lunes, 30 de septiembre de 2013

¿Qué es el Cristo?

¿Qué es el Cristo?  (Parte 1)

L.pII.6.1:1-2

Cristo es el Hijo de Dios tal como Él lo creó. (1:1)

Esto es lo que estamos aprendiendo a ver unos en otros, para que podamos recordar verle a Él en nosotros mismos. Cristo es la creación original de Dios, antes de que nosotros lo “reinventáramos” y pintáramos otra imagen sobre la obra perfecta de Dios. Queríamos ser otra cosa, y por eso hemos percibido otra cosa en todos a nuestro alrededor. Ahora estamos aprendiendo a dejar a un lado las imágenes que hemos inventado para descubrir de nuevo la obra maestra debajo de la falsificación.

Cristo es el Ser que compartimos y que nos une a unos con otros, y también con Dios. (1:2)

Cristo es el Hijo de Dios. Todos nosotros somos aspectos de ese único Hijo. (Creo que parte de la razón por la que el Curso usa “Hijo” en lugar de “hijos e hijas”es porque ésta última frase indica una separación que no existe en la creación de Dios). Nuestro Ser original, nuestro único Ser real, es un Ser que compartimos con todos. Una razón por la que nos resistimos a conocer este Ser es porque no es “mi” ser para mí solo, es nuestro Ser. Para reclamar a Cristo como mi Ser, no puedo excluir a nadie porque el Ser que estoy reclamando es un Ser universal, de Quien todos somos parte.

No sólo estamos unidos unos a otros en este Ser, sino que también estamos unidos a Dios (1:2). Sin Dios este Ser no existiría, Dios es Su Causa, Su Fuente y Su Sustento. No puede estar separado de Dios. No puede ser independiente de Él. Tampoco se puede oponer a Dios en ningún modo, todas las características de este Ser proceden y surgen del propio Ser de Dios.


L.pII.6.1:3-5

Cristo es “el Pensamiento que todavía mora en la Mente que es Su Fuente” (1:3). El Curso nos enseña que nuestra realidad es un Pensamiento dentro de la Mente de Dios. Una y otra vez el Curso insiste en que las ideas no abandonan su Fuente. Permanecen en la mente que las está pensando. Una idea no puede separarse de la mente, es una parte de la mente, una función de la mente que la piensa. Y somos eso en relación con Dios. La separación entre nuestro Ser y la mente de Dios es igual de imposible que la separación entre una idea y la mente que la piensa. Mi verdadero Ser, tu verdadero Ser, nuestro verdadero Ser, es el Cristo. Nuestro Ser jamás ha abandonado nuestro santo hogar (1:4) en la Mente de Dios. Eso es un hecho. Basado en ese hecho, cualquier cosa que parezca lo contrario debe ser una mentira, una ilusión. No estamos caminando sin rumbo en este mundo, “en Dios estás en tu hogar, soñando con el exilio” (T.10.I.2:1). Nuestra separación es sólo un sueño, no una realidad; por eso el Curso está tan seguro del resultado final.

No hemos abandonado a Dios, y puesto que no lo hemos hecho, no hemos perdido nuestra inocencia (1:4, también L.182.12:1). Todas las cosas horribles que podemos pensar que hemos hecho o dicho no tienen realidad en la verdad, son parte del sueño del exilio. Todavía estamos en el hogar. ¿Has soñado alguna vez que hiciste algo terrible o vergonzoso, y luego te despertaste aterrorizado, horrorizado, y sentiste luego un gran alivio de que no fuera verdad? “¡Sólo fue un sueño!” Algún día todos nosotros tendremos esa experiencia a gran escala, nos despertaremos y nos daremos cuenta de que todo este mundo fue un sueño, que nunca ocurrió. A pesar de todo lo que nos hemos imaginado, despertaremos y nos encontraremos a nosotros mismos “inmutables para siempre en la Mente de Dios” (1:5).

L.pII.6.2:1-3

Cristo es el eslabón que nos mantiene unidos a Dios (2:1). Si de algún modo somos conscientes del Cristo dentro de nosotros, parece que Él es sólo una parte de nosotros, quizá una pequeña parte o una parte escondida. Ésa no es la realidad (3:2), pero así es como nos parece. Y sin embargo cada uno de nosotros es consciente de algo dentro de nosotros que es mucho más que lo que parecemos ser, algo que nos une a Dios. Probablemente no estaríamos leyendo este Curso si no tuviéramos esa consciencia. Y ésta por muy pequeña y escondida que pueda parecer, nos une a Dios. Sabemos eso de algún modo.

Si esa unión es real, entonces la separación no es real. “La separación no es más que una ilusión de desesperanza” (2:1). Si estamos unidos a Dios y somos uno con Él, entonces no estamos separados, y todo lo que parece decirnos que lo estamos no es más que una ilusión. En cada uno de nosotros, en el Cristo dentro de nosotros, “toda esperanza morará por siempre en Él” (2:1). Algo en nosotros sabe que esto es verdad. La unión con Dios no se ha roto. Cada uno de nosotros tiene este aliado escondido en su corazón. Dentro de mí, dentro de ti, dentro de todos, está el Cristo. El Curso confía en este hecho totalmente porque Jesús, que recordó a Cristo su Ser, sabe que es así.

Tu mente es parte de la Suya, y Ésta de la tuya. (2:2)

Él está ahí, en ti. Y tú estás en Él. Como la Biblia dice, todo lo que estamos haciendo es dejar que la mente de Cristo more en nosotros. Estamos reconociendo esta parte de nuestra mente que hemos negado y de la que hemos dudado. Su mente está en nosotros, y esto es nuestra salvación. Es parte de nosotros, no podemos perderlo, incluso aunque lo queramos.

En esta parte de nuestra mente “se encuentra la Respuesta de Dios” (2:3). La Respuesta a la separación. La Respuesta al dolor y al sufrimiento. La Respuesta a la desesperación. La Respuesta a todos los problemas. La Respuesta está en ti. La Respuesta es parte de ti. No está fuera, no puede encontrarse en nada del mundo, tampoco en nadie más. Ya la tienes. Ya lo eres. La Respuesta está en ti.

En esta parte de nuestra mente “ya se han tomado todas las decisiones y a los sueños les ha llegado su fin” (2:3). Lo que esto significa es tan maravilloso que apenas podemos creerlo. Hay una parte de nuestra mente en la que todos nosotros, cada uno de nosotros, ya ha decidido a favor de Dios. Ya hemos elegido la paz. Ya hemos abandonado todo ataque y todo juicio. Y todos nuestros sueños ya han desaparecido. Con este conocimiento podemos estar absolutamente seguros de que “lo lograremos”. Porque el Cristo en nosotros ya lo ha logrado.

Todo lo que queda por hacer es reconocer que esta “parte” de nosotros es todo lo que existe realmente. Todo lo que queda es abandonar todo lo demás, excepto esto. No necesitamos alcanzar la iluminación, necesitamos únicamente aceptar que ya se ha logrado. Ésta es la verdad, y todo lo que estamos haciendo en este mundo es aprender a “negar la negación de la verdad” (T.12.II.1:5), abandonar “los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural” (T.In.1:7).

L.pII.6.2:4-5

El Cristo es la parte de nuestra mente en la que se encuentra la Respuesta de Dios (2:3). Esta parte de nuestra mente no se ve afectada por nada que los ojos del cuerpo puedan percibir (2:4). Nuestra mente, tal como somos conscientes de ella, se ve más que afectada por lo que nuestros ojos ven, está dominada por ello, y sacudida como una hoja al viento (¡como muy bien saben los publicistas!). Pero hay algo en nosotros, en algún lugar de nosotros, que está de acuerdo con esta afirmación de que no se ve alterado o perturbado por las percepciones físicas. Permanece perfectamente en calma a pesar de lo que parezca suceder a nuestro alrededor. Permanece completamente amorosa, sin que importen qué ataques se le hagan a nuestro amor. Esto es el Cristo, nuestro verdadero Ser.

Lo que estamos practicando es hacernos conscientes de esta parte de nosotros mismos. En los instantes santos que pasamos escuchando en silencio estamos intentando conectarnos con este centro silencioso y sereno de nuestro ser. Ésta es la Voz que intentamos escuchar, una Voz de una quietud majestuosa y de una total serenidad. El Cristo no es un ser extraño, algo separado de nosotros que tenemos que aprender a imitar. Él es nuestro Ser. Él es como el ojo del huracán. Cuando nuestra mente está agitada y aparentemente sin control, si queremos abandonar lo que nos causa agitación, podemos entrar en ese ojo de la tormenta y encontrar la paz dentro de nosotros, que siempre está ahí. En el momento en que lo hacemos el cambio es tan sorprendente que no hay confusión posible. El estruendo del viento se para. La explosión de los elementos se detiene de repente. No hay nada más que paz. En este centro tranquilo de nuestro ser, todos los acontecimientos de nuestras vidas que nos han llevado de acá para allá, indefensos ante su agarre, no tienen efecto alguno. Y en ese momento sabemos: “Esto es lo que Yo soy”.

Debido a la confusión de nuestra mente, debido a que hemos inventado un aparente problema donde no hay ninguno, el Padre ha puesto en Cristo los medios para tu salvación” (2:5), la Respuesta a nuestras ilusiones. Y sin embargo, este Cristo permanece sin ser afectado por los “problemas”, completamente puro, Él no conoce el pecado” (2:5). La Respuesta al pecado está en Él y, sin embargo, en Él habiéndose Respondido al problema, ni siquiera existe. La perfección de Cristo no ha sido manchada por nuestra locura. Todavía es tan perfecto como en el instante en que fue creado. Y Él es yo. “Soy el santo Hijo de Dios Mismo” (L.191). Aquí, en la quietud del Ser de Cristo, sé que todos mis “pecados” no son nada, que no tienen ningún efecto. Aquí soy más que inocente, aquí soy santo. Todas las cosas son santas. Y nada irreal existe.

 L.pII.6.3:1-3

Cristo, nuestro Ser, es “el hogar del Espíritu Santo” (3:1). El Curso a menudo se refiere al Espíritu Santo como “la Voz que habla por Dios”, esta Voz procede de nuestro Ser, el Cristo. Éste es Su Hogar, donde el Espíritu Santo “reside”, por así decirlo. Cuando sentimos un impulso interno en una dirección determinada, o, como en el caso de Helen Schucman (que escribió el Curso), parece que oímos palabras de verdad que se nos hablan dentro de nuestra mente, es la presencia dentro de nosotros de esta “parte” de nuestra mente la que lo hace posible. Cristo es el eslabón que nos mantiene unidos a Dios (2:1). Si Cristo no existiese dentro de nosotros, no oiríamos estos mensajes, porque el eslabón que nos une a Dios no existiría. (Para ir un poco más lejos, ¡si no existiese esa unión con Dios, no existiríamos en absoluto!). Por lo tanto, el hecho de que sentimos estos mensajes internos que nos llevan en dirección a Dios y al amor demuestra que la unión con Dios todavía existe dentro de nosotros. Eso, a su vez, confirma lo que el Curso dice: “¡No estamos separados de Dios!”.

Cristo se siente a gusto única­mente en Dios (3:1). De nuevo, esto podemos sentirlo en nuestra propia experiencia. El sentimiento de no sentirnos en nuestro hogar en este mundo es casi universalmente reconocido; en un momento u otro, parece que todo el mundo se ha sentido así, algunos de manera más intensa que otros quizá, aunque todos lo hemos sentido de algún modo. ¿De dónde procede ese sentimiento? ¿Es posible que no estemos en nuestro hogar en este mundo? Dado lo extendido de esta experiencia, ¿no es probable que haya una parte de nosotros que realmente no se siente en el hogar aquí, sino sólo en Dios? El Curso nos aconseja que escuchemos esta Voz Interior que parece llamarnos a regresar a nuestro hogar, un hogar que no podemos recordar con claridad, pero que de alguna manera sabemos que es real. (Ver especialmente en el Texto “La Canción Olvidada” (T.21.I), o la Lección 182 “Permaneceré muy quedo por un instante e iré a mi hogar”)

“Cristo permanece en paz en el Cielo de tu mente santa” (3:1), como ya hemos explicado en los últimos dos días. Suceda lo que suceda en el exterior, el Cristo en nuestra mente permanece eternamente en paz.

Él es la única parte de ti que en verdad es real. Lo demás son sueños. (3:2-3)

Ésta es una afirmación fundamental. Para la mayoría de nosotros, esta parte de nuestra mente que está eternamente en paz, parece muy lejana y escondida, algo con lo que entramos en contacto en momentos de profunda meditación. La parte que nos parece “real” de nuestra consciencia es la parte agitada y confusa. Podemos reconocer que el Cristo en nuestro interior es real, pero sólo parece ser una pequeña parte de lo que somos. En realidad, esta lección dice que esa parte profundamente tranquila y santa es lo único real de lo que pensamos que somos, el resto son sueños.

Pienso que esto a menudo nos causa miedo a muchos de nosotros. La idea de que la mayor parte de lo que pensamos acerca de nosotros no es real en absoluto sino sólo un sueño, es bastante aterradora. Nos hemos identificado tanto con estos aspectos de nosotros y nos hemos convencido tanto de su realidad, que nos asusta la idea de que puedan desaparecer si entramos en contacto con el Cristo dentro de nosotros. Parece una especie de muerte o de destrucción, como si la mayor parte de nuestra persona fuera a borrarse en una especie de lobotomía cósmica. El Texto habla a menudo y con fuerza acerca de nuestro miedo a encontrar nuestro Ser (ver, por ejemplo el Capítulo 13, Secciones II y III del Texto). Una de esas afirmaciones es:

Has construido todo tu demente sistema de pensamiento por­que crees que estarías desamparado en Presencia de Dios, y quie­res salvarte de Su Amor porque crees que éste te aniquilaría. Tienes miedo de que pueda alejarte completamente de ti mismo y empequeñecerte porque crees que la magnificencia radica en el desafío y la grandeza en el ataque. (T.13.III.4:1-2)

Piensa en esto desde el otro lado de la pregunta por un momento. ¿Y si la mayor parte de lo que pensamos acerca de nosotros es sólo un sueño? ¿Qué perderíamos si desapareciera? Nada. Nada, excepto los sueños de dolor y sufrimiento, nada excepto nuestra profunda sensación de soledad.

La iluminación no destruye la personalidad individual. No destruye nada en absoluto, sólo elimina los sueños y las ilusiones. Quita lo que no es verdad ni nunca lo ha sido. El Cristo es la única “parte” de nosotros que es real, y la única pérdida que experimentaremos es la pérdida de cosas que jamás han existido.

L.pII.6.3:4

Lo demás son sueños. Mas éstos se le entregarán a Cristo, para que se des­vanezcan ante Su gloria y pueda por fin serte revelado tu santo Ser, el Cristo. (3:3-4)

Puedo pensar: “De acuerdo. Cristo es la única parte real de mí. Todo el resto, todas esas cosas que pienso de mí la mayor parte del tiempo, son sólo sueños. Pero estos sueños me  parecen muy, muy reales. ¿Qué diablos hago con todos estos sueños? La respuesta está en estas palabras: “éstos se le entregarán a Cristo”. El Curso a menudo nos pide que hagamos esto de varias maneras, habla de llevar nuestra oscuridad a la luz, o de llevar nuestras fantasías a la realidad, o nuestras ilusiones a la verdad. Nosotros, en nuestra confusión no podemos ver la verdad acerca de nosotros o de otros, porque estamos cegados por nuestras ilusiones. El Espíritu Santo fue creado para nosotros para que viese la verdad en nuestro nombre hasta que podamos verla por nosotros mismos (T.17.II.1:6-8). Él representa a Cristo para nosotros, en nosotros. Nosotros Le traemos nuestros sueños a Él, y Él los transforma en la verdad (ver 4:1).

En términos prácticos esto significa que cuando me doy cuenta de que estoy viendo desde el punto de vista del ego de la separación y el ataque, necesito aquietarme, y dulcemente exponerle estas creencias al Espíritu Santo dentro de mi mente. Necesito decirle: “Así es como estoy viendo las cosas. Muéstrame cómo las ves Tú. Quiero verlas de manera diferente”.

Cuando descubrimos pensamientos oscuros en nuestra mente, pensamientos de ira, de celos, de autocompasión y desesperación, nuestra respuesta natural (del ego) es esconderlos, a menos que estemos tan ciegos como para identificarnos totalmente con ellos y justificarlos. Avergonzados de nuestros pensamientos erróneos, intentamos ocultarlos debajo de la alfombra y fingir que no están ahí. Esto no los hace desaparecer, sólo hace que queden sepultados. Por ejemplo, al hablar del odio del ego, el Curso nos enseña que buscamos relaciones de amor especiales para compensar nuestro odio. Dice:    

No puedes limitar el odio. La rela­ción de amor especial no lo contrarrestará, sino que simplemente lo ocultará donde no puedas verlo. Mas es esencial que lo veas, y que no trates de ocultarlo. (T.16.IV.1:5-7)

Esconder nuestros pensamientos desagradables es negación. Y lleva directamente a la proyección (vemos nuestros pensamientos escondidos realizados por otros). Pensamos que ganamos puntos del ego al condenar a otras personas. Cuando nos disgustamos por los errores de otros, esto es lo que está sucediendo (T.17.I.6:5).

En lugar de eso, cuando no intentamos esconder nuestro ego, sino que voluntariamente lo llevamos a la luz dentro de nosotros para que desaparezca, desaparece. No necesitamos entender cómo sucede esto, porque nosotros no lo hacemos; el Espíritu Santo lo hace (T.17.I.6:3-4). De lo único que tenemos que ocuparnos es de estar dispuestos a que suceda. Cuando desaparecen las ilusiones que están ocultando la verdad, nuestro santo Ser, el Cristo, nos es revelado al fin (3:4).

   L.pII.6.4:1

“El Espíritu Santo se extiende desde el Cristo en ti hasta todos tus sueños, y los invita a venir hasta Él para que puedan ser transformados en la verdad” (4:1). Por lo tanto, que no Le esconda hoy ninguno de mis sueños. Que ninguna sensación de vergüenza me impida llevárselos. Él no me condenará. Él no se asusta por nada de lo que ve en nosotros, nada Le afecta. Al contrario, “Cristo ama lo que ve en ti” (T.13.V.9:6), pues Él pasa de largo la ilusión de pecado y sólo ve la realidad del amor que ha estado ocultando.

En cada pensamiento de ataque Él ve nuestra petición de amor. En cada temblor de miedo Él oye una petición de ayuda. En todos nuestros deseos de cosas de este mundo Él contempla nuestro deseo de estar completos. Cualquier cosa que Le llevemos, Él lo transforma en la verdad. Nada queda fuera del alcance de la salvación, nada queda fuera del alcance de la Expiación. “La tarea del Espíritu Santo consiste, pues, en rein­terpretarnos a nosotros en nombre de Dios” (T.5.III.7:7). Todo lo que Le llevamos, lo transforma en la verdad. Pero sólo si lo llevamos a Él. Si lo escondemos, Él no puede ayudarnos.

Llévale, por lo tanto, todos tus pensamientos tene­brosos y secretos, y contémplalos con Él. (T.14.VII.6:8)

Ábrele todas las puertas y pídele que entre en la oscuridad y la desvanezca con Su luz. (T.14.VII.6:2, debería leerse todo el párrafo)

L.pII.6.4:2-3

¿Qué hace el Espíritu Santo con nuestros sueños de pecado y de culpa cuando se los llevamos a Él, y los transforma en la verdad? “Él los intercambiará por el sueño final que Dios dispuso fuese el fin de todos los sueños” (4:2). Esto es lo que el Curso llama “sueño feliz” (4:2), conocido también como “el mundo real” o “percepción verdadera”. Él coge nuestras pesadillas y las transforma en el sueño feliz. En el sueño feliz todavía estamos soñando, todavía estamos aquí en el mundo, todavía actuamos en el reino de la percepción. Pero lo que vemos es algo completamente diferente de las pesadillas de una mente que se ha vuelto loca por la culpa. “El mundo real se alcanza simplemente mediante el completo perdón del viejo mundo, aquel que contemplas sin perdonar” (T.17.II.5:1).

Este sueño feliz es el que Dios ha fijado que sea “el fin de todos los sueños”. “El perdón es la ilusión que constituye la res­puesta a todas las demás ilusiones” (L.198.2:10). El Curso dice que el mundo termina por medio de la ilusión del perdón: “La ilusión del perdón, completa, sin excluir a nadie, y de una ternura ilimitada, lo cubrirá, ocultando toda maldad, encubriendo todo pecado y aca­bando con la culpabilidad para siempre” (M.14.1:4). Nuestros pensamientos tenebrosos y de culpa  llevados ante el Espíritu Santo, se encuentran con el perdón y desaparecen, siendo sustituidos con la visión de un mundo de inocencia total.

La “ilusión del perdón” pondrá fin a todos los sueños porque pondrá fin a la separación:

Pues cuando el perdón descanse sobre el mundo y cada, uno de los Hijos de Dios goce de paz, ¿qué podría mantener las cosas sepa­radas cuando lo único que se puede ver es la faz de Cristo? (4:3)

Por supuesto, el “rostro de Cristo” (“faz de Cristo”) no significa que veremos un hombre judío con barba por todas partes, la frase es un símbolo de la inocencia del Hijo de Dios. Si el perdón descansa sobre todo el mundo, y todas las mentes han llegado a la paz, libres de culpa, ¿qué se puede ver sino la inocencia? El Curso ha dicho que el mundo es un símbolo de la culpa. Cuando la culpa haya desaparecido, su símbolo (el mundo) también desaparecerá. El mundo, hecho de culpa, desaparecerá cuando su causa desaparezca.

Claramente esto se refiere a un final, “cada uno de los Hijos de Dios goce de paz”. Es la meta hacia la que nos lleva el Espíritu Santo, el logro final, cuando se haya eliminado la culpa de todas las mentes. Cada uno de nosotros juega su papel en esto, pues mientras haya culpa dentro de mi mente, el final de la culpa no se ha logrado. El todo no puede estar completo sin todas sus partes. Ser el Cristo no es algo que tengamos que alcanzar, ya somos el Cristo. Pero tenemos que aprender a eliminar todos los obstáculos de culpa que nos ocultan nuestro verdadero Ser.   

El estado de inocencia es sólo la condición en la que lo que nunca estuvo ahí ha sido eliminado de la mente pertur­bada que pensó que sí estaba ahí. Ese estado, y sólo ese estado, es lo que tienes que alcanzar, con Dios a tu lado. (T.14.IV.2:2-3)

Una vez que hayamos quitado “lo que no está ahí”, y hayamos alcanzado el estado de inocencia, lo que somos -el Cristo- nos será revelado.

 L.pII.6.6:1-2

Cuando vemos “esta santa faz” (5:1), el rostro de Cristo, en todos y por todas partes, estamos viendo a toda la creación completamente inocente, libre de culpa. Según el Curso, esta “percepción verdadera” no durará mucho porque es simplemente “el símbolo de que el período de aprendizaje ya ha concluido y de que el objetivo de la Expiación por fin se ha alcan­zado” (5:1). El rostro de Cristo es el símbolo del fin del tiempo para el aprendizaje porque lo que estamos aprendiendo es que no tenemos culpa y que la creación de Dios, Su Hijo, está libre de culpa. Por eso, cuando vemos el rostro de Cristo, el aprendizaje ha logrado su objetivo. ¡Es el momento de la graduación!

Si creemos que tenemos un propósito en este mundo, tendemos a pensar que es algo grande en el tiempo. Como un amigo mío del sur, baptista, solía decir: “Pensamos que estamos aquí para hacer maravillas y comer pepinos”. (Nunca supe que quería decir con la última parte, pero aclara lo tonto de nuestros otros objetivos). Pero el Curso nos dice que nuestra única función aquí es aprender a perdonar. No estamos aquí para arreglar el mundo sino para perdonarlo. No estamos aquí para ser un sanador grande y famoso. No estamos aquí para fundar un gran centro de enseñanzas espirituales. Nuestro objetivo y nuestra función no tienen nada que ver con este mundo. “Tu única misión aquí es dedicarte plenamente, y de buena voluntad, a la negación de todas las manifestaciones de la culpabilidad” (T.14.V.3:5). Ése es el único objetivo de nuestro aprendizaje. Es ver el rostro de Cristo.

Tratemos, por lo tanto, de encontrar la faz de Cristo y de no buscar nada más. (5:2)

En toda nuestra búsqueda, ¡busquemos sólo eso! Si empiezo un nuevo trabajo, ¿cuál es mi objetivo? Buscar el rostro de Cristo, negar la culpa en todas sus formas. Si comienzo una nueva relación, ¿cuál es mi objetivo? Ver el rostro de Cristo, escapar de la culpa al no ver culpa en mi hermano. Si empiezo un nuevo proyecto bajo la dirección del Espíritu Santo, ¿para qué sirve? Para ver el rostro de Cristo, para eliminar la culpa de todas las mentes con las que me encuentre. Éste es mi único propósito en todo lo que hago. Y únicamente al aceptar ésta como “la única función que quiero desempeñar” (T.20.IV.8:4) encontraré mi felicidad.

L.pII.6.5:3

Esta frase habla de la visión del Hijo de Dios, darnos cuenta de la “gloria” de lo que verdaderamente somos. Al buscar y ver el rostro de Cristo unos en otros, encontramos esa misma gloria en nosotros. En el reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza como creación de Dios, desaparece la “necesidad de aprender nada, de percepción, y de tiempo” (5:3). La eliminación del velo de culpa, lograda con el perdón, nos muestra al Cristo, y ya no hay necesidad de nada más, “excepto del santo Ser, el Cristo que Dios creó como Su Hijo”.

Ya somos lo que estamos buscando. Sólo nuestros sueños de culpa nos lo han ocultado de nuestra vista. ¿Qué es el Cristo? Lo que tú eres. Lo que yo soy. Aprender a deshacer los bloqueos a esta visión es nuestro único propósito en el tiempo. Cuando eso se haya logrado, no queda nada por hacer excepto ser lo que siempre hemos sido.


Leccion 273, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 273

Mía es la quietud de la paz de Dios.

1. Tal vez estemos ahora listos para pasar un día en perfecta calma. 2Sl esto no fuese posible todavía, nos contentaremos y nos sentiremos más que satisfechos, con poder aprender cómo es posible pasar un día así. 3Si permitimos que algo nos perturbe, aprendamos a descartarlo y a recobrar la paz. 4Sólo necesitamos decirles a nuestras mentes con absoluta certeza: "Mía es la quie­tud de la paz de Dios", y nada podrá venir a perturbar la paz que Dios Mismo le dio a Su Hijo.
2. Padre, Tu paz me pertenece. 2¿Qué necesidad tengo de temer que algo pueda robarme lo que Tú has dispuesto sea mío para siempre? 3No puedo perder los dones que Tú me has dado. 4Por lo tanto, la paz con la que Tú agraciaste a Tu Hijo sigue conmigo, en la quietud y en el eterno amor que Te profeso.
Comentario

Me encanta el modo en que el Curso nos hace sitio a todos nosotros, sin que importe nuestro nivel de logros. Dice: algunos de nosotros pueden estar “listos para pasar un día en perfecta calma” (1:1). Y para algunos de nosotros esto puede no ser “posible” (1:2). Si hemos hecho las lecciones del Libro de Ejercicios desde el principio, ya hemos hecho 272 lecciones. Sin embargo, un día en perfecta calma puede que todavía no sea posible. “Posible” significa que “se puede lograr”. No hay sensación de desprecio aquí, ni la intención de decir: “Algunos de vosotros no habéis estado haciendo vuestro trabajo”. Simplemente dice que no es posible para ti todavía. Incluso el “todavía” tiene significado, porque afirma claramente que será posible para nosotros finalmente.

El autor del Curso tiene total confianza en cada uno de nosotros. No sólo en aquellos que estamos haciendo el Curso, sino en cada uno de nosotros. Un día será posible para mí, para ti, y para todos “pasar un día en perfecta calma”. ¿No es maravilloso pensar en ello, aunque todavía no hayas llegado?

¿Deseas una quietud que no pueda ser perturbada, una mansedumbre eternamente invulnerable, una profunda y perma­nente sensación de bienestar, así como un descanso tan perfecto que nada jamás pueda interrumpirlo?

El perdón te ofrece todo eso y más. (L.122.1:6-2:1)

La lección nos sugiere que si todavía no estamos listos para pasar un día en perfecta calma, nos contentaremos y nos sentiremos más que satisfechos (1:2). El camino a la paz es también un camino de paz. ¡No hay necesidad de disgustarse por no poder estar todavía en perfecta paz! Perder la paz que tenemos porque no estamos en perfecta paz no es un estado mental productivo en el que estar. Podemos estar en paz acerca de no estar en paz. Ése es el comienzo. Nos sentimos contentos y satisfechos de aprender cómo es posible pasar un día en perfecta paz.

Tenemos que ser alumnos felices, felices de estar aprendiendo cómo estar en paz, incluso aunque no estemos en paz. ¿Y cómo aprendemos eso?

Si permitimos que algo nos perturbe, aprendamos a descartarlo y a recobrar la paz. Sólo necesitamos decirles a nuestras mentes con absoluta certeza: "Mía es la quie­tud de la paz de Dios", y nada podrá venir a perturbar la paz que Dios Mismo le dio a Su Hijo. (1:3-4)

En otras palabras, simplemente enseñamos a nuestra mente que la paz nos la ha dado Dios. Cuando surge algo que nos perturba, lo “rechazamos”. Ésta es la práctica de la vigilancia mental que tan a menudo se enseña en el Texto. No permitimos que la alteración continúe, la reconocemos como algo que no queremos, y le ordenamos a nuestra mente que vuelva a la paz.

Dice que hagamos esto “con certeza”. Esto no es una lucha en la que tratamos de acallar al ego con nuestros gritos. Es una calma dulce pero firme, sin ansiedad. Estamos diciendo a nuestra mente: “Aquiétate, permanece en silencio”. El camino a la paz no es estresado. Las palabras: “Mía es la quietud de la paz de Dios” vienen de un lugar dentro de nosotros que siempre está en paz. Al decírnoslas a nosotros mismos con serena certeza, ya hemos conectado con ese lugar de paz dentro de nosotros.

Por lo tanto, la paz con la que Tú agraciaste a Tu Hijo sigue conmigo, en la quietud y en el eterno amor que Te profeso. (2:4)


domingo, 29 de septiembre de 2013

Leccion 272, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 272

¿Cómo iban a poder satisfacer las ilusiones al Hijo de Dios?

1. Padre, la verdad me pertenece. 2Mi hogar se estableció en el Cielo mediante tu voluntad y la mía. 3¿Podrían contentarme los sueños? 4¿Podrían brindarme felicidad las ilusiones? 5¿Qué otra cosa sino Tu recuerdo podría satisfacer a Tu Hijo? 6No me contentaré con menos de lo que Tú me has dado. 7Tu Amor, por siempre dulce y sereno, me rodea y me mantiene a salvo eternamente. 8El Hijo de Dios no puede sino ser tal como Tú lo creaste.
2. Hoy dejamos atrás las ilusiones. 2Y si oímos a la tentación lla­marnos e invitarnos a que nos entretengamos con un sueño, nos haremos a un lado y nos preguntaremos si nosotros, los Hijos de Dios, podríamos contentarnos con sueños cuando podemos ele­gir el Cielo con la misma facilidad que el infierno. aY el amor reemplazará gustosamente todo temor.

Comentario

Como algunos anuncios de la televisión, el Curso nos dice que no aceptemos sustitutos. Queremos “la cosa real”. La ironía de ello es que la mayor parte del tiempo nos contentamos con ilusiones: ilusiones de amor (relaciones especiales), ilusiones de seguridad (seguridad económica), ilusiones de significado (fama, recompensas y reconocimiento del mundo). Nos contentamos con sueños, e incluso a veces con sueños dentro del sueño, como drogas y fantasías.

Necesitamos lecciones como ésta. Necesitamos preguntarnos a nosotros mismos: “¿Podrían brindarme felicidad las ilusiones?” (1:4).Si estamos dispuestos a hacer la pregunta, conocemos la respuesta. Un escritor y misionero cristiano, Jim Elliot, escribió una vez: “No está loco el que da lo que no puede conservar, para ganar lo que no puede perder”. Otra misionera, Amy Carmichael, escribió: “La vida que cuenta es la que no pierde el tiempo en cosas sin importancia”. Cuando el brillo del mundo nos atraiga, cuando una relación especial parezca prometernos significado y plenitud aquí en el mundo, que me recuerde a mí mismo: “No me contentaré con menos de lo que Tú me has dado” (1:6).

Podemos encontrar placer y satisfacción temporal en algunas de nuestras ilusiones. Sin embargo, a la larga nada puede satisfacernos, salvo el recuerdo de Dios (1:5). Nada puede darme completa satisfacción excepto el conocimiento de que “Tu Amor, por siempre dulce y sereno, me rodea y me mantiene a salvo eternamente” (1:7). ¿Voy a buscar otra ilusión hoy? ¿O voy a usar mi tiempo con sabiduría, y elegir el Cielo y la paz de Dios?

Leccion 271, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 271

Hoy sólo utilizaré la visión de Cristo.

1. Cada día, cada hora y cada instante elijo lo que quiero contem­plar, los sonidos que quiero oír y los testigos de lo que quiero que sea verdad para mí. 2Hoy elijo contemplar lo que Cristo quiere que vea; hoy elijo escuchar la Voz de Dios, así como buscar los testigos de lo que es verdad en la creación de Dios. 3En la visión de Cristo, el mundo y la creación de Dios se encuentran, y según se unen, toda percepción desaparece. 4La dulce visión de Cristo redime al mundo de la muerte, pues todo aquello sobre lo que Su mirada se posa no puede sino vivir y recordar al Padre y al Hijo: la unión entre Creador y creación.
2. Padre, la visión de Cristo es el camino que me conduce a Ti. 2Lo que Él contempla restaura Tu recuerdo en mí. 3Y eso es lo que elijo contem­plar hoy.

Comentario

Una vez más el Libro de Ejercicios nos enfrenta al hecho de que nosotros elegimos lo que queremos ver, y lo vemos. Nos dice que este proceso funciona continuamente: “Cada día, cada hora y cada instante elijo lo que quiero contem­plar, los sonidos que quiero oír y los testigos de lo que quiero que sea verdad para mí” (1:1). La última parte de esta frase es significativa porque nos dice el motivo de nuestra elección: elegimos ver lo que queremos que sea la verdad para nosotros. Por ejemplo, si constantemente veo personas que son víctimas, es porque hay una parte de mí que quiere ser una víctima. Puedo pensar que no quiero ser una víctima, pero si la alternativa es ser responsable de todo lo que me sucede, entonces ser víctima ¡suena estupendo! Cada vez que veo una víctima, secretamente deseo poder culpar a otro por mis faltas.

Sin embargo, lo importante de esta lección no son nuestras elecciones negativas. Lo importante es que hay elección. Hay otra posibilidad. Si escucho al ego mi elección será ver pecado, culpa, miedo y muerte. Pero si escucho al Espíritu Santo querré que la verdad acerca de mí sea algo diferente, y por lo tanto querré ver algo diferente en el mundo, y lo veré. Verlo en el mundo es el modo por el que sabré que es la verdad acerca de mí. En vez de querer ver los testigos del pecado, querré ver los testigos de la verdad, y lo que busco lo encontraré.

A medida que mi percepción se une cada vez más con la visión de Cristo, me acerco al momento en que la percepción desaparece por completo (1:3). Mi cambiada percepción me mostrará lo que el Curso llama el mundo real, la desaparición de la percepción se refiere al final del mundo y nuestro despertar al Cielo.

¿Cómo quiero verme a mí mismo? Si quiero verme como amor, que busque hoy amor en mis hermanos. Si quiero verme inocente, que busque la inocencia en otros. Si quiero verme sin culpa, que busque ver a los demás sin culpa. Que hoy recuerde: 

Cuando te encuentras con alguien, recuerda que se trata de un encuentro santo. Tal como lo consideres a él, así te considerarás a ti mismo. Tal como lo trates, así te tratarás a ti mismo. Tal como pienses de él, así pensarás de ti mismo. (T.8.III.4:1-4)

Cada hermano que contemples en la luz hará que seas más consciente de tu propia luz. (T.13.VI.10:3)

No le enseñes a nadie que él es lo que tú no querrías ser. (T.7.VII.3:8)

viernes, 27 de septiembre de 2013

Leccion 270, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 270

Hoy no utilizaré los ojos del cuerpo.

1. Padre, la visión de Cristo es el don que me has dado, el cual tiene el poder de transformar todo lo que los ojos del cuerpo contemplan en el panorama de un mundo perdonado. 2¡Cuán glorioso y lleno de gracia es ese mundo! 3No obstante, ¡cuánto más podré contemplar en él que lo que puede ofrecerme la vista! 4Un mundo perdonado significa que Tu Hijo reconoce a su Padre, permite que sus sueños sean llevados ante la verdad y aguarda con gran expectación el último instante de tiempo en el que éste acaba para siempre, conforme Tu recuerdo aflora en su memoria. 5ahora su voluntad es una con la Tuya. 6Ahora su función no es sino la Tuya Propia, y todo pensamiento salvo el Tuyo ha desaparecido.
2. El sosiego de hoy bendecirá nuestros corazones y, a través de ellos, la paz descenderá sobre todo el mundo. 2Cristo se convierte en nuestros ojos hoy. 3mediante Su vista le ofrecemos curación al mundo a través de Él, el santo Hijo que Dios creó íntegro; el santo Hijo a quien Dios creó como uno solo.


Comentario

Por supuesto esto no significa que vaya a caminar con los ojos vendados, chocándome con las cosas. Sin embargo, no voy a dejar que mi vista se detenga en lo físico. No voy a “usar” la información de los ojos, no voy a depender de eso.

La visión de Cristo es el don que me has dado, el cual tiene el poder de transformar todo lo que los ojos del cuerpo contemplan en el panorama de un mundo perdonado. (1:1)

Ahí está otra vez esa palabra “transformar”. Lo que hoy quiero ver, Maestro mío, es un mundo perdonado. Quiero ver la verdad detrás de todas las apariencias. Mi función, la función de cada Hijo de Dios, es la de transformador o traductor. Estamos aquí para sanar al mundo al verlo de manera diferente, y así nos curamos también nosotros.

Uno de los componentes principales de esa visión es la ausencia de juicios. Sin condena. Sin culpa. Sin exigir cambios fuera. Viendo que todos y todo se merecen amor, tal como son. Sin comparaciones ni valoraciones, sin hacer diferencias, sino viendo a todo como parte de Un Todo.

Perdonar es pasar por alto. Mira entonces más allá del error, y no dejes que tu percepción se fije en él, pues, de lo contrario, creerás lo que tu percepción te muestre. Acepta como verdadero sólo lo que tu hermano es, si quieres conocerte a ti mismo. Percibe lo que él no es, y no podrás saber lo que eres porque lo estarás viendo falsa­mente. (T.9.IV.1:2-5)

No sabes cómo pasar por alto los errores pues, de lo contrario, no los cometerías. (T.9.IV.2:2)

Se nos dice que pasemos por alto los errores. Luego se nos dice que no sabemos cómo hacerlo. Por lo que tenemos que volvernos hacia el Espíritu Santo. Una lección que me parece fundamental en el Curso es: “No confíes en tu percepción. No utilices los ojos del cuerpo. No pienses que ver empieza y termina con la vista física y con nuestras propias interpretaciones mentales.

Lo que hacemos mientras vamos por el mundo es algo parecido a esto: vemos algo. Nuestra mente lo interpreta y casi siempre con una valoración o juicio. En ese momento lo que tenemos que hacer es reconocer que no podemos juzgar y abandonarlo. Abandonamos nuestra percepción. No pensamos que es peligroso o temible o pecado, simplemente reconocemos que no significa nada (M.16.10:8). Ese abandonar nuestras percepciones es el paso fundamental. “Y a cambio de ese "sacrificio", se le restaura el Cielo en su conciencia” (M.16.10:10).

Nos hacemos a un lado y ocupamos lo que parece ser una posición inferior. Decimos: “No entiendo lo que significa esto”. Ésta es la primera lección del Libro de Ejercicios: “Nada de lo que veo… significa nada” (L.1).

Y luego nos abrimos al Espíritu Santo. “Quiero ver las cosas de otra manera”. Eso es. Si llegas hasta aquí, te quedarás encantado porque Dios contestará esa petición. Verás las cosas de otra manera. Quizá no inmediatamente, no en ese instante, pero sucede. ¿Cómo? ¡No lo sé! Entender el cómo de la Expiación no es nuestro trabajo ni nuestra función, sino la Suya.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Leccion 269, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 269

Mi vista va en busca de la faz de Cristo.

1. Te pido que hoy bendigas mi vista. 2Mi vista es el medio que Tú has elegido para mostrarme mis errores y para poder ver más allá de ellos. 3Se me ha concedido poder tener una nueva percepción a través del Guía que Tú me diste, y, mediante Sus lecciones, superar la percepción y regresar a la verdad. 4Pido la ilusión que trasciende todas las que yo inventé. 5Hoy elijo ver un mundo perdonado en el que todo lo que veo me muestra la faz de Cristo y me enseña que lo que contemplo es mío, y que nada existe, excepto Tu santo Hijo.
2. Hoy nuestra vista es bendecida. 2Compartimos una sola visión cuando contemplamos la faz de Aquel Cuyo Ser es el nuestro. 3Somos uno por razón de Aquel que es el Hijo de Dios, Aquel que es nuestra Identidad.

Comentario

La lección de hoy trata del perdón, de elegir de antemano ver la inocencia en otros Recordemos algunas cosas que nos han enseñado lecciones anteriores sobre el perdón.

Lección 126: La manera de recibir el perdón es dándolo.

¿Cómo se relaciona en esta lección “dar es recibir” con el perdón? Explica como, según el mundo entiende el perdón, no hay nada que nosotros podamos recibir del perdón. “Cuando "perdonas" un pecado, no ganas nada con ello directa­mente” (L.126.3:1). Si creo que el pecado de alguien es real y se lo “perdono”, es sólo un acto de caridad hacia alguien que no es digno del perdón. Es un regalo que no se merece. De hecho podría parecer que yo salgo perdiendo, y que no gano nada con ello. No hay ninguna liberación para mí en hacer esto.

Sólo cuando he recibido el perdón para mí, puedo darlo; y sólo al darlo reconozco que lo he recibido. ¡Ni siquiera conozco lo que es! ¿Cómo podría reconocerlo? Así que para saber lo que es el perdón, y para saber que lo tengo, tengo que darlo. Tengo que verlo “ahí fuera” para reconocerlo “aquí dentro”. Cuando lo haga, empezaré también a comprender que no hay diferencia entre ahí fuera y aquí dentro.

La idea de que dar es recibir, que “el que da y el que recibe son uno” (L.126.8:1) es una preparación necesaria para liberar nuestra mente de todos los obstáculos al verdadero perdón. El juicio se basa en la separación y las diferencias: el pecado está en otro y no en mí. Él es malo, yo soy mejor. El perdón se basa en la unidad y la igualdad. No hay “otro” a quien hacer o que me haga. Los dos somos inocentes. Nunca hubo pecado alguno. Todos somos parte del mismo Corazón de Amor.

Lección 134: El verdadero perdón perdona las ilusiones, no pecados reales.

Aquí aprendemos que el principal obstáculo para aprender el verdadero perdón es la creencia de que tenemos que perdonar algo real. Creemos que el pecado existe, que se ha causado daño realmente. Es imposible perdonar un pecado que creemos que es real. “Es imposible pensar que el pecado es verdad sin creer que el perdón es una mentira” (L.134.4:2). “La culpabilidad no se puede perdonar” (L.134.5:3).

Éste es un obstáculo muy importante. Puedo asegurar que es posible que algo que antes te pareció un pecado, verlo como un simple error y una petición de amor. Yo lo he sentido. Yo no hice el cambio. No podemos hacerlo nosotros. Pero sí que es necesario querer que el cambio ocurra. Sé que hay muchas cosas que, dándome cuenta o no, todavía juzgo y condeno como pecado, como malo. Cada vez que encuentro juicios en mi mente, no necesito hacer nada, sólo reconocer que está ahí y creer que hay otra manera de verlo. Afirmo que quiero verlo de manera diferente. Pido ayuda para entender el perdón por medio de esa experiencia. Y espero.

Me permito a mi mismo mirar a la ira, al miedo, al resentimiento que puedo estar sintiendo. No lo escondo, eso perpetuaría la mente errada. Quiero también ver mis sentimientos de manera diferente. Reconozco que quizá me estoy juzgando por sentirlos. Por eso, lo que hago con los juicios externos, también lo hago con los juicios internos: Afirmo que quiero verlo de manera diferente y pido ayuda para ello. Y espero.

Lo que entonces sucede es cosa de Dios. Se produce un cambio en mi mente. Puede ocurrir primero en relación con el otro, el “pecador”; o puede suceder primero en relación conmigo. Puesto que el otro y yo somos uno y lo mismo, no importa cómo ocurra o en qué orden. En el cambio, llego a ver algo que estoy juzgando, en el otro o en mí mismo, como una petición de amor. Llego a ver que, sea cual sea la apariencia que tenga, la inocencia está detrás del acto en sí. Puedo ver que estaba enfadado porque quería estar cerca de la otra persona y me alejó. Yo quería unirme, la unidad. No hay nada por lo que sentirse culpable en ello. Lo vi como ataque y ataqué. Ahora veo que no hubo ataque; los dos queremos lo mismo, así que abandono mi ataque y respondo con amor. O puedo ver que la otra persona tenía miedo, se sentía amenazada por mí de alguna manera (y sé que no soy una amenaza), y así perdí la cabeza. Mi ataque fue el mismo error. Veo que no hubo pecado en lo sucedido, y todo el asunto puede abandonar mi mente.

La lección de hoy: Vemos inocencia cuando elegimos verla.

“Mi vista va en busca de la faz de Cristo”. “Hoy elijo ver un mundo perdonado” (1:5). “Ver el rostro de Cristo” es una manera simbólica de decir que vemos inocencia, que vemos un mundo perdonado.

En esta lección vemos que el perdón es una elección. Cuando decidimos que sólo queremos ver inocencia, sólo vemos inocencia. El Espíritu Santo nos da el regalo de la visión. “Lo que contemplo es mío” (1:5). Si veo errores ahí fuera, son mis propios errores. Si veo inocencia, es también la mía propia. Si puedo ver inocencia (y la veré si elijo verla, la veré si lo pido), es la prueba de mi propia inocencia. Únicamente aquellos que ven inocencia en otros conocen su propia inocencia. Los que se sienten culpables siempre verán culpa. Ver inocencia en otros es el medio que Dios nos ha dado para descubrir nuestra propia inocencia. No la podemos encontrar si miramos directamente. Es como intentar verte tu propia cara, necesitas un espejo. El mundo es mi espejo, me muestra el estado de mi propia mente. La imagen en el espejo es sólo una imagen, una ilusión, pero en este mundo es una ilusión necesaria, y lo será hasta que haya conocimiento sin percepción.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Leccion 268, Un Curso de Milagros


LECCIÓN 268

Que todas las cosas sean exactamente como son.

1. No permitas que hoy sea Tu crítico, Señor, ni que juzgue contra Ti. 2No permitas que interfiera en Tu creación, desfigurándola y convirtién­dola en formas enfermizas. 3Permítaseme estar dispuesto a no atacar su unidad imponiéndole mis deseos, y así dejarla ser tal como Tú la creaste. 4Pues de esta manera seré también capaz de reconocer a mi Ser tal como Tú lo creaste. 5Fui creado en el Amor y en el Amor he de morar para siempre. 6¿Qué podría asustarme si dejo que todas las cosas sean exacta­mente como son?
2. Que nuestra vista no sea blasfema hoy, y que nuestros oídos no hagan caso de las malas lenguas. 2Sólo la realidad está libre de dolor. 3Sólo en la realidad no se experimentan pérdidas. 4Sólo la realidad ofrece completa seguridad. 5esto es lo único que bus­camos hoy.
Comentario

Vista a la luz del perdón, esta lección nos enseña que criticar lo que existe es juzgar y condenar a Dios. Dejar que todas las cosas sean lo que son es una forma de perdón. Insistir en que las cosas sean diferentes es juzgar y no perdonar. Como Paul Ferrini dice sabiamente en su libro Del Ego al Ser: “Sólo cuando me resisto a lo que está aquí, deseo lo que no está”.

Estamos llenos de deseos acerca de cómo deberían ser las cosas. Todos estamos descontentos con las cosas tal como son. ¿Está alguien contento con todas las cosas de su vida?

Sin embargo, esto es lo que nos aconseja esta lección. Podría parecer un consejo cruel, tanto para mí como para el mundo que me rodea. Si vivimos en condiciones desagradables (enfermos, atrapados en una relación destructiva, muriendo a causa de una enfermedad, pasando apuros económicos, muy desgraciados), ¿cómo podemos decir con honestidad: “Que todas las cosas sean exactamente como son”? Parece  decir algo horrible.

Si vemos situaciones horribles a nuestro alrededor, en la familia, amigos, el mundo, con personas en alguna de las situaciones que se han mencionado antes, ¿cómo podemos decir: “Que así sea”?

Nuestra resistencia a decir estas palabras en tales circunstancias da testimonio de nuestra firme creencia de que tales condiciones son reales. Si creemos que el sufrimiento es real, ¡por supuesto que no queremos que continúe! No lo podemos decir si lo que significa para nosotros es: “Que mi hermano se muera en dolor”, o “Que mi marido siga bebiendo y pegándome”. ¡Por supuesto que no!

La lección es sencillamente una llamada a recordar que las condiciones que vemos no son reales. “Sólo en la realidad no se experimentan pérdidas” (2:3).Es una llamada a recordar que “nada real puede ser amenazado” y que “nada irreal existe” (T.In.2:2). No podemos decir: “Que todo sea como es” hasta que primero reconozcamos que “todo” se refiere únicamente a lo que es real, únicamente a lo que es de Dios. El resto es ilusión.

Decir: “Que todas las cosas sean exactamente como son”, es una afirmación de fe en que lo que parece ser dolor y sufrimiento no está ahí realmente. Es una respuesta a la llamada de Dios, que nos saca del mundo de las condiciones y nos lleva a la verdad sin condiciones. Es una frase que se aplica, no al mundo que vemos con los ojos del cuerpo, sino al mundo que podemos ver únicamente con los ojos de Cristo. Es una afirmación de que queremos ver la realidad que hay detrás de todas las ilusiones de sufrimiento.

No significa que le demos la espalda a un hermano que está sufriendo y con dolor, verle y cruelmente decir: “Que sea exactamente así”. Ése es el viejo error cristiano de: “Es la Voluntad de Dios”. No es la Voluntad de Dios que suframos y muramos. Pensar eso es creer que el error es real, y luego culpar a Dios por ello. 

Esta lección habla de no ver ningún error.

No veas el error. No lo hagas real. Selecciona lo amoroso y perdona el pecado, eligiendo en su lugar el rostro de Cristo. (Canción 2.I.3:3-5)

Decir: “Que todas las cosas sean exactamente como son”, es una afirmación de que las condiciones no necesitan cambiar para que el amor sea real. Sólo el amor es real, sean cuales parezcan ser las condiciones, eso es lo que estamos afirmando.

El error, el dolor y el sufrimiento que vemos, no proceden de Dios. Por lo tanto, no son reales. Es sólo una proyección de nuestra mente colectiva. Están ahí porque hemos deseado ser diferentes a como Dios nos creó. Poner fin al deseo de que nuestras condiciones sean diferentes es el comienzo de la desaparición de la ilusión. Lo que se me pide es que renuncie a ser el creador del universo. Pensamos que podemos cambiar esto y arreglar aquello, remendar tal cosa, y el mundo será un lugar mejor. ¡Es nuestra intromisión en la realidad lo que lo ha hecho como es! Es nuestra intromisión lo que tiene que terminar.

Mientras estamos en el mundo de la ilusión, tenemos que actuar con sensatez. Si me corto el dedo, no lo dejo sangrar de manera descuidada aunque sé que el mundo no es real. No, le pongo una tirita. Sin embargo, al hacerlo, que me dé cuenta de que lo que estoy haciendo es “magia”. Sólo estoy remendando la ilusión, y no es realmente importante. Sólo contribuye a una ilusión más cómoda. Hacer que la ilusión sea más cómoda está bien, pero en realidad carece de importancia.

Lo mismo sirve para situaciones extremas. Supón que me estoy muriendo de cáncer. Por supuesto que lo trato. La manera en que lo trato no importa. Puedo usar tratamiento médico. Puedo intentar curarme con una dieta. Puedo hacer afirmaciones y condicionamiento mental. Todo ello es magia, todo ello está remendando la ilusión. Al final no importa si mi cuerpo muere o vive. “Que todas las cosas sean exactamente como son” en esta circunstancia significa que “Lo que importa no es lo que le sucede al cuerpo. Lo que importa es dar y recibir amor. No necesito librarme del cáncer para ser feliz, lo que le sucede a mi cuerpo no afecta a lo que yo soy”.

Cuando estoy enfermo, si continuamente insisto en que mi estado físico tiene que cambiar para que yo sea feliz, estoy perpetuando el error que me enfermó. “Que así sea” no significa que abandone todos mis esfuerzos por mejorar mi estado, sino que significa que abandono todo mi empeño en el resultado. Significa que no importa cómo evolucione y se manifieste el estado físico, descanso seguro de que no puede perjudicar al bien final de todas las cosas.

La lección 24 dice: “No percibo lo que más me conviene”. Decir: “Que así sea” es el resultado natural de darnos cuenta de nuestra ignorancia. Actuando desde nuestro limitado punto de vista, podemos intentar cambiar las condiciones, pero al hacerlo, reconocemos que hay muchas cosas que no entendemos, muchas cosas que todavía no hemos tenido en cuenta porque desde la perspectiva de una mente separada no podemos verlo. Por eso hacemos lo que vemos que hay que hacer, pero no nos apegamos al resultado, reconociendo que sean cuales sean nuestros esfuerzos, los resultados están en manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos. Como un ejemplo de esta actitud, orando en el Jardín de Getsemaní  Jesús dijo: “Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase Tu Voluntad” (Mt 26:39). Desde su perspectiva como ser humano individual, Jesús no quería ser clavado a una cruz. Desde su confianza en Dios, todavía podía decir: “Hágase en mí Tu Voluntad”.

Es necesario que el maestro de Dios se dé cuenta, no de que no debe juzgar, sino de que no puede. (M.10.2:1)


Decir: “que así sea” es darse cuenta de esto, y afirmar que el juicio de Dios es perfecto. No vamos a juzgar nada de lo que suceda. “Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra” (L.243). Eso significa que no juzgamos nada como malo, y que tampoco juzgamos nada como bueno. No juzgamos en absoluto. Lo que es, es. “Que así sea”.