viernes, 13 de diciembre de 2013

Leccion 347, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 347

La ira procede de los juicios. Y los juicios son el arma que utilizo contra mí mismo a fin de mantener el milagro alejado de mi

1. Padre, deseo lo que va en contra de mi voluntad, y no lo que es mi voluntad tener. 2Rectifica mi mente, Padre mío, 3pues está enferma. 4Pero Tú has ofrecido libertad, y yo elijo reclamar Tu regalo hoy. 5así, le entrego todo juicio a Aquel que Tú me diste para que juzgara por mí. 6Él ve lo que yo contemplo, sin embargo, conoce la verdad. 7ÉI ve el dolor, mas comprende que no es real, y a la luz de Su entendimiento éste sana. 8Él concede los milagros que mis sueños quieren ocultar de mi conciencia. 9Que sea Él Quien juzgue hoy. 10No conozco mi voluntad, pero Él está seguro de que es la Tuya. 11Y hablará en mi nombre e invocará Tus milagros para que vengan a mí.
2. Escucha hoy. 2Permanece muy quedo, y oye la dulce Voz que habla por Dios asegurarte que Él te ha juzgado como el Hijo que Él ama.

Comentario

Desde las elevadas alturas de la lección de ayer (“Hoy me envuelve la paz de Dios, y me olvido de todo excepto de Su Amor”), volvemos al nivel de nuestra mente dividida, en el que nos atacamos a nosotros mismos, manteniendo al milagro alejado con nuestros juicios y ataques. La lección anterior era la mente milagrosa, aquí vemos por qué no siempre sentimos ese estado mental: Lo mantenemos alejado enérgicamente mediante juicios y ataques. El proceso del Curso significa aprender a ser completamente honestos con nosotros mismos. Aprendemos a reconocer y admitir que nuestra mente está dividida:

Padre, deseo lo que va en contra de mi voluntad, y no lo que es mi voluntad tener. (1:1)

“Mi voluntad” es mi mente recta, olvidar todo excepto el Amor de Dios. Pero parece que queremos otra cosa y nos resistimos activamente a que el Amor de Dios inunde nuestra mente.

Me encantan estas dos frases:

Rectifica mi mente, Padre mío, pues está enferma. (1:2-3)

Me gustan debido a su sencillez, y por el contraste que ofrecen a la negación de nuestra oscuridad interior que es tan abundante en tantos ambientes. El Curso no se anda con chiquitas. No tapa nuestros problemas. Hay veces en que no es posible otra explicación: ¡Nuestra mente está enferma! Es una locura querer algo que va en contra de mi verdadera voluntad y resistirme enérgicamente a mi propio bienestar. La destrucción voluntaria de uno mismo siempre es una enfermedad. Cuando miramos honestamente al hecho de que estamos apartando nuestra propia paz mental, por elecciones que estamos tomando, debería resultarnos repugnante. Cuando vemos lo que hemos estado haciendo, nuestro ser más cuerdo dice: “¡Esto es una locura!”

Y por eso Le pedimos al Padre: “Rectifica mi mente”. Eso siempre me recuerda a un libro de ciencia ficción de Zenna Henderson, que leí cuando era joven, llamado Personas: No Diferente Carne. En él había ciertas personas que podían entrar telepáticamente en la mente de otra persona y “sanar” sus pensamientos, aliviando su inquietud y dolor internos. La idea me atrajo tanto que solía rezar: “Sáname, Padre”, cuando sentía el caos y la confusión de mis pensamientos. ¡Y funcionaba! Me quedé agradablemente sorprendido al ver esta frase parecida que confirmaba mi experiencia anterior: “Rectifica mi mente”.

Permitimos la sanación de nuestra mente al entregar nuestros juicios al Espíritu Santo y pedirle que juzgue por nosotros (1:5). Él ve lo que nosotros vemos, “sin embargo, conoce la verdad” (1:6). Él está mirando a lo mismo que miramos nosotros, pero Él sabe que el dolor no es real; lo que ve significa algo completamente diferente para Él. Para mí, lo que me muestran los ojos parece demostrarme que la separación, el dolor, la pérdida y la muerte son reales. Cuando Le llevo todo esto y Le pido que sane mi mente, Él me mostrará que lo que estoy viendo no significa lo que creo que significa, Él usará lo que yo pensaba que demostraba mi culpa para mostrarme mi inocencia.

Él concede los milagros que mis sueños quieren ocultar de mi conciencia. (1:8)

Escucha hoy. Permanece muy quedo, y oye la dulce Voz que habla por Dios asegurarte que Él te ha juzgado como el Hijo que Él ama. (2:1-2)

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