sábado, 12 de octubre de 2013

Leccion 285, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 285

Hoy mi santidad brilla clara y radiante.

1. Hoy me despierto lleno de júbilo, sabiendo que sólo han de acontecerme cosas buenas procedentes de Dios. 2Eso es todo lo que pido, y sé que mi ruego recibirá respuesta debido a los pen­samientos a los que va dirigido. 3Y en el instante en que acepte mi santidad, lo único que pediré serán cosas dichosas. 4Pues, ¿qué utilidad tendría el dolor para mí, para qué iba a querer el sufri­miento, y de qué me servirían el pesar y la pérdida si la demencia se alejara hoy de mí y en su lugar aceptara mi santidad?
2.Padre, mi santidad es la Tuya. 2Permítaseme regocijarme en ella y recobrar la cordura mediante el perdón. 3Tu Hijo sigue siendo tal como Tú lo creaste. 4Mi santidad es parte de mí y también de Ti. 5Pues, ¿qué podría alterar a la Santidad Misma?

Comentario

Hoy sólo pido que me vengan cosas dichosas. “Y en el instante en que acepte mi santidad, lo único que pediré serán cosas dichosas” (1:3). La única razón de que sienta dolor, pena, sufrimiento y pérdida es porque en algún lugar de mi mente pienso que lo merezco. De algún modo pienso que el sufrimiento es bueno para mí. Me juzgo pecador, en conflicto con Dios y con Su Amor, y que por eso necesito que se me dé una lección. Necesito rehabilitarme. Pienso que el sufrimiento y las privaciones me darán una lección. Así que envío una invitación a esos pensamientos, ¡y vaya si vienen!

Cuando acepte mi santidad, “¿qué utilidad tendría el dolor para mí?” (1:4). La idea de que el sufrimiento es necesario es una bobada. Pensamos que aprendemos por medio de nuestros sufrimientos. Y lo hacemos. Pero lo que aprendemos no es cómo volvernos santos, aprendemos que somos santos. Una vez que aceptamos ese hecho, ya no necesitamos más el sufrimiento. Una vez que abandonamos la idea de que somos pecadores y culpables y que necesitamos de algún modo pasar por dificultades para compensar algo, entendemos que nos merecemos la dicha porque ya somos santos.

Pensamos que si de repente fuéramos completamente felices, nos faltaría algo. Estamos totalmente convencidos de que nuestras acciones pasadas demuestran que no nos merecemos la felicidad y no estamos preparados para ella. Pensamos que en nuestra personalidad faltan algunos elementos importantes que sólo el dolor y el sufrimiento nos pueden enseñar. Nada nos falta. Si el dolor, la pena y la pérdida terminasen en este instante, estarías bien; de hecho estarías perfecto, ¡porque ya lo eres!

Es como si tuviésemos un transmisor en la cabeza. Tenemos una imagen de nosotros de ser culpables e incompletos. Pensamos que el sufrimiento es necesario para corregir ese estado. Así que enviamos una invitación al dolor, al sufrimiento, a la pena y a la pérdida: “Venid. Ayudadme. Necesito sufrir más”. Debido a que nuestra mente tiene todo el poder creativo de Dios, logramos nuestro intento. Hacemos que suceda todo el sufrimiento, al menos en apariencia.

Cuando aprendemos a vernos como inocentes y completos, como la perfecta creación del Padre, ya no tenemos motivos para enviar tales pensamientos. En lugar de ello, cantamos: “¡Envíame sólo dicha! ¡Envíame las cosas felices de Dios! Hoy sólo acepto cosas dichosas, no permito el sufrimiento”. Mi Ser es amo y señor del universo (Lección 253). Mi mente tiene todo el poder de crear la experiencia de vida que quiero. Elijo crear dicha. 



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