jueves, 8 de mayo de 2014

Leccion 128

Leccion 128, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 128 – 8 de Mayo

El mundo que veo no me ofrece nada que yo desee

1.  El mundo que ves no te ofrece nada que puedas necesitar; nada que puedas usar en modo alguno; ni nada en absoluto que te pueda hacer feliz. 2Cree esto y te habrás ahorrado muchos años de miseria, incontables desengaños y esperanzas que seconvierten en amargas cenizas de desesperación. 3Todo aquel que quiera dejar atrás al mundo y remontarse más allá de su limitado alcance y de sus mezquindades tiene que aceptar que este pensamiento es verdad.
2. Cada cosa que valoras aquí no es sino una cadena que te ata al mundo; y ése es su único propósito. 2Pues todas las cosas tienen que servir para el propósito que tú  les has asignado, hasta que veas en ellas otro propósito. 3El único propósito digno de tu mente que este mundo tiene es que lo pases de largo, sin detenerte a percibir ninguna esperanza allí donde no hay ninguna. 4No te dejes engañar más. 5El mundo que ves no te ofrece nada que tú desees.
3. Escápate hoy de las cadenas con las que aprisionas a tu mente cuando percibes la salvación aquí. 2Pues aquello que valoras lo consideras parte de ti tal como te percibes a ti mismo. 3Todo aque­llo que persigues para realzar tu valor ante tus propios ojos te limita todavía más, oculta de tu conciencia tu valía y añade un cerrojo más a la puerta que conduce a la verdadera conciencia de tu Ser.
4. No dejes que nada que esté relacionado con pensamientos cor­porales te demore en tu avance hacia la salvación, ni que la tenta­ción de creer que el mundo puede ofrecerte algo que deseas te retrase. 2No hay nada aquí que valga la pena anhelar.3Nada aquí es digno de un instante de retraso o de dolor, ni de un solo momento de incertidumbre o de duda. 4Lo que carece de valor no ofrece nada. 5Lo que verdaderamente tiene valor no se puede hallar en lo que carece de valor.
5. Nuestra práctica de hoy consiste en abandonar todo pensa­miento que tenga que ver con cualquier valor que le hayamos atribuido al mundo. 2Lo liberaremos de cualquier propósito que le hayamos asignado a sus aspectos, fases y sueños. 3Lo conside­raremos en nuestra mente como algo carente de propósito, y lo relevaremos de todo aquello que queríamos que fuese. 4De esta manera romperemos las cadenas que atrancan la puerta que con­duce a nuestra liberación de él, e iremos más allá de todos sus insignificantes valores y limitados objetivos.
6. Permanece muy quedo y en paz por un rato, y observa cuán alto te elevas por encima del mundo cuando liberas a tu mente de sus cadenas y dejas que busque el nivel donde se siente a gusto. 2Tu mente se sentirá agradecida de poder estar libre por un rato. 3Ella sabe dónde le corresponde estar. 4Libera sus alas y volará sin titubeo alguno y con alegría a unirse con su santo propósito. 5Déjala que descanse en su Creador, para que allí se le restituya la cordura, la libertad y el amor.
7. Dale hoy diez minutos de descanso en tres ocasiones. 2Y cuando abras los ojos después de cada una de estas sesiones no valorarás nada que veas tanto como lo valorabas antes. 3Tu pers­pectiva del mundo cambiará ligeramente cada vez que le permitas a tu mente liberarse de sus cadenas. 4El mundo no es el lugar donde le corresponde estar. 5a ti te corresponde estar allí donde ella quiere estar, y a donde va a descansar cuando la liberas del mundo. 6Tu Guía es infalible. 7Haz que tú mente sea receptiva a Él. 8Permanece muy quedo y descansa.
8. Protege asimismo tu mente a lo largo del día. 2cuando pien­ses que algún aspecto o alguna imagen del mundo tiene valor, niégate a encadenar tu mente de esa manera, y, en lugar de ello, repite para tus adentros con tranquila certeza:

3Esto no me tentará a que me demore.
4El mundo que veo no me ofrece nada que yo desee.

Comentario

El pensamiento general de esta lección es parecido a las tres primeras de las Cuatro Verdades Nobles de Buda: que la vida es sufrimiento, que la causa del sufrimiento es el deseo para uno a expensas de los otros, y que el modo de escapar del sufrimiento es renunciar a tales deseos.

“Cree esto y te habrás ahorrado muchos años de miseria” (1:2). La lección nos pide que abandonemos toda atadura a cosas de este mundo, para poner fin al deseo de las cosas que el mundo nos ofrece. Puede parecernos una lección dura, pero es enormemente sensata: si no deseas nada, no puedes sentirte desilusionado.

Las cosas del mundo hacen de cadenas cuando las valoramos (2:1). Lo que quizá es más difícil de comprender es que ése es el propósito para el que las hicimos: “ése es su único propósito. Pues todas las cosas tienen que servir para el propósito que tú les has asignado, hasta que veas otro propósito en ellas” (2:1-2). Cuando damos a las cosas del mundo un propósito en el tiempo, generalmente una forma de satisfacción o engrandecimiento de uno mismo, nos encadenamos al mundo. Forzosamente, ya que todo en el mundo tiene que tener un final, esto nos causa un dolor enorme. Todo lo que consigue esta valoración equivocada es que nos atemos al mundo e impedir nuestra sanación final.

Para el Espíritu Santo, el único propósito de este mundo es la sanación del Hijo de Dios (ver T.24.VI.4:1). No hay nada en el mundo que merezca la pena luchar por ello. “El único propósito digno de tu mente que este mundo tiene es que lo pases de largo, sin detenerte a percibir ninguna esperanza allí donde no hay ninguna” (2:3). Esto es parecido a la afirmación del Texto: “Para el Espíritu Santo el propósito del tiempo es que éste finalmente se haga innecesario” (T.13.IV.7:3). El Espíritu Santo da al tiempo, al mundo y a todo lo del mundo el propósito de la salvación y la sanación de nuestra mente. Para Él, nada aquí tiene ningún otro propósito.

Por lo tanto, el mundo no ofrece nada que nosotros queramos. Todo es “útil”. Todo se convierte en medios para alcanzar una meta: nuestro despertar a la vida, nuestro regreso a Dios. No hay nada en el mundo que sea una meta en sí mismo.

Cuando la lección nos recomienda “No dejes que nada que esté relacionado con pensamientos corporales te demore en tu avance hacia la salvación” (4:1), está diciendo lo mismo con otras palabras. “Pensamientos corporales” se refiere a nuestra identificación equivocada con nuestro cuerpo. Es todo lo que procede del pensamiento “yo soy un cuerpo, y para beneficiarme y protegerme a mí mismo lo más importante de todo es cuidar mi cuerpo”. Nuestras ansias de placer para el cuerpo, comodidad del cuerpo, protección del cuerpo, vida larga del cuerpo, y belleza del cuerpo, son todos pensamientos corporales. Hacer de tales cosas lo más importante sólo puede retrasar nuestro avance.

La lección nos pide que practiquemos mentalmente abandonar todo el valor que le hemos dado al mundo (5:1). La lección nos pide que eliminemos del mundo “todo aquello que queríamos que fuese” (5:3). Ésa es una tarea dura, ¿verdad? Pasamos tanto tiempo deseando que las cosas sean diferentes y tratando de cambiarlas para que así sea. De hecho, si miramos a nuestra vida con honestidad, la actividad que ocupa la mayor parte de nuestra vida es desear que algo o alguien sean diferentes y tratar de lograr ese cambio.

Entonces, para los propósitos de esta lección, practica dedicar unos pocos minutos a dejar que tu mente descanse de tal actividad: “Permanece muy quedo y en paz por un rato, y observa cuán alto te elevas por encima del mundo cuando liberas a tu mente de sus cadenas y dejas que busque el nivel donde se siente a gusto” (6:1). La lección nos dice que tu mente “sabe dónde le corresponde estar” (6:3). Si sueltas las cadenas de tus deseos, tu mente “volará sin titubeo alguno y con alegría a unirse con su santo propósito” (6:4). Cada vez que practicas tal ejercicio durante sólo diez minutos, “tu pers­pectiva del mundo cambiará ligeramente” (7:3). Deja que tu mente descanse de sus ansias constantes y que se relaje, mientras que su instinto de volver al hogar toma el mando y te lleva a donde verdaderamente perteneces.

Durante el día, la lección nos pide que nos demos cuenta de cuándo estamos dando valor a algo del mundo, y que mentalmente lo corrijamos con estas palabras:

“Esto no me tentará a que me demore. El mundo que veo no me ofrece nada que yo desee”.   (8:3-4)

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