viernes, 29 de noviembre de 2013

Leccion 333, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 333

El perdón pone fin al sueño de conflicto.

1. El conflicto debe ser resuelto. 2Si se quiere escapar de él, no debe evadirse, ignorarse, negarse, encubrirse, verse en otra parte, llamarse por otro nombre u ocultarse mediante cualquier clase de engaños. 3Tiene que verse exactamente como es, allí donde se cree que está, y tiene que verse también la realidad que se le ha otorgado y el propósito que le ha asignado la mente. 4Pues sólo entonces se desmantelan sus defensas y la verdad puede arrojar su luz sobre él según desaparece.
2. Padre, el perdón es la luz que Tú elegiste para que desvaneciese todo conflicto y toda duda, y para que alumbrase el camino que nos lleva de regreso a Ti. 2Ninguna otra luz puede dar fin a nuestro sueño malvado. 3Ninguna otra luz puede salvar al mundo.4Pues dicha luz es lo único que jamás ha de fallar, ya que es el regalo que le has hecho a Tu Hijo bienamado.

"COMENTARIOS A LAS LECCIONES" de Robert Perry y Ally Watson
Comentario

¡Ésta es una lección magnífica! Afirma sin posibilidad de duda, en palabras muy seguras, que no podemos evitar corregir nuestros pensamientos equivocados de conflicto. Tenemos que enfrentarnos a cada uno de ellos y aplicarle el perdón. Nuestros pensamientos de conflicto “deben ser resueltos” (1:1). No se irán por sí mismos. No podemos enterrar la cabeza en la arena. Piensa en la lista de estrategias defensivas que nuestro ego nos convence a usar: El conflicto (1:2):

SE EVADE: Dejamos de lado el conflicto. Cuando sentimos una pérdida paz, vemos la tele o nos vamos de compras. Cuando vemos un muro entre nuestro hermano y nosotros, nos alejamos o nos ocupamos de un montón de cosas. Evitamos enfrentarnos al conflicto en nuestra mente.

SE IGNORA: Aparcamos el tema para “pensar en ello más tarde”, un “más tarde” que nunca parece llegar.

SE NIEGA: Fingimos que no existe. “¿Yo enfadado? No, estoy bien. No hay problema”.

SE ENCUBRE: Lo disfrazamos, le echamos la culpa a nuestra desilusión o mal humor, a las hormonas, al dolor de cabeza, o a un mal día en el trabajo. Pintamos “de color de rosa” nuestra rabia interna, como dice Marianne Williamson. Sonreímos y nos tragamos la ira o el dolor. Sea lo que sea que estamos pensando, no puede ser “un pensamiento de asesinato”.

SE VE EN OTRA PARTE: “¡No es culpa mía! Todo es culpa suya”. “No estaría sintiendo estos sentimientos horribles si él no fuese tan condenadamente egoísta”.

SE LE LLAMA POR OTRO NOMBRE: Negamos que lo que estamos sintiendo es odio o ataque, quizá lo llamamos “ira justificada” o “guardar las distancias” o “defender la verdad”.

Si el conflicto en nuestra mente ha de ser resuelto, no puede “ocultarse mediante cualquier clase de engaños” (1:2). Esto es el resumen de todas estas estrategias. Estamos intentando ocultar el hecho de que pensamientos de odio, ira, o asesinato han entrado en nuestra mente. Esta costumbre establecida de esconder nuestro ego, de encerrarlo en el armario cuando tenemos compañía, tiene que terminar para que podamos escapar del conflicto.

Esto no significa que, en lugar de esconder nuestro ego, deberíamos hacer alarde de él o satisfacerlo. El propósito no es manifestar el ego sino expulsarlo. Pero no podemos hacerlo si lo ocultamos, y a veces el proceso de quitar la máscara del ego significa que, por un corto tiempo al menos, daremos rienda suelta al ego en lugar de taparlo. A veces hay que manifestar la ira antes de darnos cuenta de lo profundamente asentada que está. Sin embargo, ésta es sólo una fase de transición, lo que buscamos es la sanación.

En lugar de taparlo, lo que debemos hacer es:

VER EL CONFLICTO DEL EGO EXACTAMENTE COMO ES: En otras palabras, reconocer como lo que son: el odio, el ataque, el propio aislamiento (separación), la grandiosidad, la ira, y el deseo de matar.

VER DONDE SE CREE QUE ESTÁ: Esto significa ponerte en contacto con la situación tal como el ego la ve. Por ejemplo, admitir que realmente crees que tu esposo es un malvado, o que tú no eres digno de ser amado.

VER LA REALIDAD QUE SE LE HA OTORGADO: Aquí reconocemos exactamente lo que pensamos que es la situación, como ego. Entendemos que nos vemos a nosotros mismos como solos en el universo, abriéndonos paso en la vida a zarpazos y sobreviviendo a duras penas. Admitimos que el conflicto nos parece verdaderamente real. Si no estamos en perfecta paz y constantemente felices, hay una razón, y la razón siempre es algún aspecto del ego al que nos estamos agarrando, pero al mismo tiempo negando. Tenemos que ver la realidad que le hemos dado.

VER EL PROPÓSITO QUE LE HA ASIGNADO LA MENTE: Esto necesita verdadera lucidez y honestidad. El conflicto que sentimos tiene un propósito, un propósito que nuestra mente le ha dado. El propósito siempre es apoyar nuestro propio ego, siempre alguna forma del ego de separación, alguna ilusión de ser independiente, de tener una existencia separada. Sea cual sea el conflicto, nosotros le damos su aparente realidad, y lo hacemos por alguna razón demente y oculta del ego. Aquí es donde descubrimos nuestro miedo al amor, nuestro miedo a unirnos, nuestra adicción a la separación. Aquí es donde descubrimos nuestra oculta creencia en la culpa y el deseo de castigarnos a nosotros mismos.

Únicamente cuando estamos dispuestos a pasar por esta especie de firme examen de uno mismo, tomando total responsabilidad por nuestros propios pensamientos, se quitarán las defensas del ego, y la verdad será libre para hacer desaparecer al ego. La verdad es el perdón (1:4 y 2:1); es el perdón el que hace desaparecer todo conflicto y toda duda. Cuando haya descubierto mi propio ego de este modo, perdonar a otros es lo más natural y fácil del mundo, porque he reconocido que mi ego es un invento mío y que la otra persona no tenía nada que ver en ello. He estado actuando por razones dementes que ya no acepto más ni quiero. Pero si esto es cierto sobre mí, debe serlo también sobre todo el mundo. El conflicto no ha sido real, ha sido una ilusión luchando con otra ilusión, el miedo reaccionando ante el miedo. Y con esa comprensión, mi propia culpa se derrite, y queda libre y despejado el camino para que Dios venga.
  

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