miércoles, 18 de diciembre de 2013

¿Qué soy? Parte 1, 2 y 3

Esta sección es una de las afirmaciones más poderosas del Curso acerca de su visión de nuestra verdadera naturaleza, de cómo se puede lograr dentro de este mundo del espacio y del tiempo, y de la función que procede naturalmente del hecho de lo que somos. El primer párrafo es una declaración enormemente poderosa, en primera persona, de nuestra Identidad real. A menudo descubro que leer algo así en voz alta, para mí mismo, me ayuda a poner toda mi atención en ello y a sentir lo que está diciendo. Otro efecto añadido es que, al hacer estas afirmaciones firmemente, diciéndolas como si realmente las creyese (aunque todavía no las crea), hace surgir en mi mente pensamientos que se oponen. Darse cuenta de esos pensamientos y escribirlos puede ser un ejercicio muy útil para descubrir las creencias ocultas del ego que están en mi mente, de modo que puedo reconocer su presencia y decidir que ya no las quiero.

Por ejemplo, en la primera frase leemos:

Soy el Hijo de Dios, pleno, sano e íntegro... (1:1). Descubro pensamientos que se oponen, tales como: “Todavía me falta mucho para estar completo, me queda mucho camino por recorrer”. “Estoy dividido, no íntegro”. Me gustaría estar sano ya, pero no lo estoy”. Éstas son lecciones que el ego me ha enseñado, y no son verdad. Puedo reconocer que estos pensamientos me están impidiendo aceptar el mensaje del Curso, y puedo elegir abandonarlos. Por ejemplo, podría decir: “Me siento incompleto y creo en mi incompleción, pero en realidad estoy completo. Quiero conocer mi propia compleción”.

Soy el Hijo de Dios… resplandeciente en el reflejo de Su Amor. (1:1)

La luz en mí es el reflejo de la Luz de Dios y del Amor de Dios. Extiendo luz, pero mi gloria es un reflejo, como la luz de la luna es un reflejo de la del sol y depende totalmente de éste. Es algo que procede de Dios y que se extiende a través de mí, pero que no procede de mí, y a menos que reconozca mi unión con mi Creador, oculto ese resplandor.

En mí Su creación se santifica y Se le garantiza vida eterna. (1:2)

Esto suena como lo que Jesús, en la tradición cristiana, dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Y ciertamente Jesús podría decir también estas palabras (“En mí Su creación se santifica y Se le garantiza vida eterna”). Pero, ¡nosotros también! Nosotros somos todo lo que Él era y es, eso es lo que Él nos dice en este Curso. La creación “se santifica” (se vuelve santa) en mí. Yo no necesito hacerme santo o volverme santo, soy una fuente (una fuente reflejada, pero una fuente) de santidad. Y lo que soy garantiza vida eterna para toda la creación, porque toda la creación es lo que yo soy. Soy el Hijo de Dios, el resplandor de Su Amor que se extiende hacia fuera y se convierte en lo que yo soy, eso es también lo que es toda la creación, la extensión de Su Amor. El hecho de que soy el Hijo de Dios, una extensión de Su Ser, como un rayo que se extiende desde el sol, garantiza  la vida eterna porque lo que Dios es, es eterno, y si yo soy un efecto de Dios, Que es eterno, entonces yo también debo ser eterno, Su efecto para siempre.

En mí el amor alcanza la perfección, el miedo es imposible y la dicha se establece sin opuestos. (1:3)

Nos resulta difícil creer que el amor perfecto está en nosotros. “La razón de que tengas tan poca fe en ti mismo es que no estás dispuesto a aceptar el hecho de que dentro de ti se encuentra el amor perfecto” (T.15.VI.2:1). No es que sea difícil de creer, ¡es que no queremos creerlo! Nuestra identidad como ego depende de que esto no sea cierto. Si el perfecto Amor de Dios está en nosotros, entonces lo que somos procede de Dios y no de nosotros solos, que es lo que el ego quiere que creamos. Preferimos ser miedo a ser amor, porque nosotros inventamos el miedo. La verdad sigue siendo verdad, el amor perfecto está en nosotros, lo creamos o no, pensemos que lo queremos o no. Lo que creemos no cambia la creación de Dios.

El miedo es imposible en mí. Eso produce un montón de reacción negativa, ¿verdad? “Si el miedo es imposible, entonces ¿qué demonios es esto que estoy sintiendo? ¿Qué es? El Curso respondería que lo que sentimos es una ilusión, algo que no existe, un producto de nuestra imaginación. Lo que es no significa nada. ¿Y si cuando tengo miedo me dijera a mí mismo: “Pienso que estoy sintiendo miedo, pero el miedo en mí es imposible”? ¿Y si me diera cuenta de que lo que pienso que estoy sintiendo no está en mí, sino que es una idea ilusoria de mí mismo que he confundido con lo que soy?


Y la dicha se establece sin opuestos”. Ésa es mi realidad. Probablemente ahora no lo siento de ese modo. Incluso cuando siento la dicha, siempre hay un opuesto acechando en la sombra. Pero ese opuesto, ese miedo, esa oscura presencia, no es real. No hay nada de lo que tener miedo y, en realidad, no existe nada a lo que temer.

Soy el santo hogar de Dios Mismo. (1:4)

¡Caray! Dicho así, eso me impacta más que decir: “Dios está en mí”. Soy el hogar de Dios. Hogar no es sólo un lugar donde Dios está a veces, es donde Él mora, donde Él elige estar, donde Él se siente a gusto, por así decir. En el Salmo 132:14, se dice que Dios dijo de Sión, o Jerusalén: “Aquí está mi reposo para siempre, aquí moraré pues lo he querido”. Ahora, nosotros somos Su hogar. Ahora, Él te habla a ti, y a mí, diciendo que somos Su descanso para siempre, que morará en nosotros pues así lo ha querido. Ésa fue Su intención para siempre cuando nos creó.

Soy el Cielo donde Su Amor reside. (1:5)

Puede que ingenuamente hayamos creído que Dios vive en el Cielo y no en nosotros. Aquí vemos que sí, Dios mora o reside en el Cielo, pero nosotros somos el Cielo. ¡Eso es alucinante! Te apuesto a que la mayor parte de tu vida has pensado que si fueras lo bastante bueno, o lo bastante santo, o si tuvieras suficiente fe, lograrías ir al Cielo. Lo siento, no irás. No puedes ir al Cielo porque tú eres el Cielo, donde el Amor de Dios reside.

Soy Su santa Impecabilidad Misma, pues en mi pureza reside la Suya Propia. (1:6)

¿Te has dado cuenta de que estas tres frases utilizan palabras acerca del lugar de residencia de Dios? “… el santo hogar… donde Su Amor reside… en mi pureza reside la Suya Propia”. ¡Dios no está simplemente de paso! No está de visita. Él vive aquí, en mí, en ti; éste es Su hogar. Él mora (permanece, se queda) aquí, en nosotros.

Tengo que confesar que todavía no puedo hacerme a la idea de que soy Su santa Impecabilidad Misma. “Impecabilidad” parece una idea bastante abstracta, me cuesta un poco entender cómo puedo ser la impecabilidad. La segunda parte de la frase me ayuda un poco: “… pues en mi pureza reside la Suya Propia”.

Puedo casi entenderlo mediante una semejanza. Un padre que dedica su tiempo y su energía a criar a su hijo, enseñándole todo lo que sabe, encuentra su propia felicidad y éxito en la felicidad y el éxito de ese hijo. “La felicidad de mi hijo es la mía propia. El éxito de mi hijo es el mío propio”. Pienso que se parece a eso. Dios se extendió a Sí Mismo como nosotros. Lo que somos es Su extensión. Nuestra pureza es la Suya, si nosotros no somos inocentes, tampoco lo es Él. Somos lo que Él es, extendido hacia fuera. Si no soy puro, Él no lo es, pues nuestra naturaleza es la Suya. Si somos lo que Él es, entonces es también verdad a la inversa: Él es lo que nosotros somos. Por lo tanto, “Soy Su santa Impecabilidad Misma”.

La necesidad de usar palabras está casi llegando a su fin ahora. (2:1)

A lo largo del Libro de Ejercicios, las palabras se han usado para enseñarnos e inspirarnos, y hemos usado en nuestras prácticas las palabras que se nos han dado. Cuando estemos verdaderamente listos para “graduarnos” del Libro de Ejercicios y de su nivel de entrenamiento, estaremos listos para abandonar las palabras concretas. Estaremos preparados para pasar nuestros días en comunicación constante con el Espíritu Santo, sin necesidad de palabras especiales que entrenen nuestra mente de acuerdo a las líneas del Curso, porque en ese punto nuestra mente estará completamente entrenada. Practicaremos habitualmente instantes santos y a menudo pasaremos tiempo cada día renovando nuestra mente en la Presencia de Dios.

Pocos de nosotros, si es que hay alguno, estamos en ese punto. Sé, muy a pesar mío, que yo no lo estoy. No he seguido fielmente el programa de entrenamiento que se nos ha dado (escrito en 1995), y por eso todavía necesito más entrenamiento, en el que el uso de palabras todavía es fundamental. Todavía necesito el apoyo de las palabras. El próximo año repetiré el Libro de Ejercicios de nuevo. No a regañadientes ni con una sensación de fracaso, ¡oh, no! He progresado mucho en este último año, creo. Las lecciones permanecen conmigo durante el día mucho más que antes, y mi mente se acuerda de aplicarlas como respuesta a la “tentación”. No siempre, pero más a menudo. 

Mas en los últimos días de este año que tú y yo juntos le ofreci­mos a Dios, hemos encontrado un solo propósito, el cual compartimos. (2:2)

Seguramente éste es uno de los propósitos del Libro de Ejercicios, que lleguemos a darnos cuenta de que compartimos un propósito con Jesús, somos salvadores (ver párrafo 3). Hemos empezado a recordar no sólo nuestra propia inocencia sino nuestro propósito, para el cual fuimos creados: para extender amor a otros, tal como Dios nos creó al extender Su Amor.

Y al concederle el regalo de nuestro perdón, éste se nos concede a nosotros. (3:3)

Puesto que hemos aprendido que estamos aquí para bendecir al mundo, nosotros somos bendecidos. Puesto que hemos aprendido a perdonar, recibimos nuestro propio perdón. Ésta es la ley del amor. Así es como funciona el amor.

Cuando el propósito de entrenamiento del Libro de Ejercicios se haya completado en nosotros, no sólo habremos encontrado nuestra propia salvación individual, habremos descubierto que nuestra salvación está en llevar liberación a otros. Nos salvamos al salvar a otros, sanamos al sanar a otros. “Sanaré a medida que Le permita enseñarme a sanar” (T.2.V(A).18:6).

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