viernes, 11 de abril de 2014

Leccion 101

Leccion 101, Un Curso de Milagros
LECCIÓN 101 – 11 de Abril

La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.

1. Hoy continuaremos con el tema de la felicidad. 2Esta idea es esencial para poder comprender el significado de la salvación. 3Todavía crees que la salvación requiere que sufras como peni­tencia por tus "pecados". 4Pero no es así. 5No obstante, no podrás evitar pensar que lo es, mientras sigas creyendo que el pecado es real y que el Hijo de Dios puede pecar.
2. Si el pecado es real, entonces el castigo es justo e ineludible. 2La salvación, por lo tanto, sólo se puede obtener mediante el sufrimiento. 3Si el pecado es real, la felicidad no puede sino ser una ilusión, pues ambas cosas no pueden ser verdad. 4Los que pecan sólo merecen muerte y dolor, y por eso es por lo que cla­man. 5Pues saben que eso es lo que les espera, y que los buscará y que en algún punto y en algún lugar los encontrará, de modo que puedan saldar la deuda que tienen con Dios.6Debido a su terror, tratan de escaparse de Él. 7Mas Él los seguirá persiguiendo y ellos no podrán escapar.
3. Si el pecado es real, la salvación tiene que ser el dolor. 2El dolor es el costo del pecado, y si el pecado es real el sufrimiento es inevitable. 3La salvación no puede sino ser temible, pues mata, aunque lentamente, y antes de otorgar el deseado favor de la muerte a las víctimas que están casi en los huesos antes de haber sido apaciguada, los despoja de todo. 4Su ira es insaciable e in­clemente, aunque totalmente justa.
4. ¿Quién buscaría un castigo tan brutal? 2¿Quién no huiría de la salvación, intentando por todos los medios ahogar la Voz que se la ofrece? 3¿Por qué habría de tratar de escuchar y aceptar Su ofrecimiento? 4Si el pecado es real, lo que le ofrece es la muerte, que le inflige cruelmente para que esté a la par de los perversos deseos de donde nace el pecado. 5Si el pecado es real, la salvación se ha vuelto tu enemigo acérrimo, la maldición de Dios contra ti que crucificaste a Su Hijo.
5. Hoy necesitas las sesiones de práctica. 2Los ejercicios te enseñan que el pecado no es real y que todo lo que crees que inevitable­mente ha de ocurrir como consecuencia de él jamás podrá suce­der, pues carece de causa. 3Acepta la Expiación con una mente receptiva que no abrigue la creencia de que has hecho del Hijo de Dios un demonio. 4El pecado no existe. 5Practicaremos hoy este pensamiento tan a menudo como nos sea posible, pues es la base de la idea de hoy.
6. La Voluntad de Dios para ti es perfecta felicidad, toda vez que el pecado no existe y el sufrimiento no tiene causa. 2La dicha es justa, y el dolor no es sino señal de que te has equivocado con respecto a ti mismo. 3No tengas miedo de la Voluntad de Dios. 4Por el contrario, ampárate en ella con la absoluta confianza de que te liberará de todas las consecuencias que el pecado ha for­jado en tu febril imaginación. 5Di:

6La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.
7El pecado no existe ni tiene consecuencias.

8Así es como debes dar comienzo a tus sesiones de práctica. aLuego intenta otra vez encontrar la dicha que estos pensamientos le brin­darán a tu mente.
7. Da gustosamente estos cinco minutos, para eliminar la pesada carga que te has echado encima al abrigar la demente creencia de que el pecado es real. 2Escápate hoy de la locura. 3Ya estás firme­mente plantado en el camino que conduce a la libertad, y ahora la idea de hoy te da alas para acelerar tu progreso y esperanza para que vayas aún más deprisa hacia la meta de paz que te aguarda. 4El pecado no existe. 5Recuerda esto hoy, y repite en silencio tan a menudo como puedas:

6La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.
7Ésa es la verdad, pues el pecado no existe.

Comentario

Cuando Un Curso de Milagros habla de “salvación” significa “ser feliz”. Esto es completamente diferente del punto de vista habitual acerca de la salvación, que significa algún tipo de sufrimiento por nuestros pecados. Si somos honestos con nosotros mismos, descubriremos que la idea de “pagar por nuestros pecados” está profundamente grabada en nosotros, apareciendo de maneras muy claras a veces, o tras no tan claras. Una de las más ingeniosas, pero más fáciles de descubrir si la buscas, es nuestra culpa por ser felices.

¿No te has dado cuenta de eso? De alguna manera no parece bien o seguro ser “demasiado” feliz. Tenemos este extraño sentimiento de que si somos “demasiado” felices, nos sucederá algo malo. Un ejemplo de ello es el dicho popular: “Esto es demasiado bueno para que dure”. Sondra Ray en su Entrenamiento en Relaciones Amorosas solía hacer la pregunta: “¿Cuánto tiempo puedes aguantar lo bueno?” Interesante pregunta.

O, podemos sentirnos culpables por ser felices cuando un amigo está triste o disgustado por alguna razón, nos sentimos obligados a unirnos a él en su sufrimiento. Y la idea de que podríamos ser felices todo el tiempo nos parece demasiado ridícula para tenerla en cuenta. Pensamos que el sufrimiento es una parte natural de estar vivos. Quizá incluso pensamos, al igual que Carly Simon, que “el sufrimiento es lo único que me hizo sentir que estaba viva”. (Escucha su canción “No Tengo Tiempo para el Dolor” desde el pensamiento del Curso). Pensamos que lo necesitamos. Nunca nos damos cuenta de que todas estas ideas están directamente relacionadas con nuestra creencia en el pecado y en el castigo. No nos damos cuenta de que estamos eligiendo nuestro sufrimiento activamente.

No hay necesidad de penitencia. No hay que pegar ningún precio por el pecado, porque no existe el pecado. Leyendo esto, alguno de nosotros inmediatamente pensará que estas ideas son peligrosas: si no hay que pagar un precio por el pecado, entonces no habrá control sobre los pecadores. Pensamos que el castigo es necesario para controlar el mal. Dentro del mundo en el que los cuerpos parecen reales, el control es a veces necesario, aunque quizá mucho menos de lo que pensamos. Pero darle vueltas a cómo aplicar estas ideas a la mala conducta (por ejemplo, el crimen) nos llevaría meses. Y ésta no es la cuestión aquí. Creemos que es Dios Quien pide que paguemos las ofensas que hemos cometido contra Él. ¿Y si no Le hemos hecho ninguna ofensa? ¿Y si nuestros “pecados” son para Él como la picadura de un mosquito a un elefante, que no Le afectan en absoluto?

¿Cómo puedo ser feliz si creo que Dios está enfadado conmigo? ¿Cómo puedo sentirme atraído por la salvación que viene a través del dolor, matándome lentamente, quitándome la vida hasta que me quede en los huesos (metafóricamente hablando)? ¡El infierno no es salvación! No es un Dios de Amor Quien exige esas cosas. Dios no está enfadado, Su Voluntad para mí es perfecta felicidad. Si el pecado es real, el castigo es real; y si el castigo es real, tengo todos los motivos para huir de Dios. Por eso precisamente fomenta el ego que pensemos así de Dios. La lección dice: “El pecado no existe” (5:4), y nos dice“Practicaremos hoy este pensamiento tan a menudo como nos sea posible” (5:5).

¿Y la justicia? “La dicha es justa”. ¡Eso es la justicia: alegría!

Cuando pienso en esto, a menudo llego a una aplicación muy sencilla con la que me enfrento cada día. Cuando hago algo que no apruebo, o no hago algo que creo que debería haber hecho, o me doy cuenta de que estoy teniendo pensamientos de condena o de juicio a alguien, a menudo me pesco a mí mismo pensando que tengo que pasar por un largo periodo de remordimiento antes de poder ser feliz de nuevo. Sólo con haberme dado cuenta de mi error y decidir cambiar mi mente probablemente no es suficiente para merecer ser feliz de nuevo, ¿no? ¿No tengo que “pagar por mi pecado” de algún modo? Por lo menos, ¿quizá pasar diez minutos en meditación? ¡Qué disparate!

Y sin embargo, sigo dándole vueltas a la idea. Esto me muestra que mi mente no se ha librado de esta idea de pecado-y-castigo, que todavía creo que tengo que compensar la cuenta con Dios antes de poder ser feliz de nuevo. Lo que Dios quiere en ese instante, y en cada instante, es que yo sea feliz. “Obedecer a Dios” significa “ser feliz”. Significa abandonar la penitencia que me he impuesto a mí mismo y que me alegre en el Amor de Dios. Significa aceptar la Expiación para mí mismo. ¿Qué mejor modo de “renunciar al pecado” que dejar de hundirme en llorosas humillaciones y negarles el poder de impedirme la felicidad?

Que hoy me niegue a echarme el fardo de culpa a mí mismo. Que levante la cabeza, sonría y Le dé a Dios la gloria de que soy feliz. El mayor regalo que puedo dar a los que están a mi alrededor es mi felicidad.

La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad. Ésa es la verdad, pues el pecado no existe.”  (7:6-7)

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