domingo, 22 de diciembre de 2013

¿Que soy? Parte 4, 5, 6 y 7

La verdad de lo que somos no es algo de  lo que se pueda hablar o describir con palabras. (2:4)

Las palabras sólo pueden traernos hasta aquí. Pueden llevarnos a la puerta del Cielo, pero no pueden hacernos entrar. Todas las palabras del Curso, tan maravillosas como son, no pueden hacer más de eso. Eso no es una deficiencia del Curso, ni una deficiencia de las palabras. Las palabras son sólo símbolos. No pueden hacer más de lo que los símbolos hacen, y eso es mucho, y todo lo que es necesario. La Verdad Misma de lo que somos hará el resto.

Esa verdad y el completo conocimiento de ella está más allá del alcance de las palabras y, por lo tanto, más allá del alcance de este mundo, que es un mundo de símbolos y no de realidades. Aún así, no hay razón para la desesperanza por eso. Lo que somos no puede estar aquí, igual que una persona física y “real” no puede existir dentro de un sueño, igual que una figura de tres dimensiones no puede entrar en un mundo de dos dimensiones. (Otro ejemplo: un cubo de tres dimensiones no puede existir en una hoja de papel, lo más que se puede hacer es un dibujo en perspectiva que sugiere tres dimensiones).

Podemos, sin embargo, darnos cuenta de la función que tenemos aquí, y usar palabras para hablar de ello así como para enseñarlo, si predicamos con el ejemplo. (2:5)

Aunque no podemos conocer totalmente la verdad de lo que somos, aquí en este mundo, podemos expresarlo; por decirlo de algún modo, podemos crear un dibujo en perspectiva que sugiere esa verdad. ¿Cómo? Llevando a cabo la función que Dios nos ha dado, la función que el Curso ha afirmado repetidas veces de muchas maneras: el perdón, ser feliz, extensión, hacer la Voluntad de Dios, dar de nosotros mismos, aumentar el tesoro de Dios creando el nuestro, dando y recibiendo sanación, aceptando la Expiación. Esto es algo de lo que las palabras pueden hablar, y las palabras pueden también enseñar el perdón, “si predicamos con el ejemplo”. Si las palabras que hablamos inundan nuestro ser, las palabras pueden transmitir lo que es el perdón. Si nuestra vida es un ejemplo de lo que hablamos, nuestras palabras tienen poder. Dicho de otro modo, si llevamos a cabo nuestra función de perdonar, podemos enseñar el perdón. Y eso es nuestro “dibujo en perspectiva” de la verdad de nuestro Ser. Ése es el reflejo en el mundo del Amor que somos.

Considera al Curso como un ejemplo de lo que aquí se nos está diciendo. ¿Por qué son tan poderosas sus palabras? Pienso que la razón es que las dice uno que es un ejemplo de las palabras que dice. Incluso en el modo en que Jesús (el autor) nos habla, y trata a nuestros fallos, nuestra terquedad y cabezonería, nuestras dudas y vacilaciones, podemos sentir la realidad detrás de las palabras que nos dice. Siempre es paciente con nosotros. Nunca nos menosprecia ni nos riñe disgustado por nuestra estupidez. Cuando habla del perdón hay un sentimiento de perdón en las palabras que nos transmite. Cuando nos dice que contemplemos a todos como iguales, sentimos que el nos está contemplando a nosotros como Sus iguales. Cuando dice que podemos mirar a todos sin ver ningún pecado, sentimos que así es como Él nos ve a nosotros.

A eso es a los que nos está llevando, a todos y cada uno de nosotros. Es lo que el Manual para el Maestro llama honestidad, en la Sección sobre las características de los Maestros de Dios.

La honestidad no se limita únicamente a lo que dices. El verdadero significado del término es congruencia: nada de lo que dices está en contradicción con lo que piensas o haces; ningún pensamiento se opone a otro; ningún acto contradice tu palabra ni ninguna palabra está en desacuerdo con otra. (M.4.II.1:4-6)


Únicamente al llevar a cabo nuestra función, únicamente al hacernos una encarnación del Curso, podemos llegar a darnos cuenta y reconocer Su mensaje para nosotros. Únicamente al darlo a otros en palabras y de hechos, podemos recibirlo nosotros completamente.

¿Cuál es nuestra “función” de la que se habla en el párrafo 2? “Somos los portadores de la salvación” (3:1). ¿He pensado realmente que ésta es mi función? ¿He empezado a darme cuenta de que cada día, al vivir mi vida, para esto es para lo que estoy aquí, para traer la salvación al mundo? No estamos hablando aquí de rescatar a personas, estamos hablando de verlas tal como Dios las creó, y verlas de ese modo con tanta claridad y tanta fuerza que nuestra visión de ellas empieza a abrir sus ojos a esa misma visión. Estamos hablando de mantener una imagen tan clara de su inocencia que pueden ver su propia inocencia reflejada en nosotros.

Aceptamos nuestro papel como salvadores del mundo, el cual se redime mediante nuestro perdón conjunto. (3:2)

Salvamos al mundo al perdonarlo. Y practicamos este perdón como un perdón conjunto, junto con Jesús. Nos unimos a Él para eliminar la culpa y la condena de cada persona con la que entramos en contacto. Así es como el mundo es “redimido”, rescatado de su esclavitud de la culpa y el miedo.

Y al concederle el regalo de nuestro perdón, éste se nos concede a nosotros. (3:3)

Una vez más el tema repetido a menudo: Recibimos el perdón al darlo.

Vemos a todos como nuestros hermanos, y percibimos todas las cosas como buenas y bondadosas. (3:4)

Ésta es la visión de un salvador. Así es como un salvador ve las cosas. Ver a todos como hermanos es verlos como iguales a nosotros, compartiendo la misma inocencia de la creación de Dios. Ver a todas las cosas como buenas y bondadosas es darnos cuenta de que incluso lo que parece ser ataque no convierte al “atacante” en cruel, detrás del miedo que le impulsa al aparente ataque sigue habiendo un corazón bondadoso y lleno de ternura. Tal vez algunos de nosotros hemos empezado a darnos cuenta de esto acerca de nosotros mismos y de otros. Reconocemos que hemos cometido errores, y que hemos actuado de manera no amorosa, y sin embargo sabemos que, debajo de ese disfraz de ira y egoísmo, nuestros corazones son bondadosos. No queremos hacer daño pero nos sentimos impulsados a ello por las circunstancias, parece el único modo de sobrevivir. Ésa es la mentira que el ego nos cuenta, que el ataque es necesario para la supervivencia. El Curso nos pregunta:

¿No crees que el mundo tiene tanta necesidad de paz como tú? ¿No te gustaría dársela en la misma medida en que tú deseas recibirla? Pues a menos que se la des, no la recibirás. Si quieres recibirla de mí, tienes que darla. La curación no procede de nadie más. (T.8.IV.4:1-5)

No hay ninguna cosa viviente que no comparta la Voluntad universal de que goce de plenitud y de que tú no seas sordo a su llamada. (T.31.I.9:1)

Nuestro camino a la salvación está en llegar a darnos cuenta de que todas las cosas comparten la Voluntad universal de estar completas, que todo el mundo quiere la paz al igual que nosotros y que, debajo de todos los disfraces que llevamos tan fielmente, lo que somos, todos nosotros, es Amor.

Nuestra función es traer la salvación al mundo. “No estamos interesados en ninguna función que se encuentre más allá del umbral del Cielo” (3:5). En otras palabras, no despreciamos esta “humilde” llamada a traer la sanación a este mundo de la forma, no intentamos afirmar que estamos llevando a cabo nuestra función de crear (que es nuestra función en el Cielo) y que no nos vamos a molestar con las formas dentro de la ilusión. Hacer eso sería lo que uno de mis antiguos profesores cristianos solía llamar “tener una mente demasiado celestial para ser de alguna utilidad terrenal”.

El conocimiento vol­verá a aflorar en nosotros cuando hayamos desempeñado nues­tro papel. (3:6)

“Conocimiento” se refiere a la perfección del Cielo, al conocimiento directo de la verdad, en lugar de a la menos elevada percepción de las formas. Nuestro papel consiste en trabajar dentro de la ilusión, para convertir la pesadilla en un sueño feliz; cuando hayamos hecho esto, volverá el conocimiento.

Lo único que nos concierne ahora es dar la bienvenida a la verdad. (3:7)

No estamos intentando atrapar directamente a la verdad. Nuestra atención no está centrada en tener experiencias místicas de Dios evitando el mundo de la forma y dejándolo de lado, aunque para alcanzar seguridad, sí buscamos entrar en el instante santo a menudo para renovar nuestra visión del Cielo. Sin embargo, nuestro interés fundamental es “darle la bienvenida a la verdad”, es decir, prepararnos para ella, preparar el camino, preparándonos para aceptarla. Y eso es algo que tiene lugar en este mundo, dentro de esta ilusión que llamamos vida física. Aquí, los muchos instantes santos que experimentamos (y que deseamos experimentar por encima de todas las cosas) llevan a un resultado: el Espíritu Santo nos envía a nuestros muchos “quehaceres” aquí dentro de la ilusión, llevando con nosotros el centro de quietud que hemos encontrado en el instante santo, y compartiéndolo con el mundo (ver T.18.VII.8:1-5).

 Este fragmento recuerda al párrafo de la Introducción al Quinto Repaso:

Permite, entonces, que este repaso sea el regalo que me haces a mí. Pues esto es lo único que necesito: que oigas mis palabras y que se las ofrezcas al mundo. Tú eres mi voz, mis ojos, mis pies y mis manos, con los cuales llevo la salvación al mundo. El Ser desde el que te llamo no es sino tu propio Ser. A Él nos dirigimos juntos. Toma a tu hermano de la mano, pues no es éste un camino que recorramos solos. En él yo camino contigo y tú conmigo. La Voluntad del Padre es que Su Hijo sea uno con Él. ¿Cómo no iba a ser, entonces, todo lo que vive uno contigo? (L.rV.In.9:1-9)

Cristo ve a través de nuestros ojos. Nuestros oídos son los que oyen la Voz que habla por Dios. Nuestras mentes son las que se unen. Como portadores de la salvación, tenemos una sola función: oír las palabras de Jesús, y dárselas al mundo. Y ¿qué es lo más importante de esas palabras? Ver al mundo sin ningún pensamiento de pecado, oír el mensaje de que el mundo es completamente inocente, unirnos para bendecir al mundo.

¿Soy una bendición para los que me rodean, o una carga? ¿Elimino la culpa de ellos, o se la pongo? No habré entendido el mensaje del Curso hasta que me dé cuenta de que estoy aquí para ser un canal de la gracia de Dios para el mundo y para liberar de su culpa a todos los que entren en contacto conmigo, especialmente de la culpa que les he echado.

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