lunes, 3 de marzo de 2014

Leccion 60, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 60


Éstas son las ideas para el repaso de hoy:

1. (46) Dios es el Amor en el que perdono.

2Dios no perdona porque jamás ha condenado. 3Los que están libres de culpa no pueden culpar, y aquellos que han aceptado su inocencia no ven nada que tengan que perdonar. 4Con todo, el perdón es el medio por el cual reconoceré mi inocencia.5Es el reflejo del Amor de Dios en la tierra. 6Y me llevará tan cerca del Cielo que el Amor de Dios podrá tenderme la mano y elevarme hasta Él.

2. (47) Dios es la fortaleza en la que confío.

2No es con mi propia fortaleza con la que perdono. 3Es con la fortaleza de Dios en mí, la cual recuerdo al perdonar. 4A medida que comienzo a ver, reconozco Su reflejo en la tierra. 5Perdono todas las cosas porque siento Su fortaleza avivarse en mí. 6Y empiezo a recordar el Amor que decidí olvidar, pero que nunca se olvidó de mí.

3. (48) No hay nada que temer.

2¡Cuán seguro me parecerá el mundo cuando lo pueda ver! 3No se parecerá en nada a lo que ahora me imagino ver. 4Todo el mundo y todo cuanto vea se inclinará ante mí para bendecirme. 5Reconoceré en todos a mi Amigo más querido. 6¿Qué puedo temer en un mundo al que he perdonado y que a su vez me ha perdonado a mí?

4. (49) La Voz de Dios me habla durante todo el día.

2No hay un solo momento en el que la Voz de Dios deje de apelar a mi perdón para salvarme. 3No hay un solo momento en el que Su Voz deje de dirigir mis pensamientos, guiar mis actos y con­ducir mis pasos. 4Me dirijo firmemente hacia la verdad. 5No hay ningún otro lugar adonde pueda ir porque la Voz de Dios es la única voz y el único guía que se le dio a Su Hijo.

5. (50) El Amor de Dios es mi sustento.

2Cuando escucho la Voz de Dios, Su Amor me sustenta. 3Cuando abro los ojos, Su Amor alumbra al mundo para que lo pueda ver. 4Cuando perdono, Su Amor me recuerda que Su Hijo es impeca­ble. 5cuando contemplo al mundo con la visión que Él me dio, recuerdo que yo soy Su Hijo.


Instrucciones para la práctica

Propósito: Repasar las lecciones y así dejar que se adentren en un nivel más profundo. También, ver la relación entre ellas y lo entrelazado que está el sistema de pensamiento al que se te está llevando.

Ejercicios: Tan a menudo como puedas (sugerencia: cada hora, a la hora en punto), durante al menos dos minutos.
  • Solo y en un lugar tranquilo, lee una de las cinco lecciones y los comentarios relacionados. Fíjate en que los comentarios como si fueran tus propios pensamientos sobre la idea. Intenta imaginarte que son tus propias palabras. Te ayudará introducir tu nombre  a menudo. Esto te preparará para la fase siguiente, en la que tú mismo produces pensamientos semejantes.
  • Cierra los ojos y piensa en la idea y en los comentarios. Concretamente piensa en la idea central del párrafo del comentario. Reflexiona sobre ella. Deja que surjan pensamientos relacionados (utilizando el entrenamiento que has recibido en esa práctica). Si tu mente se distrae, repite la idea y luego vuelve a reflexionar sobre ella. Éste es el mismo ejercicio básico de la Lección 50, en el que activamente piensas sobre las ideas para dejar que se adentren más profundamente en tu mente.

Observaciones:
  • Al comienzo y al final del día lee las cinco lecciones.
  • A partir de entonces, haz una lección por sesión de práctica, el orden no importa.
  • Haz cada lección por lo menos una vez.
  • Cumplido eso, concéntrate en una lección determinada si es la que más te atrae.

Comentario

Mis Amigos más queridos:

Me dirijo a vosotros de este modo a causa de la línea de esta lección: “Reconoceré en todos a mi Amigo más querido” (3:5). Esa línea me impactó tanto en cierta ocasión que, durante cuatro o cinco meses, cada carta que escribía (excepto a aquellos que probablemente no lo entenderían) la empezaba con “Mi Amigo más querido, (nombre)”.

No es extraño que el Curso nos diga: “En la creación de Dios no hay extraños” (T.3.III.7:7). Mi Amigo más querido es todo el mundo, en la realidad, cada uno es ese Amigo. Ésa es su Identidad real, aunque oculta. Hablando de “Aquellos que aceptan el propósito del Espíritu Santo como su propósito comparten asimismo Su visión” (T.20.II.5:3), el Curso dice: “Él no ve extraños, sino tan sólo amigos entrañables y amorosos” (T.20.II.5:5).

Imagínate ver el mundo de ese modo. Imagínate amar a todos con los que te encuentras, reconociendo en todos y cada uno a un amigo muy, muy querido, y sabiendo que en lo más profundo de sus corazones son totalmente amorosos, al igual que tú. Imagínate estar rodeado de un amor así. Ésa es la visión del Curso del mundo real, el mundo al que se llega mediante el perdón total (ver T.17.II.5:1, y T. 30.VI.3:3).

“El perdón es el medio por el cual reconoceré mi inocencia” (1:4). Y cuando reconozca mi inocencia, ya no veré nada que perdonar (1:3). Únicamente veré amigos amados y amorosos. Mientras vea otra cosa, algo distinto, hay trabajo de perdón que queda por hacer. Estamos aquí por un propósito, y sólo uno: para perdonar al mundo tan completamente que amemos absolutamente a todos y a todo, cualquier cosa que sea menos que eso es perdón incompleto. ¿Qué es lo que limita nuestro amor sino alguna forma de falta de perdón? Únicamente eliminando por completo cada obstáculo al amor llegaremos a conocer la totalidad del amor que somos.

La fortaleza de Dios en mí me permite hacerlo. A medida que perdono, recuerdo esa fortaleza en mí, una fortaleza que yo he olvidado. “Perdono todas las cosas porque siento Su fortaleza avivarse en mí” (2:5). La Voz de Dios me guía en este camino del perdón, paso a paso cuidadosamente, realmente no hay ningún otro lugar al que ir. “Me dirijo firmemente hacia la verdad” (4:4). A veces mis pasos parecen inseguros, pero no puedo perderme. El Amor de Dios me sostiene. Al escucharle avivarse muy hondo dentro de mí, puedo recordar que yo soy Su Hijo.

Nuestros pasos han sido inciertos, y las dudas nos han hecho andar con lentitud por el camino que este curso señala. Pero ahora vamos a ir más deprisa, pues nos estamos acercando a una mayor certeza, a un propósito más firme y a una meta más segura.    

   Padre nuestro, afianza nuestros pasos. Aplaca nuestras dudas, aquieta nuestras santas mentes, y háblanos. No tenemos nada que decirte, pues sólo deseamos escuchar Tu Palabra y hacerla nuestra. Guía nuestras prácticas tal como un padre guía a su hijo pequeño por un camino que éste desconoce, pero que aun así, el hijo lo sigue, seguro de que está a salvo porque su padre le muestra el camino.
  De este modo es como llevamos nuestras prácticas hasta Ti. Si trope­zamos, Tú nos levantarás. Si se nos olvida el camino, sabemos que Tú siempre lo recordarás. Y si nos extraviamos, Tú no te olvidarás de llamarnos. Aligera nuestros pasos ahora de modo que podamos caminar con mayor certeza y mayor rapidez hasta Ti. Y aceptamos la Palabra que Tú nos ofreces para unificar nuestras prácticas, a medida que repasamos los pensamientos que Tú nos has dado.
(L.rV.In.1:5-3:6)

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