lunes, 30 de septiembre de 2013

¿Qué es el Cristo?

¿Qué es el Cristo?  (Parte 1)

L.pII.6.1:1-2

Cristo es el Hijo de Dios tal como Él lo creó. (1:1)

Esto es lo que estamos aprendiendo a ver unos en otros, para que podamos recordar verle a Él en nosotros mismos. Cristo es la creación original de Dios, antes de que nosotros lo “reinventáramos” y pintáramos otra imagen sobre la obra perfecta de Dios. Queríamos ser otra cosa, y por eso hemos percibido otra cosa en todos a nuestro alrededor. Ahora estamos aprendiendo a dejar a un lado las imágenes que hemos inventado para descubrir de nuevo la obra maestra debajo de la falsificación.

Cristo es el Ser que compartimos y que nos une a unos con otros, y también con Dios. (1:2)

Cristo es el Hijo de Dios. Todos nosotros somos aspectos de ese único Hijo. (Creo que parte de la razón por la que el Curso usa “Hijo” en lugar de “hijos e hijas”es porque ésta última frase indica una separación que no existe en la creación de Dios). Nuestro Ser original, nuestro único Ser real, es un Ser que compartimos con todos. Una razón por la que nos resistimos a conocer este Ser es porque no es “mi” ser para mí solo, es nuestro Ser. Para reclamar a Cristo como mi Ser, no puedo excluir a nadie porque el Ser que estoy reclamando es un Ser universal, de Quien todos somos parte.

No sólo estamos unidos unos a otros en este Ser, sino que también estamos unidos a Dios (1:2). Sin Dios este Ser no existiría, Dios es Su Causa, Su Fuente y Su Sustento. No puede estar separado de Dios. No puede ser independiente de Él. Tampoco se puede oponer a Dios en ningún modo, todas las características de este Ser proceden y surgen del propio Ser de Dios.


L.pII.6.1:3-5

Cristo es “el Pensamiento que todavía mora en la Mente que es Su Fuente” (1:3). El Curso nos enseña que nuestra realidad es un Pensamiento dentro de la Mente de Dios. Una y otra vez el Curso insiste en que las ideas no abandonan su Fuente. Permanecen en la mente que las está pensando. Una idea no puede separarse de la mente, es una parte de la mente, una función de la mente que la piensa. Y somos eso en relación con Dios. La separación entre nuestro Ser y la mente de Dios es igual de imposible que la separación entre una idea y la mente que la piensa. Mi verdadero Ser, tu verdadero Ser, nuestro verdadero Ser, es el Cristo. Nuestro Ser jamás ha abandonado nuestro santo hogar (1:4) en la Mente de Dios. Eso es un hecho. Basado en ese hecho, cualquier cosa que parezca lo contrario debe ser una mentira, una ilusión. No estamos caminando sin rumbo en este mundo, “en Dios estás en tu hogar, soñando con el exilio” (T.10.I.2:1). Nuestra separación es sólo un sueño, no una realidad; por eso el Curso está tan seguro del resultado final.

No hemos abandonado a Dios, y puesto que no lo hemos hecho, no hemos perdido nuestra inocencia (1:4, también L.182.12:1). Todas las cosas horribles que podemos pensar que hemos hecho o dicho no tienen realidad en la verdad, son parte del sueño del exilio. Todavía estamos en el hogar. ¿Has soñado alguna vez que hiciste algo terrible o vergonzoso, y luego te despertaste aterrorizado, horrorizado, y sentiste luego un gran alivio de que no fuera verdad? “¡Sólo fue un sueño!” Algún día todos nosotros tendremos esa experiencia a gran escala, nos despertaremos y nos daremos cuenta de que todo este mundo fue un sueño, que nunca ocurrió. A pesar de todo lo que nos hemos imaginado, despertaremos y nos encontraremos a nosotros mismos “inmutables para siempre en la Mente de Dios” (1:5).

L.pII.6.2:1-3

Cristo es el eslabón que nos mantiene unidos a Dios (2:1). Si de algún modo somos conscientes del Cristo dentro de nosotros, parece que Él es sólo una parte de nosotros, quizá una pequeña parte o una parte escondida. Ésa no es la realidad (3:2), pero así es como nos parece. Y sin embargo cada uno de nosotros es consciente de algo dentro de nosotros que es mucho más que lo que parecemos ser, algo que nos une a Dios. Probablemente no estaríamos leyendo este Curso si no tuviéramos esa consciencia. Y ésta por muy pequeña y escondida que pueda parecer, nos une a Dios. Sabemos eso de algún modo.

Si esa unión es real, entonces la separación no es real. “La separación no es más que una ilusión de desesperanza” (2:1). Si estamos unidos a Dios y somos uno con Él, entonces no estamos separados, y todo lo que parece decirnos que lo estamos no es más que una ilusión. En cada uno de nosotros, en el Cristo dentro de nosotros, “toda esperanza morará por siempre en Él” (2:1). Algo en nosotros sabe que esto es verdad. La unión con Dios no se ha roto. Cada uno de nosotros tiene este aliado escondido en su corazón. Dentro de mí, dentro de ti, dentro de todos, está el Cristo. El Curso confía en este hecho totalmente porque Jesús, que recordó a Cristo su Ser, sabe que es así.

Tu mente es parte de la Suya, y Ésta de la tuya. (2:2)

Él está ahí, en ti. Y tú estás en Él. Como la Biblia dice, todo lo que estamos haciendo es dejar que la mente de Cristo more en nosotros. Estamos reconociendo esta parte de nuestra mente que hemos negado y de la que hemos dudado. Su mente está en nosotros, y esto es nuestra salvación. Es parte de nosotros, no podemos perderlo, incluso aunque lo queramos.

En esta parte de nuestra mente “se encuentra la Respuesta de Dios” (2:3). La Respuesta a la separación. La Respuesta al dolor y al sufrimiento. La Respuesta a la desesperación. La Respuesta a todos los problemas. La Respuesta está en ti. La Respuesta es parte de ti. No está fuera, no puede encontrarse en nada del mundo, tampoco en nadie más. Ya la tienes. Ya lo eres. La Respuesta está en ti.

En esta parte de nuestra mente “ya se han tomado todas las decisiones y a los sueños les ha llegado su fin” (2:3). Lo que esto significa es tan maravilloso que apenas podemos creerlo. Hay una parte de nuestra mente en la que todos nosotros, cada uno de nosotros, ya ha decidido a favor de Dios. Ya hemos elegido la paz. Ya hemos abandonado todo ataque y todo juicio. Y todos nuestros sueños ya han desaparecido. Con este conocimiento podemos estar absolutamente seguros de que “lo lograremos”. Porque el Cristo en nosotros ya lo ha logrado.

Todo lo que queda por hacer es reconocer que esta “parte” de nosotros es todo lo que existe realmente. Todo lo que queda es abandonar todo lo demás, excepto esto. No necesitamos alcanzar la iluminación, necesitamos únicamente aceptar que ya se ha logrado. Ésta es la verdad, y todo lo que estamos haciendo en este mundo es aprender a “negar la negación de la verdad” (T.12.II.1:5), abandonar “los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural” (T.In.1:7).

L.pII.6.2:4-5

El Cristo es la parte de nuestra mente en la que se encuentra la Respuesta de Dios (2:3). Esta parte de nuestra mente no se ve afectada por nada que los ojos del cuerpo puedan percibir (2:4). Nuestra mente, tal como somos conscientes de ella, se ve más que afectada por lo que nuestros ojos ven, está dominada por ello, y sacudida como una hoja al viento (¡como muy bien saben los publicistas!). Pero hay algo en nosotros, en algún lugar de nosotros, que está de acuerdo con esta afirmación de que no se ve alterado o perturbado por las percepciones físicas. Permanece perfectamente en calma a pesar de lo que parezca suceder a nuestro alrededor. Permanece completamente amorosa, sin que importen qué ataques se le hagan a nuestro amor. Esto es el Cristo, nuestro verdadero Ser.

Lo que estamos practicando es hacernos conscientes de esta parte de nosotros mismos. En los instantes santos que pasamos escuchando en silencio estamos intentando conectarnos con este centro silencioso y sereno de nuestro ser. Ésta es la Voz que intentamos escuchar, una Voz de una quietud majestuosa y de una total serenidad. El Cristo no es un ser extraño, algo separado de nosotros que tenemos que aprender a imitar. Él es nuestro Ser. Él es como el ojo del huracán. Cuando nuestra mente está agitada y aparentemente sin control, si queremos abandonar lo que nos causa agitación, podemos entrar en ese ojo de la tormenta y encontrar la paz dentro de nosotros, que siempre está ahí. En el momento en que lo hacemos el cambio es tan sorprendente que no hay confusión posible. El estruendo del viento se para. La explosión de los elementos se detiene de repente. No hay nada más que paz. En este centro tranquilo de nuestro ser, todos los acontecimientos de nuestras vidas que nos han llevado de acá para allá, indefensos ante su agarre, no tienen efecto alguno. Y en ese momento sabemos: “Esto es lo que Yo soy”.

Debido a la confusión de nuestra mente, debido a que hemos inventado un aparente problema donde no hay ninguno, el Padre ha puesto en Cristo los medios para tu salvación” (2:5), la Respuesta a nuestras ilusiones. Y sin embargo, este Cristo permanece sin ser afectado por los “problemas”, completamente puro, Él no conoce el pecado” (2:5). La Respuesta al pecado está en Él y, sin embargo, en Él habiéndose Respondido al problema, ni siquiera existe. La perfección de Cristo no ha sido manchada por nuestra locura. Todavía es tan perfecto como en el instante en que fue creado. Y Él es yo. “Soy el santo Hijo de Dios Mismo” (L.191). Aquí, en la quietud del Ser de Cristo, sé que todos mis “pecados” no son nada, que no tienen ningún efecto. Aquí soy más que inocente, aquí soy santo. Todas las cosas son santas. Y nada irreal existe.

 L.pII.6.3:1-3

Cristo, nuestro Ser, es “el hogar del Espíritu Santo” (3:1). El Curso a menudo se refiere al Espíritu Santo como “la Voz que habla por Dios”, esta Voz procede de nuestro Ser, el Cristo. Éste es Su Hogar, donde el Espíritu Santo “reside”, por así decirlo. Cuando sentimos un impulso interno en una dirección determinada, o, como en el caso de Helen Schucman (que escribió el Curso), parece que oímos palabras de verdad que se nos hablan dentro de nuestra mente, es la presencia dentro de nosotros de esta “parte” de nuestra mente la que lo hace posible. Cristo es el eslabón que nos mantiene unidos a Dios (2:1). Si Cristo no existiese dentro de nosotros, no oiríamos estos mensajes, porque el eslabón que nos une a Dios no existiría. (Para ir un poco más lejos, ¡si no existiese esa unión con Dios, no existiríamos en absoluto!). Por lo tanto, el hecho de que sentimos estos mensajes internos que nos llevan en dirección a Dios y al amor demuestra que la unión con Dios todavía existe dentro de nosotros. Eso, a su vez, confirma lo que el Curso dice: “¡No estamos separados de Dios!”.

Cristo se siente a gusto única­mente en Dios (3:1). De nuevo, esto podemos sentirlo en nuestra propia experiencia. El sentimiento de no sentirnos en nuestro hogar en este mundo es casi universalmente reconocido; en un momento u otro, parece que todo el mundo se ha sentido así, algunos de manera más intensa que otros quizá, aunque todos lo hemos sentido de algún modo. ¿De dónde procede ese sentimiento? ¿Es posible que no estemos en nuestro hogar en este mundo? Dado lo extendido de esta experiencia, ¿no es probable que haya una parte de nosotros que realmente no se siente en el hogar aquí, sino sólo en Dios? El Curso nos aconseja que escuchemos esta Voz Interior que parece llamarnos a regresar a nuestro hogar, un hogar que no podemos recordar con claridad, pero que de alguna manera sabemos que es real. (Ver especialmente en el Texto “La Canción Olvidada” (T.21.I), o la Lección 182 “Permaneceré muy quedo por un instante e iré a mi hogar”)

“Cristo permanece en paz en el Cielo de tu mente santa” (3:1), como ya hemos explicado en los últimos dos días. Suceda lo que suceda en el exterior, el Cristo en nuestra mente permanece eternamente en paz.

Él es la única parte de ti que en verdad es real. Lo demás son sueños. (3:2-3)

Ésta es una afirmación fundamental. Para la mayoría de nosotros, esta parte de nuestra mente que está eternamente en paz, parece muy lejana y escondida, algo con lo que entramos en contacto en momentos de profunda meditación. La parte que nos parece “real” de nuestra consciencia es la parte agitada y confusa. Podemos reconocer que el Cristo en nuestro interior es real, pero sólo parece ser una pequeña parte de lo que somos. En realidad, esta lección dice que esa parte profundamente tranquila y santa es lo único real de lo que pensamos que somos, el resto son sueños.

Pienso que esto a menudo nos causa miedo a muchos de nosotros. La idea de que la mayor parte de lo que pensamos acerca de nosotros no es real en absoluto sino sólo un sueño, es bastante aterradora. Nos hemos identificado tanto con estos aspectos de nosotros y nos hemos convencido tanto de su realidad, que nos asusta la idea de que puedan desaparecer si entramos en contacto con el Cristo dentro de nosotros. Parece una especie de muerte o de destrucción, como si la mayor parte de nuestra persona fuera a borrarse en una especie de lobotomía cósmica. El Texto habla a menudo y con fuerza acerca de nuestro miedo a encontrar nuestro Ser (ver, por ejemplo el Capítulo 13, Secciones II y III del Texto). Una de esas afirmaciones es:

Has construido todo tu demente sistema de pensamiento por­que crees que estarías desamparado en Presencia de Dios, y quie­res salvarte de Su Amor porque crees que éste te aniquilaría. Tienes miedo de que pueda alejarte completamente de ti mismo y empequeñecerte porque crees que la magnificencia radica en el desafío y la grandeza en el ataque. (T.13.III.4:1-2)

Piensa en esto desde el otro lado de la pregunta por un momento. ¿Y si la mayor parte de lo que pensamos acerca de nosotros es sólo un sueño? ¿Qué perderíamos si desapareciera? Nada. Nada, excepto los sueños de dolor y sufrimiento, nada excepto nuestra profunda sensación de soledad.

La iluminación no destruye la personalidad individual. No destruye nada en absoluto, sólo elimina los sueños y las ilusiones. Quita lo que no es verdad ni nunca lo ha sido. El Cristo es la única “parte” de nosotros que es real, y la única pérdida que experimentaremos es la pérdida de cosas que jamás han existido.

L.pII.6.3:4

Lo demás son sueños. Mas éstos se le entregarán a Cristo, para que se des­vanezcan ante Su gloria y pueda por fin serte revelado tu santo Ser, el Cristo. (3:3-4)

Puedo pensar: “De acuerdo. Cristo es la única parte real de mí. Todo el resto, todas esas cosas que pienso de mí la mayor parte del tiempo, son sólo sueños. Pero estos sueños me  parecen muy, muy reales. ¿Qué diablos hago con todos estos sueños? La respuesta está en estas palabras: “éstos se le entregarán a Cristo”. El Curso a menudo nos pide que hagamos esto de varias maneras, habla de llevar nuestra oscuridad a la luz, o de llevar nuestras fantasías a la realidad, o nuestras ilusiones a la verdad. Nosotros, en nuestra confusión no podemos ver la verdad acerca de nosotros o de otros, porque estamos cegados por nuestras ilusiones. El Espíritu Santo fue creado para nosotros para que viese la verdad en nuestro nombre hasta que podamos verla por nosotros mismos (T.17.II.1:6-8). Él representa a Cristo para nosotros, en nosotros. Nosotros Le traemos nuestros sueños a Él, y Él los transforma en la verdad (ver 4:1).

En términos prácticos esto significa que cuando me doy cuenta de que estoy viendo desde el punto de vista del ego de la separación y el ataque, necesito aquietarme, y dulcemente exponerle estas creencias al Espíritu Santo dentro de mi mente. Necesito decirle: “Así es como estoy viendo las cosas. Muéstrame cómo las ves Tú. Quiero verlas de manera diferente”.

Cuando descubrimos pensamientos oscuros en nuestra mente, pensamientos de ira, de celos, de autocompasión y desesperación, nuestra respuesta natural (del ego) es esconderlos, a menos que estemos tan ciegos como para identificarnos totalmente con ellos y justificarlos. Avergonzados de nuestros pensamientos erróneos, intentamos ocultarlos debajo de la alfombra y fingir que no están ahí. Esto no los hace desaparecer, sólo hace que queden sepultados. Por ejemplo, al hablar del odio del ego, el Curso nos enseña que buscamos relaciones de amor especiales para compensar nuestro odio. Dice:    

No puedes limitar el odio. La rela­ción de amor especial no lo contrarrestará, sino que simplemente lo ocultará donde no puedas verlo. Mas es esencial que lo veas, y que no trates de ocultarlo. (T.16.IV.1:5-7)

Esconder nuestros pensamientos desagradables es negación. Y lleva directamente a la proyección (vemos nuestros pensamientos escondidos realizados por otros). Pensamos que ganamos puntos del ego al condenar a otras personas. Cuando nos disgustamos por los errores de otros, esto es lo que está sucediendo (T.17.I.6:5).

En lugar de eso, cuando no intentamos esconder nuestro ego, sino que voluntariamente lo llevamos a la luz dentro de nosotros para que desaparezca, desaparece. No necesitamos entender cómo sucede esto, porque nosotros no lo hacemos; el Espíritu Santo lo hace (T.17.I.6:3-4). De lo único que tenemos que ocuparnos es de estar dispuestos a que suceda. Cuando desaparecen las ilusiones que están ocultando la verdad, nuestro santo Ser, el Cristo, nos es revelado al fin (3:4).

   L.pII.6.4:1

“El Espíritu Santo se extiende desde el Cristo en ti hasta todos tus sueños, y los invita a venir hasta Él para que puedan ser transformados en la verdad” (4:1). Por lo tanto, que no Le esconda hoy ninguno de mis sueños. Que ninguna sensación de vergüenza me impida llevárselos. Él no me condenará. Él no se asusta por nada de lo que ve en nosotros, nada Le afecta. Al contrario, “Cristo ama lo que ve en ti” (T.13.V.9:6), pues Él pasa de largo la ilusión de pecado y sólo ve la realidad del amor que ha estado ocultando.

En cada pensamiento de ataque Él ve nuestra petición de amor. En cada temblor de miedo Él oye una petición de ayuda. En todos nuestros deseos de cosas de este mundo Él contempla nuestro deseo de estar completos. Cualquier cosa que Le llevemos, Él lo transforma en la verdad. Nada queda fuera del alcance de la salvación, nada queda fuera del alcance de la Expiación. “La tarea del Espíritu Santo consiste, pues, en rein­terpretarnos a nosotros en nombre de Dios” (T.5.III.7:7). Todo lo que Le llevamos, lo transforma en la verdad. Pero sólo si lo llevamos a Él. Si lo escondemos, Él no puede ayudarnos.

Llévale, por lo tanto, todos tus pensamientos tene­brosos y secretos, y contémplalos con Él. (T.14.VII.6:8)

Ábrele todas las puertas y pídele que entre en la oscuridad y la desvanezca con Su luz. (T.14.VII.6:2, debería leerse todo el párrafo)

L.pII.6.4:2-3

¿Qué hace el Espíritu Santo con nuestros sueños de pecado y de culpa cuando se los llevamos a Él, y los transforma en la verdad? “Él los intercambiará por el sueño final que Dios dispuso fuese el fin de todos los sueños” (4:2). Esto es lo que el Curso llama “sueño feliz” (4:2), conocido también como “el mundo real” o “percepción verdadera”. Él coge nuestras pesadillas y las transforma en el sueño feliz. En el sueño feliz todavía estamos soñando, todavía estamos aquí en el mundo, todavía actuamos en el reino de la percepción. Pero lo que vemos es algo completamente diferente de las pesadillas de una mente que se ha vuelto loca por la culpa. “El mundo real se alcanza simplemente mediante el completo perdón del viejo mundo, aquel que contemplas sin perdonar” (T.17.II.5:1).

Este sueño feliz es el que Dios ha fijado que sea “el fin de todos los sueños”. “El perdón es la ilusión que constituye la res­puesta a todas las demás ilusiones” (L.198.2:10). El Curso dice que el mundo termina por medio de la ilusión del perdón: “La ilusión del perdón, completa, sin excluir a nadie, y de una ternura ilimitada, lo cubrirá, ocultando toda maldad, encubriendo todo pecado y aca­bando con la culpabilidad para siempre” (M.14.1:4). Nuestros pensamientos tenebrosos y de culpa  llevados ante el Espíritu Santo, se encuentran con el perdón y desaparecen, siendo sustituidos con la visión de un mundo de inocencia total.

La “ilusión del perdón” pondrá fin a todos los sueños porque pondrá fin a la separación:

Pues cuando el perdón descanse sobre el mundo y cada, uno de los Hijos de Dios goce de paz, ¿qué podría mantener las cosas sepa­radas cuando lo único que se puede ver es la faz de Cristo? (4:3)

Por supuesto, el “rostro de Cristo” (“faz de Cristo”) no significa que veremos un hombre judío con barba por todas partes, la frase es un símbolo de la inocencia del Hijo de Dios. Si el perdón descansa sobre todo el mundo, y todas las mentes han llegado a la paz, libres de culpa, ¿qué se puede ver sino la inocencia? El Curso ha dicho que el mundo es un símbolo de la culpa. Cuando la culpa haya desaparecido, su símbolo (el mundo) también desaparecerá. El mundo, hecho de culpa, desaparecerá cuando su causa desaparezca.

Claramente esto se refiere a un final, “cada uno de los Hijos de Dios goce de paz”. Es la meta hacia la que nos lleva el Espíritu Santo, el logro final, cuando se haya eliminado la culpa de todas las mentes. Cada uno de nosotros juega su papel en esto, pues mientras haya culpa dentro de mi mente, el final de la culpa no se ha logrado. El todo no puede estar completo sin todas sus partes. Ser el Cristo no es algo que tengamos que alcanzar, ya somos el Cristo. Pero tenemos que aprender a eliminar todos los obstáculos de culpa que nos ocultan nuestro verdadero Ser.   

El estado de inocencia es sólo la condición en la que lo que nunca estuvo ahí ha sido eliminado de la mente pertur­bada que pensó que sí estaba ahí. Ese estado, y sólo ese estado, es lo que tienes que alcanzar, con Dios a tu lado. (T.14.IV.2:2-3)

Una vez que hayamos quitado “lo que no está ahí”, y hayamos alcanzado el estado de inocencia, lo que somos -el Cristo- nos será revelado.

 L.pII.6.6:1-2

Cuando vemos “esta santa faz” (5:1), el rostro de Cristo, en todos y por todas partes, estamos viendo a toda la creación completamente inocente, libre de culpa. Según el Curso, esta “percepción verdadera” no durará mucho porque es simplemente “el símbolo de que el período de aprendizaje ya ha concluido y de que el objetivo de la Expiación por fin se ha alcan­zado” (5:1). El rostro de Cristo es el símbolo del fin del tiempo para el aprendizaje porque lo que estamos aprendiendo es que no tenemos culpa y que la creación de Dios, Su Hijo, está libre de culpa. Por eso, cuando vemos el rostro de Cristo, el aprendizaje ha logrado su objetivo. ¡Es el momento de la graduación!

Si creemos que tenemos un propósito en este mundo, tendemos a pensar que es algo grande en el tiempo. Como un amigo mío del sur, baptista, solía decir: “Pensamos que estamos aquí para hacer maravillas y comer pepinos”. (Nunca supe que quería decir con la última parte, pero aclara lo tonto de nuestros otros objetivos). Pero el Curso nos dice que nuestra única función aquí es aprender a perdonar. No estamos aquí para arreglar el mundo sino para perdonarlo. No estamos aquí para ser un sanador grande y famoso. No estamos aquí para fundar un gran centro de enseñanzas espirituales. Nuestro objetivo y nuestra función no tienen nada que ver con este mundo. “Tu única misión aquí es dedicarte plenamente, y de buena voluntad, a la negación de todas las manifestaciones de la culpabilidad” (T.14.V.3:5). Ése es el único objetivo de nuestro aprendizaje. Es ver el rostro de Cristo.

Tratemos, por lo tanto, de encontrar la faz de Cristo y de no buscar nada más. (5:2)

En toda nuestra búsqueda, ¡busquemos sólo eso! Si empiezo un nuevo trabajo, ¿cuál es mi objetivo? Buscar el rostro de Cristo, negar la culpa en todas sus formas. Si comienzo una nueva relación, ¿cuál es mi objetivo? Ver el rostro de Cristo, escapar de la culpa al no ver culpa en mi hermano. Si empiezo un nuevo proyecto bajo la dirección del Espíritu Santo, ¿para qué sirve? Para ver el rostro de Cristo, para eliminar la culpa de todas las mentes con las que me encuentre. Éste es mi único propósito en todo lo que hago. Y únicamente al aceptar ésta como “la única función que quiero desempeñar” (T.20.IV.8:4) encontraré mi felicidad.

L.pII.6.5:3

Esta frase habla de la visión del Hijo de Dios, darnos cuenta de la “gloria” de lo que verdaderamente somos. Al buscar y ver el rostro de Cristo unos en otros, encontramos esa misma gloria en nosotros. En el reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza como creación de Dios, desaparece la “necesidad de aprender nada, de percepción, y de tiempo” (5:3). La eliminación del velo de culpa, lograda con el perdón, nos muestra al Cristo, y ya no hay necesidad de nada más, “excepto del santo Ser, el Cristo que Dios creó como Su Hijo”.

Ya somos lo que estamos buscando. Sólo nuestros sueños de culpa nos lo han ocultado de nuestra vista. ¿Qué es el Cristo? Lo que tú eres. Lo que yo soy. Aprender a deshacer los bloqueos a esta visión es nuestro único propósito en el tiempo. Cuando eso se haya logrado, no queda nada por hacer excepto ser lo que siempre hemos sido.


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