miércoles, 11 de septiembre de 2013

Leccion 254, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 254

Que se acalle en mí toda voz que no sea la de Dios.

1. Padre, hoy quiero oír sólo Tu Voz. 2Vengo a Ti en el más profundo de los silencios para oír Tu Voz y recibir Tu Palabra. 3No tengo otra ora­ción que ésta: que me des la verdad. 4la verdad no es sino Tu Volun­tad, que hoy quiero compartir Contigo.
2. Hoy no dejaremos que los pensamientos del ego dirijan nues­tras palabras o acciones. 2Cuando se presenten, simplemente los observaremos con calma y luego los descartaremos. 3No desea­mos las consecuencias que nos acarrearían. 4Por lo tanto, no ele­gimos conservarlos. 5Ahora se han acallado. 6Y en esa quietud, santificada por Su Amor, Dios se comunica con nosotros y nos habla de nuestra voluntad, pues hemos decidido recordarle.


Comentario

Silencio. Silencio interior así como silencio exterior es algo a lo que la mayoría de nosotros no estamos acostumbrados. Cuando vivía en New Jersey, una de las cosas de las que solía darme cuenta cuando visitaba una zona del campo era el silencio, especialmente por la mañana al amanecer. No me daba cuenta de lo continuo que era el ruido donde yo vivía hasta que me alejaba de allí. Camiones que pasaban por una autopista cercana, perros que ladraban, la televisión que sonaba, cajas que retumbaban, sirenas. Incluso el zumbido constante del aire acondicionado o de los frigoríficos. Solía tener la televisión o la radio o el equipo de música enchufado casi todo el tiempo.

Todavía más difícil de desconectar es el parloteo interior constante de nuestra mente.

El Curso continuamente nos pide la práctica del silencio: “Vengo a Ti en el más profundo de los silencios” (1:2). El silencio mental es una costumbre que se consigue, necesita un montón de práctica, al menos en mi propia experiencia. Incluso cuando medito, mi tendencia es a usar palabras: quizá repetir el pensamiento de una lección, o una instrucción mental para mí mismo como “Aspira amor, espira perdón”. Mi mente quiere enzarzarse en un continuo comentario sobre mi meditación “silenciosa”. Sin embargo, últimamente empiezo con una sencilla instrucción a mí mismo como “Ahora voy a aquietarme” o “Que mi mente esté en paz. Que todos mis pensamientos se aquieten”. Y luego me siento durante quince minutos intentando estar quieto y silencioso.

La lección dice que en el silencio podemos oír la Voz de Dios y recibir Su Palabra. Si rara vez parece que recibo algo concreto, se debe a que mis intentos de silencio no tienen mucho éxito. Pero estoy practicando.

La lección tiene algunas instrucciones concretas que me parecen referirse a la pregunta: ¿Qué hago con los pensamientos que vienen cuando estoy meditando? Las instrucciones son muy sencillas: “simplemente los observaremos con calma y luego los descartaremos” (2:2). Mentalmente “descartar” mis pensamientos, y luego sigo manteniendo mi atención en el silencio. Estoy observando mis pensamientos en lugar de meterme en ellos. Esta práctica de separarnos a nosotros mismos de nuestro ego es una práctica importantísima. Los pensamientos vienen. En lugar de identificarnos con ellos y enredarnos con ellos, me distancio simplemente. Reconozco que:

No deseo las consecuencias que me acarrearían. Por lo tanto, no elijo conservarlos. (2:3-4)

“Ahora se han acallado” (2:5). Cuando te separas de los pensamientos, sin condenarlos ni aprobarlos, simplemente observándolos como que no tienen ninguna consecuencia, empiezan a acallarse de verdad. Descubro que realmente estoy a cargo de mi mente (¿quién más iba a estarlo?). Cuando los pensamientos empiezan a acallarse, “en esa quietud, santificada por Su Amor, Dios se comunica con nosotros y nos habla de nuestra voluntad, pues hemos decidido recordarle” (2:6).

Una cosa más. Cuando empezamos a aprender esta práctica del silencio, empieza a extenderse a toda nuestra vida durante el día. Descubrimos que, en la angustia de una situación molesta, podemos “separarnos” de los pensamientos de nuestra mente que nos impulsan a reaccionar, observar la reacción, y elegir con Su ayuda abandonarlos. Durante el día nos acompaña el lugar de silencio y quietud que hemos encontrado en nuestros momentos de quietud. “Este tranquilo centro, en el que no haces nada, permanecerá contigo, brindán­dote descanso en medio del ajetreo de cualquier actividad a la que se te envíe” (T.18.VII.8:3).

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