martes, 25 de febrero de 2014

Leccion 56, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 56


Nuestro repaso de hoy abarca lo siguiente:

1. (26) Mis pensamientos de ataque atacan mi invulnerabilidad.

2¿Cómo puedo saber quién soy cuando creo estar sometido a con­tinuos ataques? 3El dolor, la enfermedad, la pérdida, la vejez y la muerte parecen acecharme. 4Todas mis esperanzas, aspiraciones y planes parecen estar a merced de un mundo que no puedo controlar. 5Sin embargo, la seguridad perfecta y la plena realiza­ción constituyen mi verdadera herencia. 6He tratado de despo­jarme de mi herencia a cambio del mundo que veo. 7Pero Dios la ha salvaguardado para mí. 8Mis pensamientos reales me enseña­rán lo que es mi herencia.

2. (27) Por encima de todo quiero ver.

2Al reconocer que lo que veo es un reflejo de lo que creo ser, me doy cuenta de que mi mayor necesidad es la visión. 3El mundo que veo da testimonio de cuán temerosa es la naturaleza de la imagen que he forjado de mí mismo. 4Si he de recordar quién soy, es esencial que abandone esta imagen de mí mismo. 5medida que dicha imagen sea reemplazada por la verdad, se me conce­derá la visión. 6con esta visión contemplaré al mundo y a mí mismo con caridad y con amor.

3. (28) Por encima de todo quiero ver de otra manera.

2El mundo que veo mantiene en vigor la temerosa imagen que he forjado de mí mismo y garantiza su continuidad. 3Mientras siga viendo el mundo tal como lo veo ahora, la verdad no podrá albo­rear en mi conciencia. 4Dejaré que la puerta que se encuentra detrás de este mundo se abra, para así poder mirar más allá de él al mundo que refleja el Amor de Dios.

4. (29) Dios está en todo lo que veo.

2Tras cada imagen que he forjado, la verdad permanece inmuta­ble. 3Tras cada velo que he corrido sobre la faz del amor, su luz sigue brillando sin menoscabo. 4Más allá de todos mis descabe­llados deseos se encuentra mi voluntad, unida a la Voluntad de mi Padre. 5Dios sigue estando en todas partes y en todas las cosas eternamente. 6Y nosotros, que somos parte de Él, habremos de ver más allá de las apariencias, y reconocer la verdad que yace tras todas ellas.

5. (30) Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente.

2En mi propia mente, aunque oculto por mis desquiciados pensa­mientos de separación y ataque, yace el conocimiento de que todo es uno eternamente. 3Yo no he perdido el conocimiento de Quién soy por el hecho de haberlo olvidado. 4Ha sido salvaguardado para mí en la Mente de Dios, Quien no ha abandonado Sus Pensa­mientos. 5Y yo, que me cuento entre ellos, soy uno con ellos y uno con Él.

Instrucciones para la práctica

Propósito: Repasar las lecciones y así dejar que se adentren en un nivel más profundo. También, ver la relación entre ellas y lo entrelazado que está el sistema de pensamiento al que se te está llevando.

Ejercicios: Tan a menudo como puedas (sugerencia: cada hora, a la hora en punto), durante al menos dos minutos.
  • Solo y en un lugar tranquilo, lee una de las cinco lecciones y los comentarios relacionados. Fíjate en que los comentarios como si fueran tus propios pensamientos sobre la idea. Intenta imaginarte que son tus propias palabras. Te ayudará introducir tu nombre  a menudo. Esto te preparará para la fase siguiente, en la que tú mismo produces pensamientos semejantes.
  • Cierra los ojos y piensa en la idea y en los comentarios. Concretamente piensa en la idea central del párrafo del comentario. Reflexiona sobre ella. Deja que surjan pensamientos relacionados (utilizando el entrenamiento que has recibido en esa práctica). Si tu mente se distrae, repite la idea y luego vuelve a reflexionar sobre ella. Éste es el mismo ejercicio básico de la Lección 50, en el que activamente piensas sobre las ideas para dejar que se adentren más profundamente en tu mente.

Observaciones:
  • Al comienzo y al final del día lee las cinco lecciones.
  • A partir de entonces, haz una lección por sesión de práctica, el orden no importa.
  • Haz cada lección por lo menos una vez.
  • Cumplido eso, concéntrate en una lección determinada si es la que más te atrae.

Comentario

La Puerta detrás del Mundo

Hay una puerta detrás de este mundo que, si se abre, me permitirá ver el mundo que refleja el Amor de Dios (3:4). Es una puerta en mi mente, una puerta a la visión.

Este mundo, lleno de “dolor, enfermedad, pérdida, vejez y muerte” (1:3), simplemente refleja mi falsa imagen de mí mismo (2:2-3). Es una alucinación superpuesta a la realidad, que la esconde y aparentemente la reemplaza.

La línea del comienzo del repaso pregunta: “¿Cómo puedo saber quién soy cuando creo estar sometido a continuos ataques?” (1:2). Piensa en ello.  Si realmente estoy sometido a continuos ataques, acosado por la enfermedad, la pérdida, la vejez, y la muerte, ¿cómo puedo ser una creación perfecta de Dios? ¿Cómo puede Dios incluso ser real? Creo en una imagen de mí mismo que está continuamente amenazada. Si estoy amenazado, ¿cómo puedo ser un ser espiritual y eterno? Si es verdadera la imagen que veo en este mundo, entonces yo no soy nada, no valgo nada, y estoy destinado a la destrucción. Puedo decir igualmente: “Come, bebe y sé feliz, pues mañana moriremos”. También puedo tomar lo que puedo obtener porque nada, sea lo que sea, durará, incluido yo mismo.

Sin embargo, algo dentro de nosotros nos dice que somos más que esto (5:2). Algo dentro de nosotros está de acuerdo cuando leemos, en el Curso, que nada real puede ser amenazado. Si eso es cierto, y yo soy real, entonces el mundo que veo debe ser falso. El cuadro que me muestra, reforzando mi imagen de mí mismo como vulnerable, debe ser una mentira. O yo soy real y el mundo no lo es, o el mundo es real y yo no lo soy. “Pues yo soy real porque el mundo no lo es”  (L.132.15:3).

Por lo tanto, mi mayor necesidad es la visión. Necesito abrir esa puerta en mi mente, “ver más allá de las apariencias” (4:6), y ver un mundo que refleja el Amor de Dios, y, al hacerlo, recordar quién soy realmente. “Tras cada imagen que he forjado, la verdad permanece inmutable (4:2). “En mi propia mente, aunque oculto por mis desquiciados pensamientos de separación y ataque, está el conocimiento de que todo es uno eternamente. Yo no he perdido el conocimiento de Quién soy por el hecho de haberlo olvidado (5:2-3).

 Yo quiero abrir esa puerta y ver la verdad de nuevo. Yo quiero recordar.  

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