jueves, 7 de noviembre de 2013

Leccion 322, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 311

Juzgo todas las cosas como quiero que sean.

1. Los juicios se inventaron para usarse como un arma contra la verdad. 2Separan aquello contra lo que se utilizan, y hacen que se vea como si fuese algo aparte y separado. 3Luego hacen de ello lo que tú quieres que sea. 4Juzgan lo que no pueden comprender, ya que no pueden ver la totalidad, y, por lo tanto, juzgan falsamente. 5No nos valgamos de ellos hoy, antes bien, ofrezcámoselos de regalo a Aquel que puede utilizarlos de manera diferente. 6Él nos salvará de la agonía de todos los juicios que hemos emitido con­tra nosotros mismos y re-establecerá nuestra paz mental al ofre­cernos el juicio de Dios con respecto a Su Hijo.
2. Padre, estamos esperando hoy con mentes receptivas a oír Tu juicio con respecto al Hijo que Tú amas. 2No lo conocemos, y así, no lo pode­mos juzgar. 3Por lo tanto, dejamos que Tu Amor decida qué es lo que no puede sino ser aquel a quien Tú creaste como Tu Hijo.

Comentario

La enseñanza básica del Curso acerca del juicio es que realmente no podemos juzgar. No tenemos el equipamiento. No sabemos lo suficiente, como dice esta lección: nuestros juicios  “no pueden ver la totalidad, y, por lo tanto, juzgan falsamente” (1:4). Entonces lo que nuestros juicios hacen es inventar las cosas tal como queremos que sean, en lugar de lo que realmente son. Desgraciadamente, lo hacen basados en “la agonía de todos los juicios que hemos emitido con­tra nosotros mismos” (1:6). Proyectamos nuestra condena a nosotros mismos sobre el mundo y sobre lo que vemos, como ya dijo la Lección 304: es “mi propio estado de ánimo reflejado afuera”.

En lugar de intentar juzgar algo, lo que se nos pide que tomemos todos los juicios y “ofrezcámoselos de regalo a Aquel que puede utilizarlos de manera diferente” (1:5). Dicho de otra manera, dejamos que el Espíritu Santo juzgue por nosotros. Él siempre juzga de acuerdo a la verdad, a la creación de Dios. “Dejamos que Tu Amor decida qué es lo que no puede sino ser aquel a quien Tú creaste como Tu Hijo” (2:3). Él nos da “el juicio de Dios con respecto a Su Hijo” (1:6).

Otro modo de verlo es que permitimos que el Espíritu Santo nos diga lo que verdaderamente queremos: ver la perfección de la creación de Dios en todos y en todas partes. Y luego, puesto que eso es lo que queremos ver, “juzgamos todas las cosas como queremos que sean”, pero ahora las juzgamos de manera diferente porque queremos algo diferente. En manos del ego, nuestra mente siempre quiere ver defectos porque estamos intentando negar y proyectar lo que pensamos de nuestros propios defectos. En manos del Espíritu Santo, nuestra mente siempre encuentra amor o peticiones de amor.

Padre, hoy quiero ver a Tu Hijo tal como tú lo creaste. Quiero juzgarlo en la verdad. Quiero abandonar mis retorcidos juicios y aceptar tu juicio eterno: “Tú sigues siendo Mi santo Hijo, por siempre inocente, por siempre amoroso y por siempre amado, tan ilimitado como tu Creador, absolutamente inmutable y por siempre inmaculado” (L.pII.10.5:1).

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