viernes, 4 de octubre de 2013

Leccion 277, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 277

No dejes que aprisione a Tu Hijo con leyes que yo mismo inventé.

1. Tu Hijo es libre, Padre mío. 2No dejes que me imagine que lo he apri­sionado con las leyes que yo mismo inventé para que gobernasen el cuerpo. 3Él no está sujeto a ninguna de las leyes que promulgué para ofrecerle más seguridad al cuerpo. 4Lo que cambia no puede alterarlo a él en absoluto. 5Él no es esclavo de ninguna de las leyes del tiempo. 6Él es tal como Tú lo creaste porque no conoce otra ley que la del amor.
2. No adoremos ídolos ni creamos en ninguna ley que la idolatría quiera maquinar para ocultar la libertad de que goza el Hijo de Dios. 2El Hijo de Dios no está encadenado por nada excepto por sus propias creencias. 3Mas lo que él es, está mucho más allá de su fe en la esclavitud o en la libertad. 4Es libre por razón de Quién es su Padre. 5nada puede aprisionarlo a menos que la verdad de Dios pueda mentir y Dios pueda disponer engañarse a Sí Mismo.

Comentario

Cuando el Curso usa la palabra “Hijo” en este contexto, dirigiéndose a Dios con respecto a Su Hijo, la palabra generalmente se refiere a toda la Filiación que incluye a todos mis hermanos y hermanas así como a mí mismo. En otras palabras, “Tu Hijo” puede ser cualquiera en quien mi mente piense. Así que cuando digo: “Que no aprisione a Tu Hijo”, me refiero a mi jefe, a mi esposa, mis amigos, mi familia, o a quienquiera con quien me encuentre hoy. Es una buena oración para repetir a menudo al relacionarme con cualquiera hoy.

La otra noche en nuestro grupo de estudio local, una mujer compartió una comprensión que tuvo. Dijo que se había dado cuenta de que cuando ella ponía un límite a alguien en su mente, si esa persona ya estaba aceptando ese límite en su propia mente ella lo estaba reforzando. Y también, ella estaba poniéndose a sí misma el mismo límite. Podemos ver este proceso sorprendentemente en una situación entre padres o profesores y niños. Se manifiesta de una manera muy gráfica. El niño a menudo manifiesta los límites que el adulto “ve” en él, ya sean reales o no esos límites. Sin embargo, el hecho de que no lo veamos tan claramente con adultos no significa que no esté sucediendo todo el tiempo. Cuando limitamos a alguien en nuestra mente, literalmente podemos estar aprisionándolos con leyes que hemos inventado.

“Tu Hijo es libre, Padre mío” (1:1). Y cada persona que encontramos hoy es ese Hijo, igualmente libre. Todos hemos leído historias de cómo la negativa de un padre, compañero o amigo a aceptar los límites “normales” de alguien le ha permitido superar esos límites (historias de curaciones “imposibles”, etc.). Éstas son sólo demostraciones básicas del poder de la idea de hoy. Los límites a los que se refiere el Curso no son sólo físicos o intelectuales, sino límites como la culpa y el pecado. Cuando creemos que a una persona es imposible ayudarla o que no tiene remedio, la aprisionamos con leyes que nosotros hemos inventado. Imaginamos un grado de dificultad en los milagros y se lo imponemos a aquellos que nos rodean. “No hay grados de dificultad en los milagros” es el primer principio de los milagros (T.1.I.1:1).

Lo que cambia no puede alterarlo a él (quienquiera que sea) en absoluto. (1:4)

Sigue siendo el perfecto Hijo de Dios, tal como Dios le creó. No ha sido estropeado o marcado por nada de este mundo porque todo lo de este mundo cambia. El Hijo de Dios no ha cambiado por nada que le haya sucedido a su cuerpo, que cambia. Una pluma no puede rayar un diamante, ni siquiera un montón de plumas, ni siquiera una pluma de avestruz. Se nos pide recordar esto acerca de nuestros hermanos, ellos no han cambiado por lo que parecen ser sus pecados o errores. Tampoco son “esclavos de ninguna de las leyes del tiempo” (1:5); esto anula nuestra continua creencia de que una curación puede llevar mucho tiempo, por ejemplo. Sólo los gobierna una ley: la ley del Amor (1:6).

Nuestros hermanos no están encadenados por nada excepto por sus propias creencias (2:2). Y lo que son “está mucho más allá de su fe en la esclavitud o en la libertad” (2:3). Su apariencia limitada es algo muy débil, que apenas tapa la sólida realidad de santidad y amor que hay debajo. No pueden estar encadenados “a menos que la verdad de Dios pueda mentir y Dios pueda disponer engañarse a Sí Mismo” (2:5). ¿Qué clase de Dios sería ése?

¿Y si hoy mirase a todos a mi alrededor desde este punto de vista? ¿Qué milagros sucederían? ¿Qué cadenas se soltarían? ¿Qué persona ciega podría ver de nuevo? ¿Qué antigua herida del corazón podría sanar? Ésa es exactamente nuestra función aquí como obradores de milagros.



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