sábado, 30 de noviembre de 2013

¿Qué es el ego?

El ego no es otra cosa que idolatría” (1:1). Idolatría es adorar a un ídolo, a un dios falso. Eso es el ego, el intento demente de hacer real una identidad que está separada de Dios, buscado para reemplazarle en nuestra consciencia. El ego es “el símbolo de un yo limi­tado y separado, nacido en un cuerpo, condenado a sufrir y a que su vida acabe en la muerte” (1:1).

Prestemos atención aquí. El ego no es “algo” dentro de nosotros, una especie de gemelo malvado, el lado oscuro de nuestra alma. El ego es la idea de un ser separado que está aparte de “otros seres”. ¿No es eso exactamente lo que pensamos que somos? ¿No pensamos que somos un alma distinta, nacida en un cuerpo, luchando durante toda esta vida y seguros de terminar esta vida con la muerte? ¿No describe eso lo que pensamos que somos? En otras palabras, el “yo” que creo que soy, algo separado y diferente de ti, ¡eso es el ego! Cambiar nuestra idea acerca de nosotros, del ego al espíritu, no significa que este ser separado que era negro, se vuelva blanco. Significa que este ser separado es completamente reemplazado por algo que abarca mucho más, de hecho, algo que abarca todo. Dejo de ser “yo” en la manera que pensaba que era.
 
El ego “es la "voluntad" que ve a la Voluntad de Dios como su enemigo, y que adopta una forma en que Ésta es negada” (1:2). Si lo que pienso de “mí” es que estoy separado e independiente, no puedo estar unido a la Voluntad de Dios. El ego debe ver a la Voluntad de Dios como enemigo porque para el ego Dios es “otro”, algo diferente y separado de sí mismo. Puesto que Dios es un “otro” muy poderoso, Su Voluntad representa una amenaza, un desafío para la “voluntad” del ego. Por lo tanto, la forma que toma la “voluntad” del ego siempre será una forma de negación de la Voluntad de Dios. Por ejemplo, sabes que un niño está empezando a desarrollar un ego psicológico cuando empieza a decir”No” cada vez que tú dices “Sí”. El ego es un gran “No” a Dios y a Su Voluntad.


El ego es precisamente lo que no somos. “no eres un ego” (T.14.X.5:5). Cuando miremos a lo que el ego es (o parece ser), no nos desanimemos ni nos deprimamos por ello. Aquello que estamos mirando no es lo que nosotros somos; de hecho, es lo que no somos. Este ser imaginado es la causa de nuestra culpa, y no es real, no existe.

El ego es la "prueba" de que la fuerza es débil y el amor temible, la vida en realidad es la muerte y sólo lo que se opone a Dios es verdad. (1:3)

Para encontrar su ilusoria independencia, el ego niega a Dios y todo lo relacionado con Dios. La fuerza de la inocencia, la ternura  y el amor se consideran “débiles” y se evitan. En cambio, el ataque se considera fuerte. “Valerte por ti mismo” y ser “independiente” se consideran madurez  y fuerza, mientras que la unión con otros y la dependencia de Dios se consideran debilidad. La imagen de un ego poderoso es la de un individuo solitario gritando desafiante a todo el universo. El ego no puede ver ni entender que este ser solitario, limitado y separado es el símbolo de la debilidad.

Al hablar de esta elección que hemos hecho (una elección que sólo podemos lograr en sueños, nunca en la realidad), el Curso dice:

Aquí el Hijo de Dios no pide mucho, sino demasiado poco, pues está dispuesto a sacrificar la identidad que comparte con todo, a cambio de su propio miserable tesoro. (T.26.VII.11:7-8)

Aprender a escuchar la Voz de Dios, en lugar de la del ego, significa mucho más que escuchar al  pequeño ángel en nuestro hombro derecho en lugar del demonio en el izquierdo. Esa idea  deja al “yo” que escucha tal como está, sigue siendo la misma identidad: un ser separado. Escuchar la Voz de Dios, en lugar de la del ego, significa abandonar completamente mi “propio miserable tesoro”, que es la idea que tengo de lo que soy como algo separado de Dios, y en lugar de ello afirmar mi “identidad que comparto con todo” (T.26.VII.11:8).

Estaba equivocado cuando pensaba que vivía separado de Dios, que era una entidad aparte que se movía por su cuenta, desvinculada y encasillada en un cuerpo. Ahora sé que mi vida es la de Dios, que no tengo otro hogar y que no existo aparte de Él. Él no tiene Pensamientos que no sean parte de mí, y yo no tengo ningún pensamiento que no sea de Él. (L.223.1:1-3)

El ego es demente” (2:1). En la medida en que nos identificamos con nuestro ego, también estamos locos, como el Curso nos recuerda a menudo. Y todos nos identificamos con nuestro ego más de lo que nos damos cuenta; sin duda, la identificación con el ego es casi total. El ego es lo que suponemos que somos, la base desde la que actuamos todo el tiempo. Todos nos consideramos limitados, seres separados, viviendo en un cuerpo y condenados a morir con él. Sin embargo, esta locura no es nuestra realidad; nuestro verdadero Ser compartido permanece cuerdo, y ésa es nuestra salvación y la muerte del ego. El ego “lleno de miedo, cree alzarse más allá de lo Omnipresente” (2:2). Dios y Su creación es todo lo que existe. Pero el ego cree que ha ido más allá, rechaza a Dios como Creador e intenta imaginarse a sí mismo como fuera de Dios y de Su creación. El ego se considera aparte de la Totalidad” (2:2). ¿Cómo puedes estar separado de lo que es Todo? Todo es Todo. Incluye todas las cosas. El ego se considera separado de lo Infinito” (2:2). La misma idea. Está claro que todos estos ejemplos son completamente imaginarios. No es posible estar separado de lo Infinito. Pero el ego desafiante y de manera demente cree que ése es su estado. Ésa es la definición del ego. Desde esta comprensión, creer que uno está condenado es el colmo del ego.

“En su demencia cree también haber vencido a Dios Mismo” (2:3). Eso es la condenación: es afirmar “He logrado desbaratar la Voluntad de Dios”. La culpa es una negación del ego del poder del Amor de Dios. El pensamiento de “Nunca aprenderé este Curso. Nunca alcanzaré la iluminación”es una afirmación de que tu voluntad es más poderosa que la de Dios. Si la Voluntad de Dios es que seas feliz, la tristeza es proclamar que has vencido a Dios.

El Curso nos dice que es una locura pensar que tales cosas son posibles. No nos condena por pensarlas. Más bien, nos dice que dejemos de escuchar tales pensamientos. El ego es algo imposible: “Este curso no tiene otro propósito que enseñarte que el ego es algo increíble y que siempre lo será” (T.7.VIII.7:1). Dios es infinito, está en todas partes, es Todo. Si el ego es un pensamiento que está más allá de Dios, entonces no podemos creer al ego. Tal cosa no puede ser.

  
Y desde su (del ego) terrible autonomía "ve" que la Voluntad de Dios ha sido destruida. (2:4)

A esta ilusión de separación es a lo que llamamos ego, esta “terrible separación” parece mostrarnos que hemos triunfado sobre la unión que es la Voluntad de Dios. ¡Qué terrible sería si fuese cierto! Si el ego fuese real, sería una prueba de la culpa más horrible que se pueda imaginar. Si soy un ego, entonces lo que soy es una acusación de asesinato de lo más repugnante, pues he creado mi existencia de la destrucción de la Voluntad de Dios. Y esto es lo que creemos al identificarnos con el ego. Ésta es la culpa básica que está debajo de todos nuestros sentimientos de inquietud, de toda nuestra sensación de no ser dignos.

Sueña con el castigo y tiembla ante las figuras de sus sueños: sus enemigos, que andan tras él queriendo asesinarlo antes de que él pueda proteger su seguridad atacándolos primero. (2:5)

En la “terrible separación” de nuestra identificación con el ego, nos hemos enfrentado con Dios y con todo el universo. Todos los demás y todas las cosas son una amenaza a nuestra libertad. Nuestros sueños están llenos de castigos horribles por nuestro “crimen”. El estado del ego es de pura manía persecutoria, tenemos miedo de todo. Esperamos que el hacha del verdugo caiga en cualquier momento. No se puede confiar en nadie. Cada figura de nuestro sueño es un enemigo, y la única posibilidad de sobrevivir es matarlos antes de que nos maten. La única seguridad está en el ataque.

La manía persecutoria de la mente no puede evitarse, dada la idea del ego de separación. Todos lo experimentamos en mayor o menor grado, algunos simplemente lo ocultamos mejor que otros. Cuando nos deprimimos, cada uno de nosotros se siente insoportablemente solo, un desconocido, agachado en las sombras del bosque, mientras el resto del mundo se toma de la mano y canta alrededor de la hoguera. Ése es el resultado inevitable de la idea de separación del ego. Es el resultado de lo que equivocadamente pensamos que somos.

La buena noticia es que esto no es lo que somos, la soledad es una ilusión, una imposibilidad extravagante. El ego es por siempre increíble. No estamos más separados de Dios y de Su creación que lo que una célula de mi cuerpo puede estar separada del cuerpo mismo. Vivimos en Dios, nos movemos en Dios, y tenemos nuestro ser en Dios. Todos nosotros estamos haciendo este increíble cambio desde la separación del ego a una unidad que está más allá de la persona, al reconocimiento de un Todo más elevado al que pertenecemos, un Todo que existe en cada parte, en ti, en mí. Nada puede parar este cambio porque es el reconocimiento de lo que siempre ha sido así.

El Hijo de Dios no tiene ego. (3:1)

Esta es la diferencia entre el ego y el Hijo de Dios. El Hijo de Dios, que es lo que yo soy, ¡no tiene ego! El ego es señal de un ser separado y limitado. El Hijo de Dios no está limitado ni separado de Dios. El Hijo no tiene límites y es tan extenso como el Padre. En cualquier parte que está Dios, está el Hijo. Son Uno. No existe el ego ni ningún ser que esté separado o que sea distinto de Dios.

Nuestro verdadero Ser no sabe de la locura, la idea de la muerte de Dios (o victoria sobre Él) es inconcebible porque el Hijo vive (mora) en Él (3:2). Vive en la dicha eterna, y no conoce el dolor ni el sufrimiento.

La locura (Dios como enemigo) y el sufrimiento son consecuencias del engaño del ego. Son tan ilusorios e irreales como el ego mismo. Habiendo estado encerrados en este engaño de un ser separado por tanto tiempo, apenas podemos empezar a imaginar un estado mental en el que esto no existe. Sin embargo, ahí es adonde nos está llevando el Curso: más allá del ego, más allá de la locura, de regreso a la unidad que siempre ha sido y que siempre será. Éste es nuestro verdadero estado mental, y nos llama en nuestro aislamiento, atrayéndonos para regresar.

A diferencia del ego, nuestro verdadero Ser, el Hijo de Dios, está rodeado de paz eterna. Donde el ego se ve a sí mismo en guerra con el universo y tiembla constantemente por miedo al ataque de cada figura de sus sueños, el Hijo de Dios está eternamente “libre de todo conflicto”. El Hijo descansa eternamente “imperturbable… en la tranquilidad y silencio más profundos” (3:4).

Cuando empezamos a ponernos en comunicación con nuestro Ser, experimentamos el sabor de esa profunda y callada paz. Ésa es una de las características del instante santo. Hay una paz en el instante santo que no se puede describir.

Hay un silencio que el mundo no puede perturbar. Hay una paz ancestral que llevas en tu corazón y que no has perdido. Hay en ti una sensación de santidad que el pensamiento de pecado jamás ha mancillado. (L.164.4:1-3)

El ego, separado del universo, no puede conocer esta paz. Viene únicamente de dentro de nuestro Ser, ya que es una cualidad de Quien somos. No tiene nada que ver con ninguna circunstancia externa, y ninguna circunstancia externa puede alterarla. Es parte de lo que todos juntos somos.

 Conocer la realidad significa no ver al ego ni a sus pensamien­tos, sus obras o actos, sus leyes o creencias, sus sueños o esperan­zas, así como tampoco los planes que tiene para su propia salvación y el precio que hay que pagar por creer en él. (4:1)

Conocer la realidad consiste simplemente en no ver ilusiones. Sin ilusiones que la oculten, la realidad se ve por sí misma. Por eso es por lo que “no tenemos que hacer nada”. No tenemos que hacer la realidad. No tenemos que hacernos inocentes, o felices o pacíficos. Sólo tenemos que dejar de ser “esa cosa” que oculta la realidad de nuestra vista: el ego y todo lo relacionado con él.

La lista de todos los aspectos que “no tenemos que ver” nos es necesaria, porque si la lección sólo dijera “conocer la realidad significa no ver al ego” no estaríamos seguros de lo que significaba. Al decir todas las cosas relacionadas con el ego (pensamientos, obras, actos, leyes, creencias, sueños, esperan­zas, los planes para su propia salvación, el precio que nos exige) es más probable que entendamos el verdadero alcance de lo que significa no ver al ego. No sólo los actos del ego tienen que desaparecer de nuestra vista sino también todas las cosas que causan esos actos.

Me impresiona especialmente “los planes que tiene para su propia salvación”. El ego tiene muchos planes para sacarnos del atolladero en lo que pensamos que estamos. Pero realmente no estamos en ningún atolladero, sólo hemos tapado la realidad con ilusiones, y la realidad sigue estando ahí. No tenemos que hacer nada para encontrarla. No tenemos que hacer planes para nuestra salvación. Sin duda, hacer planes para nuestra salvación alimenta más todavía al ego. Como dice la Lección 337, necesitamos entender que “lo que tengo que aprender es a no hacer nada por mi cuenta, pues sólo necesito aceptar mi Ser, mi impecabilidad, la cual se creó para mí y ya es mía, para sentir el Amor de Dios protegiéndome de todo daño” (L.337.1:6).

Desde el punto de vista del sufrimiento, el precio que hay que pagar por tener fe en él es tan inmenso que la ofrenda que se hace a diario en su tenebroso santuario es la crucifixión del Hijo de Dios. Y la sangre no puede sino correr ante el altar donde sus enfermizos seguidores se preparan para morir. (4:2)

Aquí el Curso hace una de las valoraciones más tenebrosas de nuestro ego. Produce una imagen de una religión primitiva con sacrificios de sangre como los que hemos leído que existieron en América Central, en la que a seres humanos se les arrancaba del cuerpo el corazón todavía latiendo, y los altares tenían vías cortadas para que la sangre fluyera por allí. Dice que nuestra fe en el ego es la causa de un sufrimiento tan inmenso y aterrador como ése. 

Por nuestra fe en la ilusión de separación del ego, de una identidad separada, pagamos un inmenso precio en sufrimiento. Cada día continuamos con esta extraña fe: crucificamos al Hijo de Dios. Pues la existencia de una identidad separada exige la muerte de nuestra identidad unificada. Como “enfermizos seguidores” de esta religión (pues es una religión), todos nos estamos preparando para morir mientras contemplamos el sacrificio del santo Hijo de Dios. (Por supuesto, el Hijo de Dios no puede morir, el sacrificio es ilusorio. Pero para nuestra mente es terriblemente real). Nuestra propia muerte confirmará nuestra fe, demostrará nuestra separación de Dios.

Aunque este sufrimiento no es real en la verdad, a nosotros nos parece real. Y, para librarnos del ego, una de las cosas que el Curso nos pide es que examines honestamente el costo de nuestra creencia en el ego. ¿Qué me cuesta albergar un resentimiento? ¿Qué me cuesta odiar? ¿Qué me cuesta empeñarme en tener la razón en una discusión? ¿Qué me cuesta aferrarme a mi imagen de víctima? ¿Qué me cuesta aferrarme a la culpa? ¿Qué me cuesta aferrarme a mi percepción de pecado en mis hermanos?

Tenemos que tener en cuenta lo que nos cuesta nuestra creencia en el ego. El Curso dice:

No aceptarías el costo en miedo que ello supone una vez que lo reconocieses (T.11.V.10:3)

El ego está tratando de enseñarte cómo ganar el mundo y per­der tu alma. El Espíritu Santo te enseña que no puedes perder tu alma y que no hay nada que ganar en el mundo, pues, de por sí, no da nada. Invertir sin recibir beneficios es sin duda una manera segura de empobrecerte, y los gastos generales son muy altos. No sólo no recibes ningún beneficio de la inversión, sino que el costo es enorme. Pues esta inversión te cuesta la realidad del mundo al negar la tuya, y no te da nada a cambio. (T.12.VI.1:1-5)

… tienes que aprender el costo que supone estar dormido, y negarte a pagarlo. (T.12.VI.5:2)

La creencia en el pecado requiere constante defensa, y a un costo exorbitante. Es preciso combatir y sacrificar todo lo que el Espíritu Santo te ofrece. Pues el pecado está tallado en un bloque que fue arran­cado de tu paz y colocado entre el retorno de ésta y tú. (T.22.V.2:6-8)

Pagamos un precio enorme en sufrimiento para mantener nuestro andrajoso y amado ego. Perdemos la consciencia de nuestra Identidad real para aferrarnos a una identidad imaginada y que no podemos hacer real. Una vez que veamos estos, una vez que reconozcamos la locura de todo ello, ya nunca estaremos dispuestos a aceptarlo. Una vez que veamos lo que el ego nos exige, nos negaremos a pagar el precio porque nos daremos cuenta de que el ego no es lo que de verdad queremos. Pero primero, muy a menudo, tenemos que hacer frente al horror de lo que hemos hecho. Tenemos que mirar a ese altar que gotea sangre y darnos cuenta de que eso es lo que hemos estado eligiendo. 

No es difícil renunciar a los juicios. Lo que sí es difícil es afe­rrarse a ellos. El maestro de Dios los abandona gustosamente en el instante en que reconoce su costo. Toda la fealdad que ve a su alrededor es el resultado de ellos, al igual que todo el dolor que contempla. De los juicios se deriva toda soledad y sensación de pérdida; el paso del tiempo y el creciente desaliento; la desespe­ración enfermiza y el miedo a la muerte. Y ahora, el maestro de Dios sabe que todas esas cosas no tienen razón de ser. Ni una sola es verdad. Habiendo abandonado su causa, todas ellas se desprenden de él, ya que nunca fueron sino los efectos de su elección equivocada. Maestro de Dios, este paso te brindará paz. ¿Cómo iba a ser difícil anhelar sólo esto? (M.10.6:1-11)

Una sola azucena de perdón, no obstante, puede transformar la oscuridad en luz y el altar a las ilusiones en el templo a la Vida Misma. (5:1)

El “oscuro altar” del ego es inundado de luz, y el sangriento altar a la muerte se transforma en “el templo a la Vida Misma”. ¿Cómo? Con “una sola azucena de perdón”. Pienso en un cuento de magia y fantasía, en el que la heroína o el héroe entran en el templo negro y prohibido del dios del mal, llevando sólo una flor. Con gran inquietud se acerca al altar y deposita sobre él la azucena blanca y pura, y de repente toda la escena se transforma.

El perdón es esa “magia”. Aunque no es magia, es un milagro. “El más santo de todos los lugares de la tierra es aquel donde un viejo odio se ha convertido en un amor presente” T.26.IX.6:1). Ése es el milagro que obra el perdón. Lo he visto con mis propios ojos. He visto una relación llena de sangre y amargura transformarse en una tierna dedicación del uno al otro, por medio del perdón. Esto no es una teoría hueca, ni una fantasía idealista, el perdón funciona.

El perdón deshace el ego. La más negra oscuridad que el ego haya manifestado se llena de luz cuando el perdón la toca. No tenemos que tener miedo a mirar a la oscuridad de nuestro ego, no hay nada que el perdón no pueda sanar.

Y la paz se les restituirá para siempre a las santas mentes que Dios creó como Su Hijo, Su morada, Su dicha y Su amor, completamente Suyas, y completamente unidas a Él. (5:2)

¿Cómo es posible que el perdón pueda hacer esto? El miedo y la culpa producidos por creer que el ego es real es la causa de todo nuestro sufrimiento. Nuestro loco deseo de ser “un ser separado” es lo que nos hace ver a Dios y a todo el universo como nuestros enemigos y lo que nos llena de pesadillas de castigo. El perdón nos muestra que lo que pensábamos que nos habíamos hecho a nosotros mismos no ha sucedido. No hay ninguna razón para nuestra culpa. El perdón nos libera del terror al castigo, y nos hace darnos cuenta de que nuestra unidad con Dios continúa exactamente igual.  Seguimos siendo “Su morada, Su dicha y Su amor, completamente Suyas, y completamente unidas a Él”. Y con ese conocimiento recuperamos la paz para siempre.

Cuando el perdón nos limpia, nos damos cuenta de que “Hoy puedo liberarme de todo sufrimiento” (L.340). El pensamiento del ego en nuestra mente es el que pinta la intranquilidad encima de la calma eterna de nuestra mente tal como Dios la creó. Abandonar ese pensamiento, aunque sea por un instante, nos trae paz de inmediato. El pensamiento de separación, de una identidad independiente, fue el error original:

Ese único error, que llevó a la verdad a la ilusión, a lo infinito a lo temporal, y a la vida a la muerte, fue el único que jamás cometiste. Todo tu mundo se basa en él. Todo lo que ves lo refleja, y todas las relaciones espe­ciales que jamás entablaste proceden de él. (T.18.I.4:4-6)

No te das cuenta de la magnitud de ese único error. Fue tan inmenso y tan absolutamente increíble que de él no pudo sino sur­gir un mundo totalmente irreal. (T.18.I.5:2-3)

El perdón nos muestra que lo que pensamos que hemos hecho no tiene ninguna consecuencia real. Elimina los obstáculos a nuestra consciencia de Dios. Ese terrible error, sobre el que descansa todo nuestro mundo, no tuvo ninguna consecuencia, nuestra unión con Dios continúa para siempre sin interrupción. Ahora y siempre, descansamos en Su paz. 

2 comentarios:

  1. Maravillosa explicación, les agradezco mucho estos comentarios, me han ayudado muchisimo a continuar avanzando con Un Curso De Milagros, de todo corazón muchas gracias

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  2. Excelente!!! Gracias, gracias, gracias!!!

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