martes, 11 de marzo de 2014

leccion 70, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 70

Mi salvación procede de mí.

1. Toda tentación no es más que una variante de la tentación básica de no creer la idea de hoy. 2La salvación parece proceder de cualquier parte excepto de ti. 3Lo mismo se puede decir del origen de la culpabilidad. 4Tú no crees que la culpabilidad y la salvación estén en tu mente y sólo en tu mente. 5Cuando te des cuenta de que la culpabilidad es sólo una invención de la mente, te darás cuenta también de que la culpabilidad y la salvación tienen que encontrarse en el mismo lugar. 6Al entender esto te salvas.
2. El aparente costo de aceptar la idea de hoy es el siguiente: significa que nada externo a ti puede salvarte ni nada externo a ti puede brindarte paz. 2Significa también que nada externo a ti te puede hacer daño, perturbar tu paz o disgustarte en modo alguno. 3La idea de hoy te pone a cargo del universo, donde te corresponde estar por razón de lo que eres. 4No es éste un papel que se pueda aceptar parcialmente. 5seguramente habrás comenzado a darte cuenta de que aceptarlo es la salvación.
3. Es probable, no obstante, que aún no esté claro para ti por qué razón reconocer que la culpabilidad está en tu propia mente con­lleva asimismo darte cuenta de que la salvación está allí también. 2Dios no habría puesto el remedio para la enfermedad donde no te pudiese servir de nada. 3Así es como funciona tu mente, pero no la Suya. 4Él quiere que sanes, y por eso mantiene la Fuente de la curación allí donde hay necesidad de curación.
4. Tú has tratado de hacer justamente lo contrario, intentando por todos los medios, no importa cuán distorsionados o extrava­gantes, separar la curación de la enfermedad a la que estaba des­tinada, conservando de este modo la enfermedad. 2Tu propósito ha sido asegurarte de que la curación no tuviese lugar. 3El propó­sito de Dios ha sido asegurarse de que sí tuviese lugar.
5. Nuestra práctica de hoy consiste en darnos cuenta de que la Voluntad de Dios y la nuestra coinciden completamente en esto. 2Dios quiere que sanemos, y nosotros no queremos realmente estar enfermos, pues eso no nos hace felices. 3Al aceptar la idea de hoy, por lo tanto, estamos en realidad de acuerdo con Dios. 4Él no quiere que estemos enfermos. 5Nosotros tampoco. 6Él quiere que nos curemos. 7Nosotros también.
6. Hoy estamos listos para dos sesiones de práctica largas, cada una de las cuales debe tener una duración de diez a quince minu­tos. 2Dejaremos, no obstante, que seas tú quien decida cuándo llevarlas a cabo. 3Seguiremos esta norma en varias de las leccio­nes sucesivas, por lo que una vez más sería mejor que decidieses de antemano la mejor hora para llevar a cabo cada una de las sesiones de práctica y que luego te adhirieses lo más fielmente posible al horario establecido.
7. Empieza estas sesiones de práctica repitiendo la idea de hoy, añadiendo una afirmación en la que se vea expresado tu recono­cimiento de que la salvación no procede de nada externo a ti. 2Podrías, por ejemplo, decir lo siguiente:

3Mi salvación procede de mí. 4No puede proceder de nin­guna otra parte.

5Dedica después varios minutos, con los ojos cerrados, a revisar algunas de las fuentes externas en las que en el pasado buscaste la salvación: en otra gente, en posesiones, en diversas situaciones y acontecimientos, y en conceptos de ti mismo que intentaste con­vertir en realidad. 6Reconoce que la salvación no se encuentra en nada de eso, y dite a ti mismo:

7Mi salvación no puede proceder de ninguna de esas cosas.
8Mi salvación procede de mí, y sólo de mí.

8. Trataremos ahora nuevamente de llegar a la luz en ti, que es donde realmente se encuentra tu salvación. 2No puedes encon­trarla en las nubes que rodean la luz, y es ahí donde la has estado buscando. 3No está ahí. 4Está más allá de las nubes, en la luz que se encuentra tras ellas. 5Recuerda que tienes que atravesar las nubes antes de poder llegar la luz. 6Pero recuerda también que jamás encontraste nada que fuese duradero o que realmente qui­sieras en los tapices de nubes que te imaginabas.
9. Puesto que todas las ilusiones de salvación te han fallado, segu­ramente no querrás quedarte en las nubes buscando en vano ído­los falsos, cuando te sería tan fácil llegar hasta la luz de la verdadera salvación. 2Trata de ir más allá de las nubes utilizando cualquier medio que te atraiga. 3Si te resulta útil, piensa que te estoy llevando de la mano, y que te estoy guiando. 4te aseguro que esto no será una vana fantasía.
10Para las sesiones de práctica cortas y frecuentes de hoy, recuér­date a ti mismo que la salvación procede de ti y que nada, salvo tus propios pensamientos, puede impedir tu progreso. 2Estás libre de toda interferencia externa. 3Estás a cargo de tu salvación. 4Estás a cargo de la salvación del mundo. 5Di, entonces:

6Mi salvación procede de mí.
7No hay nada externo a mí que me pueda detener.
8En mí se encuentra la salvación del mundo y la mía propia.

Instrucciones para la práctica

Propósito: Darte cuenta de que la salvación no está fuera de ti, que tanto la enfermedad como el remedio están dentro, y que estás unido a Dios en querer el remedio para ti mismo.

Ejercicios más largos: 2 veces, duración de diez a quince minutos.
  • Repite: Mi salvación procede de mí. No puede proceder de ninguna otra parte”.
  • Cierra los ojos y durante varios minutos repasa lugares externos en los que has buscado la salvación: personas, posesiones, situaciones, acontecimientos, imágenes de ti mismo. Di: “Mi salvación no puede proceder de ninguna de esas cosas (intenta de verdad sentir esto). Mi salvación procede de mí, y sólo de mí”.
  • Luego entra de nuevo en meditación, intentando una vez más atravesar las nubes y llegar a la luz en ti. Utiliza la misma técnica de ayer (puedes repasar esas instrucciones si lo deseas). Hoy la diferencia está en que las nubes, en lugar de ser tus resentimientos, son las cosas externas en las que has buscado la salvación. Ya que tu mente se ha quedado aferrada a estas nubes (patrones de conducta), puede resultar poco fácil no quedarse enganchado en ellas. No importa qué método utilices para dejar atrás las nubes, lo que importa es tu deseo y decisión firme de dejarlas atrás. Un método que te puede ser muy útil es imaginar que Jesús te lleva de la mano al atravesar las nubes hacia la luz. Él dice que si lo haces así, no será una imaginación.
  
Observaciones: Ahora que vamos a subir a dos periodos de práctica más largos, tienes que hacer lo mismo que antes: decidir de antemano cuándo harás esas sesiones más largas y luego esforzarte para mantener esa decisión. Para acordarte de por qué es importante, lee las “observaciones” del comentario de la Lección 65.

Recordatorios frecuentes: A menudo.
Di: “Mi salvación procede de mí. No hay nada externo a mí que me pueda detener. En mí se encuentra la salvación del mundo y la mía propia”. Mientras dices esto, recuerda que únicamente tus propios pensamientos pueden impedir tu progreso. Esto te pone a ti a cargo de la salvación.

Comentario

El mensaje de esta lección es una de las enseñanzas centrales del Curso. La culpa y la salvación están en mi propia mente, y no en otro sitio. “La culpabilidad es sólo una invención de la mente” (1:5).

Es muy tentador poner la culpa de mis problemas en algún lugar fuera de mí. Instintivamente evito aceptar la responsabilidad de cualquier problema que tenga, y la idea de que todos ellos están en mi mente y en ningún otro sitio es aplastante. Sin embargo, considera las consecuencias de la otra alternativa: que la fuente de mis problemas y de mi culpa están fuera de mí. Si ése es el caso, soy una víctima indefensa de estas fuerzas externas. No puedo hacer nada al respecto, excepto despotricar y criticar, lanzando insultos y culpa, y pedir misericordia a unos poderes a los que no les importo.

Sin embargo, si mis problemas se encuentran únicamente en mi propia mente, entonces puedo hacer algo al respecto. De hecho, sólo yo puedo hacer algo, y nada externo a mí me puede impedir que lo haga. “No hay nada externo a mí que me pueda detener” (10:7). Yo tengo todo el control, mi salvación procede de mí, y sólo de mí. No dependo de nada de fuera de mí mismo, y por lo tanto ya soy libre.

El “costo” de reconocer que la salvación procede de mí y de ningún otro sitio es que tengo que abandonar cualquier idea de que la “caballería” va a aparecer a rescatarme. “Nada externo a ti puede salvarte ni nada externo a ti puede brindarte paz” (2:1). Nada ni nadie puede hacerlo por mí. Depende de mí. Mi pareja no lo va a hacer por mí. Mi posición y mis riquezas no lo van a hacer por mí. Mi psiquiatra no lo va a hacer por mí, tampoco mi maestro o gurú. Ni siquiera Jesús lo hará por mí. El Curso no lo hará por mí. Cualquiera de estos o todos ellos pueden apoyarme, ayudarme, animarme; sin embargo, al final, mi salvación vendrá de mí mismo, de las elecciones de mi propia mente. “La idea de hoy te pone a cargo del universo, donde te corresponde estar por razón de lo que eres” (2:3). Impresionante y un poco alarmante. Yo no quiero creer que tengo tal poder, pero el no creerlo es lo que me metió en este lío. Ahí está mi enfermedad.

¡Buenas noticias! Dios quiere que sanemos y seamos felices, y nosotros también. Por lo tanto, nuestra voluntad es una con la de Dios. Hemos estado eligiendo la enfermedad pero realmente no la queremos, porque nos hace desgraciados. Así que podemos estar de acuerdo con Dios y elegir de nuevo, elegir estar bien en lugar de enfermos.

En el ejercicio de hoy nos imaginamos a nosotros mismos apartando de nuevo las nubes para llegar a la luz. Ayer las nubes representaban nuestros resentimientos; hoy, representan las cosas en las que hemos buscado la salvación. “No puedes encontrarla (la salvación) en las nubes que rodean la luz, y es ahí donde la has estado buscando” (8:2). Por extraño que parezca, los resentimientos y los objetos en los que hemos buscado la salvación no son tan diferentes; un resentimiento contra un hermano es también una afirmación de que algo de ese hermano nos hace desgraciados, lo que le convierte también en una posible fuente de salvación: yo sería feliz si él cambiara. Ver la salvación fuera de mí mismo o tener un resentimiento son medios por los que cedo mi poder y niego mi única responsabilidad por el universo de mi mente.

En el ejercicio de apartar las nubes, Jesús nos dice: “Si te resulta útil, piensa que te estoy llevando de la mano, y que te estoy guiando. Y te aseguro que esto no será una vana fantasía” (9:3-4). Para algunos de nosotros, nos será útil imaginarnos agarrándonos a la mano de Jesús y siendo conducidos a través de las nubes. Para otros, la imagen puede resultar más desconcertante que útil; quizá es necesario sanar nuestra relación con él antes de que esa imagen nos resulte atrayente; por lo pronto yo encuentro inmensamente útil imaginar a alguien que ya ha estado ahí y que ha vuelto, y que quiere guiarme en el proceso. Él no puede hacerlo por mí, pero con total seguridad puede ayudarme.

A veces pienso en Jesús como la parte de mi mente que ya ha despertado. Y él es parte de mí, tal como tú lo eres, y como todos lo son. Él no es un ser divino impresionante a quien no puedo siquiera parecerme. Él es yo, recordando. Él es yo, despierto. Tomar su mano es identificarme con el Cristo en mí.

¡Ve derecho a la luz hoy!  

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