domingo, 13 de octubre de 2013

Leccion 286, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 286

La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.

1. Padre, ¡qué día tan sereno el de hoy! 2¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio! 3Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. 4En Ti ya se han tomado todas las decisiones. 5En Ti ya se ha resuelto todo conflicto. 6En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas. 7La paz es mía. 8Mi corazón late tranquilo y mi mente se halla en reposo. 9Tu Amor es el Cielo y Tu Amor es mío.
2. La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon­trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros. 2Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. 3Con­fiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él.


Comentario

“¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio!” (1:2) ¡Me encanta esta frase! Eso es darse cuenta, las cosas encajan perfectamente en su sitio y no hay que hacer nada.
  
Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. (1:3)

Hace varios años en un grupo de estudio leímos una sección que describía el estado de conocimiento. Alguien preguntó si es posible que una persona lo alcance o si tenemos que alcanzarlo todos juntos. ¿Están todos esperándome? ¿Estoy esperando yo a todos? El que dirigía el grupo (le llamaré Ted) empezó a hablar de Jesús y de que todos estamos en esto juntos.

El que hizo la pregunta dijo: “Entonces, Jesús tampoco está en este estado de conocimiento, ¿no es cierto?”

Yo me metí en la discusión: “Sí, Jesús lo ha alcanzado. Él ha pasado de la percepción al conocimiento. Y tú también”.

Estamos “en Dios en nuestro hogar, soñando con el exilio” (T.10.I.2:1). Ya estamos todos en el Cielo. (En realidad nunca nos fuimos de él). ¡La historia ya se acabó! Estamos al final, mirando hacia atrás y recordando. Alguien dijo: “Estamos reviviendo un repaso”. Ted dijo: “El hecho de que Jesús ya lo ha alcanzado es la garantía de que todos nosotros lo alcanzaremos, todos sentiremos lo que Él ha logrado porque todos nosotros somos una sola mente”.

Ésta es la razón por la que “no tengo que hacer nada”. Todos continuamos cometiendo el error de creer que tenemos que lograr algo. Pensamos que tenemos que escalar una gran montaña, la montaña de la iluminación o de la perfección. Creemos que Jesús la ha escalado junto con otros como Buda, pero pensamos que nosotros estamos todavía en la parte de abajo mirando hacia arriba. Estamos asustados por lo difícil que va a ser, sobrecogidos por todo el trabajo que hay que hacer, desanimados por el pensamiento de todo lo que todavía nos queda para llegar allí.

Estos pensamientos son la manera en que el ego trata de controlar la situación cuando finalmente alcanzas a ver la tierra prometida del reino del conocimiento en el que Dios quiere que vivas.

El ego puede aceptar la idea de que es necesario retornar por­que puede, con gran facilidad, hacer que ello parezca difícil. Sin embargo, el Espíritu Santo te dice que incluso el retorno es inne­cesario porque lo que nunca ocurrió no puede ser difícil. Mas tú puedes hacer que la idea de retornar sea a la vez necesaria y difí­cil. Con todo, está muy claro que los que son perfectos no tienen necesidad de nada, y tú no puedes experimentar la perfección como algo difícil de alcanzar, puesto que eso es lo que eres. (T.6.II.11:1-4)

El ego intenta convencerte de que lo que has visto es algo que te falta en lugar de algo que ya tienes. “En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas” (1:6). Tú eres lo que has estado buscando.

La naturaleza de Cristo no es algo que tengas que desarrollar. ¡No tienes que someter al ego para convertirlo en Cristo! Eso no es posible. Si piensas que tienes que convertirte en Cristo te has puesto a ti mismo en una situación en la que “no puedes llegar allí desde aquí”. Y ahí es donde el ego quiere que estés.

¡La naturaleza de Cristo es Lo Que realmente eres! Sólo que no te acuerdas. Ya está dentro de ti. Eres tú. Crees que eres otra cosa, pero no lo eres. Ésa es la ilusión que el ego ha preparado. ¡Crees que el ego eres tú! Crees que toda esa cosa horrible, toda esa naturaleza de miserable gusano, ese pelele, ese cobarde llorón, es lo que tú eres. Eso no eres tú. Tú no eres el ego. El ego no es nada ni está en ningún sitio, es sólo un pensamiento que tienes acerca de ti, un pensamiento que es completamente falso. Cristo “es la única parte de ti que en verdad es real” (L.pII.6.3:2).

Cuando sientes que tienes que luchar, cuando sientes que tienes que hacer todo tipo de elecciones difíciles, entonces te estás viendo como un ego, en la parte de debajo de la montaña mirando hacia arriba. Cuando te ves a ti mismo como Cristo, no tienes que hacer nada.

Nuestro único problema es creer que tenemos un problema. El pensamiento de “todavía no lo tengo” es el problema. Necesitamos liberarnos del pensamiento de que necesitamos la iluminación. Todo lo que tiene que cambiar es ese pensamiento, y el pensamiento no cambia nada, no hace nada, porque ya estamos iluminados siempre, ya somos felices siempre, ya somos perfectos siempre. Dios nos creó así y no podemos cambiarlo, todo lo que podemos hacer es olvidarlo y pretender que somos otra cosa.

En los momentos de quietud de hoy podemos sentir el sabor de esa quietud en la que no hay que hacer nada ni hay que ir a ningún sitio. “La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon­trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros” (2:1). Podemos sentir la realidad del final, incluso a mitad de nuestro viaje, podemos saber que la meta es “completamente segura”, incluso inevitable.

Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. Con­fiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él. (2:2-3)

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