sábado, 31 de mayo de 2014

Leccion 151

LECCIÓN 151 – 31 de Mayo

Todas las cosas son ecos de la Voz que habla por Dios.

1. Nadie puede juzgar basándose en pruebas parciales. 2Eso no es juzgar. 3Es simplemente una opinión basada en la ignorancia y en la duda. 4Su aparente certeza no es sino una capa con la que pre­tende ocultar la incertidumbre. 5Necesita una defensa irracional porque es irracional. 6la defensa que presenta parece ser muy sólida y convincente, y estar libre de toda duda debido a todas las dudas subyacentes.
2. No pareces poner en tela de juicio el mundo que ves. 2No cues­tionas realmente lo que te muestran los ojos del cuerpo. 3Tampoco te preguntas por qué crees en ello, a pesar de que hace mucho tiempo que te diste cuenta de que los sentidos engañan. 4El que creas lo que te muestran hasta el último detalle es todavía más extraño si te detienes a pensar con cuánta frecuencia su testimonio ha sido erróneo. 5¿Por qué confías en ellos tan ciegamente? 6¿No será por la duda subyacente que deseas ocultar tras un alarde de certeza?
3. ¿Cómo ibas a poder juzgar? 2Tus juicios se basan en el testimo­nio que te ofrecen los sentidos. 3No obstante, jamás hubo testi­monio más falso que ése. 4Mas ¿de qué otra manera excepto ésa, juzgas al mundo que ves? 5Tienes una fe ciega en lo que tus ojos y tus oídos te informan. 6Crees que lo que tus dedos tocan es real y que lo que encierran en su puño es la verdad. 7Esto es lo que entiendes, y lo que consideras más real que aquello de lo que da testimonio la eterna Voz que habla por Dios Mismo.
4. ¿A eso es a lo que llamas juzgar? 2Se te ha exhortado en muchas ocasiones a que te abstengas de juzgar, mas no porque sea un derecho que se te quiera negar. 3No puedes juzgar. 4Lo único que puedes hacer es creer en los juicios del ego, los cuales son todos falsos. 5El ego dirige tus sentidos celosamente, para probarte cuán débil eres, cuán indefenso y temeroso, cuán aprehensivo del justo castigo, cuán ennegrecido por el pecado y cuán miserable por razón de tu culpabilidad.
5. El ego te dice que esa cosa de la que él te habla, y que defende­ría a toda costa, es lo que tú eres. 2Y tú te lo crees sin ninguna sombra de duda. 3Mas debajo de todo ello yace oculta la duda de que él mismo no cree en lo que con tanta convicción te presenta como la realidad. 4Es únicamente a sí mismo a quien condena. 5Es en sí mismo donde ve culpabilidad. 6Es su propia desespera­ción lo que ve en ti.
6. No prestes oídos a su voz. 2Los testigos que te envía para pro­barte que su propia maldad es la tuya, y que hablan con certeza de lo que no saben, son falsos. 3Confías en ellos ciegamente por­que no quieres compartir las dudas que su amo y señor no puede eliminar por completo. 4Crees que dudar de sus vasallos es dudar de ti mismo.
7. Sin embargo, tienes que aprender a dudar de que las pruebas que ellos te presentan puedan despejar el camino que te lleva a reconocerte a ti mismo, y dejar que la Voz que habla por Dios sea el único juez de lo que es digno que tú creas. 2Él no te dirá que debes juzgar a tu hermano basándote en lo que tus ojos ven en él, ni en lo que la boca de su cuerpo le dice a tus oídos o en lo que el tacto de tus dedos te informa acerca de él. 3Él ignora todos esos testigos, los cuales no hacen sino dar falso testimonio del Hijo de Dios. 4Él reconoce sólo lo que Dios ama, y en la santa luz de lo que Él ve todos los sueños del ego con respecto a lo que tú eres se desvanecen ante el esplendor que Él contempla.
8. Deja que Él sea el Juez de lo que eres, pues en Su certeza la duda no tiene cabida, ya que descansa en una Certeza tan grande que ante Su faz dudar no tiene sentido. 2Cristo no puede dudar de Sí Mismo. 3La Voz que habla por Dios puede tan sólo honrarle y deleitarse en Su perfecta y eterna impecabilidad. 4Aquel a quien Él ha juzgado no puede sino reírse de la culpabilidad, al no estar dispuesto ya a seguir jugando con los juguetes del pecado, ni a hacerle caso a los testigos del cuerpo al encontrarse extático ante la santa faz de Cristo.
9. Así es como Él te juzga. 2Acepta Su Palabra con respecto a lo que eres, pues Él da testimonio de la belleza de tu creación y de la Mente Cuyo Pensamiento creó tu realidad. 3¿Qué importancia puede tener el cuerpo para Aquel que conoce la gloria del Padre y la del Hijo? 4¿Podrían acaso los murmullos del ego llegar hasta Él? 5¿Qué podría convencerle de que tus pecados son reales? 6Deja asimismo que Él sea el Juez de todo lo que parece acontecerte en este mundo. 7Sus lecciones te permitirán cerrar la brecha entre las ilusiones y la verdad.
10. Él eliminará todo vestigio de fe que hayas depositado en el dolor, los desastres, el sufrimiento y la pérdida. 2Él te concede una visión que puede ver más allá de estas sombrías apariencias y contemplar la dulce faz de Cristo en todas ellas. 3Ya no volverás a dudar de que lo único que te puede acontecer a ti a quien Dios ama, son cosas buenas, pues Él juzgará todos los acontecimientos y te enseñará la única lección que todos ellos encierran.
11. Él seleccionará los elementos en ellos que representan la ver­dad, e ignorará aquellos aspectos que sólo reflejan sueños fútiles. 2Y re-interpretará desde el único marco de referencia que tiene, el cual es absolutamente íntegro y seguro, todo lo que veas, todos los acontecimientos, circunstancias y sucesos que de una manera u otra parezcan afectarte. 3Y verás el amor que se encuentra más allá del odio, la inmutabilidad en medio del cambio, lo puro en el pecado y, sobre el mundo, únicamente la bendición del Cielo.
12. Tal es tu resurrección, pues tu vida no forma parte de nada de lo que ves. 2Tu vida tiene lugar más allá del cuerpo y del mundo, más allá de todos los testigos de lo profano, dentro de lo Santo, y es tan santa como Ello Mismo. 3En todo el mundo y en todas las cosas Su Voz no te hablará más que de tu Creador y de tu Ser, el Cual es uno con Él. 4Así es como verás la santa faz de Cristo en todo, y como oirás en ello el eco de la Voz de Dios.
13. Hoy practicaremos sin palabras, excepto al principio del perí­odo que pasamos con Dios. 2Introduciremos estos momentos con una repetición lenta del pensamiento con el que comienza el día. 3Después observaremos nuestros pensamientos, apelando silen­ciosamente a Aquel que ve los elementos que son verdad en ellos. 4Deja que Él evalúe todos los pensamientos que te vengan a la mente, que elimine de ellos los elementos de sueño y que te los devuelva en forma de ideas puras que no contradicen la Volun­tad de Dios.
14. Ofrécele tus pensamientos, y Él te los devolverá en forma de milagros que proclaman jubilosamente la plenitud y la felicidad que como prueba de Su Amor eterno Dios dispone para Su Hijo. 2Y a medida que cada pensamiento sea así transformado, asu­mirá el poder curativo de la Mente que vio la verdad en él y no se dejó engañar por lo que había sido añadido falsamente. 3Todo vestigio de fantasía ha desaparecido. 4Y lo que queda se unifica en un Pensamiento perfecto que ofrece su perfección por doquier.
15. Pasa así quince minutos al despertar, y dedica gustosamente quince más antes de irte a dormir. 2Tu ministerio dará comienzo cuando todos tus pensamientos hayan sido purificados. 3Así es como se te enseña a enseñarle al Hijo de Dios la santa lección de su santidad. 4Nadie puede dejar de escuchar cuando tú oyes la Voz que habla por Dios rendirle honor al Hijo de Dios. 5Y todos compartirán contigo los pensamientos que Él ha re-interpretado en tu mente.
16. Tal es tu Pascua. 2de esa manera depositas sobre el mundo la ofrenda de azucenas blancas como la nieve que reemplaza a los testigos del pecado y de la muerte. 3Mediante tu transfiguración el mundo se redime y se le libera jubilosamente de la culpabili­dad. 4Ahora elevamos nuestras mentes resurrectas llenos de gozo y agradecimiento hacia Aquel que nos restituyó la cordura.
17. Y recordaremos cada hora a Aquel que es la salvación y la liberación. 2Y según damos las gracias, el mundo se une a noso­tros y acepta felizmente nuestros santos pensamientos, que el Cielo ha corregido y purificado. 3Ahora por fin ha comenzado nuestro ministerio, para llevar alrededor del mundo las buenas nuevas de que en la verdad no hay ilusiones, y de que, por mediación nuestra, la paz de Dios les pertenece a todos.

Comentario

El mundo tal como lo vemos parece dar testimonio constante de la separación, del pecado, de la muerte, del odio, y de la naturaleza pasajera de todas las cosas. El mundo que se ve con la visión de Cristo, tal como lo ve el Espíritu Santo, da testimonio de la verdad, de la unidad, de la santidad, de la vida, del amor, y de la naturaleza eterna de todas las cosas. Todas las cosas son ecos de la Voz que habla por Dios, todo el tiempo, pero no la escuchamos. Escuchamos a la voz del ego constantemente. Las dos formas de ver no pueden ser más opuestas. ¿Por qué nos mostramos tan defensores del ego?

La primera parte de esta lección señala que la razón de que el mundo a menudo nos parezca tan real se debe a las dudas escondidas que tenemos de su realidad. Nos pide que miremos al hecho de que el ego va demasiado lejos en su terca insistencia de que lo que nuestros ojos y oídos nos muestran es de fiar por completo. Dice que, aunque por nuestra propia experiencia sabemos que nuestros sentidos nos engañan, y que nuestros juicios a menudo son completamente equivocados, sin ninguna razón lógica continuamos creyendo en ellos totalmente. Mostramos sorpresa cada vez que descubrimos que lo que creíamos que era verdad no es cierto, aunque hayamos tenido esta experiencia cientos o miles de veces. Y nos pide:

¿Por qué confías en ellos tan ciegamente? ¿No será por la duda subyacente que deseas ocultar tras un alarde de certeza?    (2:5-6)

Es como la frase en Hamlet de Shakespeare: “La dama protesta demasiado, en mi opinión”. Es el comportamiento de alguien que está intentando acallar sus dudas con protestas de seguridad total. Así pues, para el Espíritu Santo ¡nuestra completa “seguridad” en la realidad del mundo es una prueba de las dudas que tenemos sobre ello! Estamos seguros incluso cuando no es razonable estar seguro, y eso es una prueba que demuestra nuestras dudas escondidas.

Nosotros que estudiamos el Curso estamos acostumbrados a la idea de que proyectamos nuestra culpa y nuestra ira sobre otros. Sin embargo, aquí el Curso introduce la idea de que el ego se proyecta a sí mismo sobre nosotros. El ego duda. El ego se condena a sí mismo. El ego por sí solo siente culpa. Sólo el ego está desesperado (ver 5:1-6). Pero proyecta todas estas cosas sobre nosotros, e intenta convencerte de que “su propia maldad es la tuya” (6:2). Nos tiende esta trampa mostrándonos el mundo a través de sus ojos, y presentándonos las cosas del mundo como testigos de nuestra maldad, nuestra culpa, nuestra duda y desesperación. El ego está desesperado porque veamos el mundo como el quiere porque el mundo del ego es lo que nos demuestra que somos idénticos al ego. Por ejemplo, nos lleva a examinar nuestro propio progreso espiritual y a que nos encontremos fallos, nos provoca desesperación. ¿Por qué? Porque él (ego) se siente desesperado, sabe (aunque no lo admite) que va a perder. Ésta es la razón de que la desesperanza espiritual se apodere de nosotros después de un gran avance espiritual. El ego siente desesperación, y proyecta esa desesperación a nuestra mente, intentando convencernos de que la desesperación es nuestra en lugar de suya.

Por esa razón, el ego insiste tanto en convencernos de la realidad del mundo. Necesita que el mundo le apoye.

El Curso nos pide que pongamos en duda todas nuestras valoraciones, que hemos aprendido del ego, y que dudemos de lo que nos muestran nuestros sentidos. Nos pide que dejemos que el Espíritu Santo sea el Juez de lo que somos, y de todo lo que parece sucedernos (8:1; 9:6). Si intentamos juzgar las cosas por nuestra cuenta, nuestro ego nos engañará, y el modo en que nos vemos a nosotros mismos y al mundo será un testigo de la realidad del ego. Sin embargo, si abandonamos nuestros juicios y aceptamos el juicio del Espíritu Santo, Él dará testimonio de nuestra hermosa creación como Hijo de Dios. Si miramos con Él, todo lo que veamos nos mostrará a Dios.

Lee el párrafo once, describe perfectamente cómo el Espíritu Santo lleva a cabo esta nueva interpretación de todo. Cuando Le entregamos a Él nuestros pensamientos, Él nos los devuelve en forma de milagros (14:1).

Que hoy Le entregue al Espíritu Santo mis pensamientos. Que no Le esconda mis pensamientos ni intente cambiarlos yo mismo antes de mostrárselos para que Él los vea. Que le pida que sea Él Quien los transforme, Quien cambie el plomo en oro ante mis ojos. Ése es Su trabajo. Cada pensamiento tiene elementos de la verdad dentro de él, a lo que hemos añadido falsedad e ilusión. El Espíritu Santo elimina lo falso, y deja la pizca de oro de la verdad. Él nos muestra  “el amor que se encuentra más allá del odio, la inmutabilidad en medio del cambio, lo puro en el pecado” (11:3). Él hace esto con nuestros pensamientos, y de este modo nos muestra el dulce rostro de Cristo como nuestro propio Ser.

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