domingo, 16 de febrero de 2014

Leccion 47, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 47

Dios es la fortaleza en la que confío.

1. Si sólo confías en tus propias fuerzas, tienes todas las razones del mundo para sentirte aprensivo, ansioso y atemorizado. 2¿Qué puedes predecir o controlar? 3¿Qué hay en ti con lo que puedas contar? 4¿Qué te podría capacitar para ser consciente de todas las facetas de un problema, y de resolverlos de tal manera que de ello sólo resultase lo bueno? 5¿Qué hay en ti que te permita poder reconocer la solución correcta, y garantizar su consecución?
2. Por ti mismo no puedes hacer ninguna de esas cosas. 2Creer que puedes es poner tu confianza en algo que no es digno de ella, y justificar el miedo, la ansiedad, la depresión, la ira y el pesar. 3¿Quién puede depositar su fe en la debilidad y sentirse seguro? 4Por otra parte, ¿quién puede depositar su fe en la fortaleza y sentirse débil?
3. Dios es tu seguridad en toda circunstancia. 2Su Voz habla por Él en toda situación y en todos los aspectos de cada situación, dicién­dote exactamente qué es lo que tienes que hacer para invocar Su fortaleza y Su protección. 3En esto no hay excepciones porque en Dios no hay excepciones. 4Y la Voz que habla por Él piensa como Él.
4. Hoy trataremos de llegar más allá de tu debilidad hasta la Fuente de la verdadera fortaleza. 2Son necesarias hoy cuatro sesio­nes de práctica de cinco minutos cada una, aunque se te exhorta a que hagas más y a que les dediques más tiempo. 3Cierra los ojos y comienza como de costumbre repitiendo la idea de hoy. 4Luego dedica un minuto o dos a buscar situaciones en tu vida que hayas revestido de temor, y desecha cada una de ellas diciéndote a ti mismo:

5Dios es la fortaleza en la que confío.

5. Trata ahora de deslizarte más allá de todas las preocupaciones relacionadas con tu propia sensación de insuficiencia. 2Es obvio que cualquier situación que te causa inquietud está asociada con sentimientos de insuficiencia, pues, de lo contrario, creerías que puedes lidiar con la situación con éxito. 3Confiando en ti mismo no es la manera de adquirir confianza. 4Mas la fortaleza de Dios en ti tiene éxito en todo.
6. Reconocer tu propia debilidad es un paso necesario para la corrección de tus errores, pero no es suficiente para darte la con­fianza que necesitas, y a la que tienes derecho. 2Debes adquirir asimismo la conciencia de que confiar en tu verdadera fortaleza está plenamente justificado en relación con todo y en toda cir­cunstancia.
7. En la última fase de cada sesión de práctica, trata de llegar muy hondo dentro de tu mente a un lugar de verdadera seguri­dad. 2Reconocerás que has llegado cuando sientas una profunda sensación de paz, por muy breve que sea. 3Despréndete de todas las trivialidades que bullen y burbujean en la superficie de tu mente, y sumérgete por debajo de ellas hasta llegar al Reino de los Cielos. 4Hay un lugar en ti donde hay perfecta paz. 5Hay un lugar en ti en el que nada es imposible. 6Hay un lugar en ti donde mora la fortaleza de Dios.
8. Repite la idea frecuentemente en el transcurso del día. 2Úsala como respuesta a cualquier cosa que te perturbe. 3Recuerda que tienes derecho a la paz porque estás depositando tu confianza en la fortaleza de Dios.

 Instrucciones para la práctica

Propósito: “Llegar más allá de tu debilidad hasta la Fuente de la verdadera fortaleza” (4:1), para que ganes confianza frente a todos los problemas y decisiones.

Ejercicios más largos: 4 veces (se anima a hacer más), durante cinco minutos (se alienta a que sean más largos).
  • Cierra los ojos y repite la idea.
  • Busca en tu mente situaciones que te produzcan miedo. Abandona cada una de ellas diciendo: “Dios es la fortaleza en la que confío”. Haz esto durante uno o dos minutos.
  • El resto del tiempo es otro ejercicio de meditación. Sumérgete muy profundo en tu mente, por debajo de todos tus pensamientos de preocupación, que se basan en tu sensación de insuficiencia. Llega por debajo de ellos a un lugar en donde nada está fuera del alcance de tu fortaleza, porque la fortaleza de Dios vive en ti. Puedes imaginarte que te estás sumergiendo por debajo de las aguas revueltas de la superficie a la profundidad en calma donde todo está tranquilo. “Reconocerás que has llegado cuando sientas una profunda sensación de paz, por muy breve que sea” (7:2).  (Como en instrucciones anteriores) acuérdate de retirar tu mente de las distracciones, cuando sea necesario, y de mantener en la mente una actitud de confianza y deseo.

Recordatorios frecuentes: A menudo.
Repite la idea.

Respuesta a la tentación: Cuando surja cualquier alteración.
Repite la idea, recordando que tienes derecho a la paz porque estás confiando en la fortaleza de Dios, no en la tuya.

Comentario

Se cuenta en el Evangelio de Juan que Jesús dijo: “El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, a menos que sea algo que ha visto hacer al Padre…” Yo no puedo hacer nada por mi propia iniciativa; tal como oigo, así juzgo” (Juan 5:19, 30). Básicamente eso es lo que esta lección nos dice: No podemos hacer nada por nosotros mismos. Cuando la lección habla de “confiar en tu propia fuerza” (1:1) está hablando de intentar hacer cualquier cosa por nuestra cuenta, como una unidad independiente, separados de Dios y de Su creación. Está hablando de actuar como un ego. La lección dice que eso es imposible.

Otro ejemplo del Evangelio de Juan puede ser útil. Al final de Su vida en la tierra, Jesús comparó su vida a una vid, y a Sus discípulos con las ramas de la vid. Yo creo que hablaba desde el Cristo en Él, o quizás sería mejor decir que Cristo estaba hablando a través del hombre, Jesús. Él dijo: “Tal como la rama no puede dar fruto por sí sola, a menos que permanezca unida a la vid, del mismo modo ninguno de vosotros puede dar fruto, a menos que permanezcáis unidos a Mí… separados de Mí no podéis hacer nada” (Jn.15:4-5).

Piensa en ello. ¿Dónde termina la vid y empieza la rama? La rama es parte de la vid. Es toda su existencia, no puede actuar independientemente, no puede “dar fruto” si se la corta de la vid.

Somos partes o aspectos de la Filiación, y el Hijo es uno con el Padre. “Lo que Él (Dios) crea no está separado de Él, y no hay ningún lugar en el que el Padre acabe y el Hijo comience como algo separado” (L.132.12.4). Suena como la vid y sus ramas, ¿verdad?

Cuando intentamos actuar independientemente, no podemos hacer absolutamente nada. Tal como pensamos de nosotros mismos, ¿qué podemos predecir o controlar totalmente?¿Cómo podemos ser conscientes de todas las facetas de un problema”  y “resolverlos de tal manera que de ello sólo resultase lo bueno”? (1:4). Abandonados a nosotros mismos, abandonados a los limitados recursos del ser tal como el ego lo ve, separados de todo, sencillamente no podemos. No tenemos lo que se necesita. “Si sólo confías en tus propias fuerzas, tienes todas las razones del mundo para sentirte aprensivo, ansioso y atemorizado” (1:1).

 La lección nos pide que reconozcamos que no estamos limitados a lo que podemos pensar que es “nuestra fuerza”; “Dios es la fortaleza en la que confío”. Nos pide que actuemos basándonos en nuestra unión con Dios. Desde donde estamos, al comienzo, nos parece que estamos tratando con una especie de Dios externo, una “Voz” que habla dentro de nuestra mente o que actúa en determinadas circunstancias para guiarnos:

“Puesto que crees estar separado, el Cielo se presenta ante ti separado también. No es que lo esté realmente, sino que se presenta así a fin de que el vínculo (el Espíritu Santo) que se te ha dado para que te unas a la verdad  pueda llegar hasta ti a través de lo que entiendes” (T.25.I.5:1-2).

Por eso puede parecer que se nos pide que nos “sometamos” a una fuerza superior, cuando de hecho todo lo que estamos haciendo es que nos asociemos con el resto de nuestro propio ser, del que nosotros mismos nos hemos separado. El Espíritu Santo, habla por nosotros, así como por Dios, pues somos uno (ver T.11.I.11:1; T.30.II.1:1-2; L.125.8:1; L.152.12:2).

Cuando nos damos cuenta de que no podemos vivir por nuestra cuenta, cuando aceptamos nuestra dependencia de este Poder Superior, Dios se convierte en nuestra fortaleza y seguridad en toda circunstancia. Su Voz nos dice “exactamente qué es lo que tienes que hacer para invocar Su fortaleza y Su protección” (3:2).

Cuando tenemos miedo, es porque estamos confiando en nuestra propia fuerza independiente, que no existe. Simplemente sentirse incapacitado para una tarea es una forma de miedo, que procede de la creencia de que yo existo por mí mismo. “¿Quién puede depositar su fe en la debilidad y sentirse seguro?” (2:3). Cuando aparezca el miedo, que me recuerde a mí mismo  que no confío en mi propia fuerza sino en la de Dios. Eso me puede sacar del miedo y llevarme a un lugar de paz profunda y duradera.

Reconocer nuestra debilidad como ser independiente es un comienzo necesario (6:1). Si nos engañamos a nosotros mismos creyendo que podemos manejar todo por nuestra cuenta, sin Dios, sin nuestros hermanos, fallaremos y finalmente nos irritaremos. Pero no debemos quedarnos en ese reconocimiento, tenemos que ir más allá de ello y darnos cuenta de que tenemos la fortaleza de Dios, y que la confianza en esa fuerza “está plenamente justificada en relación con todo y en toda circunstancia” (6:2).

Casi cada vez que medito repito, silenciosamente o en voz alta, las palabras que están casi al  final de esta lección:

“Hay un lugar en ti donde hay perfecta paz.
Hay un lugar en ti en el que nada es imposible.
Hay un lugar en ti donde mora la fortaleza de Dios.”
(7:4-6).

Hagamos hoy frecuentes pausas para sumergirnos, por debajo de “todas las trivialidades que bullen y burbujean en la superficie de (nuestra) mente” (7:3), en lo más profundo de nuestra mente para encontrar ese lugar.  
  

1 comentario:

  1. Bendiciones para ti MoZ por la paz y confianza que infundes con tus palabras.

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