martes, 15 de octubre de 2013

Leccion 288, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 288

Que me olvide hoy del pasado de mi hermano.

1. Éste es el pensamiento que me conduce a Ti y me lleva a mi meta. 2No puedo llegar hasta Ti sin mi hermano. 3Y para conocer mi Fuente, tengo primero que reconocer lo que Tú creaste uno conmigo. 4La mano de mi hermano es la que me conduce a Ti. 5Sus pecados están en el pasado junto con los míos, y me he salvado porque el pasado ya pasó. 6No permitas que lo siga abrigando en mi corazón, pues me desviaría del camino que me lleva a Ti. 7Mi hermano es mi salvador. 8No dejes que ataque al salvador que Tú me has dado. 9Por el contrarío, déjame honrar a aquel que lleva tu Nombre, para así poder recordar que es el mío también.
2. Perdóname hoy. 2sabrás que me has perdonado si contem­plas a tu hermano en la luz de la santidad. 3Él no puede ser menos santo que yo, y tú no puedes ser más santo que él.

Comentario

“No puedo llegar hasta Ti sin mi hermano” (1:2). La decisión a favor de Dios es la decisión de compartir. Al reconocer nuestra Identidad, Lo Que reconocemos es una Identidad compartida con todas las cosas vivientes. Ya que mi salvación está en despertar a esta Identidad compartida, es imposible llegar a Dios solo. El problema es la separación, por lo tanto la solución es la unidad.

“Sus pecados (de mis hermanos) están en el pasado junto con los míos, y me he salvado porque el pasado ya pasó” (1:5). Si el pasado ya pasó para mí, también pasó para todos. Si me aferro al pasado de mi hermano, a los resentimientos contra él, estoy negando mi propia salvación. “No permitas que lo siga abrigando en mi corazón, pues me desviaría del camino que me lleva a Ti” (1:6).

La lección enseña que “para conocer mi Fuente, tengo primero que reconocer lo que Tú creaste uno conmigo” (1:3). Dicho de otra manera, para apreciar totalmente mi propio origen en Dios, para conocer mi propia santidad y perfección, necesito ver que “esa persona horrible” y todos los demás fueron creados por Dios del mismo modo. “No puedo llegar hasta Ti sin mi hermano” (1:2).

Todos tenemos personas que no podemos ver en el Cielo. Digamos que uno de los míos se llama Jorge. No puedo ver a Jorge como merecedor del Cielo. Quizá para mí si Jorge estuviera allí, ya no sería el Cielo. ¿Sabes a qué tipo de persona me refiero?

Bueno, “No puedo llegar hasta Ti sin mi hermano” no significa que no puedo ir al Cielo hasta que Jorge lo haga. Significa que no puedo llegar al Cielo hasta que vea que Jorge es digno de estar allí. Es algo que está bajo mi control, no depende de lo que la otra persona piense. Debo ver a Jorge en mi mente como igual a mí. En mi mente debo ver su santidad, debo olvidar su pasado. Cuando puedo olvidar su pasado, puedo olvidar el mío propio.

Si me aferro al pasado en contra de mi hermano, me estoy aferrando al pasado en contra de mí mismo. No podemos vernos a nosotros mismos como mejores que nuestro hermano. No puedo ser más santo que él. Pero tampoco puedo ser menos santo que Jesús.

Lo que quiere decir es que tengo que estar dispuesto a compartir cualquier regalo de Dios.

Cuando honro a mi hermano como mi salvador, estoy reconociendo Quién es realmente y, por lo tanto, reconozco mi propia Identidad, compartida con él. Mis hermanos son mis salvadores, no en el sentido de que me dan algo que yo no tengo o algo que yo no puedo hacer, sino en el sentido de que al perdonarles, al perdonar su pasado, me recuerdo a mí mismo la verdad acerca de mí, la cual comparto con ellos. Me muestran mi propio juicio acerca de mí y me dan la oportunidad de abandonarlo. Cuando veo a mi hermano, me estoy viendo a mí mismo, y mi ternura y amabilidad hacia él, en el perdón, es el modo en que me doy estos regalos a mí mismo.

En el párrafo final, Jesús nos habla. Es importante reconocer que Él es el que habla: 

Perdóname hoy. Y sabrás que me has perdonado si contem­plas a tu hermano en la luz de la santidad. Él no puede ser menos santo que yo, y tú no puedes ser más santo que él. (2:1-3)

He dicho que la manera en que veo a mi hermano es la manera en que me veo a mí mismo. En este párrafo Jesús deja muy claro que la manera en que veo a mi hermano es un reflejo de cómo Le veo a Él y de cómo veo a Dios. Y por eso mi perdón a un hermano es lo mismo que perdonar a Jesús y perdonar a Dios.

“Tú no puedes ser más santo que él (tu hermano)” (2:3). El límite que mentalmente le pongo a mi hermano, por la manera de verlo, es un límite que me estoy poniendo a mí mismo. Si le ato a su pasado, entonces yo estoy atado al pasado. Si le considero incapaz de entender, de aprender, incapaz de perfección, entonces yo me veo a mí mismo de esa manera. Nadie está fuera de la salvación. Si veo a un hermano como “él no encontrará a Dios en esta vida”, me estoy poniendo ese límite a mí mismo. Y en todos los casos ese límite es falso. “No hay grados de dificultad en los milagros” (T.1.I.1:1).

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