martes, 5 de noviembre de 2013

Leccion 309, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 309

Hoy no tendré miedo de mirar dentro de mí.

1. Dentro de mí se encuentra la Eterna Inocencia, pues es la Voluntad de Dios que esté allí para siempre. 2yo, Su Hijo, cuya voluntad es tan ilimitada como la Suya, no puedo disponer que ello sea diferente. 3Pues negar la Voluntad de mi Padre es negar la mía propia. 4Mirar dentro de mí no es sino encontrar mi volun­tad tal como Dios la creó, y como es. 5Tengo miedo de mirar dentro de mí porque creo que forjé otra voluntad que aunque no es verdad hice que fuese real. 6Mas no tiene efectos. 7Dentro de mí se encuentra la santidad de Dios. 8Dentro de mí se encuentra el recuerdo de Él.
2. El paso que he de dar hoy, Padre mío, es lo que me liberará por completo de los vanos sueños del pecado. 2Tu altar se alza sereno e incó­lume. 3Es el santo altar a mi propio Ser y es allí donde encuentro mi verdadera Identidad.

 Comentario

A veces sospecho de mis propios motivos. Soy tan consciente de que en el pasado he hecho un trabajo increíble para esconderme mis propios pensamientos y sentimientos a mí mismo, que incluso cuando no soy consciente de que haya “basura” de por medio, cuando mis motivos parecen puros en la superficie, me pregunto qué está acechando debajo de la piedra, y dudo acerca de mirar.

Por ejemplo, en el pasado me he distanciado de una buena amiga, mientras que me convencía a mí mismo de que era ella la que se estaba distanciando de mí. Me costó tres horas de intensa discusión (no puedo darle un nombre mejor) llegar a ponerme en contacto con mi propio miedo e ira, que estaban causando que la apartase de mí. Negué con todas mis fuerzas que era eso lo que estaba haciendo, afirmé que deseaba una mayor cercanía y que ella no respondía.

Cuando conoces los engaños del ego, parece difícil confiar en ti mismo. Siempre me parece que puede haber algo malvado en mi mente que de algún modo he estado escondiendo por medio de la negación y la disociación.

Así que, ¿cómo no voy a tener miedo de mirar dentro de mí? Si lo hago, ¿qué cosa horrible y asquerosa descubriré esta vez?

Tengo miedo de mirar dentro de mí porque creo que forjé otra voluntad que aunque no es verdad hice que fuese real” (1:5). Si miro dentro de mí, a menudo las primeras cosas que veré son cosas feas y asquerosas, “otra voluntad que no es verdad”. Las veré pero la buena noticia es que no son reales. No logré hacer que esa otra voluntad fuera real. Todo lo que conseguí hacer fueron ilusiones. La fealdad es una pantalla de humo, una máscara, una fachada que el ego ha levantado encima de la eterna inocencia de mi mente. Si miro a esos pensamientos con el Espíritu Santo, descubriré que no son tan horribles como temía. Él los cambiará en la verdad para mí, Él me ayudará a ver en ellos la petición de amor, la afirmación inconsciente del amor que ha estado enterrado debajo de ellos, el reflejo deformado de la inocencia que nunca he perdido.

Por ejemplo, en el caso que he mencionado antes, estaba alejando a mi amiga, distanciándome de ella. ¿Por qué? Porque tenía miedo de perder su amor. Porque temía que no me encontrara digno de su tiempo y de su compañía, y no le iba a dar la oportunidad de que demostrase que mis miedos eran ciertos. Me apartaría antes de que ella me rechazase, la castigaría por su (imaginada) traición de alejarme de ella. Estaba equivocado tanto en mi evaluación de mí mismo como en mi valoración de su evaluación de mí. Y el Curso me lo demostró muy claramente aquella noche. Ella se enfadó conmigo. Se puso furiosa, se levantó y se fue a pasear fuera del restaurante, diciendo que no quería saber nada más de mí porque yo estaba tan tercamente metido en la negación que ella no podía hacer nada al respecto.

No fue hasta que sucedió un milagro que se resolvió el punto sin salida. De repente, mi percepción de ella cambió. Vi su ira como lo que realmente era: una petición de amor. Estaba furiosa conmigo porque le estaba negando mi amor, y sufría con el pensamiento de perderlo. En mi interpretación su ira ya no era un ataque, era un grito de ayuda. Era su amor por mí, intentado de manera equivoca encontrar lo que quería de mí a través de la ira y el ataque. Y cuando la perdoné, vi lo mismo en mí. En aquel momento ya no tenía miedo de mirar dentro de mí. Vi los retorcidos motivos que me habían estado dirigiendo. Vi mi miedo. Vi mi frío distanciamiento. Y detrás de todo ello, vi mi amor y mi inocencia esperando encontrarse con los suyos.

No tenemos nunca que tener miedo de mirar dentro de nosotros mismos. Todo lo que existe es “mi volun­tad tal como Dios la creó, y como es” (1:4). Lo que inventé, todos esos horribles pensamientos del ego, no han tenido ningún efecto en absoluto. No hay razón para tener miedo de ellos, no significan nada. Puedo mirarlos con el Espíritu Santo a mi lado, y reírme, puedo decir: “¡Qué tontería! Estos pensamientos no significan nada”. Debajo de todo eso está la mente asustada, sufriendo por lo que piensa que ha hecho. Y más allá, en lo más profundo está la santidad de Dios, el recuerdo de Dios. Esta mente caritativa, esta mente amable y dulce, tan enorme, receptiva y bondadosa, que todo lo abarca: esto es mi verdadera Identidad. Esto es Quien yo soy.

No hay comentarios:

Publicar un comentario