martes, 21 de enero de 2014

Leccion 21, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 21.

Estoy decidido a ver las cosas de otra manera.

1. La idea de hoy es obviamente una continuación y ampliación de la anterior. 2Esta vez, sin embargo, además de aplicar la idea a cualquier situación concreta que pueda surgir, son necesarios también períodos específicos de búsqueda mental. 3Se te exhorta a que lleves a cabo cinco sesiones de práctica de un minuto com­pleto cada una.
2. Inicia las sesiones de práctica repitiendo la idea en tu interior. 2Luego cierra los ojos y busca con minuciosidad en tu mente aque­llas situaciones pasadas, presentes o previstas que susciten ira en ti. 3La ira puede manifestarse en cualquier clase de reacción, desde una ligera irritación hasta la furia más desenfrenada. 4El grado de intensidad de la emoción experimentada es irrelevante. 5Te irás dando cuenta cada vez más de que una leve punzada de molestia no es otra cosa que un velo que cubre una intensa furia.
3. Trata, por lo tanto, durante las sesiones de práctica, de no dejar escapar aquellos pensamientos de ira que consideras "insignifi­cantes". 2Recuerda que no reconoces realmente qué es lo que sus­cita ira en ti, y nada de lo que puedas creer al respecto tiene significado alguno. 3Probablemente te sentirás tentado de emplear más tiempo en ciertas situaciones o personas que en otras, sobre la base falsa de que son más "obvias" 4Esto no es cierto. 5Es mera­mente un ejemplo de la creencia de que ciertas formas de ataque están más justificadas que otras.
4. Al escudriñar tu mente en busca de todas las formas en que se presentan los pensamientos de ataque, mantén cada uno de ellos presente mientras te dices a ti mismo:

2Estoy decidido ver a _____ (nombre de la persona] de otra manera.
3Estoy decidido a ver _____ [especifica la situación] de otra manera.

5. Trata de ser tan específico como te sea posible. 2Puede, por ejemplo, que concentres tu ira en una característica determinada de alguna persona en particular, creyendo que la ira se limita a ese aspecto. 3Si tu percepción sufre de esa forma de distorsión, di:

4Estoy decidido a ver [precisa la característica] de [nombre de la persona] de otra manera.

"COMENTARIOS A LAS LECCIONES" de Robert Perry y Ally Watson
Instrucciones para la práctica

Ejercicio: 5 veces, de un minuto cada vez.

·         Repite la idea.
·         Luego cierra los ojos y busca cuidadosamente en tu mente cualquier situación que te provoque ira en cualquier momento, por muy leve que sea. Mantén cada situación en la mente y di: “Estoy decidido a ver (nombra la persona o situación) de otra manera”. Da a los pensamientos de “poca” ira la misma atención que a los de “mucha” ira. Sé muy concreto, hasta el punto de nombrar rasgos concretos de personas concretas que te irritan: “Estoy decidido a ver (rasgo) de (nombre de la persona) de otra manera”.

Observaciones: En esta práctica tenemos que evitar el engaño de que el grado de nuestro enfado importa. Este engaño tiene dos formas. La primera es pensar que nuestros enfados pequeñitos (por ejemplo, una ligera irritación) son demasiado pequeños para tomarnos la molestia de incluirlos en este ejercicio. La segunda es darle mucha importancia a determinadas causas “claras” de enfado, lo que supone que en estos casos determinados nuestro enfado (la ira) está verdaderamente justificado.  La verdad es que todo enfado (ira) es máximo y ninguno está justificado.

 Otro engaño que también se menciona es la creencia de que nuestra ira se limita a un rasgo de personalidad concreto de alguien: “Amo a Juan. No estoy enfadada con él en general, sólo con este rasgo suyo especialmente molesto”. Esta lección supone que nuestra ira hacia esa persona no se limita  a eso sólo, es a todo lo suyo. Con este engaño, en lugar de dejarlo fuera de nuestra práctica (como con los engaños anteriores), se nos pide que lo usemos en ella. Se nos pide que utilicemos la idea concretamente a ese rasgo (5:4).

Comentario

En esta lección aplicamos la idea de la decisión de ver situaciones concretas que nos producen enfado (ira), dándole toda la importancia a ver estas situaciones de manera diferente. Está muy clara la relación de estos ejercicios con cambiar nuestra percepción (lo que vemos).

Hay un pensamiento en esta lección que es particularmente sorprendente. Es un pensamiento que cada vez tiene más sentido para mí cuanto más trabajo con el Curso, estudiando el Texto y practicando las disciplinas mentales que nos enseña: “Te irás dando cuenta cada vez más de que una leve punzada de molestia no es otra cosa que un velo que cubre una intensa furia” (2:5).

El primer principio de los milagros, en el capítulo 1 del Texto, dice: “No hay grados de dificultad en los milagros”. La idea de esta lección tiene gran parecido con esa idea. Tampoco hay grados de intensidad en la ira. Incluso la más ligera irritación es lo mismo que una rabia incontenible, y de hecho es ira disfrazada. Todas las formas de ira proceden de la misma causa. 

Algunas escuelas de psicología afirman desde hace tiempo que todo el mundo lleva consigo desde el nacimiento una ira primaria, profundamente contenida. Puede ser moderada con una capa de civilización, pero debajo, en el subconsciente, hay una ira violenta. Muchos atribuyen esto a nuestro origen animal en la evolución, pero el Curso considera la ira en sentido metafísico. Dentro de nosotros mismos llevamos una ira ciega contra nosotros mismos porque creemos que hemos atacado la realidad y lo hemos conseguido, creemos que de alguna manera nos las hemos arreglado para separarnos de Dios y que hemos destruido la unidad del Cielo. Pensamos que en un ataque de resentimiento por no haber recibido un trato y un amor especial, hemos destruido nuestro Hogar y no podemos ya regresar nunca.

Estamos furiosos con nosotros mismos, pero incapaces de soportar la culpa por el odio a nosotros mismos, lo extendemos hacia fuera y lo desviamos a otros objetos que consideramos separados de nosotros mismos. La palabra usada para este desplazamiento de la ira es “proyección”. El ego dentro de nosotros está continuamente “maquinando”, buscando situaciones sobre las que proyectar la ira con aparente justificación, para convencer a nuestra mente de que la causa de la ira está afuera, y no adentro.

Cada llamarada de ira, desde la más ligera irritación hasta la rabia más desenfrenada,  todas son síntomas de este odio contra nosotros mismos, profundamente enterrado desde el nacimiento. Todas son lo mismo. Por eso el Curso nos aconseja que no aceptemos la ilusión de que el ataque está justificado según las circunstancias; y por ello nos pide que no consideremos nuestras ligeras irritaciones como demasiado pequeñas como para tomarlas en consideración. Al no hacer distinción entre “grados” de ira, estamos ayudándonos a entender que en la realidad todas son lo mismo e igualmente no justificadas. 

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