lunes, 9 de diciembre de 2013

¿Que es un milagro?

"COMENTARIOS A LAS LECCIONES" de Robert Perry y Ally Watson

Un milagro es una corrección. No crea, ni cambia realmente nada en absoluto. (1:1-2)

El milagro corrige, no crea. No hace nada nuevo, simplemente arregla una valoración equivocada de lo que ya soy. Como dice la Lección 341, ya somos inocentes. No necesitamos hacernos inocentes. Todo lo que necesitamos hacer es dejar de atacar nuestra inocencia.

Pensamos en el milagro como un cambio sorprendente en la manera en que son las cosas. Pero tal como el Curso lo ve, un milagro no cambia nada. Simplemente elimina una falsa percepción (interpretación). Elimina la capa de pecado y culpa que hemos puesto sobre nuestra inocencia, y muestra la inocencia sin cambio que hemos intentado ocultar.

Un milagro a menudo tiene efectos externos, aunque no siempre:

Los milagros son expresiones de amor, pero puede que no siempre tengan efectos observables. (T.1.I.35.1)

Cuando hay efectos que se pueden ver, algo dentro de la ilusión parece cambiar, a menudo completamente. Alguien que estaba enfermo, se cura. Dos personas que estaban en guerra, de repente firman la paz. Pero eso es el efecto del milagro, no el milagro en sí mismo. El efecto sólo muestra en la forma lo que siempre ha sido verdad en la realidad: la persona “enferma” siempre ha sido completa, los amigos “en guerra” siempre han estado unidos como una sola mente. Los efectos observables nos muestran que la forma nunca ha sido real, pero el milagro es la percepción que lo vio antes de que fuera un efecto que se pudiese ver, y al darse cuenta de la falsedad de la ilusión, cambió la ilusión.

Simplemente contempla la devastación y le recuerda a la mente que lo que ve es falso. (1:3)


El milagro mira a la ilusión y le recuerda a la mente que es una ilusión. Vemos “devastación” en este mundo, pero el milagro nos recuerda que lo que vemos es falso. Vemos la mente deformada por la culpa de una persona, el milagro nos recuerda que no es real como tampoco sus aparentes efectos, y nos permite ver la plenitud e inocencia de la persona detrás de la ilusión que presenta al mundo. 

(Un milagro) Corrige el error, mas no intenta ir más allá de la percepción, ni exceder la función del perdón. (1:4)

Un milagro está relacionado con la percepción, no con la revelación directa. Produce un cambio en mi percepción, deshaciendo mis errores de percepción (interpretación).

El contenido perceptual de los milagros es la plenitud. De ahí que puedan corregir o redimir la errada percepción de carencia. (T.1.I.41:1-2)

Cuando mi mente experimenta un milagro, veo la plenitud en lugar de la carencia. Con relación al “pecado”, que es una percepción de carencia de amor en alguien, el milagro hace que vea su amor en lugar de su “pecado”. Le veo como completo, en lugar de cómo alguien a quien le falta algo. El milagro deshace mi error, pero no intenta ir más allá. Los milagros ocurren en el reino de la percepción y del tiempo, no intentan llevarme al reino del conocimiento y de la eternidad. Corrigen mi percepción pero no dan conocimiento. “Se mantiene, por lo tanto, dentro de los límites del tiempo” (1:5).

El Curso aclara esto repetidas veces, debe ser importante. ¿Qué lo hace tan importante para nosotros? Esto: Cuando empezamos un camino espiritual, nos podemos preocupar en exceso. Queremos que un milagro nos lleve inmediatamente al reino del espíritu. Queremos un arreglo rápido. Pero no podemos hacer un cambio directamente de la percepción falsa al conocimiento puro. Tenemos que pasar por la etapa de corregir la percepción. No podemos saltarnos pasos. El Texto lo dice claramente: “…la per­cepción tiene que ser corregida antes de que puedas llegar a saber nada” (T.3.III.1:2). Para eso es para lo que están los milagros: para corregir nuestra percepción. Cuando nuestra percepción se ha corregido, Dios puede llevarnos el resto del camino de la percepción al conocimiento.

Una percepción redimida se convierte fácilmente en conoci­miento, pues sólo la percepción puede equivocarse y la percepción nunca existió. Al ser corregida da paso al conocimiento, que es la única realidad eternamente. (T.12.VIII.8:6-7)

No obstante, (el milagro) allana el camino para el retorno de la intem­poralidad y para el despertar del amor, pues el miedo no puede sino desvanecerse ante el benevolente remedio que el milagro trae consigo. (1:6)

“El benevolente remedio” del milagro, al corregir nuestra percepción, “allana el camino” para el regreso al conocimiento completo. Sin el deshacimiento de nuestra percepción falsa, nos opondremos al conocimiento y rechazaremos el amor, tendremos miedo de él. Por ejemplo, nuestra percepción deformada del amor cree que el amor significa sacrificio, y que el Amor total significaría sacrificio total. Por lo tanto, huimos de él, le tenemos miedo. Esas interpretaciones tienen que ser cambiadas antes incluso de que estemos dispuestos a dejar que el amor verdadero despierte dentro de nosotros. Debido a que el milagro elimina el miedo, abre el camino al amor. Pone fin a nuestro rechazo, elimina la interferencia.

Una de las lecciones que se repiten con mayor frecuencia en el Curso es que dar y recibir son lo mismo: “Dar y recibir son en verdad lo mismo” (Lección 108). Esta lección, una de las más importantes de las que el Espíritu Santo quiere enseñarnos (es la primera lección del Espíritu Santo, en el Capítulo 6: “Para poder tener, da todo a todos”), es también para nosotros una de las más difíciles de aprender porque es lo contrario de nuestra manera de pensar habitual.

En el milagro reside el don de la gracia, pues se da y se recibe como uno. (2:1)

Para recibir un milagro, tenemos que darlo; para darlo, tenemos que recibirlo. Recibir un milagro y dar un milagro son una cosa, no dos. Muchos de nosotros nos liamos intentando entender si primero tengo que perdonarme a mí mismo para poder perdonar a otro, o si tengo que perdonar a otro antes de poder perdonarme a mí mismo. La respuesta es sí y no, a las dos preguntas. Para perdonarte a ti mismo tienes que perdonar a la otra persona, pero para perdonar a la otra persona tienes que perdonarte a ti mismo. Son una misma cosa. Parecen ser dos acciones distintas pero no lo son, son una misma acción porque mi hermano y yo somos un solo Ser. Dentro del tiempo, a menudo puede parecer que una acción ocurre antes, pero en realidad ocurren al mismo tiempo.

“Y así, nos da un ejemplo de lo que es la ley de la verdad, que el mundo no acata porque no la entiende” (2:2). Pienso que “la ley de la verdad” es lo mismo que “la ley del amor” de la de la que se habla en la Lección 344: “lo que le doy a mi hermano es el regalo que me hago a mí mismo”. Si hiciéramos nuestro este pensamiento completamente, estaríamos fuera de aquí, con el programa de estudios aprendido. Un milagro demuestra esta ley, nos muestra una representación gráfica de ella. Cuando ofrezco un milagro a un hermano, observo su devastación y me doy cuenta de que lo que estoy viendo es falso (1:3). Estoy viendo su plenitud, en lugar de la ilusión de su carencia. El hecho de que yo lo vea en él se lo hace ver a él  mismo, si quiere hacerlo. Y cuando recibe el milagro, yo soy bendecido. Se me recuerda quien soy.

El mundo no obedece esta ley ni la entiende. Desaprender la manera de pensar del mundo acerca de esto es lo que el Curso llama “el deshacimiento del concepto de ‘obtener’” (T.6.V(B).3:1). L e llama a esto el primer paso en la inversión de la manera de pensar del ego (invertir, darle la vuelta). Los milagros son importantes para nosotros porque nos demuestran esta ley, nos ayudan a conocer mediante la experiencia que dar es recibir, que conservo lo que quiero al darlo a otros.

 El mila­gro invierte la percepción que antes estaba al revés, y de esa manera pone fin a las extrañas distorsiones que ésta manifestaba. (2:3)

Las percepciones que hemos aprendido del ego están al revés, y un milagro invierte esas percepciones y las pone bien de nuevo. Tal vez ésta es una referencia de cómo funciona la vista física. En la vista física, la imagen proyectada por la lente de nuestros ojos está verdaderamente al revés. La mente literalmente aprende a ver la imagen invertida como si estuviera al derecho. En un experimento a las personas se les daban gafas que invertían la imagen, de modo que en la retina aparecía del derecho, la gente veía todo como si estuviera al revés. Sin embargo, después de varios días la mente se adaptaba y veía todo de nuevo del modo correcto. Cuando les quitaron las gafas, ¡la gente veía entonces las cosas como si estuvieran del revés!

Por ejemplo, la percepción de que lo que doy, lo pierdo, está completamente al revés; la verdadera percepción me muestra que lo que doy, lo conservo. Percibimos lo que es falso, pero nuestra mente ha aprendido a interpretarlo como la verdad. Vemos ilusiones y pensamos que son reales, creemos que la realidad es ilusoria. Tenemos miedo al amor, y amamos el miedo. Pensamos que la culpa es buena, y que la inocencia es culpabilidad. Un milagro invierte todo esto, corrige nuestra percepción, invirtiendo nuestra comprensión. El cambio en la percepción es lo que acaba con la distorsión (deformación) en lo que se está manifestando (es decir, lo que estamos viendo en la forma).

Ahora la percepción se ha vuelto receptiva a la verdad” (2:4). Cuando el milagro invierte mi percepción y pone fin a la deformación, puedo percibir la verdad (o su reflejo con exactitud). Mientras no se corrija la percepción, la verdad no puede entrar.

Ahora puede verse que el perdón está justificado” (2:5). Ésta es quizá la inversión más total de todas. Una de las ideas más firmes del Curso es que el perdón está justificado. Si pensamos en el perdón desde el punto de vista del ego, lo vemos como librar a alguien del castigo sin ninguna razón, “fruto de la bondad de nuestro corazón”. El Curso dice que tenemos todas las razones para perdonar. Está totalmente justificado (T.30.VI.2:1). Lo que no está justificado es el juicio, la condena y la ira (T.30.VI.1:1). Esto es algo que no puede aprenderse a través de la lógica (aunque es completamente lógico). Cuando vemos nuestra condena a alguien como justa, así es como lo vemos. No sirve de nada que intentemos razonar nosotros para verlo de manera diferente, no funciona. Tampoco podemos “obligarnos” a nosotros mismos a hacerlo. Si intentamos forzarnos a “perdonar” mientras seguimos viendo culpa, nos sentimos como si no fuéramos honestos con nosotros mismos.

Cuando Le entregas tu percepción al Espíritu Santo y Le pides ver tal como Él ve, Él te da Su percepción. Simplemente aparece en la mente. Literalmente ya no ves ninguna razón para condenar, y sí todas las razones para dar amor. Tu ira, perfectamente justificada hace un momento, ahora ya no existe. Es como el cambio que ocurre cuando miras al dibujo de un Ojo Mágico (donde una imagen de tres dimensiones se esconde en una de dos dimensiones) o una ilusión óptica. Lo estás mirando sólo por un lado, de repente lo miras por el otro. Y cuando lo miras por un lado, no puedes verlo por el otro. Así es el milagro. Invierte tu percepción. Estabas viendo un lado, ahora ves el otro. No puedes hacer que “suceda”, pero cuando sucede, lo sabes.  

 El perdón es la morada de los milagros. Los ojos de Cristo se los ofrecen a todos los que Él contempla con misericordia y con amor. La percepción queda corregida ante Su vista, y aquello cuyo propósito era maldecir tiene ahora el de bendecir. (3:1-3)

Un milagro corrige la percepción, y los milagros están en el perdón. Cuando miramos con los ojos de Cristo, miramos con misericordia y con amor, miramos con perdón. Y entonces, “repartimos” milagros a todos los que contemplamos con esa percepción corregida. No es sólo que algo cambia en nuestra mente o que nuestra percepción se vea afectada, algo se transmite o “llega” de nosotros a aquellos a los que contemplamos. Aquí, y en muchos lugares del Curso, un milagro parece tener un aspecto en el que algo pasa de mi mente perdonadora a otras mentes. Se dice que los milagros son “interpersonales” (T.1.II.1:4). Cuando acepto el perdón en mi mente, para mí mismo o para otro, se extiende a otros. Ciertamente, extenderlo es el modo en que lo acepto:

Los milagros son expresiones naturales de perdón. Por medio de los milagros aceptas el perdón de Dios al extendérselo a otros. (T.1.I.21:1-2)

La frase “aquello cuyo propósito era maldecir tiene ahora el de bendecir”, me recuerda la historia de la Biblia acerca de José y sus hermanos. Debido a que era el favorito de su padre, sus hermanos le vendieron como esclavo para Egipto, pues estaban celosos de él Pero debido a su habilidad para interpretar los sueños del faraón, José alcanzó un gran poder en Egipto. Años más tarde durante una época de hambre, su familia vino a Egipto buscando comida, y José era el hombre que estaba al mando de las provisiones de comida. En lugar de vengarse de ellos, José les dijo:

Para salvar vidas Dios me envió delante de vosotros… O sea que no fuisteis vosotros los que me enviasteis acá, sino Dios. (Génesis 45:5, :8)

Aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien. (Génesis 50:20)

Cuando hemos recibido el perdón en nuestros corazones, podremos ver bendiciones en lugar de acciones que otros hacen para perjudicarnos. “Aquello cuyo propósito era maldecir tiene ahora el de bendecir”. Encontramos eso cuando el Texto dice:

Debes estarle agradecido tanto por sus pensamientos de amor como por sus peticiones de ayuda, pues ambas cosas, si las perci­bes correctamente, son capaces de traer amor a tu conciencia. (T.12.I.6:2)

Y ciertamente, ese tipo de percepción es un milagro.

Cada azucena de perdón le ofrece al mundo el silencioso milagro del amor. (3:4)

El amor es el verdadero milagro.

Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor. El verdadero milagro es el amor que los inspira. En este sentido todo lo que procede del amor es un milagro. (T.1.I.3:1-3)

La azucena significa un regalo de perdón que yo le doy a un hermano. Cada vez que ofrezco este regalo, estoy ofreciendo el Amor de Dios al mundo entero. Estoy abriendo una puerta y permitiendo que el Amor se extienda a todo el mundo a través de mí. Dondequiera que ese río de Amor llega, la vida florece, y ése es el milagro.

Y cada una de ellas se deposita ante la Palabra de Dios, en el altar universal al Creador y a la creación, a la luz de la perfecta pureza y de la dicha infinita. (3:5)

El regalo de perdón que le doy a mi hermano es también un regalo que Le hago a Dios. Mi agradecimiento a mis hermanos es mi regalo a Dios. Al reconocer Su creación, Le reconozco a Él. Abrirme a esta corriente de Amor es la fuente de la perfecta pureza y de la dicha sin fin. No hay nada tan gozoso como un corazón amoroso.

Al principio el milagro se acepta mediante la fe, porque pedirlo implica que la mente está ahora lista para concebir aquello que no puede ver ni entender. (4:1)

Fe, sí, Un Curso de Milagros pide fe, al menos al principio. “Al principio el milagro se acepta mediante la fe”. Éste es un significado bastante tradicional de la palabra “fe”. El Diccionario Americano Heritage define fe como: “Creencia que no se basa en pruebas lógicas o evidencias materiales”. Y eso es lo que se nos está pidiendo. Se nos pide que recibamos el milagro (el cambio de percepción, la visión de la inocencia de mi hermano) sin ninguna “prueba o evidencia material”. Se nos pide que contemplemos la devastación (como la enfermedad, o el daño hecho por las acciones no amorosas de alguien) y que creamos sin “prueba o evidencia material” que lo que vemos es falso.

Esto no es fácil de hacer: creer en algo que no podemos ver. Y sin embargo, si nuestra percepción falsa nos ha cegado a la realidad, y ahora estamos percibiendo las proyecciones de nuestra propia mente en lugar de la verdad, entonces está claro que la verdad ahora es algo que no podemos ver. Y puesto que lo que nuestra mente elige ver es lo que ve, la mente tiene que cambiar antes de que podamos percibir correctamente. Tenemos que elegir cambiar nuestra mente antes de que veamos la evidencia, porque para que el milagro se manifieste, nuestra mente primero tiene que estar “lista para concebir aquello que no puede ver ni entender”. En otras palabras, tenemos que tomar una decisión basada en la fe: tenemos que decidir ver algo que ahora no podemos ver ni entender.

Esto me recuerda mucho a aquellas lecciones del comienzo del Libro de Ejercicios, Lecciones 27 y 28: “Por encima de todo quiero ver” y “Por encima de todo quiero ver las cosas de otra manera”. Esa elección tiene que hacerse antes de que podamos ver. Para poder ver, tenemos que querer ver. Ésa es la fe de la que aquí se habla. Es una elección, una decisión que tenemos que tomar. Tenemos que querer ver a nuestro hermano como inocente. Tenemos que querer sólo amor. Tenemos que estar dispuestos a ver las cosas de manera diferente. Únicamente entonces veremos milagros.

Tiene que haber fe antes de un milagro: el deseo de verlo, la elección de pedir lo que no puedes ver, y creer que la percepción de nuestro ego es falsa. Pero cuando surge esa fe, cuando estamos en nuestra mente milagrosa, esa fe demostrará que está justificada y lo confirmará: 

No obstante, la fe convocará a sus testigos para demostrar que aquello en lo que se basa realmente existe. (4:2)

Cuando pongo mi fe en un milagro, habrá evidencia y testigos para probar que verdaderamente existe aquello en lo que pongo mi fe. Por ejemplo, cuando estoy dispuesto a mirar más allá del ego de mi hermano y ver la llamada de Dios en él, algo sucederá que me demostrará que la llamada de Dios en él está ahí realmente. Quizá mi perdón se encontrará con el agradecimiento. Quizá mi respuesta de amor encontrará el amor volviendo a mí. Quizá veré una chispa de luz en alguien en quien jamás lo creí posible. La fe traerá sus testigos.

Y así, el milagro justificará tu fe en él, y probará que esa fe descan­saba sobre un mundo más real que el que antes veías: un mundo que ha sido redimido de lo que tú pensabas que se encontraba allí. (4:3)

Mi voluntad de creer en la presencia del amor me mostrará la presencia del amor. Veré lo que elijo ver. Veré que el mundo del espíritu es más real que el mundo de la materia. La enfermedad será reemplazada por la salud. La tristeza será reemplazada por la alegría. El miedo será reemplazado por el amor. Y donde creía ver pecado y maldad, veré santidad y bondad.

Es el cambio de mi mente lo que trae un mundo diferente. Es mi voluntad de invitar al milagro la que le abre el camino. Los cambios del mundo que veo no son el milagro, sino sus resultados. El milagro trae testigos, muestra un mundo diferente del que pensé que era. Aunque primero tiene lugar el cambio de mi mente, la fe. Luego los testigos de la fe, justificándola, confirmándola.

Con crudas imágenes, esta sección se refiere a nuestro mundo comoun mundo árido y polvoriento, al cual criaturas hambrientas y sedientas vienen a morir” (5:1). Más de una vez, el Curso dice que vinimos a este mundo para morir, buscábamos la muerte al venir a un lugar donde todo muere. Por ejemplo: “Viniste a morir, por lo tanto, ¿qué puedes esperar, sino percibir los signos de la muerte que buscas?” (T.29.VII.5:2) “El factor motivante de este mundo no es la volun­tad de vivir, sino el deseo de morir” (T.27.I.6:3). Vinimos como resultado de la culpa, creyendo en nuestro propio pecado y buscando nuestro propio castigo. Vinimos porque de algún modo, según la retorcida lógica del ego, la muerte es la última prueba de que hemos logrado separarnos de Dios. Inventamos este mundo como un lugar en el que morir, y luego vinimos a morir en él.

Pero “los milagros son como gotas de lluvia regeneradora que caen del Cielo” en este mundo reseco que hemos inventado, y los milagros lo convierten en un paraíso.

Ahora (las criaturas hambrientas y sedientas) tienen agua. Ahora el mundo está lleno de verdor. (5:2-3)

Los milagros transforman el mundo de muerte que inventamos en un lugar de vida. El Capítulo 26 del Texto, en la Sección  IX (“Pues Ellos Han Llegado”), amplía las mismas imágenes:

La sangre del odio desaparece permitiendo así que la hierba vuelva a crecer con fresco verdor, y que la blancura de todas las flores resplandezca bajo el cálido sol de verano. Lo que antes era un lugar de muerte ha pasado a ser ahora un templo viviente en un mundo de luz. Y todo por Ellos. Es Su Presencia la que ha elevado nuevamente a la santidad para que ocupe su lugar ances­tral en un trono ancestral. Y debido a Ellos los milagros han bro­tado en forma de hierba y flores sobre el terreno yermo que el odio había calcinado y dejado estéril. Lo que el odio engendró Ellos lo han des-hecho. Y ahora te encuentras en tierra tan santa que el Cielo se inclina para unirse a ella y hacerla semejante a él. La sombra de un viejo odio ya no existe, y toda desolación y aridez ha desaparecido para siempre de la tierra a la que Ellos han venido. (T.26.IX.3:1-8)

Nos abrimos a los milagros cuando nos abrimos al perdón y al amor, cuando nos abrimos a Dios. “Ellos” en esta sección del Texto se refiere al rostro de Cristo (ver la inocencia de nuestros hermanos) y al recuerdo de Dios. Cuando nos permitimos ver el rostro de Cristo en nuestros hermanos, vuelve el recuerdo de Dios. Cuando eso sucede, el terreno “yermo y calcinado” de este mundo se convierte en un jardín, en un reflejo del Cielo.

 Al abrir nuestra vida a los milagros, el mundo se transforma.

Y brotan por doquier señales de vida para demostrar que lo que nace jamás puede morir, pues lo que tiene vida es inmortal. (5:4)

Los milagros demuestran la inmortalidad. No la inmortalidad del cuerpo, sino la inmortalidad del amor, que es lo que somos (Enseña sólo amor, pues eso es lo que eres”, T.6.I.13:2; “Sólo lo eterno puede ser amado, pues el amor no muere”, T.10.V.9:1). Es la inmortalidad del pensamiento, y el Curso también enseña que somos el Pensamiento de Dios eterno y que nunca cambia. El Curso afirma valientemente que la muerte no existe, que la vida y la inmortalidad son lo mismo (“lo que tiene vida es inmortal”). Entonces, según esa lógica, el cuerpo no tiene vida porque no es inmortal, y por eso el Curso nos enseña: “(El cuerpo) no nace ni muere” (T.28.VI.2:4). “El cuerpo ni vive ni muere porque no puede contenerte a ti que eres vida” (T.6V(A).1:4)

Los milagros nos muestran que no somos cuerpos, que la mente es más fuerte e importante que el cuerpo:

Si la mente puede curar al cuerpo, pero el cuerpo no puede curar a la mente, entonces la mente tiene que ser más fuerte que el cuerpo. Todo milagro es una demostración de esto. (T.6V(A).2:6-7)

Nos enseña que lo que somos (mente, pensamiento, idea, amor) tiene vida y es inmortal.

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