lunes, 16 de diciembre de 2013

Leccion 350, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 350

Los milagros son un reflejo del eterno Amor de Dios. Ofrecer­los es recordarlo a Él, y mediante Su recuerdo, salvar al mundo.

1. Lo que perdonamos se vuelve parte de nosotros, tal como nos percibi­mos a nosotros mismos. 2Tal como tú creaste a Tu Hijo, él encierra dentro de sí todas las cosas. 3El que yo Te pueda recordar depende de que lo perdone a él. 4Lo que él es no se ve afectado por sus pensamientos. 5Pero lo que contempla es el resultado directo de ellos. 6Así pues, Padre mío; quiero ampararme en Ti. 7Sólo Tu recuerdo me liberará. 8Y sólo perdo­nando puedo aprender a dejar que Tu recuerdo vuelva a mí, y á ofrecérselo al mundo con agradecimiento.
2 Y a medida que hagamos acopio de Sus milagros, estaremos en verdad agradecidos. 2Pues conforme lo recordemos, Su Hijo nos será restituido en la realidad del Amor.

Comentario

Ofrecer un milagro es recordar a Dios, y al ofrecer milagros literalmente salvamos al mundo. Aceptamos al Hijo de Dios tal como Dios lo creó. El tema de los milagros ha estado presente en estas diez últimas lecciones, y en la página que venía antes de ellas.

Un milagro es una corrección. No crea, ni cambia realmente nada en absoluto. Simplemente contempla la devastación y le recuerda a la mente que lo que ve es falso. Corrige el error, mas no intenta ir más allá de la percepción, ni exceder la función del perdón. (L.pII.13.1:1-4)

En otras palabras, un milagro y el perdón son lo mismo, simplemente “le recuerda a la mente que lo que ve es falso”. Ofrecer un milagro es mirar más allá de las ilusiones y ver la verdad. Es el rechazo a compartir la pequeñez en que otros se ven a sí mismos. Ofrezco un milagro cuando me niego a creer que mi hermano está identificado con su cuerpo y su ego y limitado por ellos. Me niego a creer que alguien sea lo que es su comportamiento, y ofrezco a todo el mundo la oportunidad de verse a sí mismo como más de lo que ellos piensan que son, más amorosos y más dignos de ser amados que lo que ellos piensan que son. Eso es un milagro, y eso es también el perdón.

Lo que perdonamos se vuelve parte de nosotros, tal como nos percibi­mos a nosotros mismos. Tal como tú creaste a Tu Hijo, él encierra dentro de sí todas las cosas. (1:1-2)

¡Qué afirmación más sorprendente! Cuando perdonamos a alguien o algo, “se vuelve parte de nosotros”. Es como si al perdonar cosas y personas, estuviésemos volviendo a juntar a nuestro Ser las partes separadas de la Filiación. Estamos reconociendo que no están separados como parecen, sino que verdaderamente son partes de nuestro Ser. Cada milagro que ofrecemos ayuda a  reconstruir al Hijo de Dios.

En realidad por supuesto, el Hijo es eternamente uno; no hay necesidad de reconstruir lo que ya está completo. Lo que somos no se ve afectado por nuestros pensamientos (1:4), la realidad de nuestro Ser continúa tal como Dios lo creó. Pero lo que “contemplamos”, lo que vemos, es el resultado directo de nuestros pensamientos (1:5).

Así pues, Padre mío; quiero ampararme en Ti. Sólo Tu recuerdo me liberará. (1:6-7)

Padre, sana hoy mis pensamientos. “Rectifica mi mente” (L.347:1-2). Quiero que el recuerdo de Dios vuelva a mi mente, y “sólo perdo­nando puedo aprender a dejar que Tu recuerdo vuelva a mí, y á ofrecérselo al mundo con agradecimiento” (1:8). Para que el recuerdo de Dios venga, tengo que perdonar. Tengo que ofrecer milagros a todos y a todo.

Cuando recuerde a Dios (por medio del perdón), “Su Hijo nos será restituido en la realidad del Amor” (2:2). Aquí está de nuevo el pensamiento de que el perdón “restaura” al Hijo, uniendo las partes separadas, reconociendo el amor y la unidad.

Que hoy busquemos las oportunidades de ofrecer milagros.

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