jueves, 31 de octubre de 2013

Leccion 304, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 304

Que mi mundo no nuble la visión de Cristo.

1. Sólo puedo nublar mi santa vista si permito que mi mundo se entrometa en ella. 2no puedo contemplar los santos panoramas que Cristo contempla a menos que utilice Su visión. 3La percep­ción es un espejo, no un hecho. 4lo que contemplo es mi propio estado de ánimo reflejado afuera. 5Quiero bendecir el mundo con­templándolo a través de los ojos de Cristo. 6veré las señales inequívocas de que todos mis pecados me han sido perdonados.
2. Tú me conduces de las tinieblas a la luz y del pecado a la santidad. 2Déjame perdonar y así recibir la salvación del mundo. 3Ése es Tu regalo, Padre mío, que se me concede para que yo se lo ofrezca a Tu santo Hijo, de manera que él pueda hallar Tu recuerdo, y el de Tu Hijo tal como Tú lo creaste

Comentario

Por supuesto, “mi mundo” es el mundo que inventé para apoyar a mi ego, el mundo imaginario del ataque y de la separación. La visión de Cristo es una facultad que todos nosotros tenemos, parte de nuestro Ser creado. La visión de Cristo nos muestra la realidad y la unidad, no el caos dividido que vemos habitualmente con nuestros ojos. Esta visión está siempre disponible para nosotros, pero el mundo que inventamos “puede nublar nuestra santa vista” (1:1). Por eso el pensamiento de hoy es una oración, o una decisión, de no dejar que eso ocurra, de no dejar que lo que nuestros ojos nos muestran nos impida ver lo que la visión de Cristo puede mostrarnos en todo momento y en cualquier momento, es decir, el mundo real.

La percep­ción es un espejo, no un hecho. Y lo que contemplo es mi propio estado de ánimo reflejado afuera. (1:3-4)

El mismo pensamiento se repite en todo el Curso:

La percepción puede dar forma a cualquier imagen que la mente desee ver. Ten presente esto. (M.19.5:2-3)

El mundo que ves se compone de aquello con lo que tú lo dotaste… Es el testimonio de tu estado mental, la imagen externa de una condición interna. (T.21.In.1:2,5)

Entonces, el mundo nos muestra nuestra propia mente. Únicamente nuestras propias proyecciones nublan la visión de Cristo. Cristo es la única realidad, la creación de Dios, y sin las proyecciones que hemos puesto encima esta realidad es todo lo que veríamos. Pero no podemos usar la percepción para verlo, en su lugar tenemos que usar la visión de Cristo, una facultad o sentido completamente diferente (1:2). Necesitamos dejar  que la vista del mundo desaparezca de nuestra mente, por eso cerrar los ojos puede ser útil al principio, cuando lo que nuestros ojos nos muestran parece tan sólido y real.

Lo que vemos está condicionado por lo que queremos ver. Por lo tanto, se nos dan estas palabras para que las digamos: “Quiero bendecir el mundo con­templándolo a través de los ojos de Cristo” (1:5). Nuestra percepción puede convertirse en la verdadera percepción, que ve el mundo como un reflejo de la verdad, si es la verdad lo que queremos ver, en lugar de ser un espejo de nuestras proyecciones. “Cuando lo único que desees sea amor no verás nada más” (T.12.VII.8:1).

Hoy quiero sintonizarme con mi deseo natural, que Dios me ha dado, de bendecir al mundo. Quiero sacar ese deseo de bendecir, que siempre está en mí, y usarlo para cambiar mi percepción del mundo que me rodea. Quiero ver el mundo como un espejo que refleja el hecho de que todos mis pecados me han sido perdonados” (1:6). “Déjame perdonar y así recibir la salvación del mundo” (2:2). Éste es un regalo que Dios me da y que puedo ofrecer a Su santo Hijo, de quien forma parte toda persona con la que me encuentro o en quien pienso hoy. Al perdonar a aquellos a mi alrededor, que es mi misión hoy, recibirán la ayuda para encontrar una vez más el recuerdo de Dios y del Cristo como su propio Ser (2:3).

miércoles, 30 de octubre de 2013

Sanar es... de Gabriel Molnar Brauswetter


Leccion 303, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 303

Hoy nace en mí el Cristo santo.

1. Velad conmigo, ángeles, velad conmigo hoy. 2Que todos los santos Pensamientos de Dios me rodeen y permanezcan muy que­dos a mi lado mientras nace el Hijo del Cielo. 3Que se acallen todos los sonidos terrenales y que todos los panoramas que estoy acostumbrado a ver desaparezcan. 4Que a Cristo se le dé la bien­venida allí donde Él está en Su hogar, 5que no oiga otra cosa que los sonidos que entiende y vea únicamente los panoramas que reflejan el Amor de Su Padre. 6Que Cristo deje de ser un extraño aquí, pues hoy Él renace en mí.
2. Le doy la bienvenida a tu Hijo, Padre. 2Él ha venido a salvarme del malvado ser que fabriqué. 3Tu Hijo es el Ser que Tú me has dado. 4Él es lo que yo soy en verdad. 5Él es el Hijo que Tú amas por sobre todas las cosas. 6Él es mi Ser tal como Tú me creaste. 7No es Cristo quien puede ser crucificado. 8salvo en Tus Brazos, déjame recibir a Tu Hijo.

Comentario

De esto es de lo que trata todo: el nacimiento de Cristo en mí. Cuando me aquieto esta mañana, el Hijo del Cielo nace en mí. El malvado ser que inventé desaparece y nace Cristo. Lo que he creído ser no es verdad, Cristo “es lo que yo soy en verdad” (2:4). “Él es mi Ser tal como Tú me creaste” (2:6). Que sienta la maravilla de Él. Que sienta el roce de las alas angélicas observando con alegría mientras me hago consciente de lo que está sucediendo en mí.

¿Por qué nos parece tan difícil conectar con la verdad de todo esto? Mientras intentas sentir la realidad del Ser de Cristo, date cuenta de los pensamientos que surgen en contra de ello. Pensamientos de culpa y de no ser digno, pensamientos burlones, pensamientos de sentir que es una locura, pensamientos de inutilidad. El ego se compone de estos pensamientos, son pensamientos que forman el “malvado ser” (2:2) que te has inventado para ti mismo. No significan nada. Deja que se vayan arrastrados por el viento, y permite que la consciencia de tu verdadera grandeza como creación de Dios ocupe su lugar. Este noble y maravilloso Ser que sientes a veces, y quizá estás sintiendo ahora, este Ser de Amor sin límite, esta bendición universal, ternura y amabilidad, esto eres tú.

“A salvo en Tus Brazos, déjame recibir a Tu Hijo” (2:8). Cuando nuestra mente acude a la luz dentro de nosotros y busca a Cristo, Él renace en nosotros (L.rV.In.7:3). Lo que hacemos en cada instante que permitimos que el Espíritu Santo ilumine nuestra mente es traer a Cristo a este mundo, dando a luz al santo Hijo de Dios entre nosotros. Somos como María, diciendo: “Hágase en mí Tu Voluntad”.

martes, 29 de octubre de 2013

¿Qué es el Segundo Advenimiento?

¿Qué es el Segundo Advenimiento(Parte 1)

L.pII.9.1:1-2

La postura del Curso acerca del Segundo Advenimiento es completamente diferente de la mayoría de las enseñanzas de las iglesias cristianas tradicionales. Habitualmente se refiere a una segunda aparición física de Jesús, volviendo (generalmente de una manera sobrenatural, “en nubes de gloria”) para ser el juez y el amo y señor del mundo. Esta sección del Libro de Ejercicios lo define de manera completamente diferente. (El Curso se caracteriza por definir de manera diferente y dar nuevo contenido a la mayoría de las ideas fundamentales del cristianismo). Aquí, el Segundo Advenimiento es:

1.      La corrección de los errores (1:1)

En lugar de ser un acontecimiento desastroso que vence al demonio en la batalla del Apocalipsis, el Segundo Advenimiento es una tierna corrección de nuestras creencias equivocadas acerca de la realidad del pecado y de la separación. La antigua creencia del Segundo Advenimiento consideraba al demonio como una fuerza real con una terrible energía propia, una voluntad opuesta a Dios, una voluntad contra la que había que luchar y vencer. El Curso, al considerar el Segundo Advenimiento como la corrección de los errores, no considera al mal como una fuerza real. La oscuridad no es una cosa, ni una sustancia, es únicamente la ausencia de luz. Así que, desde el punto de vista del Curso, el mal no es un opuesto a Dios, sino sólo un error, sólo la idea equivocada de que puede haber un opuesto a Dios. Entonces, el Segundo Advenimiento es simplemente la corrección de esa idea equivocada. No hay nada que vencer ni derrocar. El Segundo Advenimiento simplementereins­taura lo que nunca se perdió y re-establece lo que es eternamente verdad” (1:2).

2.      El restablecimiento de la cordura (1:2)

Todas las mentes que han albergado la idea demente de la separación de Dios, serán sanadas de sus errores. En el Curso, el Segundo Avenimiento es un acontecimiento compartido cuando se acabe el tiempo. Es el momento en el que a cada aspecto de la mente del Hijo de Dios que en su locura ha creído estar separado, se le restaura a su consciencia de unidad con todos los otros aspectos de la única mente. Este aspecto compartido se muestra en frases de esta sección más tarde: el momento en que “todas las mentes se ponen en manos de Cristo” (3:2), los Hijos de Dios reconocen que todos ellos son uno solo” (4:3). Mientras que cualquier parte de la mente única no haya sanado, no se manifiesta la plenitud de Cristo. La “restauración a la cordura” habla de toda la Filiación volviendo a la consciencia de su unidad.

Este aspecto de “Completo” del mensaje del Curso es la motivación para que cada uno de nosotros extendamos la sanación al mundo. Sin nuestros hermanos no podemos conocer completamente nuestra Identidad, pues todos ellos son parte de nuestra misma Identidad. La sanación de mi hermano es la mía. Nadie puede quedar fuera del Círculo de la Expiación. Nadie es excluido. 

Eres el Hijo de Dios, un solo Ser, con un solo Creador y un solo objetivo: brindar a todas las mentes la conciencia de esta unidad, de manera que la verdadera creación pueda extender la Totali­dad y Unidad de Dios. (L.95.12:2). 

L.pII.9.1:3

Es la invitación que se le hace a la Palabra de Dios para que ocupe el lugar de las ilusiones: la señal de que estás dis­puesto a dejar que el perdón descanse sobre todas las cosas sin excepción y sin reservas. (1:3)

Continuación de la parte 1 de la lista de descripciones del Segundo Advenimiento:

  1. La invitación que se le hace a la Palabra de Dios para que ocupe el lugar de las ilusiones

Ésta es la visión del Curso acerca del final del mundo y del tiempo. El mundo real viene antes que el Segundo Advenimiento. Nuestra percepción se purifica individual y colectivamente, para que veamos un reflejo del Cielo. Cuando todas las mentes estén de acuerdo con esta percepción, ése es el Segundo Advenimiento. Ésta “es parte de la condición que reins­taura lo que nunca se perdió” (1:2). La purificación de nuestra percepción y la unión de nuestras mentes en esa percepción, “es la invitación que se le hace a la Palabra de Dios para que ocupe el lugar de las ilusiones” (1:3). Nuestras percepciones equivocadas han sido corregidas, nuestras mentes se han unido en la cordura. Ahora está abierto el camino para que Dios dé Su último paso.

4. Estar dis­puesto al perdón total

¿En qué consiste la percepción de unidad? En estar “dis­puesto a dejar que el perdón descanse sobre todas las cosas sin excepción y sin reservas” (1:3). En otras palabras, estar dispuesto a no ver pecado, sino la perfecta creación de Dios por todas partes. Fíjate en que estas cuatro definiciones se refieren al deshacimiento de los errores que nuestra mente ha inventado, no al cambio externo. Si la mente ha sanado, por supuesto que cambiará el mundo, ya que sólo es el reflejo de nuestro estado mental.

El perdón del que aquí se habla es el estado final de la mente en el que hemos perdonado:

  •  todas las cosas: cada persona, cada situación, Dios, nosotros mismos
  • sin excepción: nada ni nadie queda excluido
  • y sin reservas: de todo corazón, llenos de alegría, gozosamente


El Segundo Advenimiento es el acontecimiento en el tiempo en el que el perdón es total. No queda condena ni juicio en ninguna mente.

L.pII.9.2:1-2

Continuamos con el punto 4 de la lista: “Estás dis­puesto a dejar que el perdón descanse sobre todas las cosas sin excepción y sin reservas”

El Segundo Advenimiento de Cristo es “totalmente inclusivo” (2:1). Todas las mentes sanan juntas. Esto “es lo que le permite envolver al mundo y mantenerte a salvo en su dulce llegada, la cual abarca a toda cosa viviente junto contigo” (2:1). Si algo o alguien estuviera excluido del perdón, ¿cómo podría haber perfecta paz? Todavía existiría el conflicto. Porque el Segundo Advenimiento “abarca a toda cosa viviente” (2:1). Estamos todos juntos a salvo. El perdón es total y universal, de todas las cosas a todas las cosas.

La liberación a la que el Segundo Advenimiento da lugar no tiene fin, pues la creación de Dios es ilimitada” (2:2). No tiene fin, no deja fuera a nada. Toda atadura, toda sensación de esclavitud, toda limitación desaparecen. Éste es el final que mantenemos en nuestra mente mientras hacemos nuestra pequeña parte, perdonando a todos los que nos han sido enviados en nuestras relaciones cada día. Llegará el día en que mi mente y la tuya ya no albergarán ni un solo resentimiento contra nadie o contra nada, y en el que nadie ni nada albergue ningún resentimiento contra nosotros. Toda culpa y toda ira habrán desaparecido. “Dios Mismo enjugará todas las lágrimas” (L.301). Donde antes veíamos oscuridad, vemos la luz (L.302). ¡Qué dicha más pura y auténtica traerá ese día! Entonces la Voluntad de Dios para nosotros, nuestra perfecta felicidad, se hará realidad en nosotros y la conoceremos, y nuestros corazones se desbordarán de eterna gratitud y acción de gracias, mientras unimos nuestra voz una vez más a la canción de Amor olvidada, que llena todo el universo.

L.pII.9.2:3-4

Continuación de la Parte 2 de la lista de descripciones acerca del Segundo Advenimiento.

5.  El reconocimiento de la Perfecta Unidad

El Segundo Advenimiento es el reconocimiento de nuestra perfecta unidad:

La luz del perdón ilumina el camino del Segundo Advenimiento porque refulge sobre todas las cosas a la vez y cual una sola. Y así, por fin, se reconoce la unidad. (2:3-4)
Con el perdón perfecto, todas las barreras, todas las aparentes razones para la separación, desaparecen y nuestra unidad “por fin, se reconoce”.

Cada falta de perdón es una razón para la separación, una justificación para mantenernos aparte. Y a la inversa, cada razón para mantenernos aparte es una falta de perdón, un juicio contra otro. Para preparar el camino al Segundo Advenimiento de Cristo, que es el reconocimiento de nuestra unidad, antes el perdón tiene que ser completo. Muchos de nosotros recordamos la canción del musical Godspell: “Preparad el camino al Señor”, o lo recordamos de la Biblia como el mensaje de Juan el Bautista antes del comienzo del ministerio de Jesús. Bueno, el perdón es el modo de preparar el camino al Señor, respecto al Segundo Advenimiento. El perdón es “la luz que ilumina el camino al Segundo Advenimiento”. Elimina los obstáculos a nuestra consciencia de la unidad. 

L.pII.9.3:1

El Segundo Advenimiento marca el fin de las enseñanzas del Espíritu Santo, allanando así el camino para el Juicio Final, en el que el aprendizaje termina con un último resumen que se exten­derá más allá de sí mismo hasta llegar a Dios. (3:1)

Entonces, la secuencia que el Curso ve como el final del mundo empieza con nuestra mente individual pasando por el proceso de la corrección de la percepción, o perdón, hasta que el perdón abarque a todo el mundo. Más o menos, cada uno de nosotros llega a ver el mundo real, hasta que todas las mentes hayan sido restauradas a la cordura, que es el Segundo Advenimiento. Esto devuelve la condición en la que la realidad puede ser reconocida de nuevo. Ya no hay más lecciones. El Segundo Advenimiento prepara el camino para el Juicio Final (que es el tema de la siguiente sección “¿Qué es?”, que empieza con la Lección 311).

El Texto ya ha tratado el Juicio Final con cierta extensión (T.2.VIII y T.3.VI), trataremos de ellos en la siguiente sección “¿Qué es?”. Sin embargo, esta frase da unos avances interesantes. El Juicio Final se llama “un último resumen” que es la cumbre de todo el aprendizaje. Para el Curso, el Juicio Final es algo que hace la Filiación, no Dios. Quizá la mejor descripción de él es un fragmento en el que ni siquiera aparecen las palabras “Juicio Final”. Está en la Sección “El Mundo Perdonado” (T.17.II), que habla de cómo aparecerá el mundo real ante nosotros, y luego habla de la última valoración del mundo que emprenderá la Filiación unida, guiada por el Espíritu Santo.

El mundo real se alcanza simplemente mediante el completo perdón del viejo mundo, aquel que contemplas sin perdonar. El Gran Transformador de la percepción emprenderá contigo un examen minucioso de la mente que dio lugar a ese mundo, y te revelará las aparentes razones por las que lo construiste. A la luz de la auténtica razón que le caracteriza te darás cuenta, a medida que lo sigas, de que ese mundo está totalmente desprovisto de razón. Cada punto que Su razón toque florecerá con belleza, y lo que parecía feo en la oscuridad de tu falta de razón, se verá transformado de repente en algo hermoso. (T.17.II.5:1-4)

Éste es el momento en que, por fin, la constante pregunta que todos nos hacemos (¿Por qué inventamos el mundo?) será contestada y veremos que “aquí no hay ninguna razón”. Bajo Su tierna dirección, buscaremos “las aparentes razones para inventarlo”. Por fin estaremos listos para mirar a ese “terrible” instante del pensamiento original de la separación. Lo que nos parecía irremediablemente feo desde nuestro miedo, crecerá lleno de vida y de belleza, y se nos restaurará y devolverá a nuestra consciencia la hermosura de nuestra mente unida. La culpa primaria se deshará finalmente, y una vez más conoceremos de nuevo nuestra inocencia.

El Juicio Final, que sigue al Segundo Advenimiento, será una última y gran lección resumen de perdón. Esta lección “se extenderá más allá de sí misma” pues eliminará finalmente y para siempre el último obstáculo de la culpa, nuestra culpa colectiva por haber intentado usurpar el trono de Dios. Se extenderá “hasta Dios”, pues devolverá completamente el recuerdo de Dios a nuestra mente unida. El camino estará completamente libre y despejado para que Dios se extienda hasta nosotros y nos recoja en Sus amorosos brazos, en el hogar por fin.

 L.pII.9.3:2

En el Segundo Advenimiento todas las mentes se ponen en manos de Cristo, para serle restituidas al espíritu en el nombre de la verdadera creación y de la Voluntad de Dios. (3:2)

Continuación de la Parte 4 de la lista de descripciones del Segundo Advenimiento:

  1.  El Segundo Advenimiento es entregarle todas las mentes a Cristo (3:2)

El Segundo Advenimiento es un acontecimiento global, en el que participan todas las mentes. Una a una, cada vez más, las mentes entran en el reino de la verdadera percepción y ven el mundo real, mostrado por el perdón. Cada mente que ha sido nuevamente restaurada atrae a todos los que están a su alrededor para que se unan en el Círculo de la Expiación hasta que el último fragmento de mente se haya unido al Todo (o más correctamente, cada fragmento reconozca su lugar como parte del Todo). La salvación reinstaura en tu conciencia la integridad de todos los fragmentos que percibes como desprendidos y separados” (M.19.4:2). El Segundo Advenimiento es la culminación de este proceso.

L.pII.9. 4:1-2

El Segundo Advenimiento es el único acontecimiento en el tiempo que el tiempo mismo no puede afectar” (4:1). Esto es verdad porque el Segundo Advenimiento es sólo el recuerdo de lo que es eterno y no puede cambiar nunca. Es un acontecimiento en el tiempo, es decir, tiene lugar dentro del tiempo, aunque pone fin al tiempo. El Segundo Advenimiento afecta al tiempo, pero el tiempo no puede afectarlo a él.

Pues a todos los que vinieron a morir aquí o aún han de venir, o a aquellos que están aquí ahora, se les libera igualmente de lo que hicieron” (4:2). Cuando decimos que “en el Segundo Advenimiento todas las mentes se ponen en manos de Cristo”, “todas” incluye no sólo a las personas que están vivas ahora, sino todos aquellos que vivieron antes y aquellos todavía por venir. Por lo tanto, aunque el Segundo Advenimiento ocurre dentro del tiempo, va más allá del tiempo. Se extiende al pasado para liberar a los que vivieron antes, así como a aquellos “vivos” en cuerpos. Es un acontecimiento que va más allá del tiempo. No queda nadie fuera. El Texto dice que los milagros “Cancelan el pasado en el presente, y así, liberan el futuro” (T.1.I.13:3). La idea de que podemos “cancelar” el pasado es sorprendente, tranquilizadora. Se nos dice que el Espíritu Santo, si se lo permitimos anulará todas las consecuencias de nuestras decisiones equivocadas” (T.5.VII.6:10). El Segundo Advenimiento es la expresión última de esa liberación, en la que a cada uno, incluso a aquellos del pasado, “se les libera igualmente de lo que hicieron”, es decir, se les libera de las ilusiones que inventaron.

No sé cómo sucederá esto. Cuando el Curso dice que el Espíritu Santo no está limitado por el tiempo (T.15.I.2:3-5), no puedo decir que entiendo cómo puede extenderse hacia atrás en el tiempo y sanar cosas que ya han sucedido desde nuestra perspectiva. Sin embargo, el Curso deja muy claro que Él puede hacerlo. En el Segundo Advenimiento, cada percepción falsa desde el comienzo hasta el final del tiempo será sanada. No quedará ni condena, ni culpa en ninguna mente, ni en ningún lugar, ni momento.

  
L.pII.9. 4:3-4

A todo el mundo del pasado, del presente y del futuro “se les libera igualmente de lo que hicieron” (4:2). El Segundo Advenimiento esestar dis­puesto a dejar que el perdón descanse sobre todas las cosas sin excepción y sin reservas” (1:3). Las palabras “En esta igualdad…” se refieren a la igualdad del perdón, esa igualdad de la liberación de la culpa y de la condena.

En esta igualdad se reinstaura a Cristo como una sola Identidad, en la Cual los Hijos de Dios reconocen que todos ellos son uno solo” (4:3). Podemos decir que queremos la unidad, pero ¿queremos los medios para la unidad? Hay una sección del Texto que habla del hecho de que fingimos que queremos un objetivo determinado, pero rechazamos los medios para alcanzar ese objetivo. Dice que si dudamos acerca de los medios, eso demuestra realmente que tenemos miedo del objetivo. Podemos decir que queremos la unidad y, sin embargo, dudamos a la hora de ofrecer el perdón completo, podemos quejarnos de que el perdón total es muy difícil, que es pedir demasiado. Según este fragmento, el verdadero problema es que tenemos miedo de la unidad que el perdón traería:

Para alcanzar el objetivo, el Espíritu Santo pide en verdad muy poco. Y pide igualmente poco para proporcionar los medios. Los medios son secundarios con respecto al objetivo. Cuando dudas, es porque el propósito te atemoriza, no los medios. Recuerda esto, pues, de lo contrario, cometerás el error de creer que los medios son difíciles. (T.20.VII.3:1-5)

¿Estoy dispuesto a reconocer que soy uno con “esa persona” de mi vida? Si tengo un problema de perdón no es porque el perdón es demasiado difícil, es porque no quiero la unidad que traería.

Pregunta únicamente: "¿Deseo realmente verlo como alguien incapaz de pecar?" Y al preguntar esto, no te olvides de que en el hecho de que él es incapaz de pecar radica tu liberación del miedo. (T.20.VII.9:2-3)

Cada vez que alcanzo ese deseo, el Segundo Advenimiento se acerca más.

Y Dios el Padre le sonríe a Su Hijo, Su única creación y Su única dicha” (4:4). Cuando deseamos vernos unos a otros como inocentes, y reconocer nuestra unidad, Dios el Padre una vez más mira a Su Hijo y sonríe. Somos Su única creación y Su única dicha, y sólo cuando abandonamos los obstáculos del “pecado” y de la “culpa”, y nos perdonamos unos a otros, es cuando se ve la unidad, y la alegría del Padre se expresa en nosotros y a través de nosotros.

L.pII.9.5:1-4

¿Qué tenemos que hacer acerca del Segundo Advenimiento?

  1. Ruega por él (5:1)

Ruega que tenga lugar pronto. Deséalo, anhélalo, estate serenamente impaciente por su llegada.

  1. Entregarnos a él completamente

Pues necesita tus ojos, tus oídos, tus manos y tus pies. Necesita tu voz. Pero sobre todo, necesita tu buena voluntad. (5:2-4)

Nosotros somos los medios por los que vendrá el Segundo Advenimiento. Ofrezcamos nuestros ojos para ver amor por todas partes, y no para encontrar defectos y culpa. Ofrezcamos nuestros oídos para oír sólo la Voz que habla por Dios y responder a cada petición de amor a nuestro alrededor. Ofrezcamos nuestras manos para tomar las manos de aquellos que están a nuestro lado y llevarlos al hogar. Ofrezcamos nuestros pies para acudir a aquellos que están necesitados, y darles nuestra voz para que hable las palabras de sanación, de perdón y de liberación.  Y sobre todo, ofrezcamos nuestra buena voluntad para unirnos en la gran cruzada de corregir el loco error del pecado y la culpa dondequiera que la encontremos.

En otras palabras, somos nosotros los que Le traeremos de vuelta. En realidad, nunca se fue, el regreso es un regreso a nuestra consciencia, el regreso del recuerdo de nuestra Identidad. El trabajo que hago conmigo mismo es el modo más poderoso de invitar al Segundo Advenimiento. El modo en que afirmo la identidad de mis hermanos conmigo y con Cristo, a través del perdón, a través de la verdadera percepción, así es como llega el Segundo Advenimiento.

Cada uno de nosotros tiene una parte importantísima en esto. “Mi papel en el plan de salvación de Dios es esencial” (L.100). El pequeño cambio que se produce en tu mente cuando practicas el Curso cada día, el aparentemente insignificante cambio mental que te permite perdonar a la persona que te corta el tráfico o al amigo o pariente que actúa de manera no amorosa, cada pequeño acto de bondad, cada vez que eliges ver una petición de amor en lugar de un ataque, contribuye al despertar de esta Gran Mente, el Único Ser que somos. No eres tú solo el que está despertando, es el Cristo. Él está regresando de nuevo. Él está regresando de nuevo en ti. 

Y a medida que te dejas curar, te das cuenta de que junto con­tigo se curan todos los que te rodean, los que te vienen a la mente, aquellos que están en contacto contigo y los que parecen no estarlo. Tal vez no los reconozcas a todos, ni comprendas cuán grande es la ofrenda que le haces al mundo cuando permi­tes que la curación venga a ti. Mas nunca te curas solo. Legiones y legiones de hermanos recibirán el regalo que tú recibes cuando te curas. (L.137.10:1-4)

El Espíritu Santo se regocijará de tomar cinco minutos de cada hora de tu tiempo para llevarlos alrededor de este mundo afli­gido donde el dolor y la congoja parecen reinar. No pasará por alto ni una sola mente receptiva que esté dispuesta a aceptar los dones de curación que esos minutos brindan, y los concederá allí donde Él sabe que han de ser bien recibidos. Y su poder sanador aumentará cada vez que alguien los acepte como sus propios pensamientos y los use para curar.

De esta manera, cada ofrenda que se le haga se multiplicará miles de veces y decenas de miles más. Y cuando te sea devuelta, sobrepasará en poderío la pequeña ofrenda que hiciste, en forma parecida a como el resplandor del sol es infinitamente más potente que el pequeño destello que emite la luciérnaga en un fugaz instante antes de apagarse. El constante fulgor de esta luz permanecerá y te guiará más allá de las tinieblas; y jamás podrás olvidar el camino otra vez. (L.97.5-6)

Eso es lo que está sucediendo hoy. A lo largo de los siglos, sólo unos pocos han recordado. Su luz ha brillado y, aparentemente, en muchos casos se ha apagado. Pero en realidad, nunca se ha apagado. Cada destello de luz ha iluminado cada mente del mundo, la ha cambiado y acercado un poco más a la Verdad, hasta hoy, en nuestra vida podemos ver los comienzos de un “resplandor constante”, una luz que es demasiado brillante como para quedarnos en la oscuridad de nuevo. Estamos viendo el efecto bola de nieve de la iluminación. La bola de nieve se ha hecho demasiado grande para ignorarla. Victor Hugo dijo: “Nada es tan poderoso como una idea a la que le ha llegado su hora”, y la hora de esta idea ya ha llegado. Está aquí, y nosotros somos parte de ella.

L.pII.9.5:5-6

La tercera cosa que podemos hacer teniendo en cuenta lo que es el Segundo Advenimiento, es convertirnos nosotros mismos en parte de la Expiación, ya que la hemos recibido.

Regocijémonos de que podamos hacer la Vo­luntad de Dios y unirnos en Su santa luz. ¡Pues mirad!, el Hijo de Dios es uno solo en nosotros, y podemos alcanzar el Amor de nuestro Padre a través de él. (5:5-6)

La Voluntad de Dios es Amor. La Voluntad de Dios para nosotros es perfecta felicidad. La Voluntad de Dios es la extensión sin fin del resplandor de Su Ser. Podemos hacer eso porque nos creó para ser eso. Podemos llegar al Amor de nuestro Padre a través de Su Hijo. Es elección nuestra unirnos a esa unidad del Hijo que es el cumplimiento de la Voluntad de Dios. Aquí, en nuestras relaciones dentro del tiempo, estamos empezando el proceso que culmina en el Segundo Advenimiento, la restauración de la única Identidad de Cristo. Cuando nos unimos en un propósito común, el de perdonar y ser perdonados, el de amar y ser amados, acortamos el tiempo para que la Filiación sea completamente una en manifestación. Cuando entregamos nuestras relaciones al Espíritu Santo para que Él las use para Su único propósito de convertirlas en relaciones santas por medio del perdón, nos estamos uniendo en el cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Es a través de nuestra unión que llegamos al Amor de Dios. Es a través de nuestra unión que encontramos a Dios. “La realidad de tu relación con Él radica en la relación que tenemos unos con otros” (T.17.IV.16:7).

Leccion 302, Un Curso de Milagros




LECCIÓN 302

Donde antes había tinieblas ahora contemplo la luz.

1. Padre, por fin estamos abriendo los ojos. 2Tu santo mundo nos espera, pues por fin hemos recobrado la visión y podemos ver. 3Pensábamos que estábamos sufriendo. 4Pero era que nos habíamos olvidado del Hijo que Tú creaste. 5Ahora vemos que las tinieblas son el producto de nuestra propia imaginación y que la luz está ahí para que la contemplemos. 6La visión de Cristo transforma las tinieblas en luz, pues el miedo no puede sino desaparecer ante la llegada del amor. 7Déjame perdonar hoy Tu santo mundo, para poder contemplar su santidad y entender que no es sino el reflejo de la mía.
2. Nuestro Amor nos espera conforme nos dirigimos a Él y, al mismo tiempo, marcha a nuestro lado mostrándonos el camino. 2No puede fracasar en nada. 3Él es el fin que perseguimos, así como los medios por los que llegamos a Él.

Comentario

Ésta es la transformación que nos trae el cambio en la percepción. Donde veíamos oscuridad, ahora vemos la luz. Lo que parecía un ataque, ahora se convierte en una petición de amor. La demencia de un hermano se convierte en una oportunidad de bendecir. Las piedras en las que antes tropezábamos, se convierten en peldaños en el camino. Todas las cosas se convierten en lecciones que Dios quiere que aprendamos. La luz siempre está ahí, pero veíamos la oscuridad.   “Ahora vemos que las tinieblas son el producto de nuestra propia imaginación y que la luz está ahí para que la contemplemos” (1:5).

Quizá hoy vea una cosa que parezca oscuridad, y recuerde decir: “Donde veo oscuridad, elijo ver la luz”. Quizá recuerde buscar amor en lugar de condena y juicio. Quizá vea una cosa que parece una maldición y aprenda a considerarla como una bendición. Que empiece con pequeños aumentos en lecciones que me acerquen al hogar. Puede estar más allá de mí ahora el mirar a desastres globales y ver la luz en ellos, pero puedo empezar con cosas más cercanas: mis planes que se van al traste, el amigo entrometido, la esposa que se aparta. “Déjame perdonar hoy Tu santo mundo, para poder contemplar su santidad y entender que no es sino el reflejo de la mía” (1:7).

No estamos solos mientras recorremos el camino.

Nuestro Amor nos espera conforme nos dirigimos a Él y, al mismo tiempo, marcha a nuestro lado mostrándonos el camino. No puede fracasar en nada. Él es el fin que perseguimos, así como los medios por los que llegamos a Él. (2:1-3)

Para mí, “Nuestro Amor” significa el Cristo. Para mí, y quizá para algunos de vosotros, Él está representado por Jesús. Quizá piensas en Él como tu Ser más elevado. Él es al mismo tiempo los medios así como la meta de nuestro viaje. Él espera al final, llamándonos hacia Él, y al mismo tiempo Él recorre el camino con nosotros, enseñándonos, guiándonos, y dándonos poder mientras viajamos. Agradezcámosle hoy Su ayuda, y mantengámonos conscientes de ella a lo largo del día.

lunes, 28 de octubre de 2013

Leccion 301, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 301

Y Dios Mismo enjugará todas las lágrimas.

1. Padre, a menos que juzgue no puedo sollozar. 2Tampoco puedo experi­mentar dolor o sentirme abandonado o creer que no se me necesita en este mundo. 3Éste es mi hogar porque no lo juzgo, y, por lo tanto, es únicamente lo que Tú quieres que sea. 4Hoy lo quiero contemplar sin condenarlo, a través de ojos felices que el perdón haya liberado de toda distorsión. 5Hoy quiero ver Tu mundo en lugar del mío. 6me olvidaré de todas las lágrimas que he derramado, pues su fuente ha desaparecido. 7Padre, hoy no juzgaré Tu mundo.              `
2. El mundo de Dios es un mundo feliz. 2Los que lo contemplan pueden tan sólo sumar a él su propia dicha y bendecirlo por ser causa de una mayor dicha para ellos. 3Llorábamos porque no entendíamos. 4Pero hemos aprendido que el mundo que veíamos era falso, y hoy vamos contemplar el de Dios.

Comentario

El título de esta lección es una cita del Libro de las Revelaciones de la Biblia, versos 7:17 y 21:4. Todos hemos derramado lágrimas en nuestra vida, algunos más que otros. Años atrás, cuando creía en el infierno, solía preguntarme cómo podría Dios enjugar mis lágrimas cuando personas que yo conocía y amaba estaban en el tormento eterno. Solía preguntarme cómo podía Dios ser feliz si la mayoría de Sus criaturas habían sido agarradas por el demonio. Supongo que hacerme esas preguntas es por lo que ya no creo más en esas cosas.

Pero ¿cómo puede Dios enjugar todas las lágrimas? Cuando miramos a nuestro alrededor con nuestra percepción “normal” (deformada por el ego), parece imposible no derramar algunas lágrimas, por lo menos, por el sufrimiento y la injusticia de la vida y la muerte. La respuesta del Curso es que ya no veremos con esa percepción, veremos con una nueva clase de visión.
  
“A menos que juzgue no puedo sollozar” (1:1). ¿Cómo enjugará nuestras lágrimas? Eliminando todo juicio de nuestra mente.

Miramos al mundo y lo juzgamos. Lo juzgamos injusto y enemigo nuestro. Juzgamos que unos son los que atacan y otros las víctimas. La mayoría de nosotros consideramos todo eso real. Si el pecado y el sufrimiento son reales en el análisis final, entonces las lágrimas son inevitables. “Pero hemos aprendido que el mundo que veíamos era falso” (2:4). No real, sino falso. Es una ilusión que hemos proyectado, únicamente existe en mi mente. No puedo culparlo por mi sufrimiento porque el único que me he atacado soy yo. El único que ha sido injusto soy yo. Estoy viendo en el mundo un reflejo de lo que creo que he hecho en relación con Dios y con mis hermanos, y nada más que eso. Cuando aprenda a perdonar al mundo y a aceptar la Expiación para mí mismo, ya no veré el mundo de esa manera.

Me parece que Jesús nos habla desde una posición elevada y me está incluyendo a mí en esa posición. No creo que ya he aprendido la irrealidad del mundo todavía, el mundo todavía me parece bastante real, y todavía lloro. El Curso me asegura que una parte de nuestra mente (la única parte que de verdad es real) ya está despierta, y ya sabe que el mundo que vemos es falso. Jesús representa esa parte de nuestra mente que está despierta.

Sin embargo, basado en las afirmaciones del Curso sé que: veré el mundo de esta manera. Llegará el día en que: 

No puedo sollozar. Tampoco puedo experi­mentar dolor o sentirme abandonado o creer que no se me necesita en este mundo. (1:1-2)

Puedo verlo así en cualquier momento que lo elija, en el instante santo, y estoy aprendiendo a permitir que mi percepción sea transformada de acuerdo con esa visión cada día más.

Si parece hipócrita repetir la oración de la lección de hoy, diciendo: “hemos aprendido que el mundo que veíamos era falso” (2:4), piensa de nuevo en esa opinión. Puedes decir: “Pero no lo creo, todavía no lo he aprendido, ¿cómo puedo decirlo?” ¡Por supuesto que no lo crees! Por eso es por lo que estás haciendo la lección. Si ya lo creyeras, no necesitarías la lección. Sólo durante un instante, deja a un lado tu incredulidad. Imagínate cómo sería saber que toda la fealdad del mundo no es real, que no es nada más que un mal sueño, un viaje feo y amargo, y que no ha sucedido nada realmente, que no se ha perdido nada, y que nadie ha sido herido. Sólo las imágenes proyectadas murieron, la realidad de la vida no ha sido cambiada por el sueño. Sumérgete por un instante en ese estado mental. Esos breves instantes serán suficientes para llevarte al hogar.

domingo, 27 de octubre de 2013

Leccion 300, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 300

Este mundo dura tan sólo un instante.

1. Este pensamiento se puede utilizar para expresar que la muerte y el pesar es lo que le espera a todo aquel que viene aquí, pues sus alegrías desaparecen antes de que las pueda disfrutar o incluso tener a su alcance. 2Mas es también la idea que no permite que ninguna percepción falsa nos mantenga en su yugo, ni represente más que una nube pasajera en un firmamento eternamente despe­jado. 3Y es esta calma, clara, obvia y segura, lo que buscamos hoy.
2. Hoy vamos en busca de TU mundo santo. 2Pues nosotros, Tus amoro­sos Hijos, perdimos el rumbo por un momento. 3Mas al haber escuchado Tu Voz hemos aprendido exactamente lo que tenemos que hacer para que se nos restituya el Cielo y nuestra verdadera Identidad. 4Y damos gra­cias hoy de que el mundo dure tan sólo un instante. 5Queremos ir más allá de ese ínfimo instante y llegar a la eternidad.

Comentario

Qué gran lección con la que terminar una serie de diez días en los que hemos estado pensando en la Sección “¿Qué es el mundo real?” Aquí el pensamiento es la otra cara del instante santo. Este mundo no es más que un instante no santo. Sólo existen dos instantes, y estamos en uno o en el otro todo el tiempo.

La idea de hoy podría tomarse de manera negativa, pensando en lo pasajero de la naturaleza de la vida,  “una breve vela” como la llamó Shakespeare, en la que “sus alegrías desaparecen antes de que las pueda disfrutar o incluso tener a su alcance” (1:1). Por otra parte, ¡lo corto de la existencia en este mundo puede ser un pensamiento muy esperanzador! “Mas es también la idea que no permite que ninguna percepción falsa nos mantenga en su yugo, ni represente más que una nube pasajera en un firmamento eternamente despe­jado” (1:2).

La alucinación que es este mundo no es más que una nube pasajera que está atravesando la serenidad de nuestra mente recta. Nuestras percepciones falsas no durarán más que un instante y luego habrán desaparecido. Como un niño en un viaje largo en coche, “pronto” nos puede parecer muy, muy largo, pero nuestro Padre sabe que el final es seguro. Las nubes de nuestra percepción falsa, desaparecerán, el sol saldrá de nuevo, habiendo estado oculto sólo por un instante. Nuestra mente reconocerá su propia serenidad una vez más.

Y es esta calma, clara, obvia y segura, lo que buscamos hoy”. (1:3)

Que busque hoy esa serenidad. Que la vea ahora, y en cada instante que hoy recuerde hacerlo. Que me abra a ese instante santo, y que recuerde que más allá de las nubes que parecen oscurecer mi mente, el sol sigue brillando sin interrupción. Que me sienta contento y agradecido de que “el mundo dure tan sólo un instante” (2:4). Que vaya “más allá de ese ínfimo instante y llegue a la eternidad” (2:5). Voy a hacerlo ahora. Que llegue a ese otro estado mental a menudo hoy.

sábado, 26 de octubre de 2013

Leccion 299, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 299

La santidad eterna mora en mí

1. Mi santidad está mucho más allá de mi propia capacidad de comprender o saber lo que es. 2No obstante, Dios, mi Padre, Quien la creó, reconoce que mi santidad es la Suya. 3Nuestra Voluntad conjunta comprende lo que es. 4Y nuestra Voluntad conjunta sabe que así es.
2. Padre, mi santidad no procede de mí. 2No es mía para dejar que el pecado la destruya. 3No es mía para dejar que sea el blanco del ataque. 4Las ilusiones pueden ocultarla, pero no pueden extinguir su fulgor ni atenuar su luz. 5Se yergue por siempre perfecta e intacta. 6En ella todas las cosas sanan, pues siguen siendo tal como Tú las creaste. 7Y puedo conocer mi santidad, 8pues fui creado por la. Santidad Misma, y puedo conocer mi Fuente porque Tu Voluntad es que se Te conozca.

Comentario

Éste es el tipo de lección que siempre me hace darme cuenta de mi mente dividida. Una parte está suspirando, llena de felicidad: “¡Ah! Qué maravilloso saber que la creación de Dios permanece intacta en mí” La otra parte está mirando a mi alrededor y por encima del hombro mientras dice: “¿Te refieres a mí?”

A veces, Padre, puedo aceptar la idea de que hay santidad en mí. Quiero aceptarlo más a menudo y más profundamente. Quiero saber que santidad es todo lo que yo soy. Puedo relacionarlo con la primera frase: “Mi santidad está mucho más allá de mi propia capacidad de comprender o saber lo que es” (1:1). Por lo menos la parte “mucho más allá de mi propia capacidad”. Pero hay una parte de mí que sabe que la santidad está aquí, quizá no conocida, quizá no entendida, pero todavía… aquí.

Cuando soy consciente de mi unión con Dios, cuando permito que esa comprensión entre en mi consciencia, entonces, junto con Él, sé que es así, que la santidad eterna mora en mí.

El Curso insiste en este punto, repitiéndolo con tanta frecuencia que tengo que darme cuenta de que hay una enorme resistencia a aceptarlo:

…  mi santidad no procede de mí. No es mía para dejar que el pecado la destruya. No es mía para dejar que sea el blanco del ataque. Las ilusiones pueden ocultarla, pero no pueden extinguir su fulgor ni atenuar su luz. (2:1-4)

Puedo cambiar mi comportamiento, puedo tener alucinaciones y creer que he cambiado mi naturaleza original, pero en realidad no puedo cambiar lo que soy, no puedo cambiar mi Ser creado por Dios. Mi ataque a mí mismo no ha tenido efectos y nunca los tendrá. Sigo siendo tal como Dios me creó: el santo Hijo de Dios Mismo. Todo lo que parece decir otra cosa es sólo una ilusión, una invención de mi mente, luchando desesperadamente por mantener su identificación con el ego. La culpa es esa invención. Nadie que es santo puede ser culpable, por lo tanto, si soy culpable, no puedo ser santo. Así es como la mente del ego intenta demostrarme su realidad.

Hoy afirmo que mi santidad no procede de mí (2:1). Yo no creé mi santidad ni puedo hacerlo, y mucho menos cambiarla. Dios quiere que la conozca y así será conocida. Dejo a un lado mi incredulidad. Dejo que el pensamiento se aloje en mi mente:

“La santidad eterna mora en mí”.

viernes, 25 de octubre de 2013

¿Qué es el mundo real?

¿Qué es el mundo real? (Parte 1)

L.pII.8.1:1-2

Cuando el Curso trata de las palabras “el mundo real”, es algo contradictorio. Hemos leído antes en el Libro de Ejercicios su afirmación: “¡El mundo no existe!” (L.132.6:2). Entonces, ¿cómo puede haber un mundo real? Incluso admite que hay contradicción en estas palabras (T.26.III.3:3). Y aquí se nos dice en la frase del comienzo del tema:El mundo real es un símbolo” (1:1). Un símbolo no es la cosa que representa, sólo representa algo más, la palabra “árbol” representa al objeto que llamamos con ese nombre. El mundo real es sólo un símbolo, como todo lo demás que la per­cepción ofrece” (1:1).

La palabra “árbol” no es el árbol. Del mismo modo, el mundo real no es la cosa que representa. Sólo la representa. “No obstante, es lo opuesto a lo que tú fabricaste” (1:2). Nosotros inventamos la separación, el mundo real simboliza la unión (pero no es la unión). Nosotros inventamos el miedo, el mundo real simboliza el Amor (pero no es el Amor). Nosotros inventamos el error, el mundo real simboliza la verdad (pero no es la verdad).

El mundo en sí mismo no es nada sino el símbolo de un pensamiento. Puede simbolizar el pensamiento de miedo o puede simbolizar el pensamiento de Amor. Según lo veamos puede consistir en “testigos del miedo” o “testigos del Amor” (L.pII.7.2:2). El mundo en sí mismo no es la realidad de nada, sólo representa algo que hay en la mente, como toda la percepción. Es “la imagen externa de una condición interna” (T.21.In.1:5). Lo que cambia en la transformación que hace el Espíritu Santo no es el mundo en sí mismo, sino la manera en que lo vemos, lo que simboliza para nosotros. Por eso el mensaje del Curso para nosotros es: “No trates, por lo tanto, de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de él” (T.21.In.1:7).


El mundo real que buscamos, y que es la meta del Curso para nosotros, no es un mundo cambiado sino una manera diferente de ver el mundo.

L.pII.8.1:3-4

El mundo es un símbolo, de miedo o de amor. “Ves tu mundo a través de los ojos del miedo, lo cual te trae a la mente los testigos del terror” (1:3). La voz que elegimos escuchar, dentro de nuestra mente, determina lo que vemos. Si elegimos escuchar al miedo, el mundo que vemos representa al miedo, y está lleno de “los testigos del terror”. El mundo entonces nos dice lo que nosotros le hemos dicho que nos diga.

Cuando escuchamos al miedo, vemos cosas en el mundo que justifican nuestro miedo. Vemos odio, ataque, egoísmo, ira, conflicto y asesinato. Todo esto son interpretaciones de lo que estamos viendo. En cada caso siempre hay otra interpretación posible. Podemos unir nuestra percepción a la del Espíritu Santo, y Él nos permitirá ver el mundo de manera diferente.

“El mundo real sólo lo pueden perci­bir los ojos que han sido bendecidos por el perdón, los cuales, consecuentemente, ven un mundo donde el terror es imposible y donde no se puede encontrar ningún testigo del miedo” (1:4). Cuando escuchamos al amor o al perdón, vemos cosas en el mundo que justifican nuestro amor. Nada de lo que vemos da testimonio del terror. Imagínate un mundo en el que “el terror es imposible”, donde nada de lo que ves te dice: “¡Ten Miedo!” Ése es el mundo real tal como lo define el Curso. Todo se ve a través de “ojos que han sido bendecidos por el perdón”. La interpretación de todo lo que vemos se vuelve completamente diferente del que estamos acostumbrados.

La mente determina qué mundo vemos. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos elegir lo que queremos ver, y lo veremos. El mundo al que miramos puede haber cambiado o no, pero la interpretación que hacemos de él habrá cambiado totalmente. Ya no veremos más ninguna de las formas de miedo que el ego ha inventado, en su lugar lo único que veremos será amor o petición de amor. Nada de lo que veamos exigirá condena o castigo. Todo lo que veamos pedirá únicamente amor.

L.pII.8.2:1-2

El mundo real te ofrece una contrapartida para cada pensa­miento de infelicidad que se ve reflejado en tu mundo, una corrección segura para las escenas de miedo y los clamores de batalla que pueblan tu mundo” (2:1). Si el mundo real contiene una corrección para cada pensamiento de infelicidad, entonces tiene que consistir en pensamientos felices. La diferencia está en los pensamientos sobre lo que se ve, y no en los objetos que se ven. En esta frase parece que el mundo real es como una colección de vídeos, cada uno con una interpretación diferente de alguna persona o acontecimiento de nuestra vida. Podemos elegir ver los vídeos del Espíritu Santo o los del ego. Las mismas escenas pero con un Director diferente, con un significado diferente para todo.

“El mundo real muestra un mundo que se contempla de otra manera: a través de ojos serenos y de una mente en paz” (2:2). La diferencia está en la paz de la mente que ve. Ésta es la primera de tres referencias al estado de la mente que ve. Las otras dos referencias son: “la mente que se ha perdonado a sí misma” (2:6) y “una mente que está en paz consigo misma” (3:4).

Todos suponemos que nuestras percepciones (interpretaciones) del mundo nos están contando algo real del mundo. La verdad es que nos están contando algo acerca de nuestro propio estado mental. Las imágenes de miedo y los sonidos de lucha que percibimos son únicamente reflejos del miedo y de la lucha dentro de nuestra propia mente. Cuando llevamos nuestra mente a la paz, el mundo toma una apariencia diferente porque nuestra mente está proyectando su propio estado mental sobre el mundo. Que busque la sanación de mi propia mente, y la sanación del mundo se encargará de sí misma.

  
L.pII.8.2:3-6

Cuando vemos el mundo real, “Allí sólo hay reposo” (2:3). No hay conflicto, no hay “lucha”. Pienso que cuando vea el mundo real, habrá muy poco o ninguna sensación de prisa. Hay una actitud hacia la espiritualidad que infunde lo que es casi un modo de pánico: “¡Tenemos que arreglar las cosas, tenemos que hacerlo bien, inmediatamente!”. Esto no es reposo. La visión del mundo real es una visión tranquila, que nos llena de la seguridad de que “Nada real puede ser amenazado” (T.In.2:2) y, por lo tanto, no hay necesidad de pánico.

“No se oyen gritos de dolor o de pesar, pues allí nada está excluido del perdón” (2:4). No creo que esto signifique que nos volvamos indiferentes al sufrimiento del mundo. En el Texto, el Curso nos dice: “El amor siempre responde, pues es incapaz de negar una petición de ayuda, o de no oír los gritos de dolor que se elevan hasta él desde todos los rincones de este extraño mundo que construiste, pero que realmente no deseas” (T.13.VII.4:3). Lo que pienso que esta línea significa es que los gritos de dolor y sufrimiento no se oyen como testigos del miedo, sino como peticiones de ayuda, como algo que necesita una respuesta de amor en lugar de una respuesta de terror. La mente que ha sanado y ve el mundo real no se angustia por los gritos de dolor y sufrimiento porque sabe que “nada está excluido del perdón” (2:4). Nada está sin esperanza.

Y las escenas que se ven son apacibles, pues sólo escenas y sonidos felices pueden llegar hasta la mente que se ha perdonado a sí misma. (2:5-6)

Debajo de los sonidos de miedo, la mente que se ha perdonado a sí misma oye los himnos de gratitud (L.293.2:2). La canción del amor es más alta que el canto fúnebre del miedo. Todo lo que se ve lleva la nota de la salvación.

Hay una manera de contemplarlo todo que te acerca más a Él y a la salva­ción del mundo. (L.193.13:1)

L.pII.8.3:1-3

¿Qué necesidad tiene dicha mente de pensamientos de muerte, asesinato o ataque? (3:1)

¿Cómo es “dicha mente”? “Una mente en paz” (2:2). Una “mente que se ha perdonado a sí misma” (2:6). “Una mente que está en paz consigo misma” (3:4). ¿Puedo imaginarme cómo es mi mente en paz consigo misma? ¿Puedo imaginarme cómo me sentiría si me hubiese perdonado a mí mismo completamente, sin llevar encima arrepentimientos del pasado, ni miedo al futuro, ni culpa escondida, y ni pizca de sensación de fracaso? Tener paz y haberme perdonado completamente a mí mismo, son lo mismo. Tienen que serlo. ¿Cómo puedo estar en paz si no me he perdonado algo a mí mismo? ¿Cómo puedo perdonarme algo a mí mismo, si no estoy en paz acerca de ello?

Que mire dentro de mí y esté dispuesto a enfrentarme a mi propia condena que está escondida en los oscuros rincones de mi mente. Sé que está ahí. Es la fuente del constante malestar que me persigue, la tendencia a mirar por encima del hombro, la aparentemente ligera ansiedad que siento ante una carta inesperada o una llamada de teléfono. Algo en mí espera ser “pillado”. Pero este juicio de mí mismo es la causa de más que mis sentimientos personales de malestar. Es también la causa de todos mis “pensamientos de muerte, asesinato o ataque” (3:1). Mi miedo a la muerte viene de mi culpa enterrada. Mis ataques instintivos a los que me rodean son un mecanismo de defensa que he desarrollado para evitar el juicio por mis “pecados”. Mi deseo de tomar la vida de otros para mí (en casos extremos, asesinato) viene de la sensación de que a mí me falta algo.

Y todo ello contribuye a mi percepción del mundo, ésa es la razón por la que veo “las escenas de miedo y los clamores de batalla” por todas partes. Si mi mente estuviera en paz, si me hubiera perdonado a mí mismo, vería el mundo de manera diferente. Lo vería sin estos filtros que deforman la visión. Vería el mundo real. Todo lo que “dicha mente” vería es  “segu­ridad, amor y dicha” (3:2).

Sin culpa en mi mente, “¿Qué podría haber que ella quisiese conde­nar? ¿Y contra qué querría juzgar?” (3:3). La culpa en mi mente me ha llevado a la locura, y el mundo demente que veo es el resultado de esa culpa. Por esa razón “el Espíritu Santo sabe que la salvación es escapar de la culpabilidad” (T.14.III.13:4). Si en mi mente no hubiera culpa, no vería culpa en el mundo, porque toda la culpa que veo es la proyección de la mía propia. Cuando hoy vea a alguien culpable, cuando lo juzgue, que me recuerde a mí mismo: “Nunca odias a tu hermano por sus pecados, sino únicamente por los tuyos” (T.31.III.1:5). El problema que veo no está ahí fuera, en   el mundo, sino dentro de mi propia mente. Que me vuelva entonces al Espíritu Santo y pida Su ayuda para eliminar la culpa de mi mente, para que ya no pueda impedir mi percepción del mundo real. Que hoy, y todos los días, mi objetivo sea “Una mente que está en paz consigo misma”. De esa mente, libre de culpa, la visión del mundo real surgirá de manera natural, sin ningún esfuerzo, pues estaré viendo con claridad por primera vez.

L.pII.8.3:4-5

Cuando nuestra mente se haya perdonado a sí misma, es “una mente que está en paz consigo misma” (3:4), y el mundo que dicha mente ve procede de esa paz interior. Como ya hemos visto, no es posible la paz interior sin el perdón. Del mismo modo, ver un mundo de paz viene cuando extendemos la paz de nuestro interior hacia fuera. Esto lo afirmó muy claramente la Lección 34:

La paz mental es claramente una cuestión interna. Tiene que empezar con tus propios pensamien­tos, y luego extenderse hacia afuera. Es de tu paz mental de donde nace una percepción pacifica del mundo. (L.34.1:2-4)

Una mente que ha aprendido a perdonarse a sí misma y a estar en paz “es bondadosa, y lo único que ve es bondad” (3:5). He oído a varios sabios espirituales comentar que, si la espiritualidad tuviera que resumirse a dos palabras, podrían ser: “Sé amable”. He encontrado bastantes personas en mi vida que se tienen a sí mismos por muy espirituales, quizá como autoridades espirituales, y al final lo que me llevaba a desconfiar de sus afirmaciones era simplemente esto: que no eran amables. ¡He encontrado esta misma tendencia en mí mismo también! Es demasiado fácil quedar atrapado en ser “correcto espiritualmente” o en tener razón, y perder de vista la amabilidad.

Cuando haya encontrado al ego asesino dentro de mí, y haya aprendido a perdonarlo, cuando haya descubierto mi propia creencia en mi debilidad y fragilidad, y haya aprendido a perdonarlas; cuando haya perdonado mis dudas de muchos años, cuando haya descubierto lo a menudo que no vivo de acuerdo a mis elevadas aspiraciones y haya aprendido a perdonarme; cuando haya luchado con mi constante falta de fe y haya aprendido a perdonarla, entonces seré amable. He aprendido a ser amable al ser amable conmigo mismo. Voy a grabar esta lección en mi corazón: La mente que se ha perdonado a sí misma es amable, y únicamente contempla amabilidad.

Si soy muy rápido en ver peligro acechándome en aquellos que están a mi alrededor y en dudar de las buenas intenciones de otros, lo más probable es que sea rápido en dudar de las mías propias y todavía no haya aprendido a perdonarme a mismo.

L.pII.8.4:1

El mundo real es el símbolo de que al sueño de pecado y cul­pabilidad le ha llegado su fin y de que el Hijo de Dios ha desper­tado. (L.pII.8.4:1)

El mundo que ve una mente que está en paz, que se ha perdonado a sí misma, es un símbolo. Un símbolo representa algo, no es la cosa en sí, pero es algo que lo indica hace que te lo imagines. ¿Qué representa el mundo real? Que “al sueño de pecado y cul­pabilidad le ha llegado su fin y de que el Hijo de Dios ha desper­tado” (4:1).

El mundo real es un símbolo que nos dice que nuestro sueño de pecado y culpa ya se ha terminado y que ya nos hemos despertado. Ver el mundo real es una señal para nosotros de que lo que la percepción ve es sólo un sueño, y de que hay una realidad superior más allá del sueño. Cuando no veamos nada que condenar, esa visión nos habla de una realidad superior. Cuando únicamente veamos seguridad, amor y dicha rodeándonos, sin ningún peligro que nos aceche por ningún sitio, esa percepción nos está comunicando que no somos este cuerpo y que la vida no tiene un final. Nos está diciendo que sólo el amor es real, y que el miedo no existe. Dentro de la ilusión de la percepción, estamos viendo algo que habla de una realidad eterna. Lo que vemos nos recuerda que no somos el sueño. Nuestra mente ya está despierta porque:

Dios sólo crea mentes despiertas. Él no duerme, y Sus creacio­nes no pueden poseer algo que Él no les confiera, ni dar lugar a condiciones que Él no comparte con ellas. (L.167.8:1-2)

La mente sólo existe despierta, porque Dios la creó despierta. Lo que Él crea no puede estar dormido si Él no nos dio ese sueño. Tampoco podemos hacernos dormir a nosotros mismos. Por lo tanto, tenemos que estar despiertos ya. Esto es lo que el mundo real representa para nosotros. Dentro de la ilusión nos habla de nuestra realidad eterna. Dentro del mundo, la percepción de este símbolo es nuestro único propósito. Cualquier otro propósito pertenece a este mundo. Nuestro destino final está más allá de este mundo. Pero aunque es nuestro destino final, lo que está más allá de la percepción no es asunto nuestro ahora. Nuestra tarea está en el reino de la percepción: “La per­cepción tiene que ser corregida antes de que puedas llegar a saber nada” (T.3.III.1:2). De lo que más necesidad tienes es de aprender a percibir, pues no entiendes nada” (T.11.VIII.3:5).

Estamos dedicados al proceso de permitir que nuestras percepciones sean corregidas, que es lo que hace el perdón. Cuando hagamos esto, veremos el mundo real con más claridad y con más frecuencia, hasta que sea todo lo que veamos. Y entonces nuestra tarea está hecha, y Dios me tenderá la mano y me llevará al hogar.

Con todo, el perdón es el medio por el cual reconoceré mi inocencia. Es el reflejo del Amor de Dios en la tierra. Y me llevará tan cerca del Cielo que el Amor de Dios podrá tenderme la mano y elevarme hasta Él. (L.60.1:4-6)


L.pII.8.4:2-3

Cuando empezamos a ver el mundo real, empezamos a despertar. Quizá hemos tenido pequeños atisbos del mundo real. El Curso se refiere a “Un ligero parpadeo, después de haber tenido los ojos cerrados por tanto tiempo” (T.18.III.3:4); quizá hemos sentido eso, por lo menos. Cada atisbo del mundo real que experimentamos es un poco como las imágenes borrosas de mi habitación cuando estoy dormido y a punto de despertarme. Algunas veces esas imágenes que destellan sobre nosotros cuando nuestros ojos se abren por un instante, se integran en un sueño que continúa. Así es como estamos. Estamos en ese extraño estado entre dormir y despertar. El Curso lo llama la zona fronteriza entre mundos, en que “Eres como alguien que aún tiene alucinaciones, pero que no está seguro de lo que percibe” (T.26.V.11:7).

“Y sus ojos, abiertos ahora, perciben el inequívoco reflejo del Amor de su Padre, la infalible promesa de que ha sido redi­mido” (4:2). Todavía no estamos completamente despiertos, pero estamos despertando. Las imágenes del mundo real reflejan el Amor del Padre por nosotros. Las nuevas percepciones, que nos da el Espíritu Santo, refuerzan nuestra confianza de que nos hemos salvado sin ninguna duda.

Cuanto más vemos el mundo real, más nos damos cuenta de que el tiempo ya no es necesario. El mundo real representa el final del tiempo, pues cuando se percibe, el tiempo deja de tener objeto” (4:3). El propósito del tiempo es que veamos el mundo real. Cuando lo percibimos, el tiempo ya no es necesario porque ha cumplido su propósito. En el Cuarto Repaso del Libro de Ejercicios se nos dice que cada vez que hacemos una pausa para practicar la lección del día, estamos utilizando el tiempo para el propósito que se le dio” (L.rIV.In.7:3). Cada vez que nos paramos e intentamos vencer un obstáculo a la paz, cada vez que dejamos que la misericordia de Dios venga a nosotros en el perdón, estamos utilizando el tiempo para el propósito que se le dio. “Para eso se hizo el tiempo” (L.193.10:4).

Que hoy utilice el tiempo para el propósito que tiene. Que recuerde la lección, por la mañana y por la noche, y cada hora entre medias, y a menudo durante cada hora. Que coopere gustosamente en el cambio de mis percepciones. Cada vez que sienta que algo altera mi paz, me volveré a mi interior y buscaré la sanación de la Luz de Dios. Que me dé cuenta de que esto es para lo único que sirve el tiempo, y que no hay mejor manera de emplearlo. Que busque acelerar la llegada del día en el que ya no tendré más necesidad de tiempo, en el que mis percepciones se hayan unido a la visión de Cristo, y el mundo real permanezca brillando lleno de belleza ante mis ojos.

L.pII.8.5:1-2

Cuando el tiempo ha servido al propósito del Espíritu Santo, Él ya no lo necesita. Pero es decisión nuestra a qué propósito sirve el tiempo. Dos secciones del Texto tratan de los dos usos del tiempo: el Capítulo 13, Sección IV, “La Función del Tiempo”, y el Capítulo 15, Sección I, “Los Dos Usos del Tiempo”. Estas secciones nos dicen que podemos usar el tiempo para el ego o para el Espíritu Santo. El ego utiliza el tiempo para perpetuarse a sí mismo, buscando nuestra muerte. Ve la destrucción como el propósito del tiempo. El Espíritu Santo ve la sanación como el propósito del tiempo.

El ego, al igual que el Espíritu Santo, se vale del tiempo para convencerte de la inevitabilidad del obje­tivo y del final del aprendizaje. Él objetivo del ego es la muerte, que es su propio fin. Mas el objetivo del Espíritu Santo es la vida, la cual no tiene fin. (T.15.I.2:7-9)

Se nos pide: “Empieza a usar el tiempo tal como lo hace el Espíritu Santo: como un instrumento de enseñanza para alcanzar paz y felicidad” (T.15.I.9:4). Y lo hacemos al practicar el instante santo. “El tiempo es tu amigo si lo pones a la disposición del Espíritu Santo” (T.15.I.15:1). Hay necesidad del tiempo mientras estamos aprendiendo todavía a usarlo sólo para Sus propósitos, vivir el momento presente, abandonando el pasado y el futuro, y buscar la paz dentro del instante santo.

Todos los días deberían consagrarse a los milagros. El propó­sito del tiempo es que aprendas a usarlo de forma constructiva. El tiempo es, por lo tanto, un recurso de enseñanza y un medio para alcanzar un fin. El tiempo cesará cuando ya no sea útil para facilitar el aprendizaje. (T.1.I.15)

“Ahora espera un sólo instante más para que Dios dé el paso final” (5:2). Ese “ahora” se refiere al momento en que el tiempo ha servido a su propósito. No queda nada más por hacer, nada que Él tenga que enseñarnos, nada que nosotros tengamos que aprender o hacer, excepto “esperar un sólo instante más para que Dios dé el paso final”. El tiempo continúa un instante más permitiéndonos apreciar el mundo real, y luego el tiempo y la percepción desaparecen. Este “paso final” es algo que se menciona a menudo en el Curso, “paso final” o “último paso” aparece 29 veces. (Ver por ejemplo en el Texto, el Capítulo 6.(V).5 , y el Capítulo 7, Sección I). Representa el cambio de la percepción (dualidad) al conocimiento (unidad), salir del mundo y entrar en el Cielo, salir del cuerpo y entrar en el espíritu. Está muy claro que esto es cosa de Dios, nosotros no tenemos nada que ver con ello. Nuestra única parte es prepararnos para ello, limpiando nuestra percepción hasta que toda ella se convierta en “percepción verdadera”, sin miedo. O como dice en la cita mencionada arriba: “Todos los días deberían consagrarse a los milagros”. Para eso es el tiempo.


L.pII.8.5:3-4

Un sólo instante” el instante para que Dios dé Su paso final (5:2), “ese instante es nuestro objetivo, pues en él yace el recuerdo de Dios” (5:3). Una semejanza que me viene a la mente es la de un equipo de fútbol intentando ganar la Super Copa. El “paso final” es ganar el trofeo, por así decirlo. Ésa es la meta final del equipo. Pero realmente no tiene nada que ver con el trofeo, su tarea es ganar partidos y llegar a ese momento de la victoria. Entonces el trofeo se lo conceden los oficiales de la Liga Nacional de Fútbol. Aunque la imagen de luchar por una victoria contra los contrarios no encaja en nuestra consecución del mundo real, la idea general sí está relacionada. Nuestra tarea consiste únicamente en llegar al punto (mundo real) en el que conseguir el trofeo (el recuerdo de Dios) es posible, pero el paso final es Dios Mismo Quien lo da. No estamos aprendiendo a recordar a Dios. Estamos aprendiendo a olvidar todo lo que impide ese recuerdo, a eliminar todo el falso aprendizaje que hemos interpuesto entre nuestra mente y la verdad. Cuando hayamos eliminado los obstáculos con la ayuda del Espíritu Santo, el recuerdo de Dios regresará por sí mismo.

Y al con­templar un mundo perdonado” (ése es el resultado del trabajo que hemos hecho con el Espíritu Santo, aprendiendo a perdonar), “Él es Quien nos llama y nos viene a buscar para llevarnos a casa” (Dios es Quien nos lleva más allá del mundo real), “recordándonos nuestra Identidad, la cual nos ha sido restituida mediante nuestro perdón” (5:4). Cuando hayamos perdonado al mundo, se nos restaura el recuerdo de Dios y también el recuerdo de nuestra propia Identidad en Él. Esta última parte no es algo que hacemos nosotros “Él es Quien nos llama y nos viene a buscar para llevarnos a casa”.

Esto no es sólo un asunto teológico interesante. Tiene consecuencias prácticas. A veces, cuando hemos empezado una búsqueda espiritual, el ego puede distraernos haciendo que intentemos llegar directamente a Dios. Podemos quedarnos enredados en una lucha por intentar recordar a Dios, intentar recordar nuestra Identidad como Hijo de Dios. Aunque ésta es nuestra meta final (como el trofeo en la Super Copa), si hacemos de ello el objeto de todos nuestros esfuerzos directos, jamás llegaremos allí. Eso sería como intentar robar el trofeo en lugar de ganarlo legalmente. Nuestra atención tiene que centrarse en hacer lo que nos preparará para recibir el recuerdo de Dios de Su propia mano. Es decir, perdonar. Si nuestra meta inmediata es recordar a Dios o nuestra Identidad, estamos intentando evitar los pasos que son necesarios para alcanzar esa meta. No podemos saltarnos esos pasos.  

Perdonaré, y esto desaparecerá.

Repite estas mismas palabras ante toda aprensión, preocupación o sufrimiento. Y entonces estarás en posesión de la llave que abre las puertas del Cielo y que hace que el Amor de Dios el Padre llegue por fin hasta la tierra para elevarla hasta el Cielo. Dios Mismo dará este paso final. No te niegues a dar los pequeños pasos que te pide para que puedas llegar hasta Él. (L.193.13:3-7)