miércoles, 25 de diciembre de 2013

¿Qué soy? Partes 8, 9 y 10

Y desde la unión que hemos alcan­zado, invitamos a todos nuestros hermanos a compartir nuestra paz y a consumar nuestra dicha. (4:4)

Alcanzamos la unidad poco a poco. En realidad no “alcanzamos” la unidad sino que la recordamos, nos hacemos conscientes de lo que siempre ha sido así. Pero, en el tiempo, parece como si la alcanzásemos poco a poco. Empezamos con instantes santos muy cortos, chispazos de recuerdo, como un sueño olvidado que estamos intentando recordar. Esos momentos de recuerdo vienen cada vez más a menudo, cada vez más claros, y al final cada vez duran más, hasta que un día recordemos completamente y para siempre. Cada instante que pasamos en esa unidad, reconocemos que no estamos ahí solos, y que no podemos estar ahí solos. Sentimos paz y dicha, pero nuestra dicha no puede ser completa hasta que todos la compartan con nosotros y despierten a la realidad de Quien son. Por eso, les llamamos, nos extendemos hasta todos.

El estado mental que estamos buscando, que podríamos llamar el estado mental iluminado, es el que se da cuenta de su unión con todas las creaciones de Dios, y que se propone reestablecer a todas sus partes la perfecta comunicación de esa perfecta unidad. Como el “bodhisatva” de la tradición budista que renuncia al Nirvana para salvar a otros, no queriendo pasar a ese estado de perfecto gozo hasta que incluso “cada brizna de hierba esté iluminada”, así los que están en la mente recta llaman continuamente a sus hermanos, pidiéndoles que compartan su paz. Jesús es un ejemplo de esta actitud, como dice en el Texto, en la Sección “El Círculo de la Expiación”:

Yo estoy dentro del círculo, llamándote a que vengas a la paz. Enseña paz conmigo, y álzate conmigo en tierra santa. Recuerda por todos el poder que tu Padre les ha otorgado. No pienses que no puedes enseñar Su perfecta paz. No permanezcas afuera, sino únete a mí adentro. No dejes de cumplir el único propósito al que mi enseñanza te exhorta. Devuélvele a Dios Su Hijo tal como Él lo creó, enseñándole que es inocente. (T.14.V.9:4-10)


Ocupa queda­mente tu puesto dentro del círculo, y atrae a todas las mentes torturadas para que se unan a ti en la seguridad de su paz y de su santidad. (T.14.V.8:6)

Lo sepamos o no, “Somos los santos mensajeros de Dios” (5:1). Ésa es nuestra función, Dios nos creó para que hiciéramos eso: expresar a Dios, expresar Su Amor. Ésta es nuestra tarea aquí, no seremos completamente felices hasta que la estemos llevando a cabo. El modo en que aquí lo dice es muy significativo: estamos llevando Su Palabra a todos aquellos que Él nos envía” (5:1), no dice “a los que somos enviados”. No se trata de que vayamos buscando personas a las que dar Su mensaje, sino que ellos nos están buscando. Ésta es una actitud completamente distinta a la de decir: “Vamos a convertir al mundo”. Se trata de extender el mensaje de paz y de perdonar  a todo el que entra en nuestra vida. No es por “casualidad” que aparecen las personas en nuestra vida, se nos envían. Y se nos envían porque tenemos algo que darles.

Cuando alguien aparezca en mi vida, en mi tiempo, o quizá en frente de mí, que aprenda a preguntarme a mí mismo: “¿Qué tengo que darle a esta persona? ¿Cuál es la Palabra de Dios que puedo comunicarle? ¿Qué quiere decirle Dios a esta persona a través de mí? “O, de manera más sencilla: “¿Cómo puedo ser verdaderamente útil a esta persona?”

Hacer esto, no sólo pensarlo sino hacerlo realmente, es la manera en que aprendo que la Palabra de Dios está escrita en mi corazón (5:1). Y haciendo esto es como cambia mi mente acerca de lo que soy y la razón de que yo esté aquí. Mi mente no cambiará sólo intentando cambiarla, cambia al llevar la Palabra de Dios a todos lo que Él me envía. Cuando me comprometo a esta forma de servir activamente y perdonar a mis hermanos, empiezo a formarme una opinión distinta de mí mismo. Empiezo a verme de manera diferente. Ése es el plan del Espíritu Santo para la salvación.

Nuestra función aquí es traerle “bue­nas nuevas al Hijo de Dios que pensó que sufría” (5:3). El Hijo de Dios que pensó que sufría eres tú, soy yo, y todos los que entran en tu vida. ¡Qué anuncio más maravilloso! Anunciar, como dijo el profeta Isaías en el Antiguo Testamento:

“… a anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad… para consolar a todos los que lloran, para darles belleza en vez de ceniza, aceite de gozo en vez de vestido de luto, alabanza en vez de espíritu abatido”, (Isaías 61:1-3)

En los Evangelios se dice que esta temporada de Navidad es un tiempo de “una gran alegría… para todo el pueblo” (Lucas 2:10). En el Curso tenemos la continuación a ese mensaje, y nosotros somos sus mensajeros. Podemos anunciar: “Ahora (el Hijo de Dios) ha sido redimido” (5:4). El camino para encontrar  nuestro hogar está abierto para cada uno de nosotros, para conocer primero nuestro perdón perfecto, y luego la inmensidad del Amor de Dios.

Y al ver las puertas del Cielo abiertas ante él, entrará y desaparecerá en el Corazón de Dios. (5:5)

Cuando esta “buena nueva” sea recibida por todos, todos cruzaremos las puertas del Cielo, símbolo de entrar en la consciencia de la perfecta Unidad. En esa Unidad desapareceremos en el Corazón de Dios. Esa palabra “desaparecer” no significa que dejemos de existir, o que seremos absorbidos y eliminados en la absorción. Significa únicamente que toda sensación de separación y de diferencias habrán desaparecido, junto con el deseo de ellas. Desapareceremos en la Unidad, pero estaremos en esa Unidad, profundamente unidos a ella y parte de ella, llevando a cabo nuestra función gozosamente, resplandeciendo para siempre en la gloria eterna de Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario