jueves, 21 de noviembre de 2019

Leccion 331, Un Curso de Milagros

LECCIÓN 331

El conflicto no existe, pues mi voluntad es la Tuya.

1. Padre, ¡qué absurdo creer que Tu Hijo podía causarse sufrimiento así mismo! 2¿Cómo iba él a poder planear su condenación sin que se le hubiera provisto de un camino seguro que lo condujese a su liberación? 3Me amas, Padre, 4nunca habrías podido dejarme en la desolación, para morir en un mundo de dolor y crueldad. 5¿Cómo pude jamás pen­sar que el Amor se había abandonado a Sí Mismo? 6No hay otra volun­tad que la Voluntad del Amor. 7El miedo es un sueño, y no tiene una voluntad que pueda estar en conflicto con la Tuya. 8Estar en conflicto es estar dormido; la paz, estar despierto. 9La muerte es una ilusión, y la vida, la verdad eterna. 10Nada se opone a Tu Voluntad. 11El conflicto no existe, pues mi voluntad es la Tuya.
2. El perdón nos muestra que la Voluntad de Dios es una sola y que la compartimos. 2Contemplemos los santos panoramas que hoy nos muestra el perdón, de modo que podamos encontrar la paz de Dios. 3Amén.

"COMENTARIOS A LAS LECCIONES" de Robert Perry y Ally Watson
Comentario

Recientemente en un grupo de estudio dije que nuestro problema fundamental es que de verdad creemos que somos personas terribles. No confiamos en nuestro propio amor. Una persona expresó su preocupación de que el material del Curso podría usarse para justificar cualquier comportamiento. “Podría ir a robar una tienda de licores porque el mundo es sólo una ilusión y nadie saldría perjudicado excepto en la ilusión. Nada de lo que yo haga afecta negativamente a mi relación con Dios”.

La respuesta directa a esa pregunta es que sólo haces esas cosas en el mundo cuando crees que el mundo es real. Si verdaderamente creyeses que el mundo es una ilusión, no harías tales cosas ni tendrías el deseo de hacerlas.

El miedo a que él haría cosas terribles si creyera que nadie resultaría realmente perjudicado oculta la creencia de que no se podría confiar en la verdad en él. El Curso dice que no creemos que lo que de verdad queremos es bueno. La verdad es que podemos confiar en nosotros mismos. Aunque todavía estamos confusos y desconcertados por la ilusión, no vamos a cometer errores terribles. Es seguro abandonar las limitaciones de la culpa porque verdaderamente somos extensiones de Dios. Pensamos que necesitamos la culpa para refrenar al monstruo dentro de nosotros, Un Curso de Milagros nos dice que la culpa “no tiene ningún propósito” (T.14.III.1:4), y de hecho nos mantiene encerrados en nuestra ilusión del pecado. Esa ilusión acerca de nosotros es el error fundamental. Y continúa diciendo que pensar que el ser ha robado el trono de Dios no es nada por lo que sentirnos culpables: 

No intentes tasar el valor del Hijo de Dios que Él creó santo, pues hacer eso es evaluar a su Padre y juzgar contra Él. Y no podrás sino sentirte culpable por este crimen imaginario, que nadie en este mundo ni en el Cielo podría cometer. El Espíritu Santo sólo enseña que el "pecado" de instaurar un falso ser en el trono de Dios no debe ser motivo de culpabilidad. (T.14.III.15:1-3)

Sólo es “un error trivial” (L.138.11:5). El Amor no se ha abandonado a Sí Mismo. Comparto la naturaleza de Dios que es Amor. Yo no puedo abandonarle, ni Él a mí (1:5).

Es “absurdo” (1:1) creer que yo podría realmente oponerme a la Voluntad de Dios y corromperme a mí mismo. Cualquier aparente corrupción o conflicto entre Dios y yo tiene que ser una ilusión, la prueba de que estoy dormido y soñando lo imposible (1:7-8).

“Conocer la realidad significa no ver al ego” (L.pII.12.4:1). Sin embargo, por raro que parezca, primero tenemos que ver al ego para pasarlo por alto. El ego funciona de una manera oculta, secreta, a escondidas. Se esconde detrás de todo tipo de tapaderas. Primero tenemos que desenmascararlo, ver lo que es, y luego pasarlo por alto, ignorarlo. Mientras no sepamos lo que es nuestro imaginado enemigo, estaremos gobernados por el miedo. Tenemos que llegar al punto en el que podemos ver con claridad: “¡Oh! Sólo es el ego, soy yo pensando que estoy separado”. Luego lo abandonamos.

Cuando por fin hayas visto los cimientos del ego sin acobardarte, habrás visto también los nuestros. (T.11.In.4:2)

Entonces, miremos a nuestro ego sin acobardarnos, sin tenerle miedo, pudiendo ver que sólo es “un error trivial”.

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