jueves, 29 de mayo de 2014

Leccion 149

Comentario

Cuanto más avanzamos a través del Libro de Ejercicios, lo que se nos pide es que realmente seamos uno con Dios. O para ponerlo en palabras más mundanas, ponernos en comunicación con Él:

Te has enseñado a ti mismo el hábito completamente antinatural de no comunicarte con tu Creador. Sin embargo, permaneces en estrecha comunicación con Él, y con todo lo que mora en Él, lo cual mora también en ti. Desaprende, mediante el amoroso con­sejo del Espíritu Santo, el aislamiento que aprendiste,  y aprende la feliz comunicación que desechaste, pero que aún así no pudiste perder.    (T.14.III.18:1-3)     

Cuando despejamos nuestras mentes de pensamientos inferiores y nos ponemos en armonía con los pensamientos que compartimos con Dios, vendrán a nuestra mente pensamientos, y no procederán de nosotros solos:

Y así, cada uno de ellos te traerá mensajes de Su Amor, devolviéndole a Él mensajes del tuyo. De esta forma es como estarás en comunión con el Señor de las Multitudes, tal como Él Mismo lo ha dispuesto.   (L.rIV.In.6:2-3)

Al unir mi mente con Dios, me uno también con mis hermanos, porque todos nosotros estamos unidos a la misma Fuente. No soy el único que se cura.

No me vendría mal un “mensaje de Su Amor” hoy, ¿y a ti? Y no me importaría devolverle mi mensaje de amor a Él, también. Hay momentos en una relación de amor en los que el amor parece ir y regresar tan rápido que no puedes seguirlo, y ni siquiera puedes estar seguro de cuál de los dos procede. De hecho sobrepasa el ir y venir, va más allá del movimiento de ir y venir que supone esa semejanza, y se convierte en una corriente de amor constante y que se repite, que va en las dos direcciones al mismo tiempo. Ni siquiera sientes que estás haciendo algo, te quedas atrapado en la corriente, poseído por el amor. Una especie del modo en que te sientes cuando miras los ojos de la persona amada  y sientes que te estás hundiendo, cuando el amor que te envía es casi demasiado para soportarlo, y el amor que sientes parece que va a hacer estallar tus circuitos. Me gustaría un momento así con mi Amado. Bueno, me gustaría un momento así todo este año. He tenido momentos así, pero no muchos.

¿Por qué son tan pocos? Tener esos momentos de sentirme uno con Dios, que es un anticipo del Cielo, es decisión mía. Es una decisión que yo tomo; no, es la decisión que tengo que tomar:

El instante en que la grandeza ha de descender sobre ti se encuentra tan lejos como tu deseo de ella, mientras no la desees, y en su lugar prefieras valorar la pequeñez, ésa será la distancia a la que se encontrará de ti. En la medida en que la desees, en esa misma medida harás que se aproxime a ti.   (T.15.IV.2:2-4)

Está más cerca que mi propio corazón, así de cerca. Esta sensación de ser transportado por el amor, esta unión con Dios, está sucediendo ahora mismo. Mi mente recta nunca ha dejado de estar en perfecta comunicación con Él (ver T.13.XI.8). “La parte de tu mente donde reside la verdad está en constante comunicación con Dios, tanto si eres consciente de ello como si no” (L.49.1:2).

Así que todo lo que es necesario es decidir que lo quiero, y está aquí. Sólo con conectarme. ¿Qué es lo que me impide elegirlo? ¿Qué me impide permitirme enamorarme de Dios? ¿Qué me frena? ¿Estoy dispuesto a enamorarme de todos o tengo miedo de parecer demasiado “flojo”? ¿Tengo miedo de perder el control de todo? ¿Tengo miedo de ser demasiado frágil? ¿Qué me retiene? Que hoy me mire y me pregunte: “¿Por qué no estoy sintiendo que estoy en el Cielo ahora mismo?


Cuando te das cuenta de que en cualquier instante no tienes más que “cambiar de canal” (no escuchar al ego), ¡y que no lo haces!, es un momento del que puedes aprender mucho. De repente no puedes culpar a nada ni a nadie por sentir algo inferior al Cielo. Reconoces que tú lo estás eligiendo: “soy yo el que me estoy haciendo esto a mí mismo” (T.27.VIII.10:1). Literalmente no hay nada que pueda impedirme sentir el instante santo ahora mismo. Nada excepto mi rechazo a aceptarlo, nada excepto mi miedo. “Así pues, hoy comenzamos a examinar la decisión que el tiempo tiene como fin ayudarnos a tomar” (L.138.7:1). No hay prisa, tenemos todo el tiempo para hacer esta elección. Pero, ¿por qué esperar? ¿Por qué no ahora?

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