miércoles, 19 de febrero de 2014

Leccion 50, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 50

El Amor de Dios es mi sustento.

1. He aquí la respuesta a cualquier problema que se te presente, hoy, mañana o a lo largo del tiempo. 2Crees que lo que te sustenta en este mundo es todo menos Dios. 3Has depositado tu fe en los símbolos más triviales y absurdos: en píldoras, dinero, ropa "pro­tectora", influencia, prestigio, caer bien, estar "bien" relacionado y en una lista interminable de cosas huecas y sin fundamento a las que dotas de poderes mágicos.
2. Todas esas cosas son tus sustitutos del Amor de Dios. 2Todas esas cosas se atesoran para asegurar la identificación con el cuerpo. 3Son himnos de alabanza al ego. 4No deposites tu fe en lo que no tiene valor. 5No te sustentará.
3. Sólo el Amor de Dios te protegerá en toda circunstancia. 2Te rescatará de toda tribulación y te elevará por encima de todos los peligros que percibes en este mundo a un ambiente de paz y segu­ridad perfectas. 3Te llevará a un estado mental que no puede verse amenazado ni perturbado por nada, y en el que nada puede inte­rrumpir la eterna calma del Hijo de Dios.
4. No deposites tu fe en ilusiones. 2Te fallarán. 3Deposita toda tu fe en el Amor de Dios en ti: eterno, inmutable y por siempre indefec­tible. 4Ésta es la respuesta a todo problema que se te presente hoy. 5Por medio del Amor de Dios en ti puedes resolver toda aparente dificultad sin esfuerzo alguno y con absoluta confianza. 6Dite esto a ti mismo con frecuencia hoy. 7Es una declaración de que te has liberado de la creencia en ídolos. 8Es tu reconocimiento de la ver­dad acerca de ti.
5. Durante diez minutos dos veces al día, una por la mañana y otra por la noche, deja que la idea de hoy se adentre muy hondo en tu conciencia. 2Repítela, reflexiona sobre ella, deja que pensa­mientos afines vengan a ayudarte a reconocer su verdad, y per­mite que la paz se extienda sobre ti como un manto de protección y seguridad. No permitas que ningún pensamiento vano o necio venga a perturbar la santa mente del Hijo de Dios. 4Tal es el Reino de los Cielos. 5Tal es el lugar de descanso donde tu Padre te ubicó eternamente.

Instrucciones para la práctica

Propósito: Interiorizar la idea de que el Amor de Dios te sustenta, no con las cosas del mundo sino para que sientas la protección, la paz y la seguridad que Su Amor trae Consigo.

Ejercicios más largos: 2 periodos, de diez minutos.
Pasa esos diez minutos repitiendo la idea, pensando en ella y dejándote envolver por ella. Deja que pensamientos relacionados “vengan a ayudarte a reconocer su verdad” (5:2). Haz todo esto con el propósito de que la idea se adentre más profundamente en tu mente. Disfruta la idea. Siente los beneficios que te trae. Intenta sentir el Amor de Dios cubriéndote como un manto de paz y seguridad.
Éste no es un ejercicio de meditación, sino un ejercicio prolongado en reflexionar sobre la idea. Tus pensamientos tenderán a distraerse durante reflexiones largas como ésta. Cuando esto suceda, observa a esos pensamientos como intrusos que han entrado sin permiso en el templo de la santa mente del Hijo de Dios. Repite la idea para que desaparezcan.

Recordatorios frecuentes: A menudo.
Repite la idea, no como un loro, sino como “una declaración de independencia” (L.31.4:2), una declaración de que eres libre de necesitar ser sostenido por las cosas vacías de este mundo. Intenta repetirla una vez con este espíritu ahora, y ver el efecto que tiene en tu mente.

Respuesta a la tentación: Siempre que te enfrentes a un problema o dificultad.
Responde a lo que te enfrentas repitiendo la idea. Mientras lo haces, recuerda que “Por medio del Amor de Dios en ti puedes resolver toda aparente dificultad sin esfuerzo alguno y con absoluta confianza” (4:5).

Comentario

¿Qué es lo que me sostiene y me apoya? Cuando me siento vacío y agotado, ¿a dónde me dirijo? ¿A Dios, mi eterna Fuente? ¿O a alguna otra cosa? Tengo que admitir que a menudo es a alguna otra cosa a la que voy para sentirme bien de nuevo. ¿Cómo sería llegar a confiar completamente en algo tan total y completamente digno de confianza?

En el primer párrafo aparece una lista de cosas que se aplican a casi todos nosotros. Cualquiera que sea mi preferencia personal como “lo que me sostiene”, todas ellas son sólo “una lista interminable de cosas huecas y sin fundamento a las que dotas de poderes mágicos” (1:3). Cuando nos volvemos a ellas, algo en nosotros sabe que estas cosas no están realmente solucionando nada, no son nada sino sustitutos, placebos que pueden aliviar los síntomas por un tiempo pero que al final no curan nada.

Creo que fue San Agustín quien dijo que cada uno de nosotros nació con un hueco, con forma de Dios, en nuestro corazón. Podemos intentar llenarlo con todo tipo de cosas, pero nada llena ese hueco sino el Amor de Dios. “Valoramos” las otras cosas únicamente porque estamos intentando conservar nuestra independiente e imaginada identidad como un ego dentro de un cuerpo (2:2-3). Estamos valorando la nada para conservar lo que no es nada. La experiencia de que nada nos falta (plenitud) viene únicamente de la unión con nuestra Fuente.

El Amor de Dios “te llevará a un estado mental que no puede verse amenazado ni perturbado por nada, y en el que nada puede interrumpir la eterna calma del Hijo de Dios” (3:3). Yo quiero ese estado mental. Quiero esa estabilidad interna, esa serenidad de la consciencia. ¿Qué otra cosa podría dármela sino saber que estoy conectado a un suministro sin fin de bondad sin límite?

El Salmista lo dijo muy bien en el primer Salmo. Los “devotos”, aquellos que saben que el Amor de Dios les sostiene, “serán como un árbol plantado a orillas del agua, que dan fruto en su estación, cuyas hojas no se marchitan, y que todo lo que hacen tiene éxito” (S.1:3). Cuando interiormente te das cuenta de que el Amor de Dios te sustenta, es como si fueses un árbol plantado a orillas de un río, cuyas raíces están continuamente sustentadas por el agua que siempre está ahí, y que se está renovando siempre. O del Salmo 23: “El Señor es mi pastor. No desearé… Mi copa se renueva cada día. La bondad y la misericordia irán conmigo todos los días de mi vida” (S.23:1,5-6).

“Deposita toda tu fe en el Amor de Dios en ti: eterno, inmutable y que nunca falla. Ésta es la respuesta a todo problema que se te presente hoy” (4:3-4).

De nuevo las instrucciones nos dicen que “nos sumerjamos muy profundo en nuestra consciencia” (5:1). (Fíjate en que los periodos de meditación se están haciendo más largos, son de diez minutos, por la mañana y por la noche). Tenemos que “permitir que la paz se extienda sobre nosotros como un manto de protección y seguridad” (5:2). A menudo encuentro que me ayuda a entrar en esa sensación el hecho de visualizar algo: que una luz dorada me baña, que mi guía espiritual me abraza, o simplemente que me meto en un baño templado. Puedo dejar que sea un tiempo de descanso, diez minutos en los que simplemente me dejo llevar, física y mentalmente, y me permito a mí mismo experimentar paz. Me digo a mí mismo: “Estoy bien. Me siento seguro. En Dios estoy en mi Hogar. Su Amor me rodea y me protege. Su Amor me alimenta y me hace lo que yo soy”.    

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