domingo, 15 de septiembre de 2013

¿Que es el pecado?

¿Qué es el pecado?  (Parte 1)

L.pII.4.1:1-3

El “pecado” es la creencia de que yo soy malo, de que estoy corrompido por los errores que he cometido, y estropeado para siempre por mis pensamientos equivocados. El “pecado” es la creencia de que la creación perfecta de un Dios perfecto puede volverse imperfecta de alguna manera, desfigurada e indigna de su Creador. “El pecado es demencia” (1:1).

De esta creencia viene la culpa, que nos vuelve locos, y nos lleva a desear que las ilusiones ocupen el lugar de la verdad (1:2). Ésta es la causa del mundo que ves: “El mundo que ves es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloque­cido” (T.13.In.2:2). Ésta es la causa que hay detrás de la ilusión. Debido a la culpa, tenemos miedo a la verdad, miedo a Dios, miedo a nuestro Ser. Creemos que hemos perdido el derecho al Cielo, y por eso tenemos que inventar otro lugar donde podemos encontrar satisfacción. Eso es el mundo. A causa del pecado creemos que no podemos tener el Cielo, así que inventamos un sustituto.

Debido a la locura producida por la culpa y el pecado, vemos “ilusiones donde la verdad debería estar y donde realmente está” (1:3). Vemos lo que no existe. Vemos ataque en el amor. Buscamos satisfacción en espejismos. Buscamos la felicidad eterna en cosas que se marchitan y mueren.

Nuestra sanación comienza cuando empezamos a reconocer las ilusiones como ilusiones. Éste puede ser un momento de gran desesperación, cuando todo en lo que confiábamos se convierte en polvo. Sin embargo, es el comienzo de la sabiduría, el comienzo de un gran despertar.

Los pensa­mientos que albergas son poderosos, y los efectos que las ilusio­nes producen son tan potentes como los efectos que produce la verdad. Los locos creen que el mundo que ven es real, y así, no lo ponen en duda. No se les puede persuadir cuestionando los efectos de sus pensamientos. Sólo cuando se pone en tela de juicio la fuente de éstos alborea finalmente en ellos la esperanza de libertad. (L.132.1:4-7)


Estamos rodeados de ilusiones, los efectos de nuestros pensamientos. Verdaderamente no dudamos de la realidad de esos efectos. Únicamente cuando su fuente “se pone en duda”, únicamente cuando empezamos a dudar del pensamiento de pecado que provoca nuestra locura, comienza a asomar “la esperanza de libertad”.

L.pII.4.1:4-9

Nuestros ojos son el resultado del pecado: “El pecado dotó al cuerpo con ojos” (1:4). O como dice el párrafo siguiente: “El cuerpo es el instrumento que la mente fabricó en su afán por engañarse a sí misma” (2:1). La percepción (ver) es el resultado del pecado, “pues, ¿qué iban a querer contemplar los que están libres de pecado?” (1:4). Nuestro verdadero Ser está más allá de lo que se puede ver. La percepción es de por sí dualista (que hay dos), un “yo” que ve y un “objeto” ahí. Supone una separación. Por supuesto, el que no tiene pecado no tiene nada que percibir porque no hay nada separado. El deseo de separarse, de estar aparte y ver un “objeto” como algo distinto forma parte de la idea de pecado y de culpa. Desde el punto de vista del Curso, el que no tiene pecado siente todas las cosas como parte de sí mismo. Las “conoce” en lugar de “percibirlas”.

El que no tiene pecado no necesita la vista ni el oído ni el tacto porque todo es parte de sí mismo; conocido pero no percibido. La percepción (la vista) es muy limitada, muy incompleta e imperfecta. El que no tiene pecado no necesita los sentidos, pues todo le es conocido. “Usar los sentidos es no saber” (1:8). El propósito de los sentidos es no saber. O mejor aún, el propósito de la percepción es no saber. La percepción es una separación, un alejamiento, un estar aparte. La idea de pecado es lo que causa esa retirada, ese refugiarse en uno mismo, alejado de la unidad.

En cambio, “la verdad sólo se compone de conocimiento y de nada más” (1:9). La verdad no siente las cosas, la verdad conoce las cosas. Las conoce al ser uno con ellas. No te puedo conocer a través de la percepción. La percepción (la vista) me engaña, ése es su propósito. La percepción me impide conocerte. Únicamente puedo conocerte si siento que yo soy tú. Esto es lo que sucede en el instante santo, pues el instante santo es una experiencia de las mentes como una sola. Esa experiencia puede desorientar a una mente que está acostumbrada a la soledad; la aparente identidad a la que nos hemos acostumbrado durante toda nuestra vida desaparece de repente, ya no estoy seguro si soy yo o tú. Durante un momento me doy cuenta de que el “yo” que pensaba que existía es posible que no exista. Como de hecho no existe.

La idea de pecado y de culpa es lo que impide que las mentes se unan. Me alejo de ti con miedo. Limito mi amor, dudo del tuyo. El Curso nos lleva al punto en el que ese miedo desaparece, y la unión -que siempre ha estado ahí- se conoce otra vez como lo que es.

 L.pII.4.2:1-4

Como ya hemos visto, “El cuerpo es el instrumento que la mente fabricó en su afán por engañarse a sí misma” (2:1). El propósito del cuerpo, tal como lo ve el ego, es “luchar” (2:2). Estar en conflicto y competir con otros cuerpos, a menudo por otros cuerpos. El cuerpo lucha, se forja su existencia de este mundo con el sudor de su frente y con el ataque a otros cuerpos. Su ley es la ley de la selva: “Mata o te matarán” (M.17.7:11).

¿Significa esto que el cuerpo es algo odioso y malvado, algo que hay que despreciar y someter? No. El propósito del cuerpo de luchar puede cambiar (2:3). En manos del ego, el propósito es la lucha sin fin. La lucha es lo que mantiene al ego. Pero en manos del Espíritu Santo, nuestra lucha toma el propósito de la verdad, en lugar de las mentiras.

El Espíritu Santo puede usar todo lo que el ego ha inventado para deshacer los propósitos del ego. Él puede utilizar nuestras relaciones especiales, nuestras palabras y pensamientos, el mundo, nuestro cuerpo, todo para servir al propósito de la verdad. La clave está en cambiar de propósito, el propósito que el cuerpo y todo lo relacionado con él sirve. Una relación especial se vuelve santa cuando se cambia su propósito del pecado a la santidad, de intentar encontrar lo que creemos que nos falta a intentar recordar que ya lo tenemos todo.

En palabras de una antigua canción cristiana, podemos decir:

Toma mi vida y conságrala a Ti, Señor.
Tomas mis momentos y mis días,
que fluyan en continua alabanza.

Toma mis manos y que se muevan
 a impulsos de Tu Amor.
Toma mis pies, y que se llenen
de mensajes Tuyos,
rápidos y hermosos por Ti.

Toma mis labios, y que se llenen
de mensajes Tuyos,
Toma mi voz, y que cante
Únicamente a mi Rey.

(Frances Ridley Havergill)
L.pII.4.2:4-7

Cuando cambiamos el objetivo de nuestra lucha, y establecemos un nuevo objetivo para nuestro cuerpo y sus sentidos, empiezan a “servir a un objetivo diferente” (2:4). El objetivo ahora es la santidad en lugar del pecado, el perdón en lugar de la culpa. A través del cuerpo y de sus sentidos, nuestra mente ha estado intentando engañarse a sí misma (2:5, 2:1). Nuestra mente ha estado intentando hacer que las ilusiones de separación fueran reales. Ahora nuestro objetivo es volver a descubrir la verdad. Cuando nuestra meta elige un nuevo objetivo, el cuerpo lo sigue. El cuerpo sirve a la mente, y no al contrario (T.31.III.4). El cuerpo siempre hace lo que la mente le ordena. Así que cuando conscientemente elegimos un nuevo objetivo, el cuerpo empieza a servir a ese objetivo (T.31.III.6:2-3).
  
“Los sentidos buscarán lo que da fe de la verdad” (2:7). Dicho sencillamente, empezaremos a ver las cosas de manera diferente. El Texto explica con detalle cómo sucede esto (ver T. 11.VIII .9-14, o T.19.IV (A).10-11). Empezamos a buscar los pensamientos amorosos de nuestros hermanos en lugar de sus pecados. Estamos buscando conocer su realidad (que es el Cristo) en lugar de intentar descubrir su culpa. Pasamos por alto su ego, su “percepción variable” de sí mismos (T.11.VIII.11:1), y sus ofensas. Pedimos al Espíritu Santo que nos ayude a ver su realidad, y Él nos la muestra. “Cuando lo único que desees sea amor, no verás nada más” (T.12.VII.8:1).

Lo que vemos depende de lo que elegimos buscar en nuestra mente. Elige sólo amor, y el cuerpo se convertirá en el instrumento de una nueva percepción. 

L.pII.4.3:1-2

Nuestras ilusiones proceden, o surgen, de nuestros pensamientos falsos. Las ilusiones no son realmente “cosas” en absoluto, son símbolos que representan a cosas imaginadas (3:1). Son como un espejismo, una imagen de algo que no está ahí en absoluto. Nuestros pensamientos de carencia (de que nos falta algo), nuestros sentimientos de poca valía, nuestra culpa y miedo, la apariencia del mundo que nos ataca, incluso nuestros mismos cuerpos, son todos ellos ilusiones, espejismos, símbolos que no representan nada.

“El pecado es la morada de las ilusiones” (3:1). La idea de nuestra podredumbre interior, nuestra naturaleza torcida, alberga la misma ilusión. El pensamiento de pecado y culpa  inventa un entorno que apoya y alimenta cada ilusión. Lo que necesita cambiarse es ese pensamiento de la mente. Elimina el pensamiento de pecado y nuestras ilusiones no tienen dónde vivir. Simplemente se convierten en polvo.

Estas ilusiones, que surgen de pensamientos falsos y que hacen del “pecado” su hogar, son “la "prueba" de que lo que no es real lo es” (3:2). Por ejemplo, nuestro cuerpo parece demostrarnos que la enfermedad y la muerte son reales. Nuestros sentidos parecen demostrar que el dolor es real. Nuestros ojos y oídos ven toda clase de pruebas de culpa, de la realidad de la pérdida, y de la debilidad del amor. El mundo parece demostrarnos que Dios no existe o que está enfadado con nosotros. Estas cosas que nuestras ilusiones parecen demostrar no existen en absoluto y, sin embargo, nos parecen reales. Todo esto reside en nuestra creencia en el pecado, y sin esa creencia, desaparecerían.

 L.pII.4.3:3-4

Si el “pecado” es algo real, lo que supone es enorme. Y completamente imposible. ¿Qué es lo que parece demostrar la realidad del pecado? “El pecado "prueba" que el Hijo de Dios es malvado, que la intem­poralidad tiene que tener un final y que la vida eterna sucumbirá ante la muerte” (3:3). Si el Hijo que Dios creó ha pecado de verdad, entonces el Hijo de Dios debe ser malvado. ¿Es posible eso? Si el Hijo de Dios es malvado, entonces lo que fue creado eterno debe terminar, el eterno Hijo de Dios debe morir. La “justicia” lo pediría. ¿Es posible que algo eterno termine, que algo eterno muera? Por supuesto que no, esto es absurdo. No puede ser.

El pecado también demuestra que “Dios Mismo ha perdido al Hijo que ama, y de lo único que puede valerse para alcanzar Su Plenitud es la corrup­ción; la muerte ha derrotado Su Voluntad para siempre, el odio ha destruido el amor y la paz ha quedado extinta para siempre” (3:4). El pensamiento de que Dios pierda lo que ama, siempre me ha parecido imposible, la idea del infierno y de la condenación eterna no tienen ninguna explicación. Yo solía pensar: “Si voy al Cielo, y mi padre” (que no creía en Dios) “va al infierno, ¿cómo puedo ser eternamente feliz, sabiendo que mi padre está sufriendo en el infierno? Si no soy feliz, ¿cómo podría estar en el Cielo? Y si yo no soy feliz, ¿cómo puede serlo Dios?

Si el pecado es real, el Hijo que Dios creó para que lo completase sería malvado, y Dios sólo tendría la maldad para completarlo. Su Voluntad ha fallado completamente. La maldad gana. Nunca más puede haber paz.

Por lo tanto, el pecado no puede ser real. La culpa y el miedo siguen al pecado dentro de la irrealidad. Si no hay pecado, no hay culpa. Si no hay culpa, no hay miedo. ¿De qué otro modo podría existir la paz? “El pecado es demencia” (1:1). Si Dios es Dios, si Su Voluntad se hace, si la creación es eterna, el pecado no puede existir. Esto es lo que el perdón nos muestra:  

Todo pecado sigue siendo imposible, y esto es lo que elegimos soñar hoy. Dios es nuestro objetivo, y el perdón, el medio por el que nuestras mentes por fin regresan a Él. (L.256.1:8-9)

L.pII.4.4:1-3

La lección compara nuestra creencia en el pecado y las ilusiones proyectadas que hemos inventado para apoyar esa creencia, con “los sueños de un loco” (4:1). Los sueños de un loco pueden ser aterradores; del mismo modo, nuestras imágenes externas del pecado en el mundo pueden ser terroríficas. “El pecado parece ser ciertamente aterrador” (4:1). La enfermedad, la muerte y la pérdida de cualquier clase nos aterrorizan. La ilusión no es agradable.

“Sin embargo, lo que el pecado percibe no es más que un juego de niños” (4:2). Nada de ello tiene realmente un resultado duradero. Desde la perspectiva de la eternidad, nuestras guerras y plagas no son más reales ni terroríficas que una guerra imaginaria de un niño entre las figuras de superhéroes en acción. No hay duda de que esto es muy difícil de creer, especialmente cuando estás en medio de todo ello creyendo que es real. Sin embargo, es lo que el Curso afirma. Si el cuerpo no vive realmente, tampoco muere. “El Hijo de Dios puede jugar a haberse convertido en un cuerpo que es presa de la maldad y de la culpabilidad, y a que su corta vida acaba en la muerte” (4:3). Pero no es cierto. Es únicamente un juego que estamos jugando. Nada de todo ello significa lo que creemos que significa.

Cuando vamos al cine, podemos llorar cuando un personaje con el que nos hemos identificado sufre una pérdida o muere. Sin embargo, una parte más profunda de nuestra mente sabe que estamos viendo una historia, que el actor no murió realmente. Y en cierto nivel, el Curso nos pide que respondamos a lo que llamamos “vida” del mismo modo, con un nivel de conocimiento más profundo que sabe que toda vida que Dios creó nunca puede morir. El personaje de la obra puede morir, podemos llorar, y sin embargo debajo de todo eso, sabemos que es únicamente un juego imaginario, y no la realidad final.

L.pII.4.4:4

Mientras que todos estamos muy involucrados en este “juego de niños” (4:2), la realidad continúa estando ahí. No ha cambiado. “Mientras tanto, su Padre ha seguido derramando Su luz sobre él y amándolo con un Amor eterno que sus pretensiones no pueden alterar en absoluto” (4:4). Nuestras “pretensiones”, el juego de niños, el juego de ser cuerpos que sufren la maldad, la culpa y la muerte, no han cambiado y no pueden cambiar la profunda y eterna realidad  del Amor de Dios, la perfecta seguridad sin fin en la que moramos en Él.

La inmutabilidad del Cielo se encuen­tra tan profundamente dentro de ti, que todas las cosas de este mundo no hacen sino pasar de largo, sin notarse ni verse. La sosegada infinitud de la paz eterna te envuelve dulcemente en su tierno abrazo, tan fuerte y serena, tan tranquila en la omnipoten­cia de su Creador, que nada puede perturbar al sagrado Hijo de Dios que se encuentra en tu interior. (T.29.V.2:3-4)

El Amor de Dios garantiza nuestra seguridad eterna. Debido a que Su Amor es “eterno”, nosotros también lo somos. Mientras Su Amor exista, nosotros existimos también.

Al Hijo de la Vida no se le puede des­truir. Es inmortal como su Padre. Lo que él es no puede ser alterado. Él es lo único en todo el universo que necesariamente es uno sólo. A todo lo que parece eterno le llegará su fin. Las estrellas desaparecerán, y la noche y el día dejarán de ser. Todas las cosas que van y vienen, la marea, las estaciones del año y las vidas de los hombres; todas las cosas que cambian con el tiempo y que florecen y se marchitan, se irán para no volver jamás. Lo eterno no se encuentra allí donde el tiempo ha fijado un final para todo. El Hijo de Dios jamás puede cambiar por razón de lo que los hombres han hecho de él. Será como siempre ha sido y como es, pues el tiempo no fijó su destino, ni marcó la hora de su nacimiento ni la de su muerte. (T.29.VI.2:3-12)
L.pII.4.5:1-4

Se nos pregunta: ¿Hasta cuándo vas a seguir jugando el juego infantil del pecado? Eso es todo lo que es, un juego tonto. No una cosa horrorosa y terrible, simplemente mentes poco maduras jugando “juegos peligrosos” (5:2). Pienso que no es coincidencia que en el famoso capítulo bíblico sobre el amor, I Corintios 13, el apóstol Pablo habla de que cuando somos niños, hablamos como niños y actuamos como niños, pero cuando hemos crecido, dejamos “las cosas de niños”. Eso es lo que nos pide la lección que hagamos. Nos pide que crezcamos. El “pecado” es un juego de niños peligroso que hemos estado jugando durante muchísimo tiempo. Ya es hora de dejarlo a un lado y aceptar nuestro papel “maduro” como extensiones del Amor de Dios.

Ya es hora de abandonar estos juguetes. Ya es hora de abandonar toda idea de pecado y de culpa, la idea de que podemos hacer, y hemos hecho, algo que puede cambiar para siempre nuestra naturaleza. Algo que merece eterna condena y castigo. Es hora de mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que nada, absolutamente nada, de esto existe. El pecado, como una forma de comportamiento humano, no existe. No hay pecados, únicamente errores. No hay nada que no pueda corregirse. No hay nada que pueda privarnos del Amor de Dios. No hay nada que pueda quitarnos nuestra herencia eterna. No hay nada que pueda separarnos del Amor de Dios.

¿Cuándo vas a estar listo para regresar a tu hogar? ¿Hoy quizá?

Hemos abandonado nuestro hogar. Nos hemos alejado porque creíamos que éramos malos y habíamos hecho algo imperdonable. Pero no hay nada que no se pueda perdonar. Es únicamente nuestra propia creencia en el pecado y la culpa lo que nos mantiene aquí, sin hogar. Nuestro hogar nos sigue esperando. Como el hijo de la parábola del hijo pródigo, nos sentamos en la pocilga de cerdos lamentando nuestra pérdida, mientras el Padre observa al final del camino preguntando: “¿Cuándo vas a estar listo para regresar a tu hogar? Yo estoy aquí, sigo amándote. Te estoy esperando”. Hoy, ahora, en este instante santo, nos aquietamos un instante, y vamos a casa.
L.pII.4.5:5-8

El pecado no existe. La creación no ha cambiado. (5:5-6)

Recordar nuestra Fuente nos dice esto. El “pecado” es únicamente un juego de niños que nos hemos inventado, y que no ha tenido ningún efecto en absoluto en la creación de Dios. Es un juego que jugamos sólo en nuestra imaginación, no ha cambiado nuestra Realidad ni una pizca. La “Caída” nunca sucedió. No hay nada por lo que expiar o pagar. La puerta del Cielo está abierta de par en par para darnos la bienvenida.

Todo lo que tenemos que hacer es dejar de imaginar este juego de niños. Todo lo que tenemos que hacer es dejar de imaginar que la culpa, ya sea la nuestra o la de otro, nos sirve para algo, y abandonarla. Nos aferramos a la culpa y al pecado sólo para mantener nuestra ilusión de separación. ¿Se merecen (la culpa y el pecado) el precio que pagamos por ellos? Cuando abandonamos el pecado, la separación desaparece, y se nos restaura el Cielo.

¿Deseas aún seguir demorando tu regreso al Cielo? ¿Hasta cuándo, santo Hijo de Dios, vas a seguir demorándote, hasta cuándo? (5:7-8).
    

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