda esperanza, a haber sido abandonado por tu Padre y a haberte quedado solo y aterrorizado en un mundo temible, enloquecido por el pecado y la culpabili­dad, sé feliz ahora. 2Ese juego ha acabado. 3Ahora ha llegado un tiempo sereno en el que guardamos los juegos de la culpabilidad, y ponemos bajo llave para siempre nuestros extraños e infantiles pensamientos de pecado, apartándolos de las puras y santas men­tes de las criaturas del Cielo y del Hijo de Dios.
14. Nos detenemos sólo por un instante más para jugar nuestro último juego feliz en esta tierra. 2Y luego pasamos a ocupar el lugar que nos corresponde allí donde mora la verdad y donde los juegos no tienen sentido. 3Y así acaba la historia.4Permite que este día haga que su último capítulo se acerque más al mundo, para que cada cual comprenda que el cuento que lee en el que se habla de un destino aterrador, de esperanzas truncadas, de irriso­rias defensas contra una venganza de la que no hay escapatoria, no es sino su propia fantasía delirante. 5Los ministros de Dios han venido a despertarlo de los sueños tenebrosos que esa histo­ria ha evocado en la confusa y desconcertada memoria que él tiene de ese cuento distorsionado. 6El Hijo de Dios puede por fin sonreír al darse cuenta de que no es verdad.
15. Hoy practicamos siguiendo un formato que vamos a utilizar por algún tiempo. 2Comenzaremos cada día concentrando nues­tra atención en el pensamiento diario el mayor tiempo posible. 3Cinco minutos es lo mínimo que dedicaremos a prepararnos para un día en el que la salvación es nuestro único objetivo. 4Diez sería mejor; quince, todavía mejor. 5a medida que las distracciones que nos desvían de nuestro propósito vayan disminuyendo, nos daremos cuenta de que media hora aún es muy poco tiempo para pasar con Dios. 6Y no estaremos dispuestos a concederle por la noche, felizmente y llenos de gratitud, menos tiempo de eso.
16. A medida que recordemos ser fieles a la Voluntad que compar­timos con Dios, nuestra creciente paz aumentará con el transcu­rrir de cada hora. 2Habrá ocasiones en las que tal vez un minuto o incluso menos será lo máximo que podamos dedicarle cuando el reloj marque las horas. 3A veces se nos olvidará por completo. 4Y en otras ocasiones asuntos mundanos acapararán nuestra aten­ción y nos resultará imposible distanciarnos de ellos por un momento para centrar nuestros pensamientos en Dios.
17. Sin embargo, cuando podamos hacerlo, seremos fieles a nues­tro cometido como ministros de Dios, recordando nuestra misión y Su Amor cada hora. 2nos sentaremos en silencio a esperarlo y a escuchar Su Voz que nos dirá lo que Él desea que hagamos durante la hora siguiente, mientras le damos las gracias por todos los regalos que nos concedió en la que acaba de transcurrir.
18. Con el tiempo y la práctica nunca más dejarás de pensar en Él o de oír Su amorosa Voz guiando tus pasos por serenos rumbos por los que caminarás en un estado de absoluta indefensión. 2Pues sabrás que el Cielo va contigo. 3No permitirás que tu mente se aparte de Él un solo instante, aun cuando tu tiempo transcurra ofreciéndole la salvación al mundo. 4¿Dudas acaso de que Él no vaya a hacer que esto sea posible para ti que has elegido llevar a cabo Su plan para la salvación del mundo, así como para la tuya?
19. Nuestro tema de hoy es nuestra indefensión. 2Nos revestimos de ella mientras nos preparamos para afrontar el día. 3Nos alza­mos fuertes en Cristo, y dejamos que nuestra debilidad desaparezca, al recordar que Su fortaleza mora en nosotros. 4A lo largo del día nos recordaremos a nosotros mismos que Él permanece a nuestro lado y que nuestra debilidad nunca carece del apoyo de Su fortaleza. 5Invocaremos Su fortaleza cada vez que sintamos que la amenaza de nuestras defensas socava nuestra certeza de propósito. 6Nos detendremos por un momento, al oírle decir: "Aquí estoy".
20. Tu práctica empezará a adquirir ahora la vehemencia del amor, para ayudarte a evitar que tu mente se desvíe de su propósito. 2No tengas miedo ni timidez. 3No hay duda de que alcanzarás tu objetivo final. 4Los ministros de Dios jamás pueden fracasar, pues el amor, la fortaleza y la paz que irradia desde ellos a todos sus hermanos proceden de Él. 5Ésos son los dones que Él te ha dado. 6Estar libre de toda defensa es todo lo que necesitas darle a cam­bio. 7Dejas a un lado únicamente lo que nunca fue real, a fin de contemplar a Cristo y ver Su impecabilidad.

Comentario

Con respecto a nuestra práctica, date cuenta de que esta lección da instrucciones a seguir “por algún tiempo” (15:1). Concretamente, la forma de práctica que hoy se da continúa hasta la Lección 170. Se dan una vez y ya no se mencionan salvo brevemente, se supone que recordaremos las instrucciones de esta lección. Date cuenta también de que las instrucciones -acerca de lo que tenemos que hacer en estos periodos de cinco a treinta minutos cada día- no son muy claras. En su mayor parte se resumen en “concentrando nues­tra atención en el pensamiento diario el mayor tiempo posible” (15:2). Se nos dice que nuestra “práctica empezará a adquirir ahora la vehemencia del amor” (20:1). Las sesiones más largas de práctica se convierten en “tiempo para pasar con Dios” (15:5), ¡disfrutamos tanto de Su Presencia que media hora es demasiado poco! Hasta cierto punto, para ahora, nuestra práctica ha pasado de ser una sesión obligada a una cita con nuestro Amado. Si eso no nos ha sucedido todavía, lo hará: “No hay duda de que alcanzarás tu objetivo final” (20:3).

La lección empieza señalando que este mundo no es un lugar seguro: “está arraigado en el ata­que” (1:3). La paz mental en este mundo es imposible (1:5). Por todas partes hay cosas que nos hacen ponernos a la defensiva (2:1-2). Pero las defensas afectan no sólo a lo que está fuera de nosotros, también nos afectan a nosotros. Refuerzan nuestra sensación de debilidad (2:4), y puesto que a la larga no funcionan (2:4), nos engañan. Nos traiciona el mundo de fuera  y nuestras propias defensas (2:5-6).

Es como si (la mente) estuviera encerrada dentro de un círculo, dentro del cual otro círculo la atenaza, y dentro de ése, otro más, hasta que finalmente pierde toda esperanza de poder escapar.    (3:1)

Estamos atrapados en círculos concéntricos de ataque y defensa, nos sentimos incapaces de romper  el ciclo de ataque-defensa (3:2-3).

No nos damos cuenta de lo profundamente que el mundo a nuestro alrededor amenaza a nuestra mente. Si hacemos un esfuerzo por imaginarnos a alguien profundamente atrapado en un arrebato de miedo intenso: “la sensación de amenaza que el mundo fomenta es mucho más profunda, y sobrepasa en tal manera cualquier intensidad o frenesí que jamás te hayas podido imaginar, que no tienes idea de toda la devastación que ello ha ocasionado” (4:3). El Curso dice que todos nosotros vivimos en un pánico ciego, disfrazado de un fingido estado superficial de estar en calma. Pánico es todo lo que hay justo debajo de la superficie. Piensa en las cosas que nos amenazan constantemente, y la atención que les prestamos en nuestra vida personal y en los medios de comunicación. Desastre nuclear. Pandillas callejeras. Conductores borrachos. Todos los conductores. Políticos corruptos. La avariciosa estructura de poder. Amenaza de derrumbamiento económico. Aditivos en los alimentos, reducción de la capa de ozono, alimentos sin vitaminas, aumento de hormonas en la leche, nitratos en la panceta, colesterol, grasas saturadas, suministro de agua contaminada, sequía, olas de calor, tormentas de nieve, inundaciones, huracanes, tornados, terremotos, invasión de extraterrestres, medios de comunicación falsos, insectos en nuestro hogar, cuerpos que envejecen, relaciones amorosas o de negocios que no son de fiar, sida, cáncer, ataque al corazón (la lista puede seguir sin fin). Y no hemos empezado a hablar de la amenaza de invasión extranjera o de los golpes económicos, enemistades raciales, o intolerancia religiosa.

Somos esclavos de la amenaza del mundo (5:1). “No sabes lo que haces del miedo que le tienes. Tú que sientes su mano de hierro atenazándote el cora­zón, no entiendes lo mucho que has tenido que sacrificar” (5:2-3). Intenta imaginarte, por un momento, como sería estar sin ninguno de esos miedos sobre las cosas que hemos mencionado. Si te pareces a mí, ni siquiera puedes imaginártelo. ¡Nos hemos acostumbrado tanto al zumbido inconsciente del miedo! Tampoco nos damos cuenta de cuánto daño le hemos hecho a nuestra propia paz con nuestra constante postura defensiva (5:4).

La elección que esta lección nos ofrece (6:3) es entre dos cosas: el “juego tonto” (6:4) de las defensas, al que juegan niños cansados cuando tienen tanto sueño que ya ni se acuerdan de lo que quieren (¡un poco parecido a como me siento yo ahora!), y el “juego que juegan niños felices” (12:1), un juego feliz que nos enseña que el juego del miedo se ha terminado. El juego feliz es la “salvación” (12:1), o cumplir la función de un ministro de Dios en el mundo, ofreciendo la luz a todos nuestros hermanos. Resumiendo, podemos pasar nuestro tiempo intentando defendernos, o podemos abandonar nuestras defensas y extender la mano al mundo con amor. Ésas son las únicas elecciones.

El juego de las defensas es un juego de muerte. En las defensas “la locura que reina en ellas es tan aguda que la esperanza de recobrar la cordura parece ser sólo un sueño fútil y encontrarse más allá de lo que es posible” (4:2). Las defensas nos aprisionan al ciclo de ataque-defensa que no termina nunca.

La indefensión se basa en la realidad de lo que somos. “No necesitamos defensas porque fuimos creados inexpugnables” (9:1). Es testigo de nuestra fortaleza. Como ministros de Dios, estamos protegidos. No necesitamos defensas porque somos “los que se cuentan entre los elegidos de Dios, al haber sido ésa Su elección, así como la nuestra” (10:6).

Elegir la indefensión es elegir la fortaleza de Cristo, en lugar de nuestra debilidad. Lo que nos pone en una posición que no puede ser atacada es extender la mano para sanar, en lugar de encogernos hacia adentro en defensa propia. Nuestra verdadera seguridad está, no en proteger lo que tenemos, sino en darlo y compartirlo, porque esto nos identifica firmemente con el Cristo.

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