lunes, 28 de abril de 2014

Leccion 118

Leccion 118, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 118 – 28 de Abril

Para los repasos de mañana y noche:

1. (105) Mías son la paz y la dicha de Dios.

2Hoy aceptaré la paz y la dicha de Dios en grato intercambio por todos los sustitutos de la felicidad y de la paz que yo mismo inventé.

2. (106) Déjame aquietarme y escuchar la verdad.

2Permite que mi débil voz se acalle, para poder oír así la poderosa Voz de la Verdad Misma asegurarme que yo soy el perfecto Hijo de Dios.

3. A la hora en punto:
2Mías son la paz y la dicha de Dios.

3Media hora más tarde:
4Déjame aquietarme y escuchar la verdad.

Comentario

Los substitutos que me he inventado son lo que me impide aceptar la paz y la dicha de Dios. Ya tengo la paz y la dicha de Dios, pero mi ego ha decidido que no son suficientes. Como el Curso dice, quiero “más que lo que lo es todo” (T.29.VII.2:3), mi propia plenitud no es suficiente. La sección del Texto dice realmente que buscar “más que lo que lo es todo” lo demuestra el hecho de que estoy en este mundo. “No hay nadie que venga aquí que no abrigue alguna esperanza, alguna ilusión persistente o algún sueño de que hay algo fuera de sí mismo que le puede brindar paz y felicidad” (T.29.VII.2:1). “La felicidad y la paz” es lo que estoy buscando, pero fuera de mí mismo. He negado que están dentro de mí, donde Dios las puso.

Para encontrar la paz y la dicha que están dentro de mí y son mías, tengo que “cambiar” todos los substitutos que me he inventado. Tengo que dejar de buscar la felicidad fuera de mí mismo. Según mi experiencia, eso no es fácil. Parece suceder poco a poco, con el paso del tiempo. Poco a poco aprendemos que lo que estamos buscando en el mundo no está ahí, no de manera que dure. Al mismo tiempo, poco a poco, empezamos a tener pequeñas experiencias de nuestra dicha y paz internas. Cuando empezamos a comparar las dos experiencias, resulta muy claro que la paz y la dicha de nuestro interior son mucho más seguras y satisfactorias que lo que procede de fuera. Puede que por un tiempo intentemos tener las dos, pero no funciona. Finalmente las abandonaremos, y regresaremos a los brazos de Dios. Finalmente aceptaremos la paz y la dicha de Dios.

Mi voz sigue intentando decir cómo deberían ser las cosas. Básicamente, el Curso nos dice que dejemos de escuchar nuestro propio consejo. Tenemos que dejar de pensar que tenemos el control, que sabemos lo que hay que hacer y lo que se necesita, y tenemos que aprender a escuchar. Como una persona que se está ahogando, nuestros propios esfuerzos para salvarnos a nosotros mismos son el mayor obstáculo para nuestro Salvador. Necesitamos confiar en Él, relajarnos y dejarnos llevar.

El mejor modo que conozco de hacer esto es practicarlo. Simplemente sentarse durante cinco, diez, quince minutos (lo que pida la lección, lo que nos parezca bien) y, después de repasar la idea del día por un momento, sólo aquietarnos y permanecer en silencio. Muchos días parece enormemente difícil aquietarme y estar en silencio. En el instante en que lo intento, mi mente empieza a recordarme cosas: “No olvides hacer esa llamada de teléfono. Necesitas yogur del supermercado. ¿Qué vas a hacer acerca de tu relación con...? Esta semana no has hecho la colada. Tienes exceso de peso y te vas a morir”. Respiro profundamente. Una y otra vez, sigo respirando lenta y profundamente. Repito las palabras de la lección: “Déjame aquietarme y escuchar la verdad” (2:1). O digo al Espíritu Santo: “¡Ayúdame!” Dejo que los pensamientos vengan y se vayan. Me hago a un lado, los observo, e intento no dejarme arrastrar por ellos. Y escucho, quizá me lleguen algunas palabras de mi Maestro. Y a veces, me llegan. A veces me quedo muy quieto, y el parloteo de mis pensamientos se calma, si no completamente por lo menos a un murmullo apagado de fondo, como un montón de gente en un restaurante concurrido a la que no presto atención. Practico aquietarme y escuchar. No sé tú, pero pienso que es un ejercicio que merece la pena hacerlo. A veces, incluso me sostiene durante el día, y me encuentro escuchando Su Voz y no a mí mismo durante el día. Y de eso se trata.

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