jueves, 5 de diciembre de 2013

Leccion 339, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 339

Se me concederá todo lo que pida.

1. Nadie desea el dolor. 2Pero puede creer que el dolor es placer. 3Nadie quiere eludir su felicidad, 4mas puede creer que la dicha es algo doloroso, amenazante y peligroso. 5No hay nadie que no haya de recibir lo que pida. 6Pero puede estar ciertamente confun­dido con respecto a lo que quiere y al estado que quiere alcanzar. 7¿Qué podría pedir, pues, que al recibirlo aún lo siguiese dese­ando? 8Ha pedido lo que le asustará y le hará sufrir. 9Resolvamos hoy pedir lo que realmente deseamos, y sólo eso, de manera que podamos pasar este día libres de temor, y sin confundir el dolor con la alegría o el miedo con el amor.
2. Padre, Te ofrezco este día. 2Es un día en el que no haré nada por mi cuenta, sino que tan sólo oiré Tu Voz en todo lo que haga. aY así, Te pediré únicamente lo que Tú me ofreces y aceptaré únicamente los Pensamientos que Tú compartes conmigo.

Comentario

¡Ésta puede ser una idea terrible! Significa que todo lo que he recibido, yo lo he pedido. No nos gusta oír eso, y puede parecer duro. “¿Tienes cáncer? Tú lo has pedido”. Usado así es duro, un arma para la separación en lugar de un instrumento para la unión. ¿Cómo puede alguien desear el dolor y la enfermedad? El pensamiento parece absurdo.

Nadie desea el dolor. Pero puede creer que el dolor es placer. Nadie quiere eludir su felicidad, mas puede creer que la dicha es algo doloroso, amenazante y peligroso. No hay nadie que no haya de recibir lo que pida. Pero puede estar ciertamente confun­dido con respecto a lo que quiere y al estado que quiere alcanzar. (1:1-6)

Por supuesto que nadie quiere el dolor, nadie rechaza conscientemente la felicidad. Si eso es así, y todo el mundo recibe lo que pide, entonces ¿cómo se presentan el dolor y la infelicidad?  Podríamos seguir estos razonamientos y su conclusión:

Nadie quiere el dolor.
Por lo tanto, nadie pediría dolor.
Todo el mundo recibe lo que pide o quiere.
Por lo tanto, no podemos recibir dolor.

Eso parece lógico, ¿verdad? Si las tres primeras son verdad, la cuarta debe ser verdad. Entonces, ¿cómo llego al dolor? Debemos estar olvidando algo, nuestra lógica tiene que tener algún fallo. El fallo está entre los puntos 1 y 2. Nadie quiere el dolor, sin embargo, pedimos dolor, por eso es por lo que lo recibimos.

La lección explica que puedo estar confundido acerca de lo que quiero, que puedo creer que el dolor es placer, o que la dicha es algo doloroso, amenazante y peligroso. Esto último es un poco más fácil de entender ya que es una experiencia corriente. ¿Nunca has tenido el pensamiento “Esto es demasiado bueno para que dure”? O quizás te has sentido muy feliz en una relación y de repente has tenido miedo de eso porque una parte de ti está casi segura de que si bajas la guardia vas a recibir un buen golpe. Tenía una amiga que entró en un estado mental elevado y completamente dichoso y se mantuvo así durante casi tres semanas hasta que empezó a pensar “Esto es maravilloso. Amo a todo el mundo, no tengo miedo de nada, pero si sigo viviendo así en este mundo me van a crucificar. Tal vez no estoy iluminada, tal vez estoy loca”. Así perdió la alegría, y nunca le volvió del mismo modo.

Realmente pensamos que demasiada felicidad es amenazante y peligrosa. Valoramos mucho nuestra desconfianza. Apreciamos mucho nuestras defensas. Tenemos miedo de abrirnos a la dicha. Por eso, sin darnos cuenta la mayor parte del tiempo, pedimos tristeza. Elegimos no estar en paz.

La confusión entre dicha y dolor está mucho más profundamente enterrada, pero el Curso nos enseña que el dolor confirma nuestra separación y justifica nuestras barreras y defensas contra los demás. Lo elegimos para fortalecer nuestra identidad como ego. Tal vez sea difícil creer que todo nuestro dolor y tristeza es elegido, pero el Curso insiste mucho acerca de esto.   

¿Qué podría pedir, pues, que al recibirlo aún lo siguiese dese­ando? Ha pedido lo que le asustará y le hará sufrir. (1:7-8)

Realmente elegimos cosas que nos asustan y que nos traen sufrimiento. Gran parte del Texto está dedicado a que nos demos cuenta de esto, darnos cuenta de lo que estamos eligiendo, para que así nos hagamos conscientes de lo absurdo que es, y que tomemos otra decisión.

Resolvamos hoy pedir lo que realmente deseamos, y sólo eso, de manera que podamos pasar este día libres de temor, y sin confundir el dolor con la alegría o el miedo con el amor. (1:9)

Podemos cambiar nuestra mente. Podemos empezar a elegir conscientemente la dicha de Dios en lugar del dolor. Cuando surja un momento de dolor, podemos aceptar el hecho de que lo estamos eligiendo, y elegir de nuevo. Podemos decir: “Esto no es lo que quiero, elijo la dicha de Dios”. Podemos elegir paz en lugar del enfado. Un pensamiento que repito tan a menudo que casi es un mantra es: “¡Uy! Ya me lo estoy haciendo de nuevo”. Es sorprendente el cambio que puede traer a la vida de uno el darse cuenta de ello.

Ahora lee la corta oración que cierra esta lección, y empieza tu día con estos pensamientos. Si ya has empezado el día, empiézalo de nuevo ahora mismo. Para un momento y acepta este modo de pensar. Establecer el tono de tu mente justo ahora, te acompañará a lo largo del día y te traerá cambios que ahora no puedes ver de antemano.

Padre, Te ofrezco este día. Es un día en el que no haré nada por mi cuenta, sino que tan sólo oiré Tu Voz en todo lo que haga. (2:1-2)

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