lunes, 17 de febrero de 2014

Leccion 48, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 48

No hay nada que temer.

1. La idea de hoy afirma simplemente un hecho. 2No es un hecho para los que creen en ilusiones, mas las ilusiones no son hechos. 3En realidad no hay nada que temer. 4Esto es algo muy fácil de reconocer. 5Pero a los que quieren que las ilusiones sean verdad les es muy difícil reconocerlo.
2. Las sesiones de práctica de hoy serán muy cortas, muy simples y muy frecuentes. 2Repite sencillamente la idea tan a menudo como puedas. 3Puedes hacerlo con los ojos abiertos en cualquier momento o situación. 4Recomendamos enérgicamente, no obs­tante, que siempre que puedas cierres los ojos durante aproxima­damente un minuto y repitas la idea lentamente para tus adentros varias veces. 5Es especialmente importante también que la uses de inmediato si observas que algo perturba tu paz mental. 3. La presencia del miedo es señal inequívoca de que estás con­fiando en tu propia fortaleza. 2La conciencia de que no hay nada que temer indica que en algún lugar de tu mente, aunque no necesariamente en un lugar que puedas reconocer, has recordado a Dios y has dejado que Su fortaleza ocupe el lugar de tu debili­dad. 3En el instante en que estés dispuesto a hacer eso, cierta­mente no habrá nada que temer.

Instrucciones para la práctica

Recordatorios frecuentes: Muy a menudo, tan a menudo como sea posible.
  Hay dos formas. Usa la más larga siempre que puedas.
  1. Repite la idea. Puedes hacerlo con los ojos abiertos en cualquier circunstancia, incluso durante una conversación. Tan sólo lleva dos segundos.
  2. Lleva un minuto aproximadamente, cierra los ojos y repite la idea lentamente varias veces.

Observaciones: Los periodos de práctica más largos se han dejado por hoy, por lo tanto vas a centrarte en la frecuencia .Vimos lo mismo en las Lecciones 20, 27 y 40. Por lo tanto, la lección de hoy es parte de una serie planeada para enseñarnos el hábito importantísimo de la práctica frecuente. Por eso, en lugar de tomarte un día libre, dedícate de lleno. Cuanto más pongas de tu parte, mayor beneficio obtendrás de ello.
   Lecciones anteriores (27, 40) recomendaban establecer la frecuencia al comienzo del día y luego tratar de mantenerla. Yo recomendaría hacer hoy lo mismo. ¿Qué frecuencia quieres establecer? Echemos un vistazo a lecciones anteriores que precisaban una frecuencia:
     Lección 20: 2 por hora
     Lección 27: de 2 a 4 por hora
     Lección 39: de 3 a 4 por hora
     Lección 40: 6 por hora
   La media es de 3 a 4 por hora, pero date cuenta también de que la frecuencia aumenta a medida que las lecciones avanzan. Yo sugeriría que elijas una frecuencia que realmente pienses que puedes mantener, y luego tener la firme intención de mantenerla, e incluso tomarte un momento para imaginarte a ti mismo  practicándola en diferentes circunstancias. Durante el día, cuando te des cuenta de que te has olvidado, no te disgustes, nos sucede a todos. Simplemente vuelve a la práctica, de inmediato y sin culpa.

Respuesta a la tentación: Cuando algo perturbe tu paz mental.
Repite la idea de inmediato.

Comentario

Se puede entender este sencillo pensamiento al menos de dos maneras:
1)      No hay nada a lo que temer.
2)      ¿Miedo? ¡Eso no es cierto!

Como el tercer párrafo aclara, este pensamiento está relacionado con la lección de ayer acerca de confiar en la fortaleza de Dios en lugar de confiar en nuestra propia fortaleza, separada de la Suya. “La presencia del miedo es señal inequívoca de que estás confiando en tu propia fortaleza” (3:1).  Como dijo la lección de ayer: “¿Quién puede depositar su fe en la debilidad y sentirse seguro?” (L.47.2:3). Por eso, cuando confiamos en nuestra propia fortaleza, sentimos miedo. Cuando confiamos en la fortaleza de Dios, no sentimos miedo. El miedo no es algo que debamos temer; sin embargo, es una señal que nos avisa de que nuestra fe está en el lugar equivocado, y lo que pide es corrección, no condena.

Desde la perspectiva de la mente recta, es un hecho que: no hay nada que temer. Dios es todo lo que existe, y nosotros somos parte de Él, nada fuera de Él existe. Por supuesto, no hay nada que temer. El miedo es la creencia en algo distinto de Dios, un dios falso, un ídolo con poder que se opone y vence a Dios. Secretamente creemos que hemos hecho eso, pero de lo que tenemos miedo es de nosotros mismos. Sin embargo, lo que creemos que hemos hecho nunca ha ocurrido. Por eso, no hay nada que temer. “Nada real puede ser amenazado” (T.In.2:2).

Si creemos en ilusiones, el miedo parece muy real, pero tenemos miedo de la nada. La lección dice que “es muy fácil de reconocer” que no hay nada que temer (1:4); lo que hace que parezca difícil es que queremos que las ilusiones sean verdad (1:5). Si no son verdad, entonces no somos quienes creemos ser y quienes queremos ser; somos creaciones de Dios, no nuestra propia creación. Por eso, nos aferramos a las ilusiones para dar validez a nuestro ego, y al hacerlo, conservamos el miedo.

Cuando nos permitimos a nosotros mismos recordar que no hay nada que temer, y cuando  conscientemente nos recordamos ese hecho durante el día, eso nos demuestra que “en algún lugar de tu mente, aunque no necesariamente en un lugar que puedas reconocer, has recordado a Dios y has dejado que Su fortaleza ocupe el lugar de tu debilidad” (3:2). Esto es lo que el Texto llama la “mente recta”. Hay una parte de nuestra mente -realmente la única parte que existe- en la que ya hemos recordado a Dios. Esa parte de nuestra mente es lo que nos está despertando de nuestro sueño.

¿Alguna vez te has preguntado cómo es que encontraste Un Curso de Milagros, y por qué te atrae? Tu mente recta ha creado esta experiencia para ti; tu verdadero Ser te habla a través de sus páginas para despertarte. Cada vez que repetimos “No hay nada que temer”, nos estamos asociando con la parte de nosotros que ya está despierta, y que ya ha recordado la verdad. Puesto que ya estamos despiertos, el resultado es inevitable. Pero necesitamos esta apariencia de tiempo para “darnos tiempo a nosotros mismos” (por así decir) para expulsar las ilusiones y reconocer la verdad siempre presente de nuestra realidad.

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