domingo, 10 de noviembre de 2013

¿Qué es el Juicio Final?


El Segundo Advenimiento de Cristo le confiere al Hijo de Dios este regalo: poder oír a la Voz que habla por Dios proclamar que lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado. (1:1)

Ésta es una de las magníficas afirmaciones del mensaje final de Un Curso de Milagros: “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. Puesto en estas palabras engañosamente simples, el mensaje casi parece de Perogrullo o repetitivo, como “lo rojo es rojo”. Por supuesto que “lo falso es falso y que lo que es verdad es verdad”. Eso a la vista está.
Lo que da a la afirmación su profundidad es el hecho de que no lo creemos. Como se nos dice en el Texto:

Este curso es muy simple. Quizá pienses que no necesitas un curso que, en última instancia, enseña que sólo la realidad es ver­dad. Pero ¿crees realmente esto? Cuando percibas el mundo real, reconocerás que no lo creías. (T.11.VIII.1:1-4)

Todos nuestros problemas pueden resumirse a esto: Nos hemos enseñado a nosotros mismos que lo falso es verdadero, y que lo verdadero es falso. Creemos que el cuerpo, el pecado, la culpa, el miedo, el sufrimiento y la muerte son reales. Y no creemos (o al menos lo dudamos vivamente) que el espíritu, la santidad, la inocencia, el amor y la vida eterna son reales. La percepción del mundo real nos muestra que esta última lista (lo real) es verdaderamente real, y la primera lista (lo falso) es verdaderamente falsa. Y eso es el Juicio Final.

Todo el proceso de aprendizaje por el que aparentemente estamos pasando nos está enseñando esta única lección, una y otra vez, en un ejemplo tras otro. Algo que pensábamos que era real (nuestros propios pecados, o los de nuestros hermanos, o la muerte, o el ataque, o la separación) se nos muestra que es falso, y que el amor que pensábamos que estaba ausente se ve que es lo que está siempre presente. Donde pensábamos ver pecado, ahora vemos inocencia. Donde pensábamos ver a alguien atacándonos, ahora vemos a nuestro salvador (T.22.VI.8:1).  

Y cuando decida hacer uso de lo que se le dio, verá entonces que todas las situaciones que antes consideraba como medios para justificar su ira se han convertido en eventos que justifican su amor. Oirá claramente que las llamadas a la guerra que antes oía son realmente llamamientos a la paz. (T.25.III.6:5-6)

Intenta imaginarte cómo sería una situación que justo ahora ves como una justificación para tu ira, verla transformarse en algo que justifica tu amor. Eso es lo que hace el milagro. Eso es lo que realmente significa “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. El mundo real es una clase de percepción en la que todo lo que ves justifica tu amor, porque no hay nada que no justifique tu amor. Eso es lo que es “real” en el mundo real. Lo que es falso es que la ira esté justificada: “La ira nunca está justificada” (T.30.VI.1:1). Lo que es verdad es que el amor siempre está justificado. Por ejemplo, el Amor de Dios por ti siempre está justificado. El Amor de Dios a tus hermanos siempre está justificado. Y por lo tanto, tu amor a tus hermanos siempre está justificado.


Y éste es el juicio con el que a la percepción le llega su fin” (1:2). Cuando hayamos alcanzado este juicio final acerca de todo, el propósito de la percepción desaparece. No hay nada más que percibir, porque todo motivo de separación ha desaparecido, y la unidad se puede conocer una vez más y se conoce. Ya no nos percibimos unos a otros (lo que supone separación, sujeto y objeto), en su lugar nos conocemos unos a otros como parte de nosotros mismos, “totalmente dignos de amor y totalmente amo­rosos” (T.1.III.2:3).

En dos frases tenemos el Segundo Advenimiento, el Juicio Final, y el Último Paso:

Lo primero que verás será un mundo que ha aceptado que esto es verdad, al haber sido proyectado desde una mente que ya ha sido corregida. Y con este panorama santo, la percepción imparte una silenciosa bendición y luego desaparece, al haber alcanzado su objetivo y cumplido su misión. (1:3-4)

El “esto” en lo que vemos que el mundo como habiendo aceptado, es la afirmación de la frase anterior de que: “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. Si el mundo ha aceptado esta afirmación, ello me indica que esto no es sólo el mundo real (el mundo que se ve con los ojos del perdón) sino el Segundo Advenimiento, en el que todas las mentes se Le han entregado a Cristo. La mente sanada y unificada de la Filiación todavía está proyectando pero “desde una mente que ya ha sido corregida”, y por lo tanto lo que proyecta es un mundo sanado. Al ver esta “santa visión”, pronunciamos el Juicio Final que es una bendición silenciosa, pues como el Curso dice en otro lugar, “El Juicio Final es la última curación, en vez de un reparto de castigos” (T.2.VIII.3:3).

Con “la última curación” el propósito y la misión de la percepción (tal como el Espíritu Santo ve su propósito) se han acabado, y por eso desaparece la percepción; en el siguiente párrafo (2:3) el mundo mismo (que es el objeto de nuestra percepción) “simplemente se disuelve en la nada”.

¿Qué sentido tiene entender estos acontecimientos escatológicos? (Escatología es “La rama de la teología que está relacionada con el fin del mundo y de la humanidad”, Diccionario Americano Heritage). Representan la meta hacia la que el Curso nos está llevando. Como el Curso dice en “Cómo Fijar la Meta” (T.17.VI): cuando aceptas una meta, empiezas a pasar por alto todo lo que se interpone en su camino, y empiezas a centrar tu atención en las cosas que la traen. Dice:

El valor de decidir de antemano lo que quieres que ocurra es simplemente que ello te permite percibir la situación como un medio para hacer que tu objetivo se logre. Haces, por lo tanto, todo lo posible por pasar por alto todo lo que interferiría en su logro, y te concentras sólo en lo que te ayuda a conseguirlo. (T.17.VI.4:1-2)

Si entendemos, aunque sea ligeramente, que el objetivo último es una bendición silenciosa, una sanación final, pasar por alto todo error y reconocer la inocencia de toda la creación de Dios y de todas nuestras creaciones, empezaremos a ver todas nuestras situaciones diarias como “un medio para que ocurra”. Haremos todos los esfuerzos para pasar por alto todos los pensamientos de ataque y juicios condenatorios, en nuestra propia mente o en la de otros, porque veremos los pensamientos de ataque y juicios condenatorios como algo que impide el objetivo que estamos buscando.

Otro valor de esta comprensión del Juicio Final es que elimina una de las fuentes de nuestro miedo. Veremos más acerca de ello más adelante en esta sección, pero por ahora, darnos cuenta de que Dios no está al frente de una inquisición castigándonos por cada falta minúscula de Sus leyes, supondrá un gran alivio para muchos de nosotros, influenciados por haber estado metidos en una cultura en la que la religión está llena de temor a la ira de Dios. La idea de un Dios airado y vengativo es algo que el Curso hace todo lo posible por deshacer.

 El Juicio Final sobre el mundo no encierra condena alguna. (2:1)

Sin condena, esto nos parece muy difícil llegar a lograrlo. Durante generaciones se nos ha enseñado que en el Juicio Final, Dios separará los “buenos” de los “malos”, el “trigo” de la “cizaña”, y enviará a los malos al castigo eterno. Preferimos la idea de la venganza, nos parece justicia. Vamos al cine y nos alegramos cuando los malos son liquidados. Por supuesto, cuando se trata de imaginarnos a nosotros delante del Juicio Final de Dios, nos ponemos un poco nerviosos, de hecho, muy nerviosos. Porque sabemos que no somos perfectos.

¿Cómo no puede haber condena en el Juicio Final? Sólo puede haber una explicación. No hay condena porque ve al mundo completamente perdonado, libre de pecado y sin propósito alguno (2:2). La única manera de que no haya condena es que el pecado no existe. Todo el mundo y todas las cosas son completamente perdonados. Y eso nos fastidia. “¿Quieres decir que los malos no son liquidados al final de la historia?” No nos parece justo porque creemos que el pecado es real y se merece castigo.

El antiguo evangelista del siglo 18, Jonathan Edwards (autor del famoso sermón: “Pecadores en manos de un Dios enfadado) enseñó que el pecado es pecado. Que no hay grados de pecados, cada pecado es infinitamente pecaminoso y exigía castigo eterno porque cualquier pecado es un ataque a un Dios infinito. Como dice C.S.Lewis: la idea de un pecado “pequeño” es como la idea de un embarazo “pequeño”. Edwards tenía a la gente tan aterrorizada cuando pronunciaba su sermón que la gente en la iglesia se agarraba a las columnas de la iglesia por miedo a que el suelo se abriera y los arrastrara al infierno. Si el pecado fuera real, él tendría razón. Todos nosotros seríamos infinitamente culpables, y todos nosotros mereceríamos el castigo eterno. En esta película no hay “buenos”.

Por lo tanto, si el pecado fuese real, y vengarse de alguien estuviese justificado, vengarse de todos nosotros estaría justificado. Si los malos fueran liquidados al final de la historia, todos nosotros seríamos liquidados. Al aferrarnos a la idea de la condena y el castigo, nos estamos condenando al infierno a nosotros mismos. Y en alguna parte dentro de nosotros lo sabemos, ¡por eso nos sentimos tan nerviosos!

La única alternativa es no condenar. El perdón total. Sin pecado en nadie. Y ése es el mensaje del Curso: “El Hijo de Dios es inocente” (T.14.V.2:1). Ése será el Juicio Final de Dios, y ése será nuestro juicio cuando lleguemos al final del viaje.

Pues ve a éste completamente perdonado, libre de pecado y sin propósito alguno. (2:2)

El Juicio Final no sólo ve al mundo sin pecado, sino sin propósito alguno. Esta idea no encaja con la idea de que Dios creó el mundo, ¿crearía Dios algo sin ningún propósito? Sin embargo, la falta de propósito encaja muy bien con la idea de que el ego en nuestra mente ha inventado el mundo.

¿Has mirado alguna vez al mundo y sospechado que no tenía ningún propósito ni ningún significado? ¿Qué el ciclo sin fin de nacimiento y muerte no parece ir a ningún sitio? Todos crecemos (algunos con más dificultades que otros, algunos con más éxito que otros), luchamos en la vida, obtenemos lo que podemos y luego (así lo parece) todo llega a su fin, y todo lo que hemos logrado y en lo que nos hemos convertido se pierde (ver T.13.In.2). ¿Qué sentido tiene? Muchos, especialmente entre los jóvenes de hoy en día, han aceptado este punto de vista, y han caído en la desesperación y la indiferencia.

Y sin embargo, este punto de vista es válido. De hecho, ¡el Juicio Final lo confirmará! El mundo no tiene propósito. Es el producto de una mente enloquecida por la culpa (T.13.In.2:2). Sin embargo, la comprensión de ello no tiene por qué llevar a la desesperación, puede ser el trampolín a la dicha eterna. Visto sin propósito, al fin podemos pasarlo de largo y recordar nuestro verdadero hogar en Dios.

Cuando toda la creación, cuando cada mente, haya aceptado por fin la nueva percepción del mundo como un mundo sin pecado y sin propósito, llegará el final del mundo. Pienso que “al no tener causa” se refiere a ver el mundo sin pecado pues, según el Curso, el pecado y su compañero la culpa han causado el mundo. Entonces “al no tener función” significaría lo mismo que “sin propósito” (2:2). Para el ego, el propósito del mundo es la destrucción o castigo. Una vez que la causa y la función del mundo han sido eliminadas de todas las mentes, el mundo “simplemente se disuelve en la nada” (2:3).

Como dice el Manual para el Maestro: “El mundo acabará cuando su sistema de pensamiento se haya invertido completamente” (M.14.4:1). Puedes leer esta hermosa sección entera (¿CÓMO ACABARÁ EL MUNDO?), (especialmente su conmovedor párrafo final). En la visión del Curso, el fin del mundo no es un cataclismo, ni un gran triunfo de ejércitos celestiales, sino una serena desaparición, simplemente la desaparición de una ilusión cuya aparente necesidad ha terminado.

“Ahí (en la nada) nació y ahí ha de terminar” (2:4). Dicho de otra manera, el mundo nació de la nada, y no quedará nada cuando desaparezca. Únicamente los pensamientos de amor que se han manifestado son reales y eternos. Todo lo demás desaparece, incluso “las figuras del sueño”, es decir, nuestro cuerpo “desaparecerá (2:5-6), pues ha desaparecido el pecado como su causa y la muerte como su propósito.

Como hemos leído a menudo antes, en las secciones “¿Qué es?” y en el Texto, el ego inventó el cuerpo para sus propósitos. El Espíritu Santo nos invita a utilizar el cuerpo para Sus propósitos mientras estamos en el sueño. Él nos lleva a darnos cuenta de que “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado” (1:1), y una vez que todos nosotros hemos logrado ese propósito, el cuerpo ya no tiene ningún propósito. Simplemente desaparece.

Una última frase se añade: “pues el Hijo de Dios es ilimitado” (2:6). El cuerpo desaparece porque el Hijo de Dios es ilimitado, y el cuerpo es un límite. Cuando nuestra mente haya regresado a Cristo, completamente, ya no tendremos necesidad de ninguna limitación. Lo que somos no tiene límites, y un cuerpo limitado no nos serviría de nada.

Éste es el “final de todas las cosas”, tal como el Curso lo ve. Entonces, ¿cómo deberíamos vivir ahora, todavía dentro del sueño, pero sabiendo que éste es su final? Necesitamos aprender cómo considerarlo (el final) y estar dispuestos a encaminarnos en esa dirección (M.14.4:5). Trabajamos con el Espíritu Santo, hoy y todos los días, al aprender a contemplar el mundo sin condena, para verlo completamente perdonado. Le permitimos que nos enseñe que no hay propósito en el mundo, y poco a poco conseguimos abandonar nuestro apego al mundo. Nos abrimos cada vez más a la visión del Hijo ilimitado de Dios, visión que va aumentando dentro de nosotros.


Tú que creías que el Juicio Final de Dios condenaría al mundo al infierno junto contigo, acepta esta santa verdad: el Juicio de Dios es el regalo de la Corrección que le concedió a todos tus errores. Dicha Corrección te libera de ellos y de todos los efectos que parecían tener. (3:1)

La mayoría de nosotros, al menos en la sociedad occidental, hemos crecido creyendo en algún tipo de infierno. Decimos: “Dios te hará pagar por eso”. Nos insultamos unos a otros diciendo: “¡Vete al infierno!” Intelectualmente podemos haber rechazado la idea de un infierno literal, con llamas y demonios y horquillas, sin embargo, la idea está entre nuestros pensamientos. Hay un miedo visceral de lo que puede haber después de la muerte, que nos corroe por dentro, negado, reprimido, pero todavía… ahí. Si creemos en Dios, como muchos, nos acecha constantemente la preocupación por cómo nos juzgará, cómo juzgará nuestra vida.

Entonces, el Curso nos aconseja: “acepta esta santa verdad”. El Juicio de Dios no es una condena, sino un regalo: el regalo de la Corrección. No un castigo sino una sanación. No “no hay salida” sino la escapatoria. El Juicio Final no menciona cada uno de nuestros errores y luego nos encierra con sus consecuencias para toda la eternidad. No, corrige nuestros errores y nos libera de ellos, y no sólo “de los errores sino también de todos los efectos que parecían tener”.

Piensa en ello. ¿Cómo te sentirías si supieras sin ninguna duda que estás libre de todos tus errores y de todos sus efectos? ¡Eso sería el júbilo total! El “Aleluya” a pleno pulmón. Pero, el Curso nos dice que eso es la verdad, ésa es “la verdad que jamás ha cambiado” (1:1).Estamos libres de nuestros errores y de sus efectos, siempre lo hemos estado, y siempre lo estaremos. Eso es lo que todos juntos llegaremos a aceptar en ese instante del Juicio Final. Y eso es lo que estamos aprendiendo a aceptar para nosotros mismos, y a enseñárselo a todos nuestros hermanos. Nos liberamos unos a otros de nuestros pecados, para que aquellos que liberamos, a su vez, puedan liberarnos a nosotros.

Tener miedo de la gracia redentora de Dios es tener miedo de liberarte totalmente del sufrimiento, del retorno a la paz, de la seguridad y la felicidad, así como de tu unión con tu propia Identidad. (3:2)

Si en el Juicio final no hay condena, si todos nosotros estamos libres de todos nuestros errores y de todos los efectos que parecían tener, ¡qué locura tener miedo al Juicio Final! Los evangelistas de la calle proclaman con sus pancartas: “¡Prepárate para encontrarte con tu Dios!”, están transmitiendo un mensaje de miedo: “¡Ten cuidado! Pronto estarás ante el trono de Cristo para ser juzgado, y si no estás preparado, serás condenado”. En el Curso, Jesús nos dice que no hay razón para el miedo. Tener miedo al Juicio de Dios es tener miedo a todo lo que queremos: la completa liberación del sufrimiento. El Juicio de Dios no condena, sino que salva.

Sufrimos debido a nuestra culpa, el perdón nos libera. Sentimos angustia debido a nuestro miedo, el perdón nos devuelve la paz y la seguridad y alegría. Vivimos alejados de nuestra Identidad debido a nuestra creencia en el pecado, pero el perdón nos devuelve la unión con nuestro Ser.

Nuestro miedo a Dios está profundamente arraigado. Cuando Dios se acerca, reaccionamos como un animal salvaje atrapado, feroz, cruel y aterrorizado. ¡Oh, alma mía! ¡Él sólo viene con sanación y liberación! Él viene a traernos todo lo que siempre hemos querido y más. No tengas miedo. En el nacimiento de Jesús, “El ángel les dijo: ‘No temáis pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo’” (Lucas 2:10). Eso es lo que se nos pide que creamos, que debajo de toda la apariencia de terror, de muerte y de venganza que hemos puesto encima, la creación de Dios es pura dicha, puro amor, pura paz, perfecta seguridad. Dios nos espera, no para castigarnos sino para acogernos para siempre en Sus amorosos brazos.

El Juicio Final de Dios es tan misericordioso como cada uno de los pasos de Su plan para bendecir a Su Hijo y exhortarlo a regre­sar a la paz eterna que comparte con él. (4:1)

El plan de Dios y su final se caracterizan por una cosa: la misericordia. El resultado final es misericordioso, y cada paso a lo largo de nuestro aprendizaje será misericordioso. Dios tiene un plan, y ese plan es llamarnos a “regre­sar a la paz eterna que comparte con” nosotros. Cualquier parte de ese plan es misericordiosa.

Algunas veces, aunque pensemos que el final será misericordioso, pensamos que las dificultades, el dolor y el sufrimiento son necesarios en el camino. Yo no lo creo. Pienso que la naturaleza misericordiosa del resultado está también en todo el camino. Cada parte de él está dirigido a liberarnos del sufrimiento. “No hay que sufrir para aprender” (T.21.I.3:1). Cuando, en nuestra ceguera, elegimos dolor, puede ser usado para enseñarnos; pero no es necesario que sea de ese modo. El único deseo de Dios es liberarnos de nuestro sufrimiento.

Y al final, Él nos liberará. Al final, conoceremos la totalidad de Su misericordia, la firmeza de Su Amor, y el brillante esplendor de Su dicha. En el corazón del universo, Dios es una extensión infinita de bienvenida.

El Juicio Final es únicamente Amor. Es Dios reconociendo a Su Hijo como Su Hijo (4:3). En el examen final, el Amor de Dios a nosotros es lo que “sanará todo pesar, enjugará todas las lágri­mas, y nos despertará tiernamente de nuestro sueño de dolor” (4:3). Podemos pensar, y ciertamente lo pensamos, que algo distinto al Amor de Dios podrá hacer eso por nosotros. Debemos pensar eso, o de otro modo, ¿por qué pasamos tanto tiempo buscándolo? Sin embargo, el Amor continúa esperando a que lo recibamos. Seguimos buscando en cualquier otro sitio porque, en nuestra locura, tenemos miedo del Amor que se nos está ofreciendo.

Nuestro ego nos ha enseñado a tener miedo a Dios y a Su Amor. Tenemos miedo de que, de algún modo, nos tragará y nos hará desaparecer. Pero ¿podría hacer eso el Amor y seguir siendo Amor? Se nos dice dos veces (4:2, 4:4) que no tengamos miedo al Amor. Que es el único modo de mirar a todo lo que estamos aprendiendo: no tener miedo al Amor. En lugar de eso, se nos pide quele demos la bienvenida” (4:5). Y es tu aceptación del Amor, y la mía, la que salvará y liberará al mundo.

Tenemos miedo de que, al abrirnos al amor, nos harán daño. A menudo nos parece que tomar el camino del amor es tomar el camino de la debilidad. Se le da tanta importancia a tener cuidado del Número Uno, a establecer nuestros límites, a mantener nuestras distancias, a evitar que nos ataquen. Esas cosas tienen su lugar para estar seguros, y sin embargo, a veces pienso que son excusas para la separación, excusas para permanecer aislados, excusas para evitar el amor. Dar amor parece difícil, y recibirlo todavía más difícil. Sin embargo, al final abrirnos tanto a dar como a recibir amor, que en realidad son lo mismo, es todo lo que se necesita. Somos amor, y únicamente al abrirnos completamente al Amor, descubriremos esa verdad de nuestro propio Ser.

 Este es el juicio Final de Dios: "Tú sigues siendo Mi santo Hijo, por siempre inocente, por siempre amoroso y por siempre amado, tan ilimitado como tu Creador, absolutamente inmutable y por siempre inmaculado. (5:1)

Leo estas frases una y otra vez, siento que necesito oírlas a menudo, porque soy consciente de la parte de mi mente que no lo cree.

Soy inocente para siempre. Y sin embargo, a veces me siento culpable. He hecho cosas en mi vida de las que no me siento orgulloso. He fallado a otros. No he estado allí cuando esperaban que estuviera allí. He abandonado al amor. He dicho cosas con la intención de hacer daño. He engañado. Como todos, tengo un montón de cosas que lamento del pasado. Pero Dios me ve siempre inocente. Para mí, una de las frases más conmedoras del Curso es: “Tú no has perdido tu inocencia” (L.182.12:1). A veces pienso que la mejor definición del “milagro” es el cambio de percepción que nos permite vernos a nosotros mismos completamente inocentes. Para nosotros es extremadamente difícil ver esto de nosotros mismos, para mí esto es uno de los principales valores de una relación santa. El Curso nos dice que solos no podemos vernos a nosotros mismos completamente inocentes, necesitamos a otro con quien aprender esto juntos.

Soy amoroso para siempre. De nuevo, hay pruebas en mi pasado que contradicen esto. El Curso dice que eso es falso, que no estamos viendo la totalidad de la imagen, y que lo que parecía ser no amoroso era en realidad nuestro propio miedo y una petición de amor. Sentimos dolor por lo que hemos hecho, pero el Juicio Final nos liberará de ese dolor para siempre, y podremos ver que siempre hemos sido amorosos y que lo somos para siempre. Nada de lo que hemos hecho ha cambiado esto.

Soy amado por siempre. ¡Ah! Esto es a veces difícil de creer, y por las mismas razones: no nos sentimos dignos de ser amados y a veces no nos amamos a nosotros mismos. Recuerdo haber participado en una meditación guiada en la que me sentí dirigido a extender amor, bendiciones y comprensión compasiva a cada uno de los de la sala, y luego a los del barrio, y después al mundo entero. Y luego imaginarme a mí mismo mirando hacia abajo al mundo desde arriba, para verme a mí mismo sentado allí y extender ese mismo amor, bendiciones y comprensión compasiva a mí mismo. Sentí que algo se derretía muy dentro de mí, la severidad de los juicios a mí mismo se derretía cediéndole el lugar a la compasión, y lloré ¡Qué duros somos con nosotros mismos! ¡Y qué pocas veces nos damos cuenta de lo fuertemente que nos atamos a nosotros mismos al banquillo del juicio y de los acusados!

Soy tan ilimitado como mi Creador. Eso pone a prueba mi credulidad y mi comprensión. El lugar al que el Curso nos está llevando, donde se comprende  que esto es verdad, está mucho más allá de lo que nos imaginamos.

Soy absolutamente inmutable, sin cambios. La experiencia del cambio constante, de los cambios de humor, de los altibajos, no es lo que yo soy. El Curso me dice: “No eres tú el que es tan vulnerable y susceptible de ser atacado que basta una palabra, un leve susurro que no te plazca, una circunstancia adversa o un evento que no hayas previsto para trastornar todo tu mundo y precipitarlo al caos” (T.24.III.3:1). Eso es lo que pienso que soy, pero eso no soy yo, no mi verdadero Ser.

Soy absolutamente inmaculado para siempre. Puro significa sin contaminación, sin cambio ni alteración. A menudo me siento como una mezcla enfermiza de bondad, maldad e indiferencia. Eso no es lo que yo soy. Yo soy puro, sin mezclas.

Y en el Juicio Final de Dios yo sabré esto, lo sabré todo. Puedo saberlo ahora. Puedo oír Su Voz a mí hoy, ahora, en el instante santo. Este mensaje es lo que se me comunica sin palabras cada vez. Entro en Su Presencia. Este mensaje es lo que se me da a mí, y a ti, para compartirlo con el mundo.

Despierta, pues, y regresa a Mí. Yo soy tu Padre y tú eres Mi Hijo”. (5:2-3)

El Juicio Final de Dios termina con esto, completando la afirmación que tratamos ayer. Nos cuesta mucho aceptar todas las cosas que aquí se mencionan que Dios está diciendo de nosotros. Necesitamos despertar del sueño en el que su opuesto parece verdadero, y regresar al Padre que nunca ha dejado de amarnos con un amor eterno. “Tú eres Mi Hijo”. Eso es lo que todos deseamos de verdad oír, y todos nosotros (como el hijo pródigo en la Biblia) tenemos miedo de haber perdido el derecho a oírlas. El hijo pródigo estaba tan lleno de culpa que regresó a su padre esperando que, en el mejor de los casos, fuese aceptado y tratado como un criado. En lugar de eso, recibió la bienvenida con un banquete. Su padre salió a su encuentro en el camino.

¿Tenemos miedo de acercarnos a Dios? ¿Dudamos de dirigirnos a Él? ¿Nos sentimos avergonzados acerca de cómo hemos vivido y de lo que hemos hecho con los regalos que Él nos ha dado? Él no está enfadado. Él no está avergonzado de nosotros. Lo único que Él sabe es que somos Sus Hijos, los que Él ama. Y nos está llamando para que regresemos a Él, para que salgamos de la pesadilla en la que nos hemos perdido y olvidado de nosotros mismos, nos está esperando para darnos la bienvenida una vez más a Sus amorosos brazos.

1 comentario:

  1. Eso es , yo cuando amo a mi hijo no le juzgo y pienso, cuando regrese a mi o me pida un abrazo se lo daré y simplemente no juzgo y simplemente le amo..... eso hago yo y nuestro padre en los cielo lo hará igual o mejor como poco......

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