lunes, 14 de octubre de 2013

¿Qué es el Espíritu Santo?

¿Qué es el Espíritu Santo?  (Parte 1)

L.pII.7.1:1-2

“El Espíritu Santo es el mediador entre las ilusiones y la verdad” (1:1). Él “salva la brecha entre la realidad y los sue­ños” (1:2). Las ilusiones y la verdad no pueden estar juntas, la realidad y los sueños no pueden reconciliarse. Nuestras mentes están atrapadas en ilusiones, y para devolverlas a la verdad, se necesita algo o Alguien que haga de puente, conectando de algún modo lo que no se puede conectar. Éste es el propósito del Espíritu Santo. Él salva la brecha porque puede actuar en ambos bandos, Él entra en contacto con la ilusión sin perder el contacto con la verdad. Él es El Único Que actúa de mediador, llevando la ilusión ante la verdad.

Debido a que Él es Lo Que es, “todo aquel que acude a Él en busca de la verdad” (1:2) puede ser conducido a la verdad por medio de la misma percepción que es parte de su ilusión. Sin Él, la percepción sólo llevaría a más percepción, y la ilusión se reforzaría continuamente a sí misma. Debido a que el Espíritu Santo, Que está dentro de nosotros y es parte de nuestra mente (así como parte de la Mente de Dios), está unido eternamente a la verdad, puede guiar nuestra percepción de tal modo que deshaga nuestras ilusiones y nos lleve al conocimiento. Esta habilidad es “la gracia que Dios le ha dado” (1:2).

Nuestra parte consiste en “acudir a Él en busca de la verdad”. Nosotros Le llevamos nuestras ilusiones y Él las transforma en la percepción verdadera, que lleva directamente al conocimiento. Él juega un papel muy claro y fundamental en el remedio del Curso para sanar nuestra mente. Si Él no estuviera ahí, dentro de nosotros, no habría puente entre la ilusión y la realidad. Cuanto más activamente cooperemos con Él llevándole nuestras percepciones conscientemente y de buen grado, pidiéndole la verdad en lugar de nuestras ilusiones, más puede ayudarnos.


Es interesante la palabra “acudir”. Es acudir mentalmente, un cambio de dirección mental, que casi se puede sentir físicamente cuando sucede. A veces se siente como si tuviéramos que arrancar nuestra mente de su atención centrada en el miedo, y empujar nuestros pensamientos hacia la luz, como una flor volviéndose al sol. Cuando estoy angustiado, encuentro una gran fuerza en cerrar los ojos y decirle: “Espíritu Santo, vengo a Ti. Ayúdame”. Casi de inmediato, si estas palabras son de corazón, viene una profunda sensación de paz, una gran expansión de los horizontes de mi mente. Siento la Presencia de la Ayuda y Sabiduría Infinita esperando para ayudarme. Siento la cercanía del Gran Mediador, lleno de la gracia que Dios Le ha dado, preparado para purificar mi percepción y llevarme a la verdad. Que aprendamos a acudir a Él cada vez más a menudo.  

L.pII.7.1:3-5

El Espíritu Santo es el mediador o puente entre las ilusiones y la verdad, entre los sueños y la realidad, entre la percepción y el conocimiento. Él es el medio por el que “se llevan todos los sueños ante la verdad para que la luz del conocimiento los disipe” (1:3). Su propósito dentro de nuestra mente es hacer este cambio de nuestra percepción equivocada a la percepción verdadera. Nuestra única tarea es llevarle todo lo que no queremos, para que Él lo haga desaparecer. El Curso se refiere a su programa de estudios como:

… un programa muy bien organizado, debidamente estructurado y cuidadosamente planeado, que tiene por objeto aprender a entregarle al Espíritu Santo todo aquello que no desees. El sabe qué hacer con ello. Tú, sin embargo, no sabes cómo valerte de Su conocimiento. Cual­quier cosa que se le entregue que no sea de Dios, desaparece. (T.12.II.10:1-4)

A través del puente a la luz del conocimiento, “los sonidos y las imáge­nes se descartan para siempre” (1:4). “Los sonidos y las imáge­nes” representan el reino de la percepción. Llevamos nuestras percepciones al Espíritu Santo para que sean “limpiadas y purificadas, y finalmente eliminadas para siempre” (T.18.IX.14:2). El propósito del Espíritu Santo es hacer Su tarea, Él es el mediador entre la percepción y el conocimiento (L.43.1:3):

Sin este vínculo con Dios, la percepción habría reemplazado al conocimiento en tu mente para siempre. Gracias a este vínculo con Dios, la percepción se transformará y se purificará en tal medida que te conducirá al conocimiento. (L.43.1:4-5)

Este cambio de la percepción es igual que el perdón, “el perdón ha hecho posible el tranquilo final de la percepción” (1:5). “El perdón, la salvación, la Expiación y la percepción verdadera son todos una misma cosa” (C.4.3:6). La percepción tal como la utiliza el ego siempre ve pecado, y se manifiesta en juicios y ataque. La percepción tal como la utiliza el Espíritu Santo siempre ve el rostro de Cristo, y se manifiesta en amor y unión. La percepción del ego siempre ve diferencias, la percepción del Espíritu Santo siempre ve igualdad e identidad.

Éste es el cambio que brinda la percepción verdadera: lo que antes se había proyectado afuera, ahora se ve adentro, y ahí el perdón deja que desaparezca. (C.4.6:1)

Por lo tanto, el Espíritu Santo es fundamental para el proceso del perdón. Él es el medio por el que es posible el cambio de la percepción falsa a la percepción verdadera; y sin Él, estaríamos perdidos para siempre en nuestro sueño de juicios. Con Él, podemos aprender a perdonar.

¿Qué es el Espíritu Santo?  (Parte 3)

L.pII.7.2:1-2

“El objetivo de las enseñanzas del Espíritu Santo es precisa­mente acabar con los sueños” (2:1). Como ya hemos visto, los sueños (nuestra percepción actual) se terminan al cambiar nuestra percepción falsa del miedo a la percepción del amor. El proceso de aprendizaje en que nos encontramos aquí, y el eje del programa de estudios del Curso, es esta transformación de la percepción que llevará al resultado del final de toda percepción: el final de los sueños. A veces nos esforzamos demasiado y queremos que el sueño termine ahora. Queremos que el conocimiento nos llegue directamente. Pero eso no es posible, no podemos saltarnos el proceso del cambio de nuestras percepciones.

Hemos estado haciendo hincapié en la percepción, y apenas hemos hablado del conocimiento. Esto ha sido así porque la per­cepción tiene que ser corregida antes de que puedas llegar a saber nada. (T.3.III.1:1-2)

Antes de que podamos “saber” algo, nuestras percepciones tienen que cambiar por mediación del Espíritu Santo, al llevarle nuestra oscuridad para que Él pueda deshacerla con la luz. “Pues todo sonido e imagen (percepción) tiene que transformarse de testigo del miedo en testigo del amor” (2:2).Hay muchas cosas en nuestra vida que parecen ser testigos del miedo. Esas cosas “dan testimonio” de la realidad del miedo, parecen justificar el miedo. El cambio que el Espíritu Santo busca realizar en nuestra mente es cambiar tanto nuestra percepción de las cosas que todo (literalmente todo) lo que ahora parece justificar el miedo, se convierta en nuestra percepción cambiada, algo que justifique y haga necesario el amor.

Eso es lo que el “perdón” significa en el Curso, es mucho más que ver las acciones de alguien de manera diferente. Significa ver todo de manera diferente. Significa mirar a todos los horrores de este mundo, a todas las atrocidades, a toda traición, a cada señal de enfermedad y de muerte y ver que todo ello justifica el amor y necesita amor. Algo que, en lugar de demostrar la realidad del miedo, demuestre la realidad del amor. Y para eso, amigos, ¡se necesita un milagro! Pero este es “un curso de milagros”. De eso es de lo que trata.

¿Cómo puede cambiar tan completamente nuestra percepción de las cosas? No lo sabemos. Ni necesitamos saberlo. Ése es el trabajo del Espíritu Santo dentro de nuestra mente. Él sabe cómo hacerlo. Todo lo que tenemos que hacer es llevarle las percepciones que nos dan miedo, y estar dispuestos a que Él las cambie por Su percepción. Si estamos dispuestos a llevárselas y a que Él nos las quite y las sustituya, Él sabe exactamente cómo hacerlo y lo hará. Él ya ve todo lo que vemos como una justificación del amor. Él lo ve de ese modo por nosotros hasta que aprendamos a compartir Su percepción con Él. “Él fue creado para ver esto por ti hasta que tú aprendas a verlo por tu cuenta” (T.17.II.1:8). Esto es lo que es y lo que hace el Espíritu Santo

 L.pII.7.2:3-4

El proceso de cambiar nuestras percepciones que aquí se trata es exactamente el mismo que el proceso de cambiar nuestros pensamientos que se describe en la Lección 284: “Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor”. “Todo sonido e imagen tiene que transformarse de testigo del miedo en testigo del amor” (2:2).Este proceso de “cambiar los pensamientos que hacen daño” es el objetivo del aprendizaje, y cuando se haya logrado, se habrá acabado el juego (2:3). Éste es el propósito, el final de todo proceso espiritual. La Lección 193 lo explica muy claro:

¿Cómo puedes saber cuándo estás viendo equivocadamente o cuándo no está alguien percibiendo la lección que debería apren­der? ¿Parece ser real el dolor en dicha percepción? Si lo parece, ten por seguro que no se ha aprendido la lección. (L.193.7:1-3)

Una percepción de dolor es una falta de perdón. Indica la necesidad de un cambio en la manera de ver las cosas. No es pecado o malo sentir dolor o pena, es sólo una percepción equivocada que necesita ser corregida. Tampoco hay que sentir vergüenza si nos cuesta hacer el cambio. Para eso está el Espíritu Santo, para ayudarnos en el proceso de cambiar nuestros pensamientos y nuestras percepciones. De esto trata la vida, ésta es la única lección en esta escuela. Lo hacemos por medio de frecuentes repeticiones de la verdad, y por medio de llevarle continuamente nuestras percepciones de dolor para que Él las sane. La ausencia total de esas percepciones de dolor llega sólo al final de todo el proceso. El Manual lo explica muy bien: “Tu fun­ción es escapar de ellas (la percepción del dolor, por ejemplo), no que no las tengas” (M.16.4:2). Es nuestra propia experiencia con el dolor y el sufrimiento, y nuestra experiencia de escapar de ellos, lo que nos permite ayudar a otros que están atrapados en ellos.

Entonces, aprender del Espíritu Santo supone reconocer abiertamente nuestras percepciones falsas y no sentirnos culpables por ello, sino llevárselas para que Él las sane. Este aprendizaje “se convierte en el medio que se transciende a sí mismo, de manera que pueda ser reemplazado por la Verdad Eterna” (2:4). Si nos quejamos y nos lamentamos por el proceso de aprendizaje, retrasaremos el resultado deseado. No se espera que estemos sin experiencias de dolor y sufrimiento, ni deberíamos esperarlo nosotros. Pero tenemos que dedicarnos a la tarea de escapar de ellas cuando ocurren, llevándolas a la dulce bondad de la Presencia del Espíritu Santo, pidiéndole que cambie nuestras percepciones para que lo que vemos como testigos del miedo se conviertan en testigos del amor.

 L.pII.7.3:1

Si supieses cuánto anhela tu Padre que reconozcas tu impeca­bilidad, no dejarías que Su Voz te lo pidiese en vano, ni le darías la espalda a lo que Él te ofrece para reemplazar a todas las imágenes y sueños atemorizantes que tú has forjado. (L.pII.7.3:1)

Esta frase está aquí porque estamos dejando que Su Voz nos llame en vano, y estamos dando la espalda a Sus Pensamientos con los que Él reemplazaría todos nuestros sueños e imágenes atemorizantes. Nuestro propio ego, en su lucha por la supervivencia, nos ha convencido de que Dios no anhela que reconozcamos nuestra inocencia. Es más probable que pensemos (si es que pensamos en ello) que Dios está sentado en el Cielo con su gran libro de informes siguiendo el recorrido de todos nuestros errores y anotándolos contra nosotros. Tenemos miedo de que lo hemos fastidiado todo y hemos ido demasiado lejos como para que se pueda arreglar. Tenemos miedo de Dios y no creemos en Su Amor. No podemos imaginarnos que Él todavía nos ve inocentes y sin mancha. Pero lo hace.

Cuando algo malo parece sucedernos, seguimos pensando de acuerdo con este pensamiento: “¿Qué he hecho para merecer esto?” Todavía pensamos que el mundo es una especie de modo en que el universo nos hace pagar caro por cada metedura de pata. El Curso dice una y otra vez que Dios no está metido en el juego de la venganza. Nosotros somos los únicos jugadores de ese juego, y nosotros nos provocamos nuestros propios castigos. Por otra parte, Dios anhela que dejemos de pensar que somos culpables y que reconozcamos nuestra inocencia.

Le damos la espalda al cambio de nuestros pensamientos que se nos ofrece porque estamos convencidos de que si llevamos todas estas cosas oscuras y sucias a la Luz de Dios, un rayo saldría del cielo y nos liquidaría. Pensamos que esconderlas es más seguro que sacarlas. No queremos admitir que hemos ido en busca de ídolos, en busca de cosas que sustituyan a Dios en nuestra vida, porque pensamos que eso nos ha estropeado para siempre y ha hecho que Dios ya no nos acepte. Eso no es verdad. Todo lo que Dios quiere es que abandonemos este juego tonto y que regresemos al Hogar en Él. Él nos ha dado el Espíritu Santo para que hagamos exactamente eso, pero evitamos acudir adentro hacia Él porque pensamos que perderemos o nos moriremos en el proceso.

Lee la sección del Texto: “La Restitución de la Justicia al Amor”, T.25.VIII. Describe con toda claridad nuestro miedo al Espíritu Santo. Dice que Le tenemos miedo y que pensamos que representa la ira de Dios en lugar del Amor de Dios. Que sospechamos cuando Su Voz nos dice que nunca hemos pecado (T.25.VIII.6:8). Y que huimos “del Espíritu Santo como si de un mensajero del infierno se tratase, que hubiese sido enviado desde lo alto, disfrazado de amigo y redentor, para hacer caer sobre ellos la venganza de Dios valiéndose de ardides y de engaños” (T.25.VIII.7:2).

Si miro honestamente a las veces que realmente acudo al Espíritu Santo para que sane mis pensamientos, y  las veces en que no lo hago, parece confirmar lo que ahí se dice. Algo en mí me impide hacer esta sencilla acción, algo me está empujando a mantenerme alejado del Espíritu Santo. Si realmente supiera cuánto anhela mi Padre que yo reconozca mi inocencia, no me comportaría así.

¿Qué puedo hacer? Puedo empezar donde estoy. Cuando reconozca que he estado evitando al Espíritu Santo, puedo empezar a llevarle ese reconocimiento a Él: “Bueno, Espíritu Santo, parece que he tenido miedo de Ti de nuevo. Lo siento”. Y ese sencillo acto de acudir a Él es todo lo que nos pide, que Le llevemos nuestra oscuridad para que Él la sane. Al ser sincero acerca de mi miedo, he dejado el miedo a un lado. Estoy de nuevo en comunicación con Él.

 L.pII.7.3:2-3

¿Cuáles son “los medios que fabricaste para alcanzar lo que por siem­pre ha de ser inalcanzable” (3:2)? Por supuesto, lo inalcanzable es la separación o la vida separada de Dios. Los medios que inventamos para alcanzar esa meta incluyen nuestro cuerpo, las ilusiones de elecciones (alternativas a Dios y al amor), el miedo, el ataque, el conflicto, la negación, las relaciones especiales, las imágenes y sonidos, y todo el mundo que vemos. El Espíritu Santo entiende todas estas cosas perfectamente. Él sabe exactamente lo que son, cómo funcionan y por qué las inventamos.

Mas si se los ofreces a Él, Él se valdrá de esos medios que inventaste a fin de exiliarte para llevar a tu mente allí donde verdaderamente se encuentra en su hogar (3:3).

Éste es el milagro. Todo lo que inventamos para mantenernos separados de Dios puede usarse para devolver nuestra mente a su hogar real. Pero para que eso suceda “tenemos que ofrecérselos a Él”. Él es el puente entre lo que inventamos y lo que somos. Él es “El Gran Transformador de la percepción” (T.17.II.5:2). Él puede cambiar completamente el propósito de todo lo que inventamos en nuestra locura y usarlo para devolvernos la cordura, si Le entregamos todas esas cosas a Él.

Por eso necesitamos llevarle todas estas cosas, pidiéndole que las use para Sus propósitos en lugar del propósito para el que las inventamos. Entreguémosle nuestro cuerpo. Entreguémosle nuestras relaciones especiales. Entreguémosle nuestro poder de decisión. Entreguémosle nuestros pensamientos de ataque, nuestras defensas y nuestra negación. Él puede usar incluso la negación para “negar la negación de la verdad” (T.12.II.1:5). Entreguémosle nuestras percepciones, nuestros ojos y oídos. Entreguémosle todo nuestro mundo y todo lo que hay en él. Él no nos los quitará. Los tomará y los usará para devolvernos al Cielo.

 L.pII.7.4:1

Desde el conocimiento, donde Dios lo ubicó, el Espíritu Santo te exhorta a dejar que el perdón repose sobre tus sueños para que puedas recobrar la cordura y la paz interior. L.pII.7.4:1

Dios puso al Espíritu Santo en el conocimiento. El conocimiento no es un lugar sino un estado, un estado de saber. El Espíritu Santo conoce la verdad, conoce la realidad, conoce nuestro Ser real, Lo Que somos y Quién somos. Por una parte, está firmemente unido a Dios, al conocimiento y a la realidad. Desde ese lugar de conocimiento nos llama dentro de nuestros sueños. Por otra parte, está firmemente unido a nosotros. Es consciente de nuestros sueños, de lo que pensamos que somos, sabiendo lo que realmente somos. Está perfectamente preparado para sacarnos de nuestros sueños y llevarnos a la verdad de la completa cordura.

Si escuchamos, podemos oírle llamándonos. Podemos darnos cuenta de algo dentro de nosotros que nos impulsa a “dejar que el perdón repose sobre nuestros sueños”. Si estamos haciendo los ejercicios, la disciplina de la práctica del Libro de Ejercicios nos está enseñando a escuchar esa Voz, a responder a ese impulso interno. Poco a poco nos hacemos cada vez más conscientes de las veces en que estamos soñando, poco a poco nos hacemos conscientes de que estamos soñando la mayor parte del tiempo. Podemos dejar que el perdón descanse sobre nuestros sueños al llevárselos al Espíritu Santo y pedirle que Su percepción sustituya a nuestros sueños. Éste es el camino a la cordura, éste es el camino a la paz mental.

En el Capítulo 5, el primer capítulo del Texto que nos presenta ampliamente al Espíritu Santo y Su lugar en nuestro regreso a Dios, a menudo se Le nombra como “la Llamada”: “la Llamada a la Expiación”, “la Llamada a regresar”, “la Llamada a la dicha”, “la Llamada a despertar y ser feliz” y “la Llamada a Dios”. Esta Llamada es algo dentro de nuestra propia mente. Algo que nos acerca al hogar; si estás leyendo este Curso, has sentido esa Llamada y respondido a Ella. Podemos separarnos de esa Llamada y apartarla de nuestra consciencia, o podemos voluntariamente dirigir nuestra atención a Ella y escuchar. Siempre nos llama al perdón, tanto a perdonar como a aceptar el perdón. Su propósito es el final de la culpa. Siempre nos habla de inocencia. Siempre busca que nos alejemos del camino del miedo y vayamos al camino del amor. Si Le dedicamos toda nuestra atención, Él nos guiará al hogar con total seguridad. Él conoce el camino.
L.pII.7.4:2-3

Sin el perdón, tus sueños seguirán aterrorizándote. (4:2)

Nuestros sueños desaparecen cuando los perdonamos, lo que significa que vemos que lo que pensamos que se nos hizo nunca ocurrió (L.pII.1.1:1). No es que los acontecimientos no sucedieran, sino que nuestra interpretación de ellos (lo que pensamos que nos estaban haciendo, la percepción de ataque) fue incorrecta. Si no perdonamos, los sueños continuarán aterrorizándonos. El perdón significa ver que no hay nada que perdonar. Significa volver a interpretar el pasado y recordar sólo el amor que hubo allí, o la petición de amor, y negar la realidad de nuestra interpretación de ataque.

Puede que nos resistamos a esto. Podemos pensar que, por alguna razón, es importante que mantengamos nuestra interpretación de ofensa. Pero si lo hacemos, continuaremos sintiendo miedo. El pasado continuará repitiéndose en nuestro presente y en nuestro futuro. Finalmente todos llegaremos a darnos cuenta de que no queremos esto, y dejaremos que el pasado desaparezca. “Que me olvide hoy del pasado de mi hermano” (L.288).

Hasta que perdonemos el pasado y lo abandonemos, “el recuerdo de todo el Amor de tu Padre no podrá retornar a tu mente para proclamar que a los sueños les ha llegado su fin” (4:3). ¿Cómo podemos recordar el Amor de Dios mientras continuamos viéndonos a nosotros mismos como heridos? Nos preguntamos: “¿Habría permitido esto un Dios amoroso? ¿Quiero creer en la realidad del pecado o en el Amor de Dios? Desde dentro de nosotros el Espíritu Santo nos llama a dejar que el perdón descanse sobre todos nuestros sueños. Ése es el único modo de recobrar la cordura y la paz mental.
 L.pII.7.5:1-2

El Espíritu Santo es “el regalo que Tu Padre te hace. Es un llamamiento que el Amor le hace al Amor para que tan sólo sea lo que es” (L.pII.7.5:1-2). Eso es lo que hace la Llamada dentro de nosotros. Es el Amor llamándose a Sí Mismo para que sea Él Mismo. Cuando empiezo a sentir que Dios me llama a algún tipo de “rendición” que parece que estoy sometiendo mi voluntad a otra voluntad superior, me recuerdo que lo que está sucediendo es simplemente que me estoy rindiendo al Amor. Me estoy rindiendo a Mí Mismo, a lo que de verdad soy. Dios no me llama a que renuncie a mí mismo y me convierta en algo que no quiero ser, Dios me llama a que sea mi Ser. A que sea lo que fui creado y lo que todavía soy.

Me he confundido y convencido a mí mismo de que soy otra cosa, y ahora tengo miedo al oír la llamada a regresar a mí mismo, a “regresar al Amor” (como lo llama Marianne Williamson). Parece como si se me pidiera que renuncie a mí mismo, que me “rinda” a Dios a costa de mi propio ser. La verdad es justamente todo lo contrario. Se me pide que me rinda a lo que de verdad soy. Se me llama al Amor, porque Amor es lo que yo soy.

 L.pII.7.5:3-4

El Espíritu Santo es el regalo de Dios mediante el cual se le restituye la quietud del Cielo al bienamado Hijo de Dios. (5:3)

Me siento tan agradecido hoy por este regalo, sin el que la quietud del Cielo estaría fuera de mi alcance para siempre. Si tuviera que responder a la pregunta que plantea esta página ¿Qué es el Espíritu Santo?, lo haría así:

El Espíritu Santo es el regalo de Dios para devolver nuestra mente (atrapada en la ilusión) a la paz y a la cordura. Él es la unión entre nuestra mente y la de Dios. Puesto que es consciente tanto de la eterna verdad de Dios como de nuestra locura, Él puede usar las mismas ilusiones que hemos inventado para hacernos regresar a la realidad. Le llevamos nuestras ilusiones, y Él las cambia de testigos del miedo a testigos del Amor, dándonos una nueva interpretación de todo lo que vemos. Esta nueva interpretación está tan de acuerdo con la verdad que permite el fin de toda interpretación y el paso de nuestra mente al estado original del conocimiento. 

¿Te negarías a asumir la función de completar a Dios, cuando todo lo que Su Voluntad dispone es que tú estés completo? (5:4)

Una vez más el Curso nos pide que tomemos parte activa en este proceso y que desempeñemos la función que Dios nos dio: completarle. Ésa es una frase sorprendente, ¿verdad? En otro lugar el Curso nos dice que siempre que pongamos en duda nuestra valía, deberíamos decir: “Dios Mismo está incompleto sin mí” (T.9.VII.8:2). Un poco más tarde explica: “Dios está incompleto sin ti porque Su grandeza es total, y tú no puedes estar excluido de ella” (T.9.VIII.9:8). Nos dice: “Sin ti, a Dios le faltaría algo, el Cielo estaría incompleto y habría un Hijo sin Padre” (T.24.VI.2:1).

Por supuesto, es imposible que Dios esté incompleto: “Dios no está incompleto y sin Hijos” (T.11.I.5:6). La cuestión es que somos parte de Dios, entonces Dios estaría incompleto si no estuviésemos unidos a Él para siempre. Estamos en Dios y, por lo tanto, aceptemos la parte en Él que nos ha dado, y pongamos fin a nuestro rechazo a hacerlo. Nuestra parte en completar a Dios es estar completos: “…todo lo que Su Voluntad dispone es que tú estés completo” (5:4). Únicamente se nos pide que llevemos al Espíritu Santo nuestra ilusión de estar incompletos, de que nos falta algo (paz y felicidad), para que Él pueda deshacer esa ilusión y que nos hagamos conscientes de nuestro eterno estado de estar completos, de que nada nos falta.

El proceso de llevar nuestras ilusiones al Espíritu Santo parece a menudo temible porque, desde nuestro punto de vista, parece que supone una pérdida. Se nos pide que renunciemos a algo. Pero ese algo que se nos pide que abandonemos es nuestra ilusión de separación, nuestra ilusión de estar incompletos y que nos falta algo. Renunciamos a nuestra sensación de que algo nos falta, y recordamos nuestro estado de ser completos. Como dice la Lección 98, éste es un trato en el que no podemos perder:

Y puesto que el tiempo no tiene significado, se te está dando todo a cambio de nada. He aquí un trato en el que no puedes perder. Y lo que ganas es en verdad ilimitado. (L.98.6:3-5)


No hay comentarios:

Publicar un comentario