sábado, 14 de septiembre de 2013

Leccion 257, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 257

Que no me olvide de mi propósito.

1. Si me olvido de mi objetivo no podré sino estar confundido e inseguro acerca de quién soy, y así, mis acciones no podrán sino ser conflictivas. 2Nadie puede estar al servicio de objetivos con­tradictorios, y servirlo bien. 3Tampoco puede desenvolverse sin que se abata sobre él una profunda angustia y depresión. 4Resol­vamos hoy, por lo tanto, recordar lo que queremos realmente, para así unificar nuestros pensamientos y acciones de manera que tengan sentido y para llevar a cabo únicamente lo que Dios quiere que hagamos este día.
2. Padre, el perdón es el medio que Tú has elegido para nuestra salva­ción. 2No permitas que nos olvidemos hoy de que no tenemos otra volun­tad que la Tuya. 3Y así, nuestro propósito tiene asimismo que ser el Tuyo si queremos alcanzar la paz que Tú has dispuesto para nosotros.

Comentario

El propósito al que se refiere esta lección es el perdón (2:1). Una y otra vez, el Curso nos dice que el perdón es nuestra función, nuestro propósito, la razón por la que estamos aquí. Y es nuestra única función.

Yo soy la luz del mundo. Ésa es mi única función. Por eso es por lo que estoy aquí. (L.61.5:3-5)

Perdonar es mi función por ser la luz del mundo. (L.62)

¿Y si hoy recordase que el perdón es mi único propósito? ¿Y si me diese cuenta de que suceda lo que suceda, si perdono todo y a todos, he cumplido mi función? ¿Y si me diese cuenta de que todas las cosas que pienso que son importantes no son nada comparadas con este propósito? Cuando voy detrás de ese conductor lento mientras intento llegar a algún sitio a tiempo, mi propósito es el perdón, no es llegar allí a tiempo. En toda situación de conflicto, mi propósito es el perdón, no es ganar. Cuando la persona de la que busco muestras de amor no me responde, mi propósito es el perdón, no es obtener la respuesta que busco. Y así sucesivamente. ¿Cuál sería la diferencia si hiciera del perdón mi único objetivo, lo más importante?

Si me olvido de mi objetivo, terminaré siempre en conflicto, intentando servir a propósitos contradictorios. Nadie puede estar al servicio de objetivos con­tradictorios, y servirlo bien (1:1-2). El resultado inevitable de objetivos con­tradictorios es “una profunda angustia y depresión” (1:3). ¿Te resulta familiar? Cuando empezamos el camino espiritual casi siempre estamos en conflicto, porque hemos aceptado un objetivo nuevo y más elevado sin abandonar los viejos objetivos. Estamos intentando servir a dos maestros, lo que me recuerda a la época en que tenía un trabajo en el que ¡recibía órdenes de dos jefes! ¡Menuda época de angustia y depresión! El único modo a la paz mental en nuestra vida es fijar un propósito único, una sola meta (2:3), y ponerla lo primero de todo en todo momento. Necesitamos “unificar nuestros pensamientos y acciones de manera que tengan sentido” reconociendo que la Voluntad de Dios para nosotros es el perdón, y buscando hacer únicamente eso (1:4, 2:2).

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